Archivos del Sur - Escritores de la Provincia de Buenos Aires -Revista cultural argentina Archivos del Sur se edita desde Buenos Aires- Argentina- Año 21- Edición 256- agosto de 2022 -Fundada en mayo de 2002- ISSN 1575-9393- Registro de la propiedad intelectual Nro.55060538 - La revista Archivos del Sur es propiedad de Araceli I. Otamendi Directora- Editora: Araceli Otamendi .Derechos de autor reservados.
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viernes, 10 de abril de 2015
La carta de Gardel - novela (fragmento)
- ¿Se refiere al Sur?
- Sí - dijo la mujer más vieja del pueblo, después supe que se llamaba Dolores.
- ¿Por qué?
- Porque en el Sur está todo.
- ¿A qué se refiere?
- Todo lo que usted busca, está en el Sur.
- ¿Cómo lo sabe?
La mujer señaló entonces lo retratos colgados en las paredes y luego dijo:
- ¿Ve usted estos retratos, estas caras, estas fotografías?
- Sí
- Son las caras de muchas personas que vivieron aquí, en este pueblo. Conozco las historias de cada uno, podria contarle...
- ¿Y cómo hace para recordar cada historia?
- Venga, siéntese aquí - dijo señalando un sillón tapizado en cuero
Ella fue hasta otro sillón igual y se sentó, la seguí. Me quedé callada hasta que Dolores volvió a hablar:
- El pasado es lo único que debe importarnos, el presente se esfuma, el futuro no existe todavía.
- Lo dice muy segura.
- El pasado está aquí, usted debe conocerlo...
- Está bien. Estoy dispuesta a escucharla, a venir aquí muchas veces...
- Si quiere encontrar la carta de Gardel va a tener que venir, puedo contarle muchas historias.
Me preparé para escuchar algunas, después dije:
- ¿Y usted siente estima por todas esas personas de las fotografías?
- ¡No! - contestó alarmada. Un gesto de preocupación le dibujó algunas arrugas en la frente.
- ¿Entonces odia a alguien?
- Tampoco.
- ¿Qué siente cuando recuerda las historias de cada uno de los que están ahí?
- A veces nada - dijo y sonrió enigmáticamente.
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miércoles, 17 de septiembre de 2014
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
Guardaba bajo cuatro llaves y ocho candados lo que pensaba en ese momento. Siempre que se lo proponía podía ser así: hermética. Lo había aprendido en su trabajo de secretaria, para eso le pagaban, para guardar secretos. Al menos eso pensaba muchas veces, ahora lo recordaba. Frente a Mariana, Mary no quería hablar de ella. Y si esa mujer, la señorita Ana había muerto ¿por qué tenían que seguir buscando la carta? Había veces que muchas personas se alteraban porque querían averiguar cosas de ella y ella no quería hablar. La curiosidad mata, lo sabía, la curiosidad es malsana cuando hace que se quiera indagar en cosas que a nadie le importan, nada más que a uno mismo.
-Le voy a decir algo, dijo Mariana.
-¿Qué cosa?
-Hay seguramente muchas historias ocultas en la vida de Gardel. Fue un artista de gran fama internacional, un gran artista y desde hace muchos años es un mito. Y esa carta puede contener una de esas historias.
-Puede ser…
-Si yo le cuento algo, acerca de un caso que estoy investigando, ¿usted me diría algo?
- Tal vez - dijo Mary
-Desde hace unos días estoy con el caso de una mujer, argentina, quiere casarse con un hombre que dice tener una fortuna, es mucho mayor que ella, cerca de cuarenta años más, vive en Europa, divorciado con hijos de otros matrimonios. Le prometió el oro y el moro, quiere casarse por poder y la mujer no sabe qué hacer.
-¿Y usted qué es lo que va a investigar?
-Si la historia que cuenta el hombre es cierta…
-¿Y la mujer qué es lo que pretende?
-En principio, a ella le interesa ese hombre. Ella nunca se casó …
-¿Cómo es ella?
-Ve cómo le interesan las historias…
-Claro
-Es una mujer ya grande, profesional, habla varios idiomas, está cansada de estar sola…
-Como muchas mujeres…
-Yo no tendría que estar contándole este caso, porque debo guardar el secreto de mi clienta.
-Sin embargo me lo está contando…
-A cambio de algo…
-Dicen que hay que leer Historia, cuanto más antigua mejor, para que la curiosidad acerca de las historias de nuestros semejantes no se transforme en algo malsano…
-Si usted quiere, entonces, hablemos de Historia…
-Muy bien - aceptó Mary, hablemos de Historia…
-¿Personaje?
-Cleopatra…
-Ah, Egipto...
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lunes, 9 de junio de 2014
La carta de Gardel - novela (fragmento)
¿Sería posible ahora saber algo más de la vida de Mary? Ahora que la señorita Ana ya no era más mi clienta, porque la señorita Ana estaba muerta. Había tenido un accidente doméstico. Se había caído desde la escalera, acomodando algunas cosas. La señorita Ana siempre buscaba cosas viejas, vivía ordenando. Sin embargo, mi trabajo no se había terminado. La señorita Ana había dejado instrucciones por escrito y fue Pablo, su sobrino, quien me las entregó la otra mañana. Era una especie de legado, a cada uno de sus conocidos, le dejaba algo encomendado. La señorita Ana me encomendaba seguir buscando la carta de Gardel, aunque ella estuviera muerta. En caso de encontrarla, debería hacerla pública. Pablo, aseguraba no entender por qué su tía se empecinaba tanto con esa carta. Y también dejaba dinero. Un dinero que debería usarse exclusivamente para continuar la búsqueda. La señorita Ana legaba todos sus bienes a Pablo, y para algunos de sus conocidos, había escrito una carta. La mía estaba en un sobre cerrado. En el exterior del sobre, había escrito mi nombre. Después de recibir el llamado de Pablo, tuve que viajar nuevamente al pueblo y encontrarme con él. La carta de la señorita Ana era breve. La leí en su casa, delante del sobrino, quien me miraba atento:
"No deje de buscar la carta de Gardel, es algo importante, muy importante. Sé que puede parecerle extraño que se lo encomiende después que me haya muerto. Pero es un legado de mis ancestros. No puedo permitir que cualquier mujer se quede con ella. La carta de Gardel, cuando la encuentre, deberá hacerla pública. Dejo dinero específicamente para que continúe con su trabajo".
En realidad era un trabajo muy extraño: la búsqueda de algo que ya pertenecía al pasado, al pasado de una mujer que estaba muerta. Una carta que había pertenecido a alguien más, que tampoco vivía.
Pensaba en lo que podría decir Mary cuando se enterara. Pensaba durante el viaje que hacía mientras iba a encontrarme con ella. Mary, una vez más.
Estaba escribiendo en un bar cuando la encontré. Nos habíamos citado ahí. Parecía ensimismada en la escritura, cerca de una ventana. Me acerqué despacio y antes de llegar a la mesa, levantó la mirada del papel donde escribía y me miró.
- ¿Tenía que decirme algo?
- Sí, vine para eso...
- Yo también tengo que decirle algo...
- La señorita Ana, mi clienta, murió.
Mary me miraba, como si ya conociera la historia, tal vez sí lo sabía. Se quedó callada mientras le relaté lo que me había contado Pablo, el sobrino de la señorita Ana. Después frunció el ceño y me miró:
- Seguramente todos los papeles que guardaba la señorita Ana estarán en su poder...
- Todavía no, sé que ella guardaba muchas cosas.
- Sí, Ana era una acaparadora de cosas ajenas, de historias ajenas, se metía donde no le importaba. Pero a ella sí, todo parecía importarle. Debería haber leído Historia antigua, haberse interesado por la Historia y no por las historias de los demás...
- Ya es tarde ¿no le parece? para decir eso, para pensarlo...
Mary se quedó callada. Parecía haber construido un muro invisible, de silencio entre ella y yo. Mientras pedía un café al mozo, ella se puso a mirar por la ventana del bar. Era un bar viejo, reciclado, luminoso, revestido en madera y con cuadros de fotografías. ¿Qué historias ocultas tendría Mary? ¿Y si ella tuviera de verdad la carta de Gardel?
El mozo trajo dos cafés. Como siempre, lo tomé sin azúcar. Mary le puso a su café medio sobre de edulcorante. Entonces Mary volvió a hablar:
- Tenía que hablar con usted pero por otro motivo.
Miré a Mary, parecía preocupada, o tal vez quisiera demostrarme que estaba preocupada por algo más que una carta.
- Hablar conmigo ¿sobre qué cosa?
- José, mi ex marido, apareció después de muchos años.
- ¿Qué fue lo que pasó?
- Nos habíamos peleado. Un día José se fue de viaje y no volvió. Se fue durante más de veinte años. Y el otro día, apareció.
Ahora entendía por qué Mary tenía esa cara.
- ¿Le guarda rencor?
- No, rencor no. Es algo distinto, extrañeza, no sé.
- Entiendo...
- No, usted no puede entenderme...
En realidad desconocía esa historia, no sabía nada del ex marido de Mary, ni de su vida anterior, que ella me había contado. Pero ella parecía otra persona ahora, tenía una nueva actitud. Parecía querer callarse más que contar.
- ¿Y cuál es el problema, Mary?
- José es otra persona ahora, y yo soy otra ¿le parece poco?
No tenía respuesta, por ahora. No conocía a José, no tenía la menor idea de quién podía ser. Sólo sabía que podía ser algo así como Wakefield, el personaje de Nataniel Hawthorne, ese hombre que se fue de la casa con el pretexto de un viaje y no volvió sino hasta muchos años después, pero mientras vivía en una casa cercana sin que nadie lo supiera. Era inverosímil pero podía ocurrir ¿por qué no? El autodesterrado Wakefield y José tenían algo en común.
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viernes, 11 de abril de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
(Buenos Aires)
Apuntes para la novela La carta de Gardel
¿Luchar cuando un personaje no se quiere ir? ¿terminar su historia antes que se vaya? ¡Imposible! ¿Por qué? Porque el personaje apareció sin que nadie lo llame y se irá cuando quiera. Mary llegó hasta mí sin saber casi nada de ella, apareció para que yo escribiera su vida. Se metió en la historia y quiso acaparar toda la atención. Jamás quiso contarme sus secretos, tuve que adivinarlos. Se enojó porque imaginé muchas cosas que tal vez no ocurrieron nunca. Ahora que me voy en un viaje corto, siento el olor a tierra mojada que anticipa la tormenta y la imagen de dos máscaras de teatro, la tragedia y la comedia tatuadas en el cuello de una chica sentada en el asiento de adelante, no sé por qué me recuerdan a Mary. Es la Mary que recién empieza a contarme. La que recurre una y otra vez a mí con sus historias de oficina, sus broncas, sus desilusiones, y también, por qué no, sus ilusiones. Hay muchas cosas que todavía no sé acerca de Mary, no sé cuál es su relación con la señorita Ana, por qué se odian tanto. Por qué Mary puso tanta energía en personas como Guillermo y Alejandro que, aunque sabía desde el principio que la estaban usando seguía el juego desgastante de dedicarles toda la atención. Me molesta muchas veces escribir sobre Mary y sin embargo, el personaje aparece una y otra vez, siempre tiene algo que decir, algo que no se agota con contar una historia. La tragedia y la comedia en la nuca de la mujer que viaja en el asiento de adelante, me recuerdan a Mary, tal vez, porque su vida es algo de eso, la siento algo cómica, la veo a veces reírse de sí misma, mucho y también reírse un poco de todo. Mary siempre tiene ganas de bailar un tango y mirar la foto de Gardel.
Tal vez habrá cosas que no voy a saber nunca de la vida de Mary, tendré que imaginármelas. ¿Porque quién sabe completamente todo acerca de la vida de alguien?
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miércoles, 26 de marzo de 2014
La carta de Gardel - novela (fragmento)
En un cuadro de fondo rojo hay una figura, no se sabe bien qué es. Sombras. Parecería un niño que juega ante la madre en cuclillas. En la mano sostiene un algodón de azúcar ¿rosado? Por delante, unas varas de caña o bambú torcidas forman varios óvalos que se entrecruzan. Delante del cuadro hay una lámpara redonda iluminada hecha con fibras. La lámpara es un nido blanco que alberga la luz, da una luz cálida al lugar. Afuera, las luces de la calle iluminan los vidrios de las ventanas y le otorgan un tono azul que se proyecta hacia el interior. Fue ahí donde la encontré de nuevo a Mary. De espaldas a la puerta, como si me estuviera esperando.
No había necesitado del mago propuesto por Isidro, ni siquiera, pensaba, necesitaba la magia. Había llegado a Mary a través de la tecnología. Ella me había enviado un mensaje desde algún teléfono y ya se sabe, en este mundo en que vivimos está todo codificado. El número de la llamada correspondía, según averigüé a Pueblo Alborada. ¿Qué había ido a hacer Mary ahí? Lo averiguaría pronto. Todavía me duraba la rabia de haber soportado la fiesta en el hotel de Isidro, con los chistes remanidos de Valentín, el mago. Con el pretexto de buscar algo que había olvidado, me levanté de la mesa, fuí hasta mi habitación y guardé mis cosas en el bolso. Pagué la cuenta del hotel y sin decirle nada a Isidro, me fuí. El lo entendería, lo llamaría en algún momento para decirle cómo se habían presentado las cosas.
Mary quería tener noticias, como cualquiera que se hubiera ido de su lugar de origen desde hacía mucho tiempo. Me pregunté una vez más si era ella, Mary, quién tenía la carta de Gardel. ¿Pero qué sabía verdaderamente de la vida de Mary? Únicamente lo que ella había querido contar.
- ¿Por qué vino hasta aquí? Mary
- Tenía que hacerlo, siempre pensé que en un nuevo lugar se puede empezar una nueva vida.
- Usted se escapa de alguien o de algo.
- Tal vez, respondió..
- ¿Hasta cuándo va a hacerlo?
- Me escapo, sí, pero ese alguien o ese algo, siempre me viene a buscar...
Mary era extraña, tal vez como yo o como cualquiera. No le gustaba hablar mucho de ella, como si guardara algún secreto o varios. Si ella se hubiera robado la carta de Gardel tal vez podría haberla ocultado en alguna parte. Y como en la carta robada de Poe, estaría a simple vista o tal vez al alcance de cualquiera.
A veces no podía explicarme ni unir la actual vida que llevaba Mary con su vida anterior, ajetreada y pendiente del glamour. Fue entonces cuándo le pregunté:
- ¿No extraña la ciudad, Mary, el glamour, todo ese ritmo vertiginoso con que vivía?
- No - contestó.
- ¿Por qué no lo extraña?
- Porque mi vida era eso solamente, el glamour, el ritmo vertiginoso y por la noche, ir a bailar tango. Pero el glamour no era mío sino de otros.
- Entonces era un glamour prestado...
- Sí, un glamour que se esfumaba como el vapor del baño y una vez que se iba ese vapor yo necesitaba llenar ese vacío con la música y el baile, con el tango.
Sentada frente a ella, mientras bebía el café, indagaba en los ojos de Mary, pero su mirada, toda su expresión era hermética, seguramente no quería confiarme nada más.
De tanto tratar con personas de todo tipo, podía leer en una simple mirada cuando se había terminado la comunicación, las ganas de contar, cuando alguien se replegaba sobre sí mismo y no quería hablar más.
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sábado, 15 de marzo de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
Decidí bajar más tarde, cuando los comensales ya hubieran empezado y el número de Valentín, el mago, también. Las fiestas de adultos se habían convertido en fiestas de niños grandes: necesitaban un mago para entretenerse, con la conversación o la música ya no alcanzaba. ¿Qué haría yo ahí? Isidro insistió en que estuviera presente en la fiesta, Valentín, dijo, me ayudaría a resolver el enigma de la carta de Gardel. Miraba el espejo del armario: elegiría ropa casual, nada de collares de perlas, vestido largo o saco de piel, no era mi estilo. Me sentiría disfrazada. En ese pueblo a la mayoría de las mujeres les gustaba cambiarse muy seguido de ropa y de accesorios, seguramente porque se veían las mismas caras en distintas reuniones. Ya estaba terminando de vestirme cuando sonó el timbre del teléfono, un sonido monótono. La voz del recepcionista dijo que Isidro y la mujer me esperaban abajo. Me peiné, ya estaba algo maquillada. Antes de salir busqué la carta que había escrito para Claudio, la cambiaría sin decirle nada a Isidro. Pensaba que Isidro tal vez nunca le entregaría la carta, o que tal vez Claudio, jamás la iba a leer. Era una cuestión mía, pensaba, algo personal y secreto y nadie tenía por qué enterarse. Cerré la puerta de la habitación y me dirigí directamente a la de Isidro. Con la tarjeta que había conseguido abrí la puerta y entré. Sabía que él podía guardar cualquier cosa que yo le pidiera que cuidara en su mesa de luz. El perfume de su nueva mujer me causó repugnancia, era demasiado fuerte, una esencia muy concentrada y dulce. En la mesa de luz de Isidro había un juego de llaves, algo de dinero, anteojos de sol y un sobre blanco cerrado. Ojalá sea mi carta, pensaba. Reconocí mi letra y reemplacé la carta por la nueva. El juego de destruir la imagen del otro, el juego de borrar toda huella, aunque fuera buena y verdadera había empezado hacía ya tiempo. ¿Se enteraría Claudio alguna vez? Las alfombras mullidas del hotel amortiguaban mis pasos rápidos. Al bajar por la escalera escuchaba el murmullo de las personas reunidas en el comedor. Por el tono y volumen de sus voces mezcladas se notaba que ya estaban comiendo y bebiendo seguramente algunos vinos o algunas otras bebidas. Antes de ir al comedor me detuve algunos instantes para observar a un huésped recién llegado: era un hombre de pelo canoso, casi plateado prolijamente atado hacia atrás, tenía anteojos oscuros y la piel bronceada. Su imagen me recordó a la del diseñador Karl Lagerfeld. Me acerqué para mirarlo mejor. El hombre con guantes de cuero que hacían juego con la campera entregó las llaves de un auto al recepcionista. Había llegado con dos valijas. Isidro se esforzaba últimamente por darle al hotel un perfil internacional y este personaje no parecía de una ciudad cercana. Tal vez el auto sería alquilado.
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imagen tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel
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jueves, 27 de febrero de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
Entrar en un lugar lleno de cosas en desuso, significantes sin significado, en definitiva cosas muertas, nada más había que hacerlo. ¿Era necesario? Antes de decidirme recibí un correo electrónico de Mary. Decía que estaba bien, no quería volver al menos por un tiempo. Era la primera vez que había conocido a alguien que no la estaba usando, al menos eso creía - o tal vez fantaseaba - , sí, porque, se lamentaba, todas personas que había conocido en su vida la habían usado. Hizo una lista, que ahora no tiene sentido enumerar. No incluía todo el abecedario pero se acercaba. Eso me parecía exagerado. ¿Y ese alguien, quién era? Según decía un hombre petiso, gordito y calvo muy simpático y que no tenía nada que ver con los mundos que ella conocía. ¿Arriesgado? No sabía qué pensar. ¿Y si fuera cierto? aunque hubiera algo de cierto... Como fantasía estaba bien, al menos no le recordaba ni a Guillermo ni a Alejandro, ni siquiera a Julio. Esto era algo reciente, estaba dispuesta a seguir adelante. No daba más detalles.
Le contesté en pocas palabras, le dije que me mantuviera al tanto de todo, que seguía buscando la carta de Gardel. Estaba en un pueblo y volvería en un día o dos más a Buenos Aires. Ahí podíamos hablar personalmente, si ella quería. Me contestó con otro correo. Me pidió que fuera a su casa, la casa de la que ella se había ido hacía mucho tiempo y a la que no quería volver. Me pidió que le buscara algunas cosas, algunos recuerdos y cuando nos viéramos, se los entregara.
No me gustaba la idea de ir a una casa deshabitada, era como visitar un cementerio en verano a la hora de la siesta. La sola idea de hacerlo me producía una sensación rara, de extrañeza y desasosiego a la vez. ¿Por qué me había metido en este caso? Empecé a caminar, a dar vueltas por el pueblo, a detenerme frente a casas que parecían dormir, con las ventanas y las puertas cerradas. Estaba casi segura que la carta de Gardel había sido un tema de discusión entre Mary y la señorita Ana. Y alguien tiene que ganar la partida. Pero Mary se había ido, lo había dejado todo ¿y por qué no, también, la carta de Gardel? Tenía que tener coraje para entrar ahí, a revolver papeles y fotografías, objetos cubiertos de polvo, a encontrarme con huellas de seres que no estaban más. Me detuve debajo de un árbol y respiré profundamente. ¿Y si lo que decía Mary fuera cierto? Por primera vez en su vida había encontrado a alguien que no la estaba usando.
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lunes, 17 de febrero de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
Ya en la habitación que dispuso Isidro para mi, distante, por suerte, de la destinada a su madre, Elena, encendí el televisor y me puse a ver el canal Infinito.
La decisión equivocada era el nombre del programa, tragedias protagonizadas por gente común, exploraba el por qué de las decisiones erróneas que llevaban a la desgracia. Un encadenamiento de cosas que aparentemente no tiene explicación. Vi un programa entero que me dejó pensando. ¿Y si venir aquí hubiera sido una decisión equivocada? ¿Por qué encontrarme con Isidro, después de tanto tiempo? ¿por qué confiar en él entregándole la carta destinada a Claudio? Como siempre, la famosa frase de Pascal se seguía cumpliendo: el corazón tiene razones que la razón no comprende.
Terminó el programa y me duché. Tenía ganas de salir a caminar por el pueblo. El agua salía de la ducha con presión y tibia, mientras seguía pensando en solucionar de una buena vez el tema de la carta de Gardel.
Salí de la ducha y sonó enseguida el teléfono. Era Isidro. Teníamos que hablar en forma urgente. Dije que bajaba enseguida y salíamos a tomar un café. Mientras me vestía vi una araña chiquita tejiendo en un rincón cerca de la ventana. Un rayo de sol atravesaba miles de partículas de polvo. La araña me repugnaba, decidí no matarla.
Fuimos a un bar a dos cuadras del hotel. Isidro me entregó ahí una libreta, dijo que una mujer la había olvidado ahí en la habitación donde estaba yo.
- Creo que tiene que ver con el caso que investigás.
- ¿De quién puede ser?
- Leela.
Abrí la libreta y miré algunas páginas. Reconocí enseguida la letra de Mary. Era un diario. ¿Por qué huiría? ¿por qué no quería que le siguiera los pasos?
- Estoy harta de este caso, Isidro.
- No sos vos sola. Yo también conozco a varias personas que tienen que ver con esto.
- Ya que estamos quisiera hablar de otro tema - dije.
- ¿Qué pasa?
- Que a mi no me podés engañar, Isidro, te conozco muy bien.
- No quiero meterme en tu vida, no me corresponde, pero estás cometiendo los mismos errores de siempre.
- ¿Te referís a Nora?
- Sí. Es un calco de tu mujer anterior, y ésta de la anterior y siempre la misma historia.
- ¿Yo podría decir lo mismo de vos?
- Sabés que los detectives no deben involucrarse en asuntos amorosos, por lo menos eso dice Chandler.
- ¿Desde cuándo a vos te importan las recetas?
No le contesté. Me interesaba que me presentara al mago pero tenía que decirle lo que pensaba, sólo así podría continuar nuestra amistad. No podía creer que lo de Nora fuera a durar mucho tiempo, le conocí a tantas mujeres que era imposible pensar que Isidro podía haber cambiado.
¿Era importante? Me puse a pensar en la serie que había visto por el canal infinito. No quise hablar de eso con Isidro, a la noche conocería a Valentín, el mago.
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miércoles, 5 de febrero de 2014
La carta de Gardel- novela - (fragmento)
Las fuerzas se habían desatado, era evidente, como si algún conjuro las hubiera atraído. Cosas buenas y malas ocurrían sin cesar. LLegué al hotel, Isidro, el dueño, me esperaba en la puerta y me sorprendió. Estaba en jeans y en mangas de camisa, la camisa era a cuadros, rojos, blancos y negros.
- Te estaba esperando - dijo.
- ¿Tan temprano?
- Sí, antes de que entres tengo que contarte algo.
Dejé el bolso en el suelo y lo escuché. Algunos pájaros cantaban como si fuera plena mañana.
- Me divorcié y me casé con Nora - aclaró.
- Nora ¿la que tiene la chacra y el negocio de cosas de cuero?
- Sí, ella enviudó y bueno...
- Quería que lo supieras antes de verla en el hotel, que no te tomara de sorpresa.
- No, para nada, no te preocupes.
Era cierto, no me asombraba que Isidro tuviera una nueva mujer cada tanto. Le gustaba cambiar de mujer como de empapelado y de alfombra en las habitaciones del hotel. Pero no iba a opinar, era su vida y no la mía.
Entramos a la recepción y enseguida me dio una llave, la número 14.
- ¿Catorce?
- Sí, es la que usa mamá cuando viene al hotel.
- Entonces dame otra habitación, no quiero ocupar el cuarto de Elena.
Isidro se rió. Era simpático y conquistaba a las mujeres con la conversación. Ya le conocía varios matrimonios fallidos y cuando iba al pueblo saludaba a las ex-mujeres de él como si fuéramos viejas amigas.
Todas habían estado ahí en ese hotel. Todas habían salido de ahí cuando Isidro cambiaba de mujer. Rechacé de plano alojarme en la habitación de doña Elena, aunque ella no estuviera ahí. Le pedí un cuarto más chico o más grande, si fuera posible que diera a la calle.
Isidro me conocía y yo lo conocía a él desde hacía muchos años. Eramos más que amigos, éramos confidentes. Le entregué la carta que escribí para Claudio en un sobre cerrado. Isidro me miró, no dijo nada y la guardó.
- Voy a subir, quiero salir después a caminar. Tengo un caso que no puedo resolver, se alarga, quisiera que terminara rápido y así poder dedicarme a otros que también están pendientes.
- Hay alguien aquí en el hotel que tal vez te pueda ayudar.
- ¿Sí? ¿quién es?
- Se llama Valentín, es un mago.
- ¿Hace magia?
- Te lo presento hoy mismo.
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viernes, 31 de enero de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
En la ruta atravesamos campos anegados por la lluvia. Era de noche. Al promediar la mañana, acercándonos a un pueblo que ya conocía porque había realizado una investigación solicitada por el dueño de un hotel, me bajé. El hombre que se sentaba a mi lado, un hombre joven, relativamente buen mozo, de pelo oscuro y peinado hacia atrás, antes de bajar me entregó una tarjeta. La tarjeta decía: Profesor de tango, y una dirección y un teléfono en Buenos Aires. La tiré al bajar a buscar el bolso. Seguramente había visto los zapatos de tango que llevaba en una bolsa, uno de mis disfraces para mezclarme con la gente en algunos lugares. Me despedí del chofer con un ademán, ya lo conocía de tanto viajar en esa línea. En realidad había sido un viaje largo, tal vez demasiado. En la terminal de ómnibus algunos perros dormían acurrucados debajo de un asiento de piedra. Iba a ir al hotel donde pensaba dejarle una carta a Claudio. Una carta que había estado escribiendo durante el viaje. Ahí se la entregarían. Era un lugar confiable, donde algunas veces yo dejaba mensajes para otras personas y también dejaban mensajes para mí. Unos años antes, el propietario del hotel me había contratado para investigar a algunos sospechosos de robos que se habían alojado en el hotel. Con la complicidad de un empleado, habían robado a algunos clientes.
Antes de llegar al hotel, me senté en uno de los pocos bares que permanecían abiertos durante la noche. El aire se podía cortar con un cuchillo. Una pareja conversaba lejos, tenían cara de haber estado bailando en algún lugar. Le pedí al mozo un cortado doble y una botella de agua. Enseguida escribí la carta.
"Claudio:
de todos los momentos lo único que es seguro es lo que recorrimos. Lo demás, es incierto. Ninguna Fortuna, ninguna suerte, tiene poder para cambiarlos. No sé qué es lo que ocurrirá mañana, ni siquiera hoy. ¿Proteger una felicidad, cuando existe, con una segunda felicidad, como decía Séneca?
Espero que puedas dirigir tu mirada hacia ese camino.
Mariana"
Dejé el dinero del cortado y del agua sobre la mesa. Al salir a la calle senti el viento en la cara, era un viento fuerte, anunciaba agua. Me dirigí hacia el hotel. Las calles vacías del pueblo me recordaron que nadie se levantaba ahí a esa hora sino era algo muy importante y urgente. Caminé rápido las cuadras que aún faltaban. Me alojaría en el hotel un par de días, antes de volver a Buenos Aires.
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martes, 21 de enero de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
Volvía sobre la marcha, en el ómnibus había aire acondicionado y el olor a zorrino del campo, ese olor tan característico que se siente cuando se viaja por la Provincia de Buenos Aires, me ayudaba a pensar. Salir de la ciudad y del pueblo me hacía bien. Había quedado atrás el palabrerío de la señorita Ana, las acusaciones contra Mary y también ahora y más reciente contra la familia del sobrino nieto. Una familia que ya no existía más. Porque el padre del chico se había casado con otra mujer, había dicho la señorita Ana. ¿Qué le quedaba ahora? ¿seguir buscando la carta de Gardel? Las palabras de la señorita Ana eran un tóxico y la noche llena de estrellas y de luciérnagas que se veían a lo largo del camino me hacían entrar en una dimensión distinta: había oscuridad pero también algunas luces se divisaban a lo lejos. Claudio se había ido, no pudo, no quiso tal vez encontrarme. Y yo me había escapado, en ese momento no podía hablar. Lo complejo de la situación que vivía, el panorama, como el camino a veces, estaba lleno de bruma. Volvía sobre la marcha a Buenos Aires, la toxicidad de los relatos de la señorita Ana, el fisgoneo que la señorita Ana había llevado durante años de la vida de Mary ,había llegado a hurgar hasta en los residuos para saber si la vecina tomaba algún medicamento para mantenerse tan bien. ¿Porque cómo era posible que saliera a bailar tango todas las noches después del trabajo? Incluso había llegado a conseguir entre esos residuos, eso había dicho, cartas de Guillermo y de Alejandro, los dos jefes ¿o tal vez amantes? ¿o tal vez las dos cosas?, que había tenido Mary. Cuando le pedí a la señorita Ana que me mostrara esas cartas, se negó. En ese momento pensé que esa mujer era una acaparadora de cartas ajenas, sí, como la de Gardel. Si perdía una carta, perdía un pedazo de vida ajena. Era una ladrona de vidas, vivía a través de los demás, de sus historias, de sus cartas. ¿Podía juzgarla yo? La señorita Ana era mi cliente y me había pagado y aún me pagaba muy bien por mi trabajo. El misterio de la ausencia de Mary, nadie sabía nada de ella, no había números de teléfono, no me llamaba desde hacía muchos días, complicaba el caso. No tenía palabras para Claudio, aún no. ¿Qué podría decirle en este momento, en semejante selva donde estaba? Algo extraño se había desatado en mi vida, historias de otras personas como la señorita Ana, como Mary, como Guillermo y como Alejandro, se cruzaban como autopistas llenas de autos. La señorita Ana me contó cuando una vez encontró una carta de Alejandro entre los residuos que Mary había arrojado en la vereda, junto con hojas secas. Alejandro le pedía a Mary reiniciar una relación, a pesar de haberse casado. Mary no quería saber nada, al parecer. Mary había decidido no ser esclava de la imagen, no ser la acompañante bonita de nadie, no ser una pieza de exhibición en una galería al lado de ningún hombre que tuviera poder. Eso me había dicho a mi. La señorita Ana no sabía la segunda parte: lo que Mary me había contado. Por eso a Mary le gustaban las salidas al campo, andar en moto con Julio y bailar tango. Estaba cansada de todo eso, me había dicho. Habían sido demasiados años de haber sido usada como un objeto de adorno, como un pañuelo en el bolsillo o una corbata de seda. Como una muñeca, como alguien que se puede usar y también se puede descartar.
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lunes, 21 de octubre de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Diario de Mariana (fragmento)
Nunca le pude decir que cada vez que intentaba comunicarme con él, pasaba algo inverosímil, alguna calamidad, o un suceso extraño. ¿Brujería? En alguna parte del inconsciente, algo o tal vez alguien no quería que me comunicara. Ni bien llegó al pueblo empezó a dejarme mensajes, en el hotel, en los bares a los que concurría frecuentemente, en la tienda de artesanías, lugares adonde yo iba y seguramente alguien le dijo. Pero todo era inútil, siempre ocurría algo. El día que le iba a contestar, un llamado urgente de algún cliente o de alguien, hacía que no pudiera llamarlo o enviarle una carta. ¿Raro? No sé. Hacía mas de un mes que estaba en el pueblo investigando, pasaban los días y siempre, siempre, ocurría algo. Parecía que la caja de Pandora se hubiera abierto, me sentía desolada. ¿Qué fuerzas extrañas se movían para inclinar la balanza hacia un solo lado? Empecé a hacer el inventario desde el día en que recibí su carta. Me alegró la noticia y apenas le iba a contestar, a la mañana siguiente, recibí un llamado y tuve que salir del pueblo con urgencia. Pasaron los días y volví a seguir la investigación. Iba a llamarlo, para contestarle un llamado anterior y ese día, recibí un llamado de una tía lejana que no tenía a ningún familiar, se había enfermado gravemente y tenía que viajar a verla. Yo misma no podía creer lo que estaba ocurriendo. ¿Algún conjuro? Nunca había creido en esas cosas. Y si se lo hubiera dicho, hubiera pensando que la locura me estaba acechando. Eran hechos, sí, cosas concretas, no estaban en mi imaginación. Y ocurrían una detrás de la otra. De alguna manera tenía que decírselo. No sabía si volvería a comunicarme con él. Por momentos deseaba ser otra, cambiar la identidad, escaparme a algún pueblo lejano y que la vida fuera distinta, que muchas personas que me conocían dejaran de pensar en mí, de llamarme, de que las fuerzas, si es que había fuerzas que estaban provocando todo esto se olvidaran de mí, como si nunca me hubieran conocido, como si yo fuera una extraña. Nunca había sido de no afrontar las cosas, pero mi vida se había convertido en un mar agitado, con olas turbulentas que subían y bajaban, estaba en un mar revuelto, desatado e incontrolable y yo debía permanecer calma. ¿Lo entendería él? Seguramente se iría a aguas más tranquilas, menos turbulentas, a amarrar la nave a algún otro puerto. Y mientras tanto, en medio de la tormenta, yo veía pasar las nubes, los pájaros que huían, porque algo, una tormenta más grande tal vez, se estaba acercando.
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jueves, 11 de julio de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Me puse a mirar por la ventana, una de las ventanas del bar. Había pasado la tarde escribiendo en un cuaderno, miraba los pájaros cómo volaban de vereda a vereda, las hojas de los árboles se arrastraban y se arremolinaban por el viento. En el lugar había dos personas, hombres solitarios con cara de gastados, miraban las imágenes de un televisor. Uno de los vidrios de las ventanas estaba levantado y me dio frío. En el cuaderno había anotado algo, unos dos meses atrás. No sabía por qué ni cómo ni quien me lo había inspirado. Era un sueño. Y eso me daba miedo, me daba miedo ahora, porque el sueño se había cumplido. El extraño del sueño había aparecido ahí, en ese lugar. Mamá siempre decía que yo sabía cosas que los demás no sabían. Y ella también. Ella y yo también teníamos premoniciones, casi siempre se cumplían. Además, yo sabía leer muchas cosas en el rostro de una persona. A veces, sin que hablara, sin que pronunciara una sola palabra. Guillermo, que me conocía esa habilidad, me pedía siempre que fuera con él a las reuniones, y después le dijera qué era lo que me parecía. Y yo le daba mi opinión, y casi nunca me equivocaba. A Guillermo le gustaba fantasear mucho, decía que él también podía leer cosas en el rostro de las personas. Y eso era cierto, en parte. Pero él se precipitaba y me decía: vos me tenés que frenar. El extraño se sentó en una mesa de una esquina del bar. Pensé en irme enseguida. Pensé, como en el sueño, que tenía que emprender un viaje, llegar a algún lugar. Llamé al mozo, pagué los cafés que había estado tomando, guardé el cuaderno en un bolso, salí a la calle y empecé a caminar. Las luces de los negocios habían empezado a encenderse. Estaba oscureciendo.
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miércoles, 3 de julio de 2013
Apuntes sobre la novela La carta de Gardel
(Buenos Aires)
Empecé a escribir la novela La carta de Gardel después de hacer una larga investigación sobre el tango, en principio para escribir un ensayo. Compré muchos libros sobre el tango, sobre Gardel y también sobre otros compositores y cantantes. Fui a investigar a bibliotecas, entre ellas a la del Congreso de la Nación, hice entrevistas a compositores, cantantes como Eladia Blázquez, tangueros, músicos y otros entendidos sobre el tema. También visité bares dedicados al tango como el Café Homero en San Juan y Boedo, recorrí los bares de tango de Boedo, tomé fotografías, fui a escuelas de tango donde se enseña a bailar. Fuí a espectáculos nocturnos de tango. Y cuando empecé a escribir el ensayo desistí porque ya tenía una buena cantidad de ensayos leídos y no quería hacer otro más. Entonces empecé a escribir la novela. Y me di cuenta que Gardel era un tema recurrente en mi familia, tanto en mi casa, en mis padres, como en la familia de mi madre y también de mi padre. Escuché cantar a Gardel por primera vez en una victrola que descubrí en la casa de mi abuelo paterno, en Quilmes, donde nací y viví durante toda mi infancia, antes de vivir en Buenos Aires, ciudad donde vivo ahora. Puse un disco que había por ahí y así lo escuché, yo era muy chica. Y así decía Julio Cortázar que había que escuchar a Gardel, en una victrola.
En la casa de mi madre está lleno de fotografías de Gardel, también a mi abuela materna le gustaba mucho Gardel, porque decía siempre que era el mejor. Y ella siempre tendía a lo mejor, al mayor esfuerzo, y realmente fue una mujer que se superó todo el tiempo e hizo que sus hijos se superaran. Era hija de inmigrantes italianos y formó una familia, tuvo tres hijos y una adoptiva, mi tía, que era sobrina y a la cual crió, porque su hermana se la encomendó antes de morir. Mi abuela materna conoció a Carlos Gardel en el pueblo donde nació, Rojas, en la Provincia de Buenos Aires, cuando Gardel iba junto a Razzano a cantar por los pueblos. Esta anécdota, está reflejada en un cuento y también en la novela.
Con estas historias empecé a armar la novela. Después apareció el personaje de Mary, una secretaria que reparte su vida entre bailar tango y milonga de noche, después del trabajo y su trabajo. Obsesiva por el trabajo y dependiente de la opinión del jefe. Nunca en mi vida trabajé como secretaria. Sí trabajé en oficinas, y por eso conocía a muchas mujeres que trabajaban en ese puesto, y que también hacían sus comentarios. Tampoco nunca aprendí a bailar tango ni milonga. Sí conocí a muchos profesores y profesoras de tango y los entrevisté para la novela. Una mujer que trabajaba como secretaria y tenía este tipo de vida, sin responsabilidades familiares ni pareja fija, me inspiró el personaje de Mary. Por supuesto, he cambiado nombres, lugares, y también otros personajes para escribir la novela. Conocer a "Mary" me inspiró. Tuve por ella, por la real, mucho rechazo, ya que nunca se me hubiera ocurrido hacer ese tipo de vida. Luego, la fui entendiendo y por eso seguí con el personaje en algunos capítulos de La carta de Gardel.
Es que como decía Borges, todo lo que nos ocurre, todo lo que vivimos, tiene que ser material para lo que escribimos. Borges, un gran maestro, siempre me inspira.
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lunes, 1 de julio de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
- Yo no sé nada, dijo Julio cuando le pregunté.
Me quedé mirando a Julio un rato, a los ojos. Así era como se podía conocer a las personas, mirándolos a los ojos, la mirada dejaba ver más que las palabras. Porque muchas veces las palabras, como dijo Pinter, son como la lluvia en las grandes ciudades, lo empañan todo. La música sonaba estridente, y bailé algunas milongas. ¿Julio decía la verdad? ¿dónde estaba Mary? Yo había llegado a la posada y había preguntado por ella. Se había ido a la mañana temprano, dijo una mujer. Pregunté si había alguna habitación libre. Está todo ocupado, contestó la mujer. Pregunté si podía tomar un café, quedarme un rato ahí, hacía frío y me había costado llegar. Afuera había algunos autos estacionados, nuevos, impecables. Se me ocurrió que uno de los autos podía ser de Alejandro. Mary lo había mencionado en la carta. Después vi salir a un hombre de una de las habitaciones pero su cara y su cuerpo no coincidían con la descripción de Mary.
- Qué tal, buenos días - dijo el hombre.
- Buenos días - respondí.
Me pregunté si Mary había visto llegar a este personaje a la posada. Volví a preguntar por ella a la dueña del lugar. Me contestó que Mary se había ido de ahí muy temprano, la había llamado por teléfono, había dejado el dinero para pagar la estadía en la posada, las llaves y había partido. Entonces ¿dónde estaba Mary? ¿de qué escapaba? Esperaba que ella se comunicara conmigo nuevamente. En lugar de la búsqueda de la carta de Gardel, mi trabajo se había transformado en buscar a Mary, de quien sospechaba yo y también la señorita Ana, que ella tenía en su poder la carta. ¿Por qué motivo se había ido Mary sin decir nada, sin avisar a nadie? Me quedó dando vueltas en la cabeza la cara de este personaje, de quien me enteré que se llamaba Orson. O al menos le decían así. La dueña de la posada lo había nombrado. Nunca lo había visto por ahí, dijo ella. ¿Sería cierto? Lo observé durante un rato. Orson salió de la posada y se detuvo en un naranjo. Arrancó algunas naranjas del árbol y las guardó en los bolsillos. Después fue hasta uno de los autos estacionados, abrió la puerta y dejó las naranjas en el asiento de atrás, puso en marcha el motor y salió a toda velocidad hacia la ruta. ¿Quien era Orson? ¿lo conocería Mary?
A unos kilómetros de ahí, Mary escribía en un cuaderno, en un bar, antiguo, de esos con billar al fondo:
"Estaba harta, quería pasar un lindo día, terminarlo bien en la posada y pasé una noche
horrible, llena de dudas, conversando con Alejandro o él conversaba conmigo, no sé.
Y para terminar llegó Orson.¿había venido de casualidad? Ni bien lo ví, me fuí a mi
habitación, Alejandro se sorprendió porque apenas dije buenas noches, entré en el
cuarto y cerré la puerta. Orson ¿qué quería de mi? siempre quería algo ¿no? Nunca se
puede estar de vuelta de todo pero de esto sí, de esto sí, de Orson, sí, seguramente.
Y Alejandro desconocía hasta qué punto Orson había influido en mi para pasarle las
llamadas al director general de la empresa, para que él hiciera sus negocios, para no
decirle nada a él, Orson siempre venía hasta mi, de alguna manera, para conseguir algo.
Ya sé que es inútil, nunca se puede estar de vuelta de todo, pero era imprescindible
salir de ahí, tomar aire fresco, respirar...".
decirle nada a él, Orson siempre venía hasta mi, de alguna manera, para conseguir algo.
Ya sé que es inútil, nunca se puede estar de vuelta de todo, pero era imprescindible
salir de ahí, tomar aire fresco, respirar...".
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martes, 25 de junio de 2013
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
El fuego permanecería
encendido toda la noche. Mary seguía mirando las brasas
encendidas, las llamas
cómo se elevaban y las chispas que a veces saltaban hacia afuera de la
chimenea. Alejandro fue hasta la cocina y abrió la heladera. Mary escuchó el
tintineo del hielo en un vaso, luego en otro y el ruido del líquido de una
botella, cómo caía, pero no se inmutó. Alejandro venía de un largo viaje y ella
lo sabía. Había cosas que ahora a ella le parecían extrañas. El dejó los dos
vasos con whisky en la mesa y Mary no
dijo nada. Afuera se escuchaban los ladridos del perro de la posada. La gata
blanca emergió de alguna parte y saltó hacia la mesada de la cocina. Todo era
quietud en ese lugar, excepto los ruidos de afuera, las hojas de los árboles se arrastraban, y el ruido del viento
filtrándose por las ventanas.
- Pasó mucho tiempo - dijo
él
- Sí
- ¿Querés un whisky? -
preguntó Alejandro ofreciendo uno de los vasos
- No
Seguramente Alejandro
había olvidado que a Mary no le gustaba el whisky.
El hizo girar el hielo en
el vaso con un dedo, ella lo miraba sin decir nada. En un momento, Alejandro
empezó a hablar y Mary, como siempre, a escuchar. Y lo que le relataba él era como un sueño, era como si ella lo hubiera
estado soñando, como si ese sueño se hubiera transformado en realidad. Pero lo
que Mary hubiera deseado era verlo feliz a Alejandro, despojado de su
oscuridad, brillante, como una criatura de luz. Como seguramente, alguna vez había sido. Mucho más luminoso que Guillermo, y mucho más oscuro ahora, también. Y él había venido a contarle,
como un film visto hacia atrás, que volvía con su primera mujer, abandonaba a la otra, y todo volvía a empezar.
El puesto en la empresa volvía a ser el mismo que tenía antes de irse a vivir a
otro país, antes de aceptar el cargo de director, tener una nueva mujer y
abandonar la primera.
Mary interrumpió a
Alejandro. Hubiera tenido que decirle:
- Si no la querés más , no
sigas diciéndolo. Le estás dando demasiada importancia al tema,
parecería que no podés olvidarte de ella.
Pero no lo dijo,
simplemente habló de la noche y de las estrellas que brillaban afuera. Quería cambiar de tema,
sin herir a Alejandro. Estaba cansada de remar en la laguna, de caminar por el
campo. Tenía demasiadas cosas en su cabeza y sabía que a veces el silencio es
el remedio de todos los males. Alejandro se quedó entonces callado. Mary ya era otra,
distinta, miraba las cosas con más indiferencia, y no volvería a involucrarse más en
asuntos personales de otros. Y tampoco iba a inventar más pretextos para
Alejandro cuando salía con sus amantes, ni iba
a comprar más regalos para ellas, ni iba a llevar su agenda, ni iba a
vivir más pendiente de Alejandro ni de nadie más. Porque de lo que no se
olvidaba nunca Mary era de ella misma, y de lo que alguna vez, hace mucho,
había sido: un proyecto de mujer con todas las potencialidades, con toda la
preparación espiritual, con toda la alegría, con toda la serenidad que hasta
ahora, ni Alejandro, ni Guillermo ni
nadie le habían podido quitar. Únicamente, Julio, con su transparencia, con su bondad, podía darle
esa tranquilidad que Mary necesitaba. Julio, un hombre que cuando decía dos más
dos son cuatro, efectivamente era cuatro y no cinco, o seis o vaya a saber qué
número. ¿Quién lo iba a adivinar?
Alejandro se había quedado
en silencio, desconocía a Mary. Porque Mary, su ex secretaria, ex amiga,
ex confidente, ex madre y ex hermana, no era la misma Mary que él había conocido
un tiempo antes. Alejandro siguió contando algunas historias de su trabajo,
de sus viajes, de su ex mujer, y Mary se quedó mirando fijamente por la ventana,
afuera había tres caballos que comían pasto y Mary se preguntó en qué libreto o
en qué guión y por qué autor había sido escrita o tal vez soñada. Porque quería salir del
pasado y avanzar hacia el futuro, aunque no fuera cierto, aunque nada existiera más
que el presente, más que ese presente en el que ella y ese ahora extraño llamado
Alejandro, con el que una vez hacía
muchos años había compartido diez o doce
horas por dia en una oficina, en almuerzos, en charlas telefónicas, parecía un
personaje cercano, casi familiar.
La conversación se
interrumpió cuando se escuchó el ruido de un auto, había estacionado cerca de la
posada, luego una puerta que se abría y cerraba y después pasos. Se abrió
la puerta de golpe y entró un hombre y dijo:
-
Busco una
habitación ¿habrá alguna libre?
Mary reconoció al hombre enseguida, Alejandro no. Había estado ausente
de ese pueblo y de la vida de Mary durante mucho tiempo, Alejandro no hubiera
podido reconocerlo.
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jueves, 20 de junio de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Ahora todavía algunos leños ardían en la chimenea. Mary se frotó las manos como si se las estuviera lavando, con la mirada en el fuego. La noche ya había entrado en ese lugar, en el living de la posada y lo cubría todo como un manto. Nunca le había gustado estar a la intemperie cuando era noche cerrada. La noche, pensaba, podía ser oscuridad en medio del campo. Y también silencio, quietud, e inquietud. Durante el día había estado bien, se había cansado de remar, de mirar patos y aves silvestres en la laguna, de bordear la orilla tocando los juncos con uno de los remos, después con el otro, de sacar las piernas y los pies del bote y mojarse en el agua llena de renacuajos cerca de la costa. Todo eso la había divertido, la había hecho olvidarse de tantas cosas... Ahora sin embargo, en ese lugar silencioso donde se había alojado, con olor a madera silvestre de los muebles nuevos, seguramente a pino, presentía algo, algo que no sabía bien qué era.
Alejandro había llegado a la posada a eso de las dos de la tarde, cuando se cansó de dar vueltas por un pueblo y por otro, cuando se cansó de probar el auto nuevo por la ruta de asfalto y también por caminos de tierra. El auto nuevo andaba bien, sin embargo estaba cansado y necesitaba descansar, el viaje había sido largo. Lo que nunca había imaginado era que iba a encontrarse con Mary en esa posada en medio del campo, en medio de la noche, sin siquiera proponérselo. ¿O tal vez sí? Después de comer, a Mary le gustaba caminar un poco, aunque fuera cerca, escuchar el ladrido lejano de los perros, ver las luces de los autos que iban por el camino, y sentirse segura, a resguardo, ahí en ese lugar. Porque ¿quién iba a encontrarla ahí? La dueña de la posada había dejado las llaves para cada huésped, así cada uno podía entrar y salir cuando quería, sin sentirse controlado. Qué feo era eso del control, pensaba Mary, en los hoteles, en las posadas, en cualquier lugar, podemos sentirnos controlados, y ahí, parecía que no, que a nadie le importaba. Había vuelto de caminar, escuchó el ladrido de los perros y eso le dio alguna tranquilidad. Se quedó así mirando los reflejos rojizos del fuego, las llamas que aún ardían, cuando escuchó
cómo una puerta de las habitaciones se abría y se cerraba. Alejandro no pareció sorprendido cuando vio a Mary. ¿Tal vez sabía que ella estaba ahí? Entonces Mary lo miró, se quedó callada y fue a sentarse en uno de los sillones cerca de la chimenea.
- No pensaba encontrarte aquí - dijo Alejandro
- Yo tampoco
La extrañeza era mutua. Pero era extrañeza o ¿qué era?
Si Alejandro había pensado que tenía una larga historia para contar que ya a esta altura le parecía algo así como un film viejo, Mary había decidido callar. Porque ¿para qué contar sus historias? A nadie le podían interesar, salvo a las malas lenguas de las personas curiosas del pueblo de donde se había ido, como la señorita Ana y algunos otros.
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lunes, 20 de mayo de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Escapar de un recuerdo
podía ser más difícil que haber escapado de lo que
la oprimía como una
maldición en la gran ciudad.
Escapar del recuerdo de
Guillermo, omnipresente durante mucho tiempo en la vida de Mary, seguramente era
muy difícil. Hasta aquí, suposiciones. Fuí a ver a Julio ni bien llegué a la
estación de ómnibus. Las cuatro horas del viaje se habían pasado rápido,
mirando el campo, los árboles, los silos, los altares del Gauchito Gil proliferaban
como caracoles en la llanura. Como siempre, en la estación, un perro dormido al
sol, en la vereda, algunos transeúntes caminaban despacio. Sabía que él había vuelto a dar clases de tango en dos o
tres lugares del pueblo y me fuí para uno de ellos. Supuse que estaba ahí. Un
café grande, con muchas luces en el techo, un lugar para ver el espectáculo musical
que se ofrecía por las noches y mucho
espacio para bailar. Como siempre, en cualquier pueblo de provincia había ahora
un lugar así.
Julio estaba sentado en una mesa cerca de una
ventana leyendo el diario. Eran las once de la mañana y entré al bar. Al fondo había
unos tipos sentados contando algo, seguramente
hablarían de fútbol. A
pesar del cartel que indicaba la prohibición de fumar había en el aire algo de
olor a humo, tal vez restos de la noche.
Busqué una mesa cerca de
donde estaba Julio, me dejé puestos los anteojos oscuros, y le pedí a la camarera
un café doble cortado. Julio, el profesor de tango y amigo de Mary seguía leyendo ensimismado. Los
hombres, en el rincón del bar se divertían, al parecer, con alguna anécdota. También
había un televisor, emitía imágenes casi sin sonido.
La camarera era una chica
joven, tendría unos veinte años, el pelo castaño oscuro atado atrás, la cara
casi sin maquillaje, seria.
Pensaba cómo encarar una
conversación con Julio. Parco en palabras, Mary me lo había dicho. Si quiere saber
de mi, alguna vez que no me encuentre, pregúntele a Julio.
Cuando Julio levantó la
vista un momento, me quité los anteojos, entonces hizo una señal de
reconocerme. Me había visto conversando con ella en algún bar del pueblo.
¿Me diría algo de Mary?
¿Cómo era ahora su relación con ella? ¿Todavía existía algo, una amistad? ¿podía
saber algo? ¿Seguir por este lado la investigación me conduciría a encontrar
alguna pista, algún misterio? Hojas
amarillas circulaban por la vereda de baldosas
angostas, los árboles tenían todavía algunas hojas.
Le pregunté a Julio
primero por las clases de tango, quería tomar algunas, dije. Puede venir esta
noche, a partir de las ocho, contestó.
Después de eso, fue más
fácil seguir preguntando. Julio era un tipo simpático, amable pero parco en
palabras. Seguramente con el baile tendría otro lenguaje. De alguna manera la
entendía a Mary, sus escapadas, sus viajes. El no dar explicaciones, irse del
pueblo cuando ¿se sentía cansada? ¿cómo saberlo?
Hasta aquí sabía que Julio
sabía que Mary no estaba en el pueblo, se había ido, ¿adónde? era difícil
saberlo.
-Yo no la buscaría - dijo él
- ¿Por qué no?
- Cuando Mary quiere irse no deja dicho
adónde va.
- ¿No podría haberle dicho a alguien
adonde iba?
Julio se quedó pensando
durante unos momentos. La mirada era enigmática y tenía una expresión seria. Miraba
las paredes del bar, miraba fijo un retrato de Gardel y su mirada se
desplazaba después hacia algunas fotografías enmarcadas de personas bailando tango
en ese lugar.
-
Le diría que
Mary va a volver en cualquier momento, cuando tenga ganas – respondió. Y después
agregó:
-
A lo mejor se
fue a buscar luciérnagas…
Julio tenía sus códigos, como
cualquiera. Tenía ojos oscuros, brillantes, sin
agresividad. Por algo Mary
me había hablado tanto de él. Y una mujer como Mary, casi no contaba nada de su
vida, ni hablar del amor, excepto su
relación tan opresiva, tan tensa e intensa como la que tuvo con Guillermo y la
hizo decidir dejar la gran ciudad. Como una maldición. Eso me lo había contado alguna vez. El por
qué estaba ahí en ese pueblo, por qué había cambiado tanto su vida. Quería ser
libre como los pájaros, dijo.
Porque seguramente Mary
sospecharía que el amor por otra persona
es una forma de esclavitud, ya lo habría vivido y por eso dejó todo como lo dejó y se vino al
pueblo. Suposiciones, tal vez.
No le contesté. Pagué el café
cortado y le dije a Julio que volvería a tomar clases de tango esa misma noche.
Antes tenía que ir a la casa de la señorita Ana, mi clienta. Me había llamado a la oficina, en Buenos
Aires.
Era algo imperioso,
necesario que fuera a su casa. Tenía que
decirme algo. ¿Cómo saber si lo que me iba a decir tenía alguna importancia? Hasta que no se
terminara la investigación no tenía ninguna certeza de haber encontrado la
carta de Gardel. Y una vez más el enigma, Mary, esa mujer de la que nadie parecía
saber nada o casi, esa mujer que guardaba los recuerdos y al mismo tiempo se escapaba de ellos como
si no quisiera recordar ni saber . O tal vez algo nuevo había despertado en ella
el interés, y por eso se había ido. Me había hablado alguna vez de su afición a
las plantas, a tener un nuevo jardín, una nueva casa.
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sábado, 17 de noviembre de 2012
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
- Volviste...
- Sí, volví...podría no haber vuelto...
- Una respuesta rebuscada...
-¿Qué sabés de mi?
- No sé, intuyo...
- Sabés tan poco de mi como yo de vos...
- A lo mejor...
- Hablás como un personaje de novela.
La escena tenía un aspecto teatral. Mi hermana era como no la esperaba: rubia, elegante, una mujer cuidada. Se había vestido como una mujer más joven, tenía un aspecto deportivo, un aire "casual" que yo nunca había podido adoptar.
- Tal vez...- dijo
- De novela policial, un personaje que no dice mucho, que no quiere hablar...
- A lo mejor no quiero hablar...
- Estás hablando...
- Si, hablo con vos...
-¿Por qué volviste?
- Algún día tenía que volver...
- Sabía algunas cosas de vos, por una amiga tuya...- arriesgué
- Es muy raro lo que me estás diciendo, que yo sepa nadie sabe de mí...generalmente me gusta estar sola...
Estábamos en un bar, el encuentro había sido planeado así, un lugar neutral. En el pueblo de la señorita Ana. Mi hermana parecía un personaje de novela policial, tal vez inventada, tal vez no, era raro tener una hermana a la que casi no había visto nunca. Éramos dos extrañas y se lo dije así.
- Tal vez tenés razón, somos dos extrañas, tenía que volver alguna vez, elegí venir a buscarte. Si hubieras estado en Buenos Aires, a lo mejor nos hubiéramos encontrado ahí, en otro bar, en el hotel donde estoy...
- ¿Podés contarme algo de tu vida?
- Sí, en otro momento. Ahora no. Ahora quisiera que me cuentes algo vos.
Le conté entonces el caso de la carta de Gardel. Un enigma todavía sin resolver. Hasta dudaba a veces de la carta, que hubiera existido alguna vez, a pesar de todos los detalles que me había contado la señorita Ana. Adela, la dueña de la carta, esa mujer tan provinciana y sin embargo, con tantas ilusiones, con esa necesidad de tener otra vida, la había empujado a instalarse en Buenos Aires, en busca de un destino distinto, atraida por la fama, por la grandeza, por las posibilidades de la ciudad. La destinataria, a la que Gardel le había escrito, la había guardado tanto tiempo. Valìa la pena seguir buscándola...
- ¿Y si yo supiera algo de la carta de Gardel ? ¿qué dirías?
- Te escucharía, muy atenta. Ahora, decime ¿vos estuviste en Francia?
- Estuve en tantas partes, viajé tanto. Mirá lo que me venís a preguntar..
- ¿Qué me podés decir vos acerca de Gardel y de la carta?
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lunes, 12 de noviembre de 2012
La carta de Gardel - novela (fragmento)
"Menos averigua Dios y perdona los pecados" pensaba. Tenía ganas de decirle eso y mucho más ¿qué se creía? Me la estaba haciendo difícil...volver después de tantos años sin vernos, sin hablarnos, apenas un par de cartas. Y ahora la iba a ver, sí, tanto tiempo...
Ella se fue de casa ... no sé por qué le estoy diciendo todo esto. Pero la señorita Ana piensa que sí, que es importante que se lo diga. Ella quiere saber, porque además de ser mi clienta, la señorita Ana se preocupa por los asuntos de familia. Seguramente porque no tiene otra cosa que hacer.
Entonces le seguía contando. Ella se fue de casa, yo era una adolescente y ella se fue, no sé adónde, porque cuando ella se fue no se habló más del tema en casa. Ahí no tuve más hermana, y ella no quiso volver más. ¿Raro, no? ¿por qué? Mucha gente se va de la casa y no vuelve más. Ella dijo que se le hacía difícil vivir con nosotros, que quería vivir su vida. Siempre había sido así. Mamá contaba que un día salió de la escuela sola, se fue a la calle, tenía seis años. Cuando eso se supo, a partir de ahí, la escuela cerró la puerta con llave. Dijo que no tenía miedo, que ella podía con su vida. Y ahora vuelve. Seguramente vuelve porque se cansó de vivir afuera, se cansó de dar vueltas, se cansó...Pero ahora quiere saber de mi vida, y yo ¿qué le voy a decir? ¿qué le voy a contar? ¿le hablaría de mis casos? ¿de mis investigaciones? Es una parte del pasado que vuelve. Y eso puede ser un espejo, puede ser algo que no quiero ver, que no deseo ver. Y ella vuelve, dijo que llega en dos días. Dos días, se me están haciendo eternos...
Por un lado me asusta un poco su carta. Dice que sufrió traiciones. Y que está cansada. ¿Qué puedo decirle? ¿a quién no lo traicionó un amigo, un novio, un amante? Si sabré yo, con todos los casos que tomé para investigar, para hacer seguimientos. Tendría que mostrarle mi archivo. Ahí se daría cuenta que no es la única. Y que está sola, dijo. ¿Y qué le puedo oponer a eso? Vamos a comer por ahí, te acompaño a recorrer algunos lugares de la ciudad. Sin embargo tengo el presentimiento de que vuelve por otro motivo.
(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
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