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martes, 4 de marzo de 2014

José Antonio Wilde


(Buenos Aires)

Se recordará en marzo el Bicentenario del Doctor José Antonio Wilde (Buenos Aires 6-4-1814- Quilmes 14-1-1885). "... José Antonio Wilde era médico como su sobrino Eduardo, el autor de Aguas abajo. Se doctoró en 1858 y como profesional gozó siempre de un gran renombre tanto por su dedicación cuanto por su saber y don de humanidad que le hicieron bendecir con frecuencia en el rancho de los pobladores humildes. También en el campo de la educación dio pruebas de no comunes méritos, distinguiéndose entre los maestros de su época como profesor e inspector de escuelas; en 1881 se le nombró vocal del primer Consejo Nacional de Educación, del cual era presidente Domingo Faustino Sarmiento.
Cuando se graduó se instaló en el pueblo de Quilmes, donde fue miembro de la municipalidad. Allí fundó, en 1873, el primer periódico que se publicó en la zona: El Progreso de Quilmes.
En 1884 sucedió a don Manuel Ricardo Trelles en la dirección de la Biblioteca Nacional y, cuando mayor era su entusiasmo y tomaba acertadas providencias para emprender las tareas de reorganización general, murió en forma repentina. Había sido, durante una actuación de más de treinta años, el médico y el ciudadano benefactor de Quilmes, donde falleció el 14 de enero de 1885...."-. (1)
(1) José Antonio Wilde, Buenos Aires desde setenta años atrás (1810-1880), Editorial Universitaria de Buenos Aires (1960).

Para conmemorar el Bicentenario del nacimiento del doctor José Antonio Wilde, se realizarán varios actos:


BICENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL
DR. JOSÉ ANTONIO WILDE
(Bs. As. 6/4/1814 – Quilmes 14/1/1885)
LA COMISIÓN HOMENAJE

INVITA A LA APERTURA DEL MES ANIVERSARIO


CONFERENCIA A CARGO DEL PROF. CHALO AGNELLI
Biógrafo del Dr. Wilde (con apoyo visual)
Conducción Cristina Oller

jueves 6 de marzo, 2014 - 19:30 a 20:30 hs

CASA DE LA CULTURA   Rivadavia y Sarmiento



BIBLIOTECA POPULAR PEDRO GOYENA

AGRUPACIÓN LOS QUILMEROS

BLOG “EL QUILMERO”: http://elquilmero.blogspot.com/



4224-8162 – 4253-2116 bibliotecapopularpedrogoyena@yahoo.com.ar

ENTRADA LIBRE Y GRATUITA
PRÓXIMOS ACTOS
* VIERNES 14 DE MARZO - 9:30 ACTO ANIVERSARIO –

ESC. Nº 10 “DR. JOSÉ ANTONIO WILDE” - HUMBERTO PRIMO 867. Dirigirán la palabra, la directora señora Laura Vega y el Prof. Agnelli, como biógrafo, en nombre de la Biblioteca Popular Pedro Goyena y la Agrupación Los Quilmeros y la Prof. María Mercedes Di Benedetto en nombre de los descendientes. Luego la artista plástica María Rizzo hará donación al establecimiento de un retrato del Dr. Wilde.

miércoles, 22 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)





Uno de los hombres de la mesa de al lado tenía un tatuaje, una serpiente o algo así. Tenía brazos fuertes y la camisa arremangada por arriba de los codos. Durante algunos momentos Mary se sabía observada por él, ¿qué hacía una mujer sola ahí comiendo pizza? ¿Y por qué no? se dijo, preguntándose por qué no habría más mujeres en ese bar, como ella, comiendo una porción de pizza. Acostumbrada a vivir en Buenos Aires, la ciudad cosmopolita y moderna donde a nadie le importaba que una mujer estuviera sola en un bar, comiendo, leyendo, escribiendo o simplemente mirando por la ventana, aquí en este pueblo sí parecía importar, al menos a ese hombre en ese momento.
¿Se iba a acostumbrar de nuevo a vivir en ese pueblo del que apenas conocía algo? El mozo le había dicho hacía instantes que alguien había preguntado por ella:

 -¿Quién era? ¿Cómo era?

- Un hombre - contestó el mozo del bar

- ¿Dijo el nombre?

- No, no me dio ningún dato. Dijo que iba a volver.

Por unos momentos pensó en Julio, tal vez. ¿Por qué no? Su amistad con Julio nunca había terminado porque en el fondo nada termina. Además Julio era un tipo limpio, por dentro y por fuera. Y eso no tenía
precio. Era demasiado buen tipo como para hacerle daño, nunca la había rondado como un animal. En el ambiente de tango, en el baile,  se podía encontrar mucha trampa. Julio se había acercado a ella como un pájaro, silencioso, feliz de estar ahí con ella bailando tango, paseando en la moto, tantas veces ...y ella había sido feliz con él. Sin embargo lo había dejado ir, era necesario. Dejarlo ir por un tiempo, de gira, con una mujer, compañera de baile. Ella había querido volver a Buenos Aires, aunque el nuevo puesto de secretaria de Alejandro le había reservado una nueva experiencia negativa, pero le había enseñado algo.
Podía ser Julio, sí, quien la hubiera estado buscando.

(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados





sábado, 5 de mayo de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Pisaba las hojas doradas, marrones, crujían cuando las pisaba, y las siguió pisando
hasta llegar al cementerio. Venía a despedirse, a decir adiós, por un tiempo. Había
que saludar a los muertos, de los vivos que conocía en ese pueblo era mejor alejarse.
La determinación estaba tomada: volvía a Buenos Aires. Esa ciudad que parecía tenerlo
todo siempre le ofrecía una nueva oportunidad. Volvía al trabajo anterior, esta vez a
trabajar con alguien que parecía augurar un buen principio: al menos el nombre empezaba
con A. Mary no sabía de la cábala, tampoco se interesaba mucho en ciencias ocultas o
religiones exóticas, pero cuando la señora Nelly la llamó para hacerle el ofrecimiento de
volver a trabajar en la sede central de la empresa, lo único que preguntó Mary
fue el nombre del nuevo jefe. Alejandro, se llamaba. La señora Nelly dijo que era casado,
con cuatro hijos. Al menos tenía una familia para estar acompañado y entretenido después
del trabajo y los fines de semana. Al menos, pensaba, la dejaría respirar por algunas horas, después de cumplir el horario.Tal vez podría reiniciar el baile, a lo mejor conocer nuevas milongas, gente interesante.
Ya tenía la experiencia anterior con Guillermo. Esta vez la promesa era un ascenso y un
sueldo mejor, si todo iba bien con Alejandro y Mary había dicho que sí. Al llegar a la puerta
del cementerio la siguieron dos perros negros, parecían estar esperándola.
Mientras caminaba para visitar las tumbas de los muertos, veía a los animales caminando al lado de ella, como si la conocieran, como si la guiaran y también veía a los pájaros, cómo se posaban en las piletas ubicadas para llenar de agua los floreros, y bebían el agua. Algunas hojas secas se arremolinaban con el viento y Mary caminó hasta llevar unas flores a la tumba de los muertos queridos, tal vez un poco olvidados. Mary se quedó pensando algunos momentos mientras los perros estaban ahí muy quietos y muy cerca, mirándola, como si la custodiaran. Luego Mary volvió sobre sus pasos, volvió a mirar los pájaros como bebían agua y picoteaban algo, y se despidió del guardián y también de los perros, que como dos fantasmas volvían a entrar al cementerio, a cuidar, seguramente, la paz de los muertos.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados 

martes, 3 de abril de 2012

La carta de Gardel - novela -fragmento



Julio ya tenía planes, se iba de gira por las provincias con un show de tango. Y una mujer que lo acompañaba como pareja de baile. Eso había dicho. ¿Sería cierto? ¿era importante? ¿cómo saberlo? Mary dejaría pasar el tiempo, no podía pensar en otra cosa más que en su vida. La muerte sorpresiva de Guillermo, el cambio de  vivir en la gran ciudad al pueblo, una nueva casa y de vuelta al lugar de trabajo anterior. ¿Y ahora qué? se preguntaba. ¿hasta qué punto Guillermo no estaba presente? Era necesario seguir con algo ya empezado, tener alguna continuidad. Seguir bailando tango, milonga, aunque Julio no estuviera en los lugares que ella frecuentaba siempre. Y ahora, recapitulando, mientras se encaminaba al trabajo le volvían los recuerdos de Guillermo. ¿Hasta qué punto los que se mueren nos abandonan? ¿hasta qué punto  los abandonamos nosotros? Y ahora Julio, el profesor de tango, quien nunca había llegado a ser más que un amigo, también se iba. Pensaba que tal vez era mejor así, había llegado a ese extremo de tener que empezar todo de nuevo. Y había que tener humildad para pensar así, desde cero, una vez más. Dejarlo todo y empezar de nuevo. Se sentía rara, y algunas veces iba a tomar mate a la casa de artesanías. Estas no son de aquí, decía el dueño, vestido de paisano. Las encargo a otros pueblos. Y Mary se sentaba ahí, en una silla de cuero y miraba los anillos de plata, las pulseras, los ponchos, algunas chucherías. Le divertía escuchar al hombre contando esas cosas, esos chismes del pueblo, cosas tan distintas a las que hablaba con Guillermo en Buenos Aires. Todo ese frenesí que había vivido con Guillermo, esas horas en la oficina, atendiendo sus más mínimos caprichos, llevando su agenda, acompañándolo a reuniones, escuchándolo después de hora, tomando algo con él, hasta las mil y quinientas. Todo eso se compensaba ahora ahí, en ese lugar tranquilo, donde había olor a cuero y a lana de cabra, donde no tenía que preocuparse por ir al shopping a comprar los zapatos a la última moda.
¿Hasta cuándo resistiría en el pueblo? ¿hasta cuándo la seguiría el recuerdo? Y cuando escuchaba ladrar los perros se decía que ése era su lugar, le gustaba oír los ladridos, como una música, y el soplido del viento empujando ventanas, mirar las hojas secas en la calle,  marrones, resquebrajadas arrastradas por el viento...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

imagen: fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

domingo, 26 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


El avión en que viajaba Guillermo se estrelló esa noche, cuando Mary ya se había ido de la comida de solos y solas y ya se encontraba en su cuarto de la posada, durmiendo.  Pero ella no se enteró hasta la mañana siguiente. Había bajado a desayunar y le sorprendió encontrarme ahí, en el bar de la posada, mientras leía el diario y tomaba el café. Mary sabía que Guillermo estaba viajando, porque todo se sabía en el laboratorio donde ella trabajaba.  Si bien, ella siempre había presentido que Guillermo iba a tener un final trágico no esperaba que eso fuera a ocurrir tan pronto y de esa manera. Decidió irse de la posada enseguida,  armó el bolso con las pocas cosas que había traido y pidió un remise que la llevara de vuelta al pueblo. Casi no intercambiamos palabras cuando me enteré yo también que en el avión del accidente viajaba el ex jefe de Mary.  Yo debía seguir con mi trabajo de investigación del marido de mi clienta, que sí había ido con una mujer y se alojaba en la posada.


Mientras viajaba en el remise, Mary miraba la ruta y las imágenes de Guillermo se superponían una detrás de la otra. Empezó a recordar las escenas vividas, ahí, en esa oficina del piso veinte, y también todo lo que habían hecho juntos, lo que habían hablado, los intercambios y todo lo que había aprendido también  con él. Y todo lo que ella le había dado. Recordaba las conversaciones, las peleas, las comidas, los proyectos. Y por momentos se preguntó qué hubiera ocurrido si ella hubiera seguido ahí, trabajando con él. Pero eso era algo imposible de imaginar. Ya no cabía en su mente. Guillermo estaba muerto. Y durante todo el viaje hacia el pueblo, mientras veía las vacas y las ovejas pastando, los silos llenos de cereales y los tractores trabajando en el campo, empezó a sentir una pena enorme por él. Y también lo admiró, porque había llegado adónde había querido, había tenido éxito, había muerto en su ley. Inteligente, buen mozo, atractivo,  mundano, exitoso, esforzado, tal vez como Gardel, en lo que él hacía, así fue Guillermo.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

foto: Museo Casa de Carlos Gardel - (c) Araceli Otamendi

sábado, 25 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



     El teléfono sonaba insistentemente en la habitación de Mary, pero nadie lo escuchaba. Del otro lado de la línea, intentaba comunicarme con ella. La llamé varias veces a la posada y la respuesta era siempre la misma: la señora Mary no está en la habitación ¿quiere dejarle algún mensaje?  No, no iba a dejárselo. Iría esta misma noche a ahí, mi trabajo de investigadora me llevaba a la posada donde se alojaba Mary. Un lugar distante, pero no tanto, del pueblo. Mary, había dicho Julio, que Mary le había dicho, había ido ahí, para alejarse de la rutina durante un fin de semana, tal vez tres días. Buscaba estar lejos de los lugares que frecuentaba siempre.

Yo había llegado al pueblo para seguir la investigación de la carta de Gardel y porque una nueva clienta me había encomendado el seguimiento de su marido. Este, con la excusa de viajar por el interior del país por motivos de trabajo, aparentemente iría al pueblo donde vivía Mary,  con su secretaria. Y se alojarían en algún lugar de ahí durante dos noches. ¿Cómo lo sabía la mujer? ¿Y acaso las mujeres no lo sabemos todo acerca de nuestros maridos, parejas,  novios, amantes? El tema era comprobarlo y para eso me había encomendado reunir las pruebas. Estaba harta de las infidelidades de él. Aunque sabía que era imposible tener a un hombre atado. Estaba realmente  harta. Y nada, absolutamente nada, podía superar ese hartazgo.  Mi clienta, no se daba por vencida. Había averiguado absolutamente todo: adónde irían, qué  habitación tenían reservada, y un montón de cosas más. Esta noche, podría comprobar las sospechas de la mujer cuando fuera a la posada, donde también había reservado una habitación.


    Mary caminaba cerca del muelle. El sol de la hora de la siesta no le sentaba bien. Había gozado de un cierto estado de felicidad cerca del agua, como a ella le gustaba. Una sola cosa la ensombrecía: la imagen de Felipe, su gato. Lo imaginaba solo, deslizándose por la casa, alimentándose con balanceado y tomando agua, pero nada más. Imaginaba la soledad del animal, perdido en las habitaciones, esperándola y un poco le partía el alma. Mary  le habia pedido al encargado del edificio que lo cuidara
durante esos días en que no iba a estar. Le daba lástima dejarlo, aunque necesitaba salir de la casa y de la oficina con urgencia. Por eso había ido ahí, a la posada. Para estar sola, para poder pensar. Pasó varias horas del día caminando cerca del lago, sentándose de a ratos cerca del agua, mirando los árboles. Así, fueron pasando las horas. Por momentos, el recuerdo de Guillermo volvía a su mente.
Uno de los reproches más terribles de él era que no lo había querido acompañar en un viaje.  Susana hubiera venido, decía furioso. Y Mary se quedaba mirándolo a los ojos, sin contestarle. El también la miraba, como si ella tuviera que darle una explicación, una respuesta, que nunca llegaba.  Susana era la secretaria anterior a Mary. ¿Por qué ella tendría que acompañarlo en un viaje al otro extremo del mundo, conociendo como era Guillermo? La única obligación que Mary consideraba que tenía era cumplir con su trabajo, pero la relación que se había entablado entre ella y su jefe, sobrepasaba cualquier relación laboral. A pesar de lo intuitiva que era Mary, nunca llegaba a conocer del todo a Guillermo y la relación que mantenía con él se había convertido en algo peor que un matrimonio de varios años desavenido. Guillermo había invadido su vida de tal manera que ella misma jamás se hubiera imaginado. Guillermo se había transformado en alguien que le hacía reclamos permanentes , tal vez de la forma en que sólo un niño puede reclamar. Le reclamaba algo que seguramente él jamás había tenido y que suponía Mary podía y debía darle.  ¿Falta de amor, comprensión, afecto? tal vez. Pero eso no correspondía a una relación entre un jefe y una secretaria. Y sin embargo...sabía que Guillermo, por su forma, de ser, por su dispersión, por sus enormes ambiciones en el trabajo, no lograba en su vida afectiva lo que ambicionaba. Y tampoco lograba llevar adelante una amistad como la que se podría haber entablado entre Mary y él, por más empeño que ponía Mary en eso. Y tal vez era por eso que la llamaba a toda hora, le contaba sus problemas, le pedía consejos y asesoramiento todo el tiempo. Y también la involucraba en su vida de una manera en que Mary no quería ya saber más. ¿Qué le importaban a ella las amigas de Guillermo? ¿qué le importaba a ella el pasado de Guillermo? ¿qué le  importaba lo que hacía Guillermo con sus amigas? ¿qué le importaba de todo eso? Y eso se lo había ido preguntando  Mary día a día, en esa oficina del piso veinte donde había estado trabajando con él. Y también en su casa.

Y ella había sentido que le faltaba el aire. El único refugio que tenía Mary era irse a su casa después del trabajo o ir a bailar. Muchas veces se había planteado qué hubiera ocurrido si hubiera acompañado a Guillermo en uno de esos viajes que él le había propuesto . Y ya no quería pensar más. Por eso caminaba, para poder pensar, para respirar aire fresco entre los árboles, para sentir la brisa en la cara.

Cuando Mary volvió a la posada, eran las siete de la tarde. Atendida por los dueños, la posada era una casa, un lugar antiguo y reciclado, dedicado ahora al turismo rural. A la noche habría una comida y baile, ¿quería ir? Mary dudaba. No sabía si tenía ganas de ir a ese tipo de reuniones, con personas extrañas, a las que nunca había visto en su vida. Tampoco sabía que la detective se alojaría ahí. La dueña de la posada le aclaró: es una reunión de solos y solas, vienen de muchos lugares, ¿le interesa? Mary la miró azorada. Ella que había ido ahí justamente para estar sola, estaba invitada a una reunión para  conocer personas solas que iban en busca de compañía. Le pareció indignante la invitación de la  mujer pero no dijo nada. Tal vez fuera, ni siquiera sabía lo que iba a hacer después de darse una ducha y cambiarse.

Dejó correr el agua durante unos minutos antes de entrar.

El vapor le haría bien. Mientras, podría limarse las uñas y mirar la televisión, relajarse nada más que para emprender de nuevo lo que le había gustado llamar una renovación. Se había comprado ropa nueva y se había dispuesto a usarla. Nada del glamour ni de la ropa sofisticada que usaba en Buenos Aires. Aquí, en el pueblo, se vestiría como siempre le había gustado, de la forma en que se sentía más cómoda y auténtica. Unos pantalones negros y una camisola blanca, se pondría además unas zandalias y llevaría un saco tejido en forma artesanal. El olor de los pinos entraba por la ventana del cuarto  y también  el aroma de la leña quemándose en el fuego del asador la habían decidido finalmente ir a esa reunión a la que la había invitado la dueña de la posada. Bajaba de la habitación por la escalera y ya se escuchaban las voces altisonantes de las personas que habían ido a la reunión de solas y solos. El dueño de la posada, un hombre de anteojos y  pelo oscuro con algunas canas, le señaló un lugar: era una mesa redonda para seis personas. Y Mary vio que alrededor había otras mesas, también para seis comensales. Una mujer, rubia, de pelo largo y muy maquillada parecía dirigir la orquesta. Había un show. Mary se sentó en el lugar dispuesto y se encontró a su lado con un hombre que tenía todo el aspecto de un abogado, un tipo bastante simpático. Del otro lado, se había sentado una mujer que  tenía todo el aspecto tal vez de una contadora o especialista en finanzas. ¿De qué hablarían esa noche?Mientras el ruido y la música continuaban y un hombre disfrazado de mago empezaba a hacer trucos y a contar chistes, y la comida ya había llegado a la mesa, el hombre con aspecto de abogado, bronceado, ojos oscuros, vestido con jeans, camisa blanca y saco azul le contaba a Mary su vida. Entre plato y plato, carne con ensalada y papas fritas, además de jamón crudo y palmitos como entrada, el hombre  ya le había confesado a Mary su situación sentimental, era viudo, también su profesión: era abogado, le había contado acerca de su cuenta bancaria - real o imaginaria -, de sus propiedades - reales o imaginarias - y también cómo estaba compuesta su familia: hijas e hijos. Y además le había dicho casi como en secreto la marca del auto.  Mary pensaba en escapar lo más pronto posible de ahí. No había ido a la posada para encontrarse con personas tan solas o que no sabían qué hacer con su vida. Mary había ido a la posada para pensar en ella misma. Lamentaba que hubiera personas que sufrieran tanto la soledad. Y que la vida actual en las ciudades fueran la causa de que las personas estuvieran tan solas y vivieran con tanto sufrimiento. Mary lo sabía. Y también lamentaba que las personas tuvieran que asistir a ese tipo de reuniones con desconocidos, donde no siempre la pasaban bien, porque los encuentros podían ser muy frustrantes. Y también lamentaba los after hours en Buenos Aires donde la secretaria de otro director, de la empresa donde trabajaba la había invitado alguna vez a acompañarla. Esos after hours para divertirse tan aburridos como puede ser la obligación de divertirse después del trabajo, para tomar algo, para seguir hablando tal vez de lo mismo que se había hablado durante todo el día.  Ella conocía otras formas de vida. Y además, la soledad en la que vivía últimamente, en su casa, con la única compañía de Felipe, ese animal oscuro, de pelo sedoso y brillante que vivía pendiente de sus movimientos ni bien ella entraba, le estaba resultando cada vez más agradable, no le venía mal.  Ahora Mary miraba nuevamente hacia donde estaba la salida. El hombre seguía hablando, contando su vida también ya se había despachado con detalles acerca de su mujer, que estaría descansando en paz, seguramente en algún lugar. Era una mujer llena de virtudes, decía y Mary no lo dudaba. Mary sólo miraba hacia la puerta del restaurant y el pretexto que inventaría para escapar.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: foto Museo Casa de Carlos Gardel

martes, 21 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


           Desprenderse de una mala relación cuesta. Y desprenderse de una mala relación en el trabajo cuesta mucho más. Si uno cree que la vida de uno depende de ese trabajo y de esa relación, se puede tornar imposible cortar con esa dependencia. Mary tenía que buscar la salida de la mala relación que tenía con su jefe, Guillermo, y la buscó. Primero quiso saber los motivos que la habían llevado a aceptar ser la secretaria de Guillermo cuando estaba muy cómoda en su puesto anterior, en la empresa del pueblo donde ella vivía. Fue así que consultó a una psicóloga. Y también a un médico. Habló mucho  contándoles su  mala experiencia. Guillermo se había apoderado de ella: de su tiempo, de su trabajo, de sus pensamientos. Iba a ser difícil, pero no imposible salir de ahí y con ayuda lo había logrado. No quiso decirle nada a nadie: ni a su amigo Julio, ni a las pocas amigas que tenía. Sabía que no la iban a entender. ¿Cómo alguien que había llegado a tener un puesto así, con el doble del sueldo que ganaba antes quería tirar todo por la borda? ¿qué le pasaba? Fue así que había planificado de a poco el cambio: hablaría con la señora Nelly, la contadora de la empresa y le pediría volver al puesto que ocupaba antes. No era posible, había dicho la señora Nelly. Tendría otro trabajo, distinto, tal vez
mejor para ella. Su nivel de vida - en apariencia - sería menor, pero Mary sabía que iba a ganar en otras cosas, tranquilidad, por ejemplo. Vivir en una gran ciudad como Buenos Aires, ya no le interesaba. Había conocido restaurantes de lujo, junto a Guillermo, bares sofisticados, se había comprado los mejores vestidos y trajes que había en los shoppings. Y también había conocido varias milongas y lugares nuevos donde se bailaba tango. Pero ya estaba harta. Tal vez no de todas esas cosas
que eran accesorias y que venían aparejadas con el nivel del puesto de secretaría de Guillermo, el director de un laboratorio de especialidades veterinarias que facturaba millones y millones.
Estaba harta de la mala elección que había hecho. Y también sabía que no iba a pasar el resto de sus días viviendo así, nada más que para el trabajo y para las ocurrencias de su jefe.
Lo mejor que se puede hacer cuando hay una mala relación de esa naturaleza, como la que Mary tenía con Guillermo, es no ver más a esa persona. No querer saber más. Cortar por lo sano. Y tal vez por eso, Mary había ido ese fin de semana a la posada, en medio de la naturaleza. Porque se había alejado de Guillermo cuando vino a vivir al pueblo y cuando cambió de trabajo, pero en su mente Guillermo  todavía estaba.

Ahora Mary se había sentado en el muelle, mientras algunos hombres y mujeres pescaban.  Sobre las tablas de madera del muelle, con la espalda apoyada en una de las barandas, Mary miraba el agua del lago. Eran aguas tranquilas, que se movían casi solamente cuando pasaba alguna lancha. El ruido del agua moviéndose apenas, le hacía bien a la mente. ¡Qué bien se podía estar con tan poco! pensaba. A solas con ella misma, vestida sólo con unas bermudas y una remera, descalza, la madera del muelle tibia por el sol la abrigaba. Qué bien se podía estar con una misma, cuando los pensamientos, iban aclarando la mente para alcanzar la paz en el corazón. Eso era todo lo que le importaba. Qué bien se podía vestir una mujer con sus pensamientos, sin necesidad que nadie le desvistiera el cuerpo o el alma. Sin necesidad de aceptación ni de depender de nadie.
¿Qué más hubiera necesitado Mary ese día? ¿Cuánto podía durarle esa tranquilidad?
Mientras ella continuaba sentada ahí en el muelle, el teléfono de la habitación había empezado a sonar una y otra vez ¿alguien dejaría un mensaje?

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
imagen: Casa Museo Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

sábado, 18 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


    Julio me dejó preocupada cuando hablé con él esta mañana. Mary le había pedido que la acompañara en la moto a una posada, a más de cincuenta kilómetros del pueblo. Se iba a quedar ahí sola el fin de semana. ¿Por qué sola en una posada? Quiero estar sola, dijo Julio que ella le dijo. A Julio no le extrañaba eso, dijo. Porque últimamente, desde que había vuelto al pueblo, Mary era otra persona, no la misma de antes. Se había vuelto más reservada, más distante, de él y de todos. Y cada vez yo estaba más segura de estar en lo cierto por seguir esta línea de la investigación, Mary seguramente se había llevado la carta de Gardel de la señorita Ana. La tendría oculta en alguna parte. ¿Y si fuera cierto?

-¿Y cómo es esa posada?

- Es un lugar muy lindo, en plena naturaleza, hay una laguna y animales.

- ¿Qué le dijo exactamente Mary?

- Que quería pensar en ella misma, no quería ir a bailar tango, no iba a ir a la oficina durante tres o cuatro días.

- ¿Y qué más, Julio?

- Dijo que si podía me diera una vuelta por la casa de ella, donde ya no vive más y después le diga cómo está.

Lo miré a Julio a los ojos, estábamos sentados en un café del pueblo, había muchas personas a esa hora, y pensé que algo me ocultaba. Julio tenía un brillo extraño en la mirada  cuando hablaba de Mary y trataba de ocultarlo. ¿Cómo seguir con la investigación entonces, si la principal sospechosa de haberse llevado la carta se había ido justo cuando yo volvía al pueblo? La señorita Ana me había llamado. Además de seguir buscando la carta de Gardel, ahora quería también que investigara a su sobrino, en qué andaba.
¡Adolescente! ¡es un adolescente!, me había dicho por teléfono con voz de enojada. Y  no es mi hijo, había subrayado. Es una prueba del destino, decía. Nunca me casé ni tuve hijos y me cayó este sobrino por una desgracia. Alguna vez le voy a contar mi historia. Y ahora no me hace caso en nada. Está rebelde, y lo peor es que va a cada rato a la casa de la familia del padre, con la que no me puedo ver. Es mutuo, no nos podemos ver, tampoco ellos a mí. Y tengo que cuidarlo, soy la responsable hasta que sea mayor de edad. Está bien, le dije, viajo al pueblo este fin de semana y hablamos.
La señorita Ana me esperaba ese mediodía con un asado, había dicho. Pero antes quise hablar con Julio y le pedí que nos viéramos en un café. Entonces él me había contado acerca de Mary.

Acomodó la muda de ropa que había traído en el placard del cuarto y la bolsa de cosméticos en el baño. Pensaba que tal vez tendría ganas de arreglarse a la noche. También el regalo que le había dado Julio cuando la fue a buscar en la moto. Lo había abierto delante de él: En la tapa decía: Gabriel García Márquez - Cien años de soledad. Cuando abrió el libro, vio la dedicatoria: Con la amistad de Julio. 
Le agradeció el libro a Julio, y pensó que el título la alcanzaba definitivamente a ella: cien años
de soledad y muchos más eran los que ya llevaba. En realidad leía poco, generalmente revistas y diarios y también algunos libros que Guillermo le había ido prestando. El después le preguntaba cosas acerca de los libros, quería que se los contara. Y Mary, con la gran memoria que tenía le narraba las historias con detalles. Eso  le gustaba a Guillermo, como si fueran los cuentos de las mil y una noches, él elegía las historias y Mary se las contaba. Y así, entre reuniones de directorio, almuerzos y salidas con las amigas, informes de productos veterinarios y de ventas, informes del laboratorio y de las sucursales, Guillermo  le pedía a Mary que lo acompañara. Tomaban un café, o comían algo y entonces Guillermo empezaba el interrogatorio: ¿y qué te pareció el libro? ¿y qué pasaba entre fulano y mengano? ¿y qué decía John? ¿y entonces te acordás qué pasaba? Y así había ido memorizando libros, varios. Sabía las escenas, sabía acerca de los personajes sabía lo que decía Guillermo cuando ella se lo contaba. Y así muchas veces se hacía de noche, y Guillermo quería seguir conversando y no la dejaba ir.  Y ella sentía ese vacío de él, que no se llenaba con nada. Hasta que ella le decía: es tarde, tengo que irme. Y él a veces la acompañaba hasta la casa.

Dejó el libro sobre la mesa de luz, lo iba a leer a la noche, cuando se acostara y salió de la posada a caminar. El lugar era tan hermoso, había verde por todas partes y pájaros que cantaban.
A lo lejos se veía el reflejo del lago, entre azul claro y plata  y algunas personas remaban. Caminaba entre los árboles por donde la luz del sol se filtraba. Se sentía triste y a la vez tranquila. ¿Y no había sido la alternativa de su vida así? Cuando escapaba del ruido, de las relaciones, del trabajo, de los falsos y no falsos enamoramientos, de los amigos verdaderos y de los no verdaderos y  de los extraños, de las rutinas que ella misma se había impuesto? ¿Y qué? se contestó. Peor era meterse en ese torbellino de la gran ciudad, en esa oficina del piso veinte, con un jefe como Guillermo. Comprando ropa y más ropa, carteras y zapatos, aros de piedras, para lucirse en la oficina, para acompañar a Guillermo a todas partes. Y gastando y gastando casi todo el sueldo que ganaba.  Y otra vez había aparecido el nombre de Guillermo, esa persona que no estaba más en su vida, esa relación de tanta perversidad que Mary quería olvidar.
Por eso había ido a ese lugar. Para pensar.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

foto: Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

lunes, 13 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)


Acostada en la cama, con la televisión prendida mientras Felipe, el gato de pelo negro, sedoso y brillante la mira fijamente, sentado al lado de la puerta, Mary mira cómo se proyecta  la figura de un pájaro en el techo  del cuarto. Es una figura en movimiento, como la mano derecha de Mary que hace sombras a la manera de un teatro chino. El sonido de la gota de la canilla de la cocina es el único ruido de la casa, además de las voces de la televisión apenas audibles. Mary mueve la mano, y las  sombras se proyectan en el techo y Felipe las mira. Había vuelto de bailar, eran las tres o las cuatro, tal vez. A esa hora el gato la recibió con un maullido y después deslizó su cuerpo contra las piernas de Mary. Enseguida ella se despojó de la ropa de bailar tango: la pollera con un tajo al costado y los zapatos que revoleó por el aire. A veces, cuando bailaba milonga Mary se sentía tan disfrazada como cuando era la secretaria de Guillermo y tenía que vestirse de una forma adecuada al cargo y al estatus que su jefe tenía en la empresa. Y enseguida Mary entró en la ducha y se quitó debajo del agua el perfume tan dulzón y fuerte de su compañero de baile. Cuando salió de la ducha, se puso una salida de baño y se sentó durante un rato en el living. Miraba las valijas todavía intactas, sin abrir.
Mary ya había decidido a quién le daría toda esa ropa que había traido de Buenos Aires. En el pueblo había una comunidad de hermanas de la caridad que organizaba ferias americanas todos los meses para sostener un comedor para las personas sin techo y ancianos. Las había ido a ver y ellas habían aceptado encantadas. Así, cualquier persona del pueblo podría comprar esa ropa a un precio accesible además de contribuir con una obra de bien. Mary se imaginó que tal vez podría ver a la empleada que trabajaba en el lavadero vestida con el palazzo de seda de color violeta oscuro, o tal vez la empleada de la panadería con un vestido Jackie blanco. Y si las viera vestidas con esa ropa de su vida anterior, recordaría esos retazos de su vida, como en un film, no estaba mal. Y ella no sentiría que había sido tan inútil todo, aceptar ser la secretaria de Guillermo, padecerlo, aceptar gastar medio sueldo en ropa, aceptar tantas cosas que no debiera haber aceptado nunca.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

foto: Casa Museo de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

martes, 7 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


El departamento del octavo piso era luminoso. Mary lo había alquilado recién pintado, un dos ambientes, con lavadero y balcón, a la calle. De noche se veían los techos de las  casas, el pueblo iluminado. Le quedaba relativamente cerca del trabajo. Una cama y una  mesa de luz, un sofá y una mesa en el living, eran todo su mobiliario. Le habia dejado el pez con la pecera  al encargado del edificio de Buenos Aires y finalmente había traído la ropa que usaba como secretaria de Guillermo en unas valijas. No las había abierto aún. Esos vestidos estilo Jackie, los palazzos y los pantalones de seda, no sabía qué hacer con ellos. Todos esos collares, los aros de piedras, ¿a quién regalárselos? Ni loca se vestiría así para andar por el pueblo.
Se había comprado una agenda nueva y un cuaderno donde registraba día por día sus actividades a la manera de un diario. No era fácil librarse de Guillermo, aún persistía en la memoria su presencia, aunque  cada día más lejana.
Las otras noches había recibido llamados a la una, dos de la mañana, la hora en que muchas veces su antiguo jefe la llamaba. Mary atendía y del otro lado no había más que silencio. A Guillermo le gustaba hablar, a cualquier hora del día. Y Mary siempre lo había escuchado.
Ahora, la compañía silenciosa de Felipe, el gato, su nueva mascota, le hacía bien. Era un gato oriental, de pelaje sedoso y oscuro. Felipe sólo maullaba mientras Mary daba vueltas por la casa, ordenaba papeles, ropa, algunas compras del supermercado.
Había colgado la fotografía de Carlos Gardel en una de las paredes del living. La había comprado en el salón donde bailaba tango y milonga. Le hubiera gustado conocer a Gardel, como la tía de la señorita Ana, su antigua vecina. La vida de Mary se había convertido otra vez en una rutina: el trabajo de oficina, en el laboratorio al lado de la señora Nelly, las clases de tango y milonga, alguna salida con Julio, los fines de semana a remar en la laguna o el río. Mary deseaba que no le volviera a ocurrir lo mismo con nadie, lo que le había pasado con Guillermo tenía que ser una enseñanza. Nadie volvería a ocupar su mente como él. Nadie tendría el comando, nadie le exigiría tanta atención como él. Tanto.
No volvería a vivir una historia de perversidad como ésa.
Y si le volviera a pasar pediría ayuda, gritaría socorro, se iría de viaje a algún lugar lejano. Esa noche Mary se durmió en el sofá del living, con la televisión prendida, mirando un serie. Y soñó con los perros, los perros que tenía antes en la casa y que habían aparecido muertos. Ahora, los dos perros, estaban vivos y perseguían unas ratas, chiquitas y blancas, como las que se usaban en el laboratorio. Mary veía la escena y levantaba vuelo, y desde el aire veía la cacería de las ratas. El terreno por donde los perros avanzaban cazando las ratas era extenso y Mary volaba muy alto. Tenía miedo de caer y al final aterrizaba lentamente. Entonces volvía a su casa, su antigua casa y entraba. La casa estaba vacía,
deshabitada y encontraba ahí huellas de su vida anterior. De alguna manera estar ahí en la casa le daba cierta seguridad y a la vez, no le gustaba que estuviera tan vacía, tan despojada.
Ese lugar sin presencias la hacía sentir muy extraña.

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foto: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

sábado, 14 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Ahora sola, en la oficina, mientras miraba el río desde la perspectiva y la distancia que otorga la altura del piso veinte, a través de los ventanales, veía los edificios, las torres, la calle y la avenida, en ese día luminoso, soleado, con un cielo claro y el plateado del agua lejana, buscaba las fotografías de Guillermo.
Sentada frente a la silla de él, como si él estuviera ahí, aunque invisible, va armando un álbum. Es un álbum de cuero azul, al que le ha hecho grabar las iniciales de Guillermo. Seleccionaba las fotografías sin saber, salvo por la apariencia,  las fechas en que fueron tomadas y ponía cada una  en una página. Guillermo se parecía en algunas fotografías a la imagen que tenía en la actualidad. En otras, parecía un personaje, otro, lejano.
Al lado tenía  una botella de agua mineral común. Hoy había venido vestida de manera más informal. Hoy no iba a atender  a casi nadie, el director, está afuera, contestaría cuando atendiera el teléfono. Y sin embargo, la omnipresencia de él, ahora en las imágenes, era como sino se hubiera ido. Mary, sabía, que en el fondo, nada termina.
Mary piensa en los pantalones de Kenzo comprados en un local de un shopping hace pocos días. Siempre estar a tono con él. La cuenta de peluquería, de ropa, los aros, los collares, las carteras, los zapatos. ¿Qué le quedaba para vivir?
Había que llenar la vida de cosas, aunque más no fueran ésas: el trabajo, Guillermo, la ropa de moda y cara, el arreglo. De alguna manera había que llenarla para no ver. Después de jugar al gallo ciego tanto tiempo, la venda había caído. ¿Había caído, realmente? Al principio, había llenado la vida con las mascotas: los perros, los gatos, los pájaros, los conejos. Y también el jardín. Pero la suma de todo eso no alcanzaba. Después había sido el tango: milonga y tango salón. Entonces había empezado la moda del tango: zapatos para bailar, los cursos intensivos, los seminarios. Y ahora había dejado la casa, antes los perros habían aparecido muertos, no se sabe por qué. ¿Maldad? ¿Alguien que odiaba los animales?  Había dejado  el pueblo donde vivía, la empresa, su anterior trabajo para venir aquí, a la gran ciudad.  Jugar al gallito ciego tenía sus inconvenientes. Y también, seguramente sus ventajas. Ahora no era una simple secretaria de un laboratorio de productos veterinarios. Ahora era la secretaria de Guillermo.

A las cuatro de la tarde, se iba a retirar de la empresa, había avisado a personal.  Dos horas antes del horario habitual. Quería tomarse tiempo para pensar. Para caminar cerca de la orilla del río, para caminar descalza. Aunque se tuviera que quitar las zandalias de Ricky Sarkany, llevándolas en la mano mientras caminaba, podría pensar.
Sentía el aire fresco en la cara, el río había crecido, había sudestada. Caminaba descalza, ¿a quién le importaba? La costanera, era todavía un lugar donde se podía caminar sin zapatos. A lo lejos, el horizonte, algunos barcos. ¿Iría a bailar esta misma noche? La última mirada que le había dirigido Guillermo, no le había gustado. Era una mirada inquietante, era un no saber lo que él estaba pensando. ¿La juzgaba? ¿Quería inquietarla? ¿Hacerle saber hasta dónde llegaba su poder? Tampoco podía adivinarlo. Aún quedaba luz del día para mirar los barcos a lo  lejos y pensar. Todavía había un poco de luz para pensar.

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imagen: foto del Café de los Angelitos, vista desde la calle (c) Araceli Otamendi

domingo, 8 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Forcejeaba con las  sábanas, el sueño no la dejaba descansar. Mary se tocó el pelo lleno de espuma, de champú, chorreaba agua. Quería lavarse la cabeza enseguida. No podía hacerlo, el teléfono estaba sonando ¿sería él? Salió del baño enjabonada y atendió, no había ninguna voz, sólo el tono. Se despertó sobresaltada. ¿Era o no era Guillermo el que había llamado? ¿el teléfono había sonado realmente? ¿o lo había soñado? Miró el reloj de pared, en la cocina: las dos de la mañana. Podía ser. Se miró en el espejo, toda una pared, del living y único ambiente donde vivía. Tenía el pelo seco, y también la piel. Y sin embargo el sueño decía otra cosa. Ahora estaba despierta, se prepararía un café. Seguramente no iba a poder dormir más. Con la taza de café humeante, el televisor al mínimo empezó a recordar los
episodios del día anterior. Su día de oficina, el extraño pedido de Guillermo:

- María

- Sí

- Tengo que pedirte algo

- .....

- Salgo de viaje por un par de días

Mary lo había mirado con curiosidad. Y también con alivio. Aunque tuviera que seguir trabajando, esos dos días serían vacaciones.

- Me tomo un par de días, viajo a Uruguay.

- ¿Qué necesita?

- Aquí abajo, en el escritorio, último cajón, hay unas fotos. Quiero que las ordenes.

- ¿Hay que preparar alguna carpeta?

- Son fotos mías, personales. Ahora me voy a una reunión. Fijate que se terminó el agua Evian. Quiero dos botellas, agua fría, bien fría. Y el café anterior, era un asco ¿dónde lo pediste?

Se había dado cuenta. El mozo del café habitual  no había podio venir . Había tenido que llamar a otro café de la zona.

- Está bien - dijo Mary. A la noche podía ir a bailar a una  milonga cerca de la calle Corrientes. Había que cambiar, de vez en cuando, para no encontrarse con los mismos de siempre. Para eso Buenos Aires tenía sus ventajas, no como en el pueblo donde los que bailaban tango y milonga eran las caras repetidas que uno podía encontrar en la plaza, cruzando la calle, comiendo en un restaurant, en todas partes.
Tal vez esta noche Julio estuviera en Buenos Aires dando clases de tango salón.
Guillermo puso el aire acondicionado al máximo, como lo hacía siempre antes de salir. Dio un portazo y se fue.

Mary vio a Guillermo, a la distancia, caminaba rápido, como todos, cerca del asfalto. Miraba
la ciudad, por la ventana, desde el piso veinte, durante unos momentos era feliz, así, sola, con todo el espacio a su disposición, sin recibir órdenes ni pedidos del jefe. Los edificios altos, las torres, el río lejos detrás. En una terraza de un edificio más bajo, se veía un rectángulo azul, una pileta de plástico llena de agua  y un niño que jugaba adentro bajo la mirada atenta de una mujer en short y remera. Un pequeño paraíso. Se sentía ridícula, a veces, con esos vestidos de seda, con esos palazzos y collares con que se adornaba para salir de su casa a las seis de la mañana. Una vida tan distinta desde que estaba ahí.

Sonaba el teléfono incesantemente, mientras atendía abrió el último cajón, el que le había indicado Guillermo. Ahí estaban las fotografías.


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foto: fotografía del Museo Casa de Carlos Gardel - (c) Araceli Otamendi

lunes, 2 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Hacía poco más de un mes que Mary era la secretaria de Guillermo, uno de los principales directores del laboratorio. Había dejado el pueblo no sin ciertas dudas. Y estaba en lo cierto. La nueva vida que le esperaba en Buenos Aires distaba mucho de su vida anterior, en ese pueblo de la provincia de Buenos Aires tan distinto a la gran ciudad.  Mary no conocía a casi nadie aquí, salvo a sus nuevos compañeros de la empresa, y ya había ido a bailar tango y milonga a un lugar, uno de tantos donde se baila.
Tampoco tenía amigas y la vida que llevaba entre su trabajo en la empresa, atendiendo todo el día los llamados del director, recibiendo órdenes, llevando la agenda a veces sin hora de salida, la habían vuelto irritable. Pero una de las verdaderas razones por la que se había ido del pueblo había sido la muerte de sus perros. Los dos perros, esos que había adoptado y a los que le tenía gran cariño habían aparecido muertos en la vereda. ¿Quién podría haber hecho algo así? Eso y el repentino ofrecimiento del director de trabajar como su secretaria en Buenos Aires la convenció y tomó la decisión. ¿La señorita Ana tendría algo que ver con la muerte de los perros? ¿Y el sobrino? ¿Por qué existía tanto odio entre ella y la señorita Ana? ¿y si hubiera sido alguien del laboratorio donde ella trabajaba?
Ahora su vida tenía otro calibre, su jefe, Guillermo, tenía otros gustos, y ella debía atender las ocurrencias de él, que a veces se tornaban imposibles, insoportables.
Como cuando, al segundo día de llegar a Buenos Aires, el jefe la llamó para decirle por qué no estaba la botella de agua mineral Evian sobre el escritorio. Mary lo miró interrogándolo y él enseguida se dio cuenta que no le había dicho nada, que no le había avisado.  Todos los días el agua Evian tenía que estar, sobre el escritorio de él, cuando llegara, además del café, que no sería el de la empresa. Además, Mary, cuando él estaba distraído, se dedicaba a observarlo. Guillermo era un hombre elegante, buen mozo, joven, se cuidaba mucho en la comida. Necesitaba que lo atendieran permanentemente, que
lo asesoraran. Mary  debió cambiar su estilo,  comprarse ropa, nueva, de marca, era necesario vestirse ahora de otra manera. Una gran parte de su nuevo sueldo se lo gastaría en ropa, zapatos y maquillaje.
Por momentos, mientras ella escribía en la computadora alguna carta, alguna nota que él le solicitaba, se le aparecían los perros en la mente, jugando en el jardín, entre las madreselvas y los tacos de reina. Añoraba el jardín, el canto del gallo al amanecer, los ruidos de los pájaros. En ese momento se dedicaba a mirar por los ventanales del piso veinte de la oficina el río, los edificios, las cúpulas, los diminutos autos.

- María - la llamó , él, Guillermo, le decía María y no Mary.

- Sí

- A ver qué te parece esto - le dio un papel escrito a mano

Mary lo leyó. Era un poema. No sabía qué contestar, ella no leía poemas, casi nunca lo había hecho.

- Creo que está bien - dijo

- ¿Te parece?

- Sí - contestó

- ¿Qué poetas te gustan?

- Neruda - se le ocurrió

- Neruda, Pablo - contestó él, como si mordiera las palabras y la miró, escrutándola

- No sé mucho de poetas.

- No me hagas caso. El informe que te dí hoy tiene que estar terminado dentro de una hora, a las cinco tengo reunión ¿lo vas a tener?

- Sí - dijo Mary

- Así me gusta. - Ah, pedime un café, ya sabés adónde .

- Sí

Mary llamó por teléfono a uno de los bares más caros de la zona y pidió un café cortado para Guillermo.
Poco después de tomar el café, Guillermo se puso el saco y salió de la oficina. Antes subió el aire acondicionado al máximo.
Mary se quedó tecleando en la computadora, los dedos se movían rápido sobre las teclas y
cada tanto levantaba la cabeza para mirar por la ventana el río marrón, casi gris a lo lejos, los
edificios y los diminutos autos y colectivos que circulaban por la calle. Esperaba el momento
de salir de ahí para ir a bailar tango.

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foto: Escalera del Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

viernes, 23 de diciembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Las clases de tango y milonga seguían y yo ya estaba un poco harta de mirar a Julio, cómo bailaba con las alumnas, no sabía a qué hora terminarían las clases, así que me me fuí. Ya conocía los movimientos del tango y la milonga, los pasos, la música, me sentía lejana, a la seducción de esa música y ese baile, como una extraña. Lo mío evidentemente, no era el baile.
Caminé rápido hacia el hotel por la calle principal del pueblo, todavía los restaurants estaban llenos, las vidrieras iluminadas, se anticipaba el fin de semana. Me sentí bien en la calle, con el viento fresco, las hojas de los árboles se movían y las sombras se veían reflejadas en los vidrios de los negocios. Eran pocas cuadras, enseguida llegué al hotel. La empleada de recepción me entregó un papel, un mensaje seguramente.
En lugar de subir enseguida a la habitación, pedí un café al bar y me senté en la computadora del hotel.
Empecé a abrir los correos. Había un mensaje de Mary, tenía que verme, era urgente, decía. Tenía novedades en el trabajo y tenía que tomar una decisión. También llegaba un amigo de Francia, venía a Buenos Aires, quería verme ¿estaría yo en Buenos Aires para esa fecha? No lo sabía, aún no. La señora Nelly, la contadora de la empresa donde trabajaba Mary, también quería verme. Cerré los mensajes, no contesté ninguno. El café tenía buen sabor.
Ahora, seguramente, no podría dormir. Pasajeros que llegaban a pasar el fin de semana, huéspedes que volvían a dormir, el hotel se iba llenando.
Decidí subir a la habitación. Fuí por la escalera. Ya en el cuarto advertí que algunas cosas habían sido cambiadas de lugar, como si alguien las hubiera estado revisando. En realidad no tenía nada que fuera de interés, ni notas, cuadernos, ni computadoras. Abrí el mensaje que me dieron en la recepción. Era un llamado, de Buenos Aires. Nada importante.
Bajé la persiana, el cielo tenía nubes grandes y estaba gris, plateado, se anunciaba tormenta. Con el control remoto prendí la televisión, puse un documental de animales. Casi enseguida me quedé dormida. Soñé con un búho, cómo me miraba ¿quería decirme algo? Al despertar recordé el sueño. Pensé en el significado, el búho ¿era el anuncio de noticias buenas o malas?
También sabía que una posible interpretación de soñar con un búho era el acercamiento de una
persona mentirosa. ¿Cuál de todas las personas que se me acercaban vendría con mentiras? ¿hasta qué punto tendría que pensar en este sueño, atribuirle algún significado?  Y sin embargo, el búho, ese pájaro que me miraba fijo en el sueño, me estaba alertando acerca de algo. ¿Sería posible escapar de lo que el sueño presagiaba? Como decía Marguerite Yourcenar, siempre se cae en alguna trampa.
Era de madrugada cuando empezó a llover, las gotas de la lluvia producían una especie de música mientras golpeaban en la ventana.




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imagen: fotografía escalera del Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

martes, 29 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela -(fragmento)


Adela sueña con instalarse en la gran ciudad. No puede más ahí, le da tristeza cuando cae la tarde, el mugido de las vacas, el canto de los pájaros, el repliegue de éstos hacia los árboles, no puede más. Ahora que conoce a personas que integran ese gran mundo del que ella por ahora está excluida, Gardel,  ese hombre, ese que fue el Presidente, con el que bailó en una fiesta antes de que lo fuera, no quiere estar  ahí, en el campo, viviendo una vida de provincias.
Y Adela sueña, como sueña el próximo hijo ¿será nena? que tiene en su vientre. Atesora la carta de Gardel, nada ni nadie se la podrá quitar. Un ruido de vidrios rotos la conjura hacia la cocina. Sobre las baldosas, negras y blancas en damero, se ha caído un frasco de sal. ¡Mala suerte! En el hotel nadie está levantado a esa hora. Y ella, se agacha, levanta su pollera y traza una gran cruz en la sal, y arroja, además una pizca por sobre el hombro izquierdo. Adela se acerca a la ventana, afuera está oscuro, sin embargo  puede ver desde ahí la silueta de algún caballo.
¿Pero quién, qué cosa tiró el frasco de sal al piso? ¿acaso será un alma en pena? Por las dudas, Adela reza, y también sueña. Sueña que un día se va de ahí a la gran ciudad, Buenos Aires.



Lejos de ahí, en el tiempo y en la historia, otra mujer investiga, intenta escribir una historia que la ha buscado. Es que las almas de los muertos no descansan, buscan, llaman. Las almitas en pena, ¿los angelitos?. Me detengo en el frasco de sal, le pido al mozo, por favor que lo traiga. Quiero comer una omelette con sal, ahí, en el café, mientras escribo esto.



Hacia atrás, en el tiempo, Carlos Gardel se hace lustrar los zapatos en una esquina. Con las manos manchadas por el betún, el lustrabotas canta. En otro lugar de la ciudad, Roberto Arlt escribe rápido una de sus aguafuertes. Teclea, intuye que no le queda mucho tiempo ¿tal vez diez, quince años? En otro café, Jorge Luis Borges recuerda palabras de Rafael Canssinos Assens y las comenta a  algún interlocutor, tal vez un poeta.
 
 
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imagen: fotografía del Café de los Angelitos - vista lateral desde la calle (c) Araceli Otamendi

jueves, 24 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


   En el Café de los Angelitos, a la mañana se estaba bien. Me senté  en una de las mesas cerca de la ventana, pedí un café. Tomé mi libreta de apuntes y me puse a escribir algunos detalles. La entrevista con Nelly la contadora del laboratorio donde trabaja Mary había sido un par de días atrás. Por momentos, lamenté que el nuevo caso que tenía entre manos me distrajera  un poco del caso de la carta de Gardel. Aunque después de todo, las dos investigaciones que me habían encomendado  tenían en común habitantes del mismo pueblo. Cada vez que viajara hasta ahí, podría seguir buscando nuevas pistas.


   Esa noche, llegué al pueblo varias  horas más tarde de lo previsto. El camino estaba atestado de autos, de camiones, y el ómnibus en el que viajaba había tenido que cambiar las gomas en dos oportunidades.
El detalle de la pareja que baila en el vitraux de arriba hace que me detenga en esa imagen durante unos segundos. Sin embargo no puedo dejar de pensar en la entrevista con la señora Nelly, esa mujer que parece incansable.
Eran las diez de la noche cuando llamé a la empresa desde el hotel, recién había llegado. Pedí hablar con la señora Nelly y ella misma respondió:

- Soy yo, la estaba esperando.

- Sufrí un retraso en el viaje  de varias horas - me disculpé.

- No tiene importancia, puede venir ahora, la espero.


   No tuve tiempo de decir nada más porque ella ya había colgado el teléfono. Me intrigaba lo que me iba a decir, el caso que me propondría y caminé desde el hotel por la calle principal y luego por una calle angosta hasta llegar al laboratorio de especialidades veterinarias. Las vidrieras de los negocios estaban iluminadas y en los bares y restaurantes se notaba el inicio del fin de semana.
   Desde afuera se veían las luces encendidas. El laboratorio estaba en  un edificio antiguo, reciclado. Toqué el timbre, sonó una chicharra y empujé la puerta.
  ¿Sería ella misma, Nelly quien la había abierto ?
   En la recepción había un escritorio, una computadora, varios teléfonos y una agenda. Todo estaba ordenado y supuse que ese era el escritorio de Mary.

    Enseguida apareció la silueta de una mujer vestida con pollera, una camisa y un saco de tipo sastre puesto sobre los hombros y ella  extendió la mano:


- ¿Cómo está? - Soy Nelly.


    La presencia de esa mujer era algo intimidante. Me miraba fijo, como si estuviera estudiándome y le comenté nuevamente el motivo de mi tardanza.

- Adelante - indicó el camino hasta su oficina.

    Ya sentada frente a ella, al otro lado del escritorio, Nelly estuvo hablando durante más de media hora
del motivo por el cual me había citado.

- Algo se pudre en Dinamarca - dijo.

- ¿Usted quiere saber los motivos?

- No, soy yo la que se los va a decir. Hay intrigas en la empresa, rumores. También sabemos que hay alguien que difunde afuera cosas que no deberían saberse afuera.  Y hay una empleada que es la que inicia y desparrama todo.  Además esconde las cosas, los proyectos, muchos papeles no aparecen.

- ¿Se sabe quién es?

- Sí
- ¿Entonces cuál sería mi trabajo?

- Necesito que pase unos días en la empresa, con algún pretexto, tal vez algún trabajo administrativo temporario, eso no es difícil. Necesito que usted estudie cómo se inician los rumores, cómo se desparraman, cómo se tejen las intrigas. Qué es en realidad lo que está pasando. El aire de la empresa se ha vuelto irrespirable, no sé si me explico.

- ¿Me está pidiendo que haga una especie de espionaje?

- No, no es eso. Sabemos quién inicia todo, queremos solucionarlo.

- Tenía entendido que había un desfalco en la empresa.

- Eso no podemos solucionarlo por ahora. Pero no es el tema por el que le quiero encargar la investigación.

- ¿Y por qué pensó en mi para este caso?

- Mary me contó algo de su trabajo. Y pensé que tal vez le interesara lo que le estoy proponiendo.

Nelly abrió entonces uno de los cajones del escritorio y sacó un fajo de billetes y lo arrojó sobre el mueble.

- Son cincuenta mil, he pensado en que puede ser una buena suma, para empezar, para los gastos que tendrá.

- Hábleme de esa persona que teje intrigas.

- Es una mujer, empleada del laboratorio, parecería que durmiera enroscada. Desde hace un tiempo la vemos llegar ojerosa, como si no durmiera bien. Tiene la tez casi de color verde, como si la envidia hacia sus compañeros, hacia sus jefes, hacia mí, le hubiera teñido la piel. La he llamado varias veces al escritorio a conversar, pero no suelta palabra.

   Tomé el fajo de billetes y lo guardé en uno de los bolsillos de mi campera. Afuera, las hojas de los árboles se movían y se escuchaban pasos, como si alguien estuviera caminando en la planta alta.

Nelly me miró y dijo:

- Es la hora en que limpian la empresa.


- Está bien, aceptaré el caso. Necesito que me diga algo más de esa mujer, y también de los otros empleados.

Cuáles son los temas que circulan dentro de la empresa. Qué otros problemas hay.



- Mañana nos vemos, entonces. ¿Puede estar aquí a las ocho?

- Preferiría que nos encontráramos en otro lugar.

- Muy bien, mañana a las ocho entonces, en el bar, frente a su hotel.


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)




Esta vez el viaje era de día. A más tardar llegaría al pueblo a eso de las tres  de la tarde, pensaba.
La luz del amanecer me impedía dormir, en el ómnibus me dedicaba a mirar el paisaje: el campo, los animales, algunos silos, los tractores trabajando. Después de la Basílica de Luján, ese imponente edificio gótico, enseguida a un lado y al otro del camino se podía ver el verde de los pastos y los sembrados. Y también empezaba a ver altares del Gauchito Gil. Muchos altares, grandes y chicos, con sus banderines rojos, con velas, ofrendas, algunos al borde del camino, otros, más retirados, como pequeñas ermitas, muestra de religiosidadpopular. Era curioso ver esos altares del Gauchito, no se veía  a nadie arrodillado ahí, y sin embargo las velas, los pequeños objetos como ofrendas eran huellas de fervor y presencia. Esta vez iba al pueblo  con otro asunto para investigar, además de la carta.
Mary me había llamado por teléfono. En el laboratorio donde trabajaba, habían descubierto un desfalco. No querían dar el asunto a publicidad pero querían saber quién o quiénes estaban detrás de eso.



Faltan cinco minutos para las seis de la tarde y suena el teléfono. Mary atiende, intuye el destino de la llamada. El conmutador enciende las luces, ya está acostumbrada. Nelly, la contadora, seguramente
dirá que no va a atender. Es ella la que determina quién entra y quién sale en la empresa. También a quiénes se atiende y a quiénes no.

- Nelly, ¿le paso una llamada?

- ¿Quién es?

- Un tal Rubén, dijo Rubén - así dijo.

- No sé quién es - preguntále el apellido y el motivo de la llamada, se oyó por el conmutador.

Mary pensaba que seguramente, aunque el tal Rubén le dijera el apellido, Nelly tampoco lo iba a atender. Nelly estaba demasiado cansada, demasiado harta, como para atender una llamada un viernes, a esa hora.

- Giménez - dijo. - Rubén Giménez

- Decile que no estoy, que no existo.

Mary le contestó al hombre que la señora Nelly se había retirado ya de la empresa. No hubo respuesta del otro lado del conmutador. Mary miró la hora, eran las seis y cinco y pensó que faltaba poco para la clase de tango. Tenía los zapatos en una  bolsa, no haría falta que se fuera a cambiar a la casa.

Cuando se había preparado para salir, la voz de Nelly en el conmutador la llamó:

- ¿Estás ahí, Mary?

- Sí, sí, estoy, todavía estoy.

- ¿Podrías venir un minuto?

- Sí, sí, claro.

Nelly estaba sentada en su escritorio. Afuera la ventana, los árboles del patio. El escritorio de Nelly no estaba mal, era grande. Ella tenía muchas obligaciones ahí en el laboratorio.


- Si tenés tiempo, te quiero contar algo.

- ¿Qué cosa? - dijo Mary

- Una confidencia. - ¿Querés un café?

- Bueno - contestó Mary, pensaba que se hacía tarde para llegar al bar, a la clase de tango.

- Yo te lo traigo . Nelly fue hasta la máquina de café y sirvió el líquido en dos vasos de plástico y los trajo hasta el escritorio.

- Ese hombre, que llamó hoy, nunca me pases una llamada de él.

- Está bien - dijo Mary

- Otro día te voy a contar por qué te digo esto.

Mary asintió. En realidad no tenía ganas de escuchar confidencias, lo único que le interesaba era ir a bailar. Ya había cumplido el horario durante todo el día. Había sido una secretaria perfecta desde las ocho de la mañana. Ahora venía el fin de semana.
- ¿Tenés un ratito más? - dijo Nelly
- Sí, si quiere puedo quedarme un rato más.

- Tomá, aquí tenés el café. - Mirá, vos todavía sos joven, y te parecerán raras ciertas cosas que escuches o veas. Pero yo, quiero que lo entiendas, estoy de vuelta de muchas cosas. Nunca se está de vuelta del todo, eso es así, hasta la muerte, creo yo. Pero ¿sabés por qué no lo atendí a este Rubén que llamó?

- No

- Porque nunca llama ni se acuerda de mí  y ahora que llamó estoy segura de que necesita algo. Y eso es usarlo a uno. Y no tengo más ganas.

- Está bien - contestó Mary sabiendo que llegaría tarde a la clase de tango.
- ¿Cuándo llega esa amiga tuya, la investigadora?
- Ya tendría que haber llegado - afirmó Mary, sin saber que el ómnibus que traía a la detective al pueblo había pinchado las gomas en dos oportunidades.



Cuando  Mary salió a la calle, se veían hombres y mujeres caminando, paseaban, había muchos autos.
Caminó por la calle hasta la segunda avenida. Faltaban pocos minutos para iniciar el fin de semana, como a ella le gustaba, bailando.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: foto tomada en la Casa Museo de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

lunes, 7 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Dí vueltas por Boedo, caminé por las calles de la avenida, pensaba cómo seguir. Había muchos
bares, declarados notables, con temas de tango, como el de Pugliese. Todavía faltaba leer el
mail de Julio, el profesor de tango. Entré en el bar de Pugliese donde había muchas fotografías del músico. El bar, también más modesto que el de la esquina Homero Manzi en San Juan y Boedo, tenía dos televisores. A un costado, uno de los televisores emitía la programación de la tarde. Cerca de la barra, el otro aparato mostraba el drama de Roberto, un hombre que lamentaba el asesinato de su mujer a manos de su ex-pareja. Se podía ver en cámara la cara del hombre narrando su tragedia. Me preguntaba si los televisores reflejarían la escena durante todo el día. Me senté cerca de una ventana. A media cuadra se veía un cine de barrio. Cerca de mi mesa, una chica escribía en un cuaderno. Una pareja de edad mediana en otra, y más lejos una pareja de un hombre y una mujer mayores. Un hombre solo, vestido de traje, corbata y con anteojos, miraba con seriedad la calle. Colgado de la pared hay un retrato de Carlos Gardel.
Pedí una bebida tónica cuando vino el mozo y empecé a leer:

   "Durante la siesta, le estoy escribiendo a esa hora, no tengo nada que hacer. Los negocios cierran hasta las cinco y todo el mundo se va para la casa a comer, o a hacer algo. Le estoy escribiendo desde un cyber café, uno de los pocos lugares que están abiertos. Entonces salgo a dar vueltas por el pueblo en la Harley-Davidson, voy hasta el río, me quedo un rato ahí, en un boliche. Después, si tengo tiempo llego hasta la laguna y me quedo mirando los pastizales y los patos, las garzas, algunos chicos  se meten en el agua, hasta que el sol empieza a bajar. Entonces me subo a la moto como si fuera a un caballo y salgo para el hotel, a cambiarme. A prepararme para las clases de tango. Tengo muchos alumnos en este pueblo. No sé por qué le escribo todo esto, usted parece tan interesada en el caso de la señorita Ana. Pronto iré a Buenos Aires, tal vez le pueda contar algo que la oriente en el caso.
Hasta pronto,

Julio (el profesor de tango)".

Julio era un hombre más bien callado, como si todo lo que quisiera expresar lo dijera en el baile, enseñando tango.
En la casa de la señorita Ana no había hablado mucho. Una de las conversaciones que presencié entre él y la señorita Ana fue la manera en que Mary o más bien los conejos de la India de Mary habían iniciado las hostilidades entre las dos mujeres.
Mary había traido a su casa dos cobayos, un macho y una hembra y los había puesto en una jaula en el patio.
Al poco tiempo los conejos de la India tuvieron cría y la jaula les quedó chica. Mary hizo construir entonces una casita de madera parecida a una cucha de perro para los pequeños animales. Los conejos podían entrar y salir de la  casa y recorrían el jardín comiendo pasto y plantas además  del alimento que Mary les daba.
Los cobayos siguieron multiplicándose y buscaron nuevos pastos y plantas para comer. Les gustaba mucho pasar debajo del cerco que separaba la casa de Mary de la de la señorita Ana. Hasta que ésta los hacía volver a la casa de Mary tomándolos con las manos, eran tan suaves, y se los devolvíia a su vecina arrojándolos al jardín. Pero un día la señorita Ana se ausentó hasta la noche y los conejos aprovecharon para comer unas cuantas plantas, las preferidas de Ana.
Fue entonces que la Señorita Ana amenazó a Mary con hacerle un juicio. Y fue entonces que Mary decidió dedicarse a salir más cuando volvía del trabajo en el laboratorio, y también decidió tomar clases de tango.
Julio parecía divertido con la historia cuando la Señorita Ana la contó mientras comíamos. Y fue entonces cuando le pregunté a la Señorita Ana si los conejos no habían vuelto a aparecer por su jardín. Era como en el cuento de Cortázar, dijo ella. Se multiplicaban y se multiplicaban y aparecían en mi jardín, eran cada vez más conejos, dijo mientras una sonrisa se le iba dibujando lentamente.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: fotografía tomada en la Casa Museo de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

lunes, 24 de octubre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Ya en la ruta, a bordo del ómnibus, al alejarme del pueblo empecé a sentir el olor a zorrino. No era el olor de un animal supe después, sino el de una planta, que al pisarla las ruedas de los autos despedía ese olor tan fuerte.
Era de noche y me acurruqué en el asiento, corrí las cortinas y me dediqué a rumiar un poco los acontecimientos. La señorita Ana, el profesor el sobrino y Mary, el bar donde se aprendía a bailar milonga y tango, supe casi enseguida ya no volverían a ser lo que eran. Los conservaba en mi recuerdo
por más que varias veces más debiera volver a seguir investigando acerca de la famosa carta. Ahora volvía a Buenos Aires, otras investigaciones me estaban esperando. Me había enviado también un mail
una nueva clienta. Desconfiaba del novio, le escondía algo. Estaban a punto de casarse y sospechaba que él estaba casado en otro lugar, tenía otra familia.

Pero esta vez, estos días pasados en el pueblo que ahora recordaba  ya no volverían a ser. La beretta me molestaba, igual no iba a ir desarmada. Era peligroso, ya en el pueblo sabían que estaba a cargo de una investigación, se había corrido la voz.
En el piso de arriba del ómnibus se podía dormir. Faltaban pocas horas para amanecer y seguramente el micro haría algunas paradas.
Miraba el campo, la oscuridad, alguna luz a lo lejos, la sombra de algún animal.
La imagen de Mary, la vecina de la señorita Ana me vino enseguida a la mente. Cuando fuí a su casa  parecía estar en guardia, había desplegado sus antenas y encendido las alarmas, se notaba. La mirada era otra, se mostraba distante y a la vez tenía los ojos muy abiertos como si quisiera abarcarlo todo.
Me hizo pasar enseguida. La casa parecía semivacía, algunos pocos muebles y algunos retratos, como si hubiera estado habitada alguna vez y ahora nadie tuviera tiempo de dedicarse a ella, y entonces la casa se hubiera vengado, luciendo así, triste e indiferente.
Hablamos mientras Mary se servía un whisky con hielo. Le pedí un té.

- ¿Hace mucho que se conocen con la señorita Ana? - pregunté
- Sí, hace muchos años. Pero nunca fuimos lo que se dice amigas - respondió.
- Pero tienen las casas casi pegadas - dije
- Sí, sí, es cierto. Mi vida era otra hace muchos años. Tal vez alguna vez me anime a contarle. Ahora no, no tengo ganas de hablar, tal vez usted me comprenda...

La observé mientras ella bebía la medida de whisky y yo el té. Lo había preparado enseguida y las hojas flotaban apenas en la taza. Parecía incómoda por mi visita y decidí seguir adelante ya que estaba ahí. Tenía un retrato sobre una mesa, era ella bastante más joven, con la mano apoyada en una roca y el mar detrás. Tenía el pelo al viento y miraba hacia lo lejos.

- ¿Le gusta el mar?

- Sí, me gusta mucho el mar. - Tal vez le parezca raro que yo viva aquí, ¿no es cierto?
-¿Por qué tendría que parecerme raro?
-Porque todos dicen que soy muy de ciudad, a pesar de vivir en este pueblo hace muchos años.
- ¿Y por qué lo dicen?
- Les extraña que viva sola, que no me haya casado de nuevo, que vaya a bailar el tango.
- ¿Y usted qué piensa?
- Yo vivo el presente, vivo nada más.

Éramos dos mujeres ahí en ese living, en esa casa solitaria, y la oscuridad había empezado
a entrar por la ventana. El jardín casi no se veía. El canto del gallo había anunciado la caída
de la tarde. ¿Podía esa mujer, Mary, haberse llevado la carta de Gardel?


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 25 de septiembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



El jardín de la señorita Ana bullía de flores, de perfumes, y también de insectos. Había mosquitos, nubes de mosquitos que atacaban en cualquier parte del cuerpo donde no se hubiera puesto repelente. Los mosquitos daban vueltas y vueltas, intentaban encontrar a alguien, una presa, una nueva víctima, no había que permitirles eso. Estábamos adentro de la casa y desde ahí miraba los jazmines, las hortensias, las margaritas, la parra, la morera, la higuera, el níspero.

Nos sentamos a comer a la una en punto. La comida era adentro de la casa. La señorita Ana nos había invitado a las doce.

Estábamos   Pablo, el sobrino de la señorita Ana que había quedado huérfano y ahora estaba bajo su ala protectora, el profesor de tango y yo. Las ventanas estaban protegidas por alambre tejido fino, para que no pasaran moscas ni mosquitos, tampoco abejas.

La señorita Ana pensaba seguramente que el momento del almuerzo sería más agradable si se escuchaba música de tango y el profesor asintió.

Desde la ventana se podía ver la reluciente Harley-davidson del profesor quien había prometido llevar a dar una vuelta a Pablo, más tarde.

La conversación transcurría sin mayores sobresaltos. Ya habíamos pasado de hablar de Gardel y Razzano a Piazzola. También Eladia Blázquez y el polaco Goyeneche. No faltaron ni Aníbal Troilo, ni Pugliese.

El profesor de tango matizó la conversación con algunas anécdotas. La señorita Ana recordó que había sido Ricardo Güiraldes, el autor de Don Segundo Sombra quien enseñaba a bailar el tango en París. Luego fue hasta la biblioteca y tomó un libro, de Güiraldes y lo mostró. El profesor asintió. Pablo aseguró que había
leido el libro y yo le pedí el ejemplar a la señorita Ana para hojearlo.

El profesor de tango aseguró después que Gardel había cantado ante el maharajá de Kapurthala. A la señorita Ana pareció gustarle el tema porque lo siguió, y hasta parecía exigir más detalles que el profesor pasó a explicar.

El asado estaba riquísimo, tal vez la carne  tenía demasiada sal y bebimos vino tino y tomamos también agua y todo eso amenizado con la música de un tango.


- Lo vi bailar con sus alumnos - En el bar, el otro día, algunos bailan muy bien, dije.



- Llevo años enseñando a bailar el tango. Pero es la música y el sentimiento los que deben guiar el cuerpo, hay que seguir la música , mantener el ritmo.



- Eso que usted dijo es cierto - afirmó la señorita Ana y agregó: - el profesor sabe lo que dice, a mi también me enseñó a bailar.



Pablo, el sobrino de la señorita Ana miraba hacia la ventana como si esperara a alguien.  Parecía ensimismado y la señorita Ana le preguntó qué le pasaba.



- Nada, no pasa nada, Ana. Estoy cansado, nada más.



- Y cómo no va a estar cansado si volvió a las ocho de la mañana - dijo la señorita Ana. Tenía un tono de enojo en la voz.



- Los jóvenes se acuestan a esa hora - dijo el profesor. Van a bailar y vuelven de día  a la casa.



- ¿Y no sería mejor que durmieran de noche? Así tendrían tiempo de vivir de día y no dormir tanto a la mañana.



El profesor de tango le guiñó un ojo a Pablo. La señorita Ana anunció que después  iban a comer un postre helado.



Afuera, en el jardín, los dos perros de la señorita Ana se habían echado a dormir bajo el alero que rodeaba la casa. Hacía un calor insoportable que presagiaba un verano tórrido, pegajoso. El profesor de tango preguntó si no había que apagar las brasas de la parrilla y la señorita Ana respondió que no. Se apagarán solas, hasta que el carbón  se consuma, hasta el final, dijo.

Ahora todos se habían sentado en la galería, después de rociarse el cuerpo, la ropa, el pelo con repelente de insectos. Yo también lo había hecho.
A lo lejos se escuchaban ladridos de perros, y más lejos el rugido de alguna moto dando vueltas por el pueblo.

Pensaba que éste sería el mejor momento para ir hasta la biblioteca y mirar los libros, tal vez abrir alguno al azar. Algo que me indicara qué pista seguir, ¿quién se podría haber  llevado la carta de Gardel ? la señorita Ana la había guardado con tanta ilusión y también compromiso con su tía Adela, con su recuerdo.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados