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viernes, 19 de agosto de 2022

Sonia Otamendi, escritora, artista plástica, directora de la Agenda del Sur falleció ayer

 

(Buenos Aires)

Con mucha tristeza despedimos a Sonia Otamendi, escritora, artista plástica, directora y editora de la publicación cultural Agenda del Sur, publicada desde la ciudad de Quilmes, Provincia de Buenos Aires donde Sonia residía. Pertenecía a una familia de largo arraigo en esa ciudad.

Sonia Otamendi falleció ayer. En su despedida estuvo acompañada de muchos de sus familiares y amigos.

Artista plástica, tomó clases de pintura con Demetrio Urruchúa. También hizo cerámica y muralismo.



Participó y organizó múltiples eventos culturales, y desde la Agenda del Sur difundió a escritoras y escritores y artistas de la ciudad de Quilmes y también a varios de otros lugares del país. Muchas veces colaboré con textos míos  en dicha publicación. Asimismo,  la Agenda del Sur, editada en papel, se distribuía gratuitamente en muchos lugares de Quilmes, se publicaban actividades culturales de la ciudad y lugares cercanos y también eventos de la ciudad de Buenos Aires.

Hace algunos años la Agenda del Sur se editó en formato digital:

https://delsuragenda.wixsite.com/delsur

 

Para leer un cuento de Sonia Otamendi:

https://archivosdelsur-pciabsas.blogspot.com/2013/01/la-segunda-muerte-de-paulino-barreiro.html

 

 

 

lunes, 23 de noviembre de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)



 

Una carta, un as de corazones había cambiado la mañana. ¿Encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser, en una mesa de disecciones? - decía Lautréamont. No, no era eso lo que había ocurrido. Sólo un as de corazones, un azar, un encuentro fortuito en la calle, había cambiado el hilo de la investigación. Porque el as de corazones es como una partícula de espín 1, según la física, es como una flecha: parece diferente desde direcciones distintas. Sólo si uno la gira una vuelta completa, un giro de trescientos sesenta grados, la partícula parece la misma. Es una teoría, nada más. Y tal vez estuviera equivocada, quién sabe.
La carta ¿quién sabe a quién se le habría caído? ¿de dónde habría llegado? había indicado el rumbo a seguir. Por lo menos ese día.
Tal vez hubiera perdido mucho tiempo en investigar a Mary, habría que haberla dejado tranquila y haber seguido por otro lado ¿para llegar a las mismas conclusiones?
A lo mejor había que darse una vuelta por el pueblo de la señorita Ana, conseguir la carta de Gardel olvidada en algún rincón, en algún escondrijo, indagar en el alma de alguien hasta ese momento sin ninguna sospecha. O tal vez habría que ir a la ciudad, a la gran ciudad nuevamente, preguntar, mezclarse en algún boliche de tango, hasta dar con alguna pista.
¿Isidro? por ahora, descartado. Era un buen tipo, transparente, casi rozaba la ingenuidad. ¿Cómo estaba tan segura de eso? Cazar las aves con luz, es el verdadero encandilar. ¿Y a quién investigar, entonces? Había quedado afuera de la pesquisa el sobrino de la señorita Ana. ¿Dónde estaría ahora?
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 14 de abril de 2013

Alicia Silva Rey - La fuga

Alicia Silva Rey 



La Fuga

1

Para que lo recuerdes: durante muchas tardes vigilé ese caballo,
lo movían con esfuerzo, aguas abajo, cerca
de ese festón verde de cactus.
Se aferraban a él,  todo no sucedió  enseguida. 
Primero venían los colores, el tierra siena de la tosquera; 
después el  cuenco chato del  arroyo todavía manso,
que pronto  desbordaría, con  cuatro hombres,
uno casi invisible,
y las herraduras cruzadas  del  caballo, muerto.
Entonces pregunté.  Ninguno, nadie  me respondió.
Las crines eran blancas y los pájaros, altos y delicados,
unas zancudas de la tosquera,
sobrevolaban, a la caída del sol,
el cuerpo de un caballo. 


2

El borde, la orilla del arroyo, un pedregal de  agua.
Me acomodo la ropa revuelta, el pelo. Veo flotar 
contra una franja de tinieblas, el ojo que me había mirado
en la cuneta, ya ves, el ojo abierto de un caballo.

3

Aquellos hombres, dos  o tres, en botas de montar,
se entendían por  señas.
Sentí que no debía moverme ni un milímetro.
No me eligieron.
No era el lugar que me habían prometido.

4

Se aferraban al animal sin  propósito,  no parecían perdidos. Debatían algo con gestos,  todo no sucedió enseguida. 
Pregunté  por las herraduras del caballo, si estaban bien puestas. “Si tiene las herraduras bien puestas, por favor”.
Uno de los hombres tiró del caballo hacia sí, le murmuró al oído.


5

Caía una luz vacilante, había visto antes el lugar,
a esos hombres un gesto les bastaba. No hables
de esto con nadie. Se movían con dificultad
en el cieno de la tosquera.
Llevaban,  a pulso, un caballo.

6

Ninguno tenía la cabeza cubierta.
Estuve mucho tiempo inmóvil apretando con fuerza los brazos cruzados a la espalda.
El último  comienza a andar a saltos hacia mí.
Mueve los labios con esfuerzo.
Es algo que ellos habían ido a buscar, dice.
El agua corre más lenta por las estrías de su piel.
De cerca es más joven que los otros.
Ni siquiera un hombre tan fuerte sería capaz de dar un paso más. Sentí que no debía moverme ni un milímetro. No me eligieron.
No era el lugar que me habían prometido.
Bajaban y subían llevados por la fuerza del agua.  “Fíjense
si tiene las herraduras puestas”, dije. “Por favor”.

7

Durante muchas tardes vigilé ese caballo sin lógica posible
porque era como no tener a quién vigilar.
Todo no sucedió enseguida. El desempeño del caballo, de los niños y del hombre que conducía la escena, fue gradual.
Entonces  pregunté y uno, el más cercano,  me respondió
“es un caballo y va camino de unas herraduras que lo aguardan
ahí abajo, en el fondo”, te lo cuento para que lo recuerdes,
las crines eran blancas y unos pájaros altos y delicados, sobrevolaban la caída del sol.

 (c) Alicia Silva Rey
Quilmes
Provincia de Buenos Aires

Acerca de la autora:

Alicia Silva Rey nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, en 1950.
Es docente de enseñanza primaria (maestra y bibliotecaria escolar).
Escribió: La mujercita del espejo (1985); Fragmento de correspondencias (1996-2003); (circa) (2004-2007); Orillos (2006); Cartas a la iguana (2012); Partes del campo (2012),
La pared-al padre (nouvelle, 2013).
Publicó La solitudine (Bs. As., CILC, 2009). Colaboró con Gustavo Fontán en el guión de su película La madre (2010). Escribe en  del Sur, agenda cultural de Quilmes, que dirige Sonia Otamendi.

Pueden leerse textos suyos (poesía, narrativa, crítica) en:
Tokonoma 15 (2011);
Revista con versiones  www.con-versiones.com/nota1048.htm
Blogaloido  


Escribió: Fragmento de correspondencias (1996-2003); (circa), 2004-2007; Orillos (2006); Bodas (2012); Cartas a la iguana (2012).




miércoles, 23 de enero de 2013

La segunda muerte de Paulino Barreiro - Sonia Otamendi


LA SEGUNDA MUERTE DE PAULINO BARREIRO

 LA CARTA
Parado en medio de la habitación vacía, sujetándose la barbilla con la mano derecha, miró a su alrededor. En la sala sólo quedaban los restos deshilachados de algunos cortinados en las ventanas que daban a la calle. En las paredes, que fueran blancas, se veían las marcas donde habían estado colgados los retratos de los antepasados. También había una silla, rústica y maltrecha, deslucida como si hubiera permanecido mucho tiempo a la intemperie, un poncho doblado colgando del respaldo, y a su lado, una pequeña mesa. Sobre la mesa, una caja de madera fragante y oscura que estaba cerrada.
Dio algunas indicaciones a los  hombres que cargaban los bultos en la carreta para transportarlos al puerto. El barco que los llevaría salía a mediodía. Junto a la puerta cancel, estaba la petaca de cuero que había acompañado a su abuelo a lo largo de las campañas, - la que desde siempre supo que sería para él - y en la que ahora guardaba sus recuerdos más queridos.
Recorrió la casa por última vez. Salió al patio, a la fragancia de los jazmines. Pensó que era una lástima no poder conservar los olores, guardarlos como se guarda un secreto y llevarlos consigo. Cortó unas florcitas y las puso en el bolsillo de su chaqueta, sobre el corazón. Dio una larga mirada al viejo limonero, a los postes por los que trepaba la madreselva y a los tiestos de helechos de la galería. Miró las baldosas gastadas por tantas idas y venidas. -Quién sabe si volveré alguna vez-, pensó y atravesó la casa cerrando las puertas a su paso. Salió a la calle.

Después de controlar que la carga estuviera bien amarrada, mandó traer la petaca. Recomendó a  los hombres que la trataran con mucho cuidado.  Les indicó que la entregaran personalmente al capitán del barco junto con el sobre que sacó de su bolsillo. Se quedó parado, la espalda contra la pared, mirando cómo la carreta avanzaba a los tumbos en dirección al río, hasta que dobló en una esquina y ya no pudo verla. Entonces entró nuevamente a la casa, trancó la puerta de entrada, atravesó el zaguán y ya en la sala, arrastró la mesa y la silla junto a la ventana y extrajo de la caja de madera varias hojas de papel, una barra de lacre, una vela, un sello,  un frasco de tinta y una pluma, y se puso a escribir.
Cuando llevaba media página escrita se detuvo a leer, y rompió la hoja minuciosamente para recomenzar. Le llevó largo tiempo y varias veces desechó lo escrito, hasta que finalmente pareció estar conforme. Se levantó, guardó pluma y tinta nuevamente en la caja, encendió la vela e hizo que el lacre derretido fuera cayendo sobre el papel prolijamente doblado.  Iba a poner el sello, pero su mano se detuvo. La metió en el bolsillo de la chaqueta y usó una moneda. Guardó los elementos nuevamente en la caja y la envolvió en el poncho.
Después juntó  los trozos de papel y fue hacia el fondo. Puso los papeles sobre las brasas del fogón y sopló hasta que surgió la llama. Se quedó mirando el fuego sumido en sus pensamientos. Quien hubiera podido leer en su expresión, sería quizá el único capaz de conocer un secreto que se llevaría a la tumba.
Había escrito una carta cuyo contenido seguramente conocería sólo el destinatario.




SEPTIEMBRE DE 1840

Se hizo silencio cuando el joven entró a la pulpería con paso firme y decidido. Los ojos verdes, casi amarillos, resaltaban en la cara oscura de quien permanece mucho tiempo a la intemperie y contrastaban con el pelo negrísimo. Alto, ancha la espalda, las piernas combas como de domador, de hombre de a caballo, sin duda alguna. Las botas inglesas pisaban fuerte  el suelo de tierra apisonada. Vestía pantalón y chaqueta de paño oscuros, camisa de  seda blanca, chaleco de pana rojo. En la solapa, lucía la divisa punzó, y asomaban unos jazmines mustios del bolsillo de su chaqueta. Atravesó el salón. La lonja del talero, que llevaba  colgado del  mango  del cuchillo de plata,  atravesado en la cintura, golpeaba su pierna con un leve chasquido al compás de su paso. Fue  a acodarse en silencio en el mostrador. Cuando el pulpero se acercó, le pidió una caña que bebió de varios tragos, pero sin pausa. Dejó unas monedas sobre la tabla y se dio vuelta, los codos siempre apoyados. De   frente a los paisanos,  los miró uno a uno a los ojos largamente. Su actitud, sin embargo, no era de ningún modo provocadora. Era evidente que buscaba a alguien. Los hombres que estaban reunidos allí, le devolvieron la mirada. Había algo en él que los desconcertaba. Pero cuando se volvió y pidió otro trago, los parroquianos volvieron a hablar y siguieron en lo suyo.
- Busco a Gabino Arce - dijo al pulpero - ¿es aquél que está en el rincón, ¿no es cierto?
El pulpero asintió. El joven sacó otras monedas del tirador, las puso sobre el mostrador y con el vaso en la mano se dirigió al hombre.
-  ¿Gabino Arce? – preguntó.
-   Para servirlo. ¿Con quién tengo el gusto?
-   Martiniano Ponce – dijo el joven y le tendió la mano.
El hombre se la estrechó. Mano de niña, pensó mientras lo miraba y se decía que esas manos, tan suaves, nada tenían que ver con la apariencia criolla del muchacho. - Nunca ha de haber echado un pial - pensó.
-  Usted dirá – dijo después.
-  Me han dicho, –  dijo el joven – que  usted  goza  de la confianza del  Restaurador.
El hombre se tocó la vincha colorada que ceñía su frente y se irguió en el banco.
- Le han dicho bien – contestó orgulloso - si gusta sentarse...
-  Bien, - prosiguió el joven – si el Restaurador confía en usted, yo también  puedo
confiar. Me han pedido que le entregue un mensaje para que usted se lo lleve, que debe ser hoy mismo me dijeron, que es urgente. Se  trata de la vida de Paulino Barreiro, - agregó bajando la voz.
El joven notó una reacción en la cara de Arce cuando mencionó a Barreiro.
- ¿Don Paulino, del pueblo de los Quilmes? -preguntó – Puede darme el mensaje. ¿Qué le anda pasando a don Paulino? 
- Anda en apuros y pueden ser mayores. Por eso hace falta que le haga llegar hoy mismo este documento a don Juan Manuel. Es cosa de vida o muerte. - y le alcanzó un sobre lacrado que Arce tomó e hizo girar en sus manos.
-¿Y de parte de quién? - preguntó.
- No puedo decirle más – contestó el joven - ni yo mismo lo sé. Me dijeron que buscara a  Gabino Arce, que era hombre de la confianza del Restaurador, y que le pidiera que él mismo  le hiciera llegar este documento a don Juan Manuel a Palermo, o adonde estuviera, que usted sin duda iba a saberlo. – Es una cuestión de vida o muerte para Paulino Barreiro, y esta misión sólo puede cumplirla  Arce. Así me dijeron. No sé más. Yo ni siquiera lo conozco a Barreiro.
- Es un valiente – dijo Arce – yo lo vi pelear cuando las invasiones, lo vi pelear como un tigre contra el inglés. Don Juan Manuel va a tener  hoy mismo esta carta, joven. Quede  tranquilo.
-  Me voy tranquilo, pero antes déjeme invitarlo a un  trago. Le hizo una seña al pulpero pidiéndole una botella y fue él mismo a buscarla. La llevó a la mesa y sirvió dos vasos generosos.
-  Por la misión - dijo Arce levantando el vaso.
-  Por la misión – contestó el joven, tomó un largo trago y dejó el vaso sobre la mesa – Tengo que irme ya – dijo – me están esperando.
Los dos hombres se levantaron y salieron a la calle de tierra,  al fresco de la noche. Un intenso olor a madreselvas impregnaba el aire.  El joven miró las estrellas, caminó hacia el palenque y desató el alazán. Sacó el poncho  que guardaba bajo el cojinillo, y se lo puso - ha refrescado pero va a llover – dijo, mientras ajustaba la cincha. Montó  ágilmente y se volvió hacia Gabino Arce que lo había acompañado. Levantó el talero a la altura de los ojos, dio la vuelta y no necesitó castigar al animal que salió al galope hacia el norte.
Arce se llevó la mano a la vincha y se quedó mirándolo alejarse. – Lindo pingo, buen galope, ha de ser veloz como el rayo, y el mozo  monta bien, pero no son manos de criollo - volvió a pensar.
Cuando dejó atrás las últimas casas del poblado, el joven enfiló hacia el río y por un largo rato galopó sobre la arena mojada, brillante bajo  la luz de la luna.
Habría andado una legua ya, cuando sofrenó el caballo, miró hacia atrás y lanzó una inmensa carcajada que retumbó en la noche y se llevó el viento que había empezado a soplar.
- Adiós, Paulino Barreiro, - dijo en voz alta.
Aflojó las riendas y el alazán salió al tranco. Entonces, el joven Juan Montiel se arrancó la divisa punzó y la arrojó al río, que la devolvió mansamente a la playa. Volvió a mirar el cielo, y vio venir unas nubes tenues del lado del sur. - Va a llover – pensó. Después  retomó la marcha a media rienda, hasta el sitio cercano donde encontraría al hombre que lo iba a cruzar al Uruguay.         

LA MISIÓN      
   
Arce volvió a entrar a la pulpería y se sentó en su rincón. Mientras bebía, acariciaba el sobre y se preguntaba cuál sería su contenido.
Cavilaba. Don Juan Manuel no quería verlo, se había enfurecido con él por un error, una pequeña equivocación, una insignificancia, - Arce no quería recordar siquiera el episodio, - y le había prohibido presentarse ante él, si no lo llamaba expresamente. Él hasta ahora  había obedecido. Don Juan Manuel era muy estricto: cuando daba una orden debía cumplirse al pie de la letra. Hacía dos largos meses que no lo veía. Claro que en  este caso era diferente, era una misión. Se sirvió otro trago para darse fuerzas. El joven... ¿Ponce?, ¿Pedriel? Ponce, sí.  El joven Ponce se lo había dicho. Era una misión, le había dicho, y sólo él, Gabino Arce, podía llevarla a cabo. Volvió a mirar el sobre. La letra era grande y clara. No sabía leer, pero en cambio se expresaba con propiedad.
Había pasado su infancia en una estancia de Chascomús, donde su padre era el capataz y también domador, y había sido compañero inseparable de correrías  del niño Mariano apenas uno o dos años menor que él. (A mí no me digas niño más que enfrente de mis papás, le había dicho Mariano, cuando estamos solos no, decime Mariano nomás. Eso de niño es de mariquita. ¿Acaso yo no te digo Gabino, acaso no somos iguales?). Y la Señorita Irene siempre lo estaba corrigiendo: - así no se dice, hablá bien, que después mi hermano habla como vos, - le decía fastidiada. Mariano también lo corregía,  pero era diferente.- Yo te voy a enseñar a leer y te voy a enseñar a escribir, Negro, - le decía- y cuando seamos grandes vamos a seguir siendo amigos y nos vamos a comprar una estancia para los dos. Vamos a ser arrieros, vamos a domar. Yo te voy a enseñar a escribir para que estemos los dos en el escritorio. Sólo alcanzó a enseñarle  a escribir su nombre. A los trece años se separaron, cuando Mariano se fue a Buenos Aires a estudiar y él lo acompañó en el viaje.
Conoció un Buenos Aires conmocionado. A poco de su llegada, los ingleses habían invadido por segunda vez y todo era agitación en las calles. Dos meses después volvió con el patrón a Chascomús y ya no volvieron a verse. Mariano sólo  regresaba a la estancia en las vacaciones, con sus amigos. Para esos tiempos, Gabino estaba en una estancia vecina trabajando de prestado como peón. Era vivaz y  diligente, había demostrado que sabía soportar una broma, y a veces se  las  hacían  pesadas,  pero  él  soportaba,  no  lo asustaba el trabajo, tenía buena disposición. Se fue ganando la confianza  de  los  otros.
Lo que realmente amaba eran los caballos, y vez que podía, ahí estaba, en el potrero. Los animales parecían sometérsele. Cuando había alguno difícil de agarrar, él se ofrecía y al poco tiempo había logrado pasarle una rienda por el cogote y lo traía sumiso. Un día le pidió permiso al patrón para domar un potro nuevo. El patrón le dijo: – El zaino es mucho caballo para vos – en cambio, le permitió que empezara a domar unos petizos para sus hijos. Los peones lo estimulaban. - Va a ser domador y de los buenos este mozo -  decían. 
Así se hizo domador y fue recorriendo la provincia parando donde hubiera trabajo. Una vez, en una pulpería por los pagos de Lobería, vio entrar un grupo de jóvenes. Uno de ellos era Mariano y se paró para saludarlo. Mariano lo miró, contestó cortésmente su saludo pero era evidente que no lo había reconocido. Gabino se sentó y ya no se atrevió a acercarse.
Había vuelto a verlo en octubre de 1839, alrededor de un año atrás. La conspiración contra Rosas fue  sofocada a tiempo y Ramón Mazza fusilado. Arce había entrado con un grupo de mazorqueros al recinto de la Legislatura y allí mismo habían muerto a Manuel Vicente. Todo parecía estar en orden ya, cuando unos  estancieros del sur de Buenos Aires se habían levantado, pero también fueron derrotados en la batalla de Chascomús, en la que  Arce había participado con la mazorca. Se separó del grupo porque le habían ordenado escoltar a un oficial,  y ya de regreso, cuando había dejado  atrás  el campo de batalla y cruzaba el montecito de talas, oyó un gemido.
Buscó con los ojos y vio un hombre tendido sobre un poncho celeste, la cabeza apoyada contra un árbol, los ojos cerrados. Temió que fuera una emboscada. Aguzó los sentidos. Todo era silencio alrededor. Desmontó de un salto, sacó el cuchillo y se acercó lentamente al herido, que tenía el uniforme roto a jirones y el pecho cubierto de sangre. Un mechón canoso le cubría los ojos, y la barba incipiente sombreaba su cara extremadamente pálida. Arce sintió que el corazón se le salía del pecho. Casi temerosamente sus dedos toscos despejaron  la frente del hombre. 
-Niño Mariano – balbuceó.
El herido abrió los ojos, – agua - dijo quedamente.
Arce se arrodilló junto a él e intentó incorporarlo. El hombre lanzó un grito desgarrador – Dame agua... Negro – dijo, y se lo quedó mirando con unos ojos que ya no veían.                                                                                                                                         
Corrió  hasta  el  caballo,  sacó  el frasco  de caña de la  alforja y se lo arrimó a la boca.  El líquido  corrió  mezclándose  con  la  sangre seca.
Arce lo apretó largo rato contra su pecho, sintió el peso de la cabeza al caer sobre su hombro. Lloró. El gaucho recio, el mazorquero brutal, sintió sus propias  lágrimas calientes correr quemándole  la cara.
Respetuosamente se desprendió del abrazo, volvió a recostarlo contra el tronco, se sacó el sombrero y  le cerró los ojos. Tapó con sus manos esa mirada perdida para siempre en la llanura infinita.
Gabino Arce hizo girar el sobre entre sus manos y miró atentamente la letra grande, clara, dibujada. No  sabía leer, pero podía imaginar lo que decía: Excelentísimo Señor Gobernador, Don Juan Manuel de Rosas. Y adentro un mensaje del que dependía la vida o la muerte de  Paulino Barreiro. Sí, se arriesgaría, aunque  don Juan Manuel se lo hubiera prohibido, se arriesgaría. Terminó la botella y salió, rodeó la pulpería hasta el corral, ensilló su rosillo y montó con dificultad. Sintió como una cuchillada en la pierna izquierda. El viejo dolor que volvía. Estoy poniéndome viejo, pensó
Unas nubes que avanzaban desde el sur comenzaron a tapar la luna. El alcohol y los recuerdos hacían más negra la noche. Cuando llegó a Palermo el cielo estaba totalmente cubierto.  - Pero no va a llover – se dijo.

LAS ÓRDENES

Galopó por el camino apisonado que llevaba a Palermo. De los faroles  que bordeaban la calle a ambos lados, pocos estaban encendidos. – Noche rara – pensó Gabino – hay un algo en el aire... En ese momento gritó una lechuza. – Cruz diablo, reventá por el camino – dijo Arce en voz alta y se persignó. Puso el caballo al tranco. Unos metros más adelante, en una vuelta, el caballo dio un bufido y se abalanzó. A pesar de ir sumido en sus pensamientos, Arce sujetó, se afirmó en los estribos y castigó al  rosillo con su rebenque evitando la caída. Llegó a ver la cola de la víbora que se escondía entre los pajonales a su izquierda.       - ¡Que había sido flojo! – le  dijo  al  caballo inclinándose para acariciarle el cogote – si era una culebra nomás...
Al tranco llegó a la quinta. El cielo estaba totalmente cubierto ahora y había empezado a soplar un viento frío del sur. Después de rodear  el monte, tomó el camino que conducía a la casa. Había luz en la galería y un grupo de personas estaba entrando a las habitaciones. Fue hacia el galpón donde estaban reunidos los peones, que parecieron contentos de verlo después de tanto tiempo.
- Lo andábamos extrañando Gabino, ¿por dónde ha andado?
-  Por ahí nomás – contestó parcamente – tengo que verlo con urgencia  a  don  Juan Manuel, a ver si me hace anunciar...
- Vaya Simón hasta las casas - mandó-  y diga que aquí está Gabino Arce y que quiere ver al Gobernador. Échese un trago, compadre – y le alargó la botella de caña fuerte.
El negrito salió corriendo  y  volvió  al  cabo de  un rato,  decía la niña Manuelita que se presentara.
-¡Gabino! -  dijo Manuelita -  ¿qué hace por acá?  ¿No  sabe  que Tatita todavía  está  muy  enojado con  usted?!  ¿No se acuerda que le dijo que iba a estaquearlo si volvía sin que lo llamara? 
- Me acuerdo niña- contestó respetuosamente Gabino - pero esto es una misión. Una cuestión de vida o muerte me dijeron, y que su señor padre tenía que recibir esto hoy mismo. Sacó el sobre del tirador y se lo entregó.
- ¿Y quién lo manda?
- No lo sé niña, quien me dio esto fue un mozo que dijo llamarse  Ponce. 
- Si no ha comido vaya para el  galpón que algo va a encontrar, y espere allá –  dijo Manuelita – voy a ver qué puedo hacer. Según lo que diga Tatita  lo voy a hacer llamar.
Muy  poco después llegó el mulatito que le dijo - Don Gabino, dice la niña Manuelita que vaya, que mi padrino lo va a recibir.
Arce pensó que era un buen presagio. – Esto es de buen agüero, – se dijo – si me atiende tan pronto será que ya me ha perdonado.                                                 
Esperó largo rato parado frente a la casa, el sombrero en la mano. A la luz del  único farol encendido  vio salir al  Restaurador que atravesó la galería con paso firme pasando a su lado sin mirarlo, y caminó todavía unos metros sobre el pasto húmedo. Lo seguían dos  de los locos que siempre lo acompañaban. Uno de ellos, Eusebio, a quien el mismo Rosas se refería llamándole  Señor Gobernador,  estaba de uniforme y traía un bastón en la mano a manera de cetro. Al cabo de unos minutos de absoluto silencio, siempre de espaldas, mirando hacia a adelante, habló:
- Su excelencia  va a dar las órdenes – dijo Rosas señalando al mulato Eusebio con un gesto de la cabeza - y más vale que las dé bien, porque si no va a recibir unos buenos azotes, ya lo sabe.
Arce se acercó a los hombres y se paró frente a ellos con la cabeza baja. Rosas se quedó presente mientras Eusebio, con su voz atiplada, la lengua trabada por el alcohol, transmitía, no obstante las órdenes precisas.
- A  ver  Gabino  Arce,  repita  lo que le he dicho,  palabra por palabra,  – dijo - y míreme a los ojos,  recuerde  con  quién está  hablando:  está hablando con Su Excelencia -.
Arce sintió que le hervía la sangre. Miró a Rosas,  pero Rosas  miraba  al campo, a la oscuridad de la noche con una expresión   indescifrable, como si estuviera ajeno a lo  que  estaba  ocurriendo. Al cabo de unos segundos, haciendo un esfuerzo, Arce repitió la orden en voz alta.
- Ta’ bien dijo el mulato - ha entendido, puede irse.
 Rosas se dio vuelta y cuando cruzaba la galería hacia las habitaciones, oyó que el mulato decía por su cuenta: - y no lo olvide, el tiro de gracia se lo da en la cabeza. A ver, repita.  
La carcajada de Rosas, que lo había ignorado, que no lo había mirado una sola vez en el transcurso de la entrevista, aumentó su  humillación y Arce pensó que qué raro era todo, que  cómo era posible que por momentos odiara así, con tanta fuerza a ese hombre por el que no vacilaría en dar la vida, sin embargo.
                                                 
HACIA QUILMES

Gabino Arce encontró a Ciriaco y al Moncho visteando en el patio trasero de la pulpería del Tuerto.
- Déjense de estar canchando como dos chiquilines que tenemos cosas más importantes que hacer – dijo severo - ¿dónde se ha metido Prudencio?
- Vealó - contestó el Moncho - ahí viene, mamado, y como salido de un entrevero, - y gritó - Arreglate el chiripá, sotreta, que al jefe no le gustan los negros zaparrastrosos.
Prudencio echó mano al cuchillo, se tambaleó – Repetí tus dichos, Moncho – dijo – repetí, si sos hombre.
- Quieto Negro- dijo Gabino, su voz imponía respeto, -  deje los bríos para los salvajes unitarios, y para los traidores, no nos vamos a achurar entre nosotros. Y vayan ensillando que tenemos que hacer tres leguas antes que amanezca. Cuando acaben me buscan adentro y nos vamos.
- Una caña – le pidió al tuerto – y deje la botella nomás,  que ahí vienen los otros.
Parado en el extremo del mostrador, mientras esperaba a sus compañeros, pensó en la misión y por primera vez sintió que le costaba cumplir una orden. Se preguntó por qué. El motivo no era que lo conociera a Barreiro, a tantos había conocido y su mano no tembló cuando tuvo que matarlos. Ni porque le tuviera especial aprecio. Pero este era un hombre de coraje. Eso era, pensó: el coraje es lo único que vale. Y el recuerdo que hoy le había vuelto a la mención de su nombre, volvió nítido ahora. Tuvo la visión precisa. Cuántos años habrían pasado desde las invasiones de los ingleses. ¿Treinta, cuarenta? Él, Gabino Arce era un chiquilín. El patrón había llegado al rancho y le había dicho a su madre:
-  Me lo llevo a Buenos Aires, a Gabino.
-  Mande, patrón - contestó ella.
Preparale una muda de ropa limpia  y que mañana a las cinco esté en la casa. Vamos a salir con la fresca.
- ¿Es para siempre patrón? – se atrevió a preguntar.
- No – se rió él – en menos de un mes te lo traigo de vuelta. Es para que le haga compañía a Mariano en el viaje. Ése sí se queda en Buenos Aires. 
- Mande patrón - contestó la mujer, y se llevó una mano a los ojos.
- No estarás llorando – dijo – hay  que embromarse, el chico va a conocer la ciudad y vos llorás.
Hizo un gesto con la mano y se alejó fastidiado.
Mucho antes de las cinco, Gabino estaba ya en la casa. Mariano que también se había levantado mucho antes de que amaneciera,  había ensillado su caballo.
Desensillá que papá dijo que te prestaba el Refucilo y el Ocaso – dijo Mariano y los ojos de Gabino brillaron de alegría –; están en el corral.
- ¿Los alazanes?
- Vamos con tropilla de un pelo  –  dijo  Mariano con orgullo  – todos, también los de refresco. Quise ensillar el Ocaso pero no se dejó  agarrar.
Gabino se rió, entró al corral y volvió poco después  con el caballo de  tiro. Lo ensillaron y soltaron el resto de la tropilla al campo.
 Llegaron  al galope a la casa. El patrón les dijo: –A ver si se dejan de estar cansando los animales, tenemos  veinticinco leguas por delante, ya  van a tener tiempo de  cansarlos y de cansarse ustedes. Vayan a  tomar algo a la cocina y usted vaya a saludar a su madre – dijo dirigiéndose a Mariano – que ahí está llorando como si usted se   fuera  a la guerra, ¡estas mujeres...! 
                                       
LA TRAVESIA

La comitiva estaba conformada por Don José Mariano, los dos muchachos, y tres peones que iban a caballo, llevando la tropilla por delante. Otro hombre, en el  coche, llevaba las vituallas y regalos para la gente de Buenos Aires.                      
Ya en la Magdalena les habían dicho que no les convenía seguir, que los ingleses, que habían tomado  Montevideo y la Colonia del Sacramento, era probable que intentaran invadir Buenos Aires nuevamente. Allí hicieron noche, y cada viajero que llegaba traía una versión diferente: que se habían visto barcos merodeando la costa, que los ingleses habían vuelto a desembarcar en Quilmes, que traían un ejército poderoso, que habían arrasado Montevideo, que ya avanzaban hacia Buenos Aires.  El patrón  dijo: – Tanto no será - y decidió que siguieran viaje al día siguiente a la madrugada. Mariano y él estaban excitados ante la aventura y se quedaron despiertos hasta mucho después de que se hubieran apagado los candiles, imaginándose en medio de una batalla.
Al llegar a Quilmes, se detuvieron en la casa de unos amigos del patrón. Allí  quedaron los peones que debían volver al campo al otro día. Los tres, y el coche, hicieron el último tramo del viaje, hasta la casa de los abuelos de Mariano. Era el 24 de Junio de 1807, el día de San Juan y de su cumpleaños. A Gabino, -que se llamaba Juan Gabino en honor al santo-,  no le alcanzaban los ojos para ver la ciudad que superaba todo lo que  hubiera podido imaginar.
Se alojaron en la amplia casa de los abuelos, donde todos los días había visitas. Los hombres se reunían a comentar la situación y las mujeres los últimos chismes entre mates y pasteles. Nadie prestaba atención a los muchachos que aprovechaban para salir y andar por la ciudad. Mariano, que había estado allí el año anterior, le mostraba a Gabino el cabildo, el fuerte, la catedral con sus torres truncas después del derrumbe ocurrido la noche de aquel 24 de Mayo de 1752, las iglesias. Paseaban por la recova vieja, y alguna tarde fueron hasta el río  a  caballo,  y  estuvieron   largo  tiempo  escuchando  a  la  gente, lavanderas y sirvientes, que también hablaban de los ingleses. Gabino iba a recordar también, y para siempre, unos ojos dulces y lánguidos y el sabor de los pasteles que le ofreció aquella negrita.
El 1º de julio de 1807, por la noche, llegaron noticias de que un gran ejército había desembarcado en la ensenada de Barragán. Efectivamente, las tropas marchaban, costeando el río, hacia la reducción de los Quilmes, donde acamparon. De allí, partió una vanguardia de los navíos, hacia el Riachuelo. Todo era revuelo y preparativos aquella  noche del 3 de julio, húmeda y fría como lo son casi siempre las noches de Julio en Buenos Aires. Se abrieron fosas atrincherando la ciudad y se emplazaron cañones. Las azoteas fueron ocupadas para resistir el asalto. El  estruendo en la oscura madrugada, despertó a los muchachos a quienes se ordenó que no se asomaran siquiera a las ventanas. Los patricios dejaron avanzar a los ingleses hasta donde no tuvieran por dónde huir y a medida que avanzaban se hacía más vivo y tremendo el fuego desde las azoteas. Durante toda la mañana prosiguieron los combates. Los  muchachos, ante el descuido de los mayores, ganaron la calle, y con la imprudencia propia de la edad se arriesgaron a morir bajo el fuego cruzado. Adosados a las paredes recorrieron las calles y llegaron a Santo Domingo. Y fue allí, donde Gabino vio la imagen que ahora volvía insistentemente a su memoria. Dos hombres luchaban encarnizadamente sobre el techo de la Iglesia. De pronto los vio desplomarse. El inglés estaba muerto. El otro se llamaba Paulino Barreiro. Se paró el hombre, revisó el arma y por un raro instinto giró sobre sí mismo y disparó sobre el soldado que venía a matarlo.   Ese era el hombre al que ahora debía fusilar. Me estoy poniendo flojo – pensó Arce – me estoy  poniendo viejo y apuró el vaso de caña. - Terminen la botella y nos vamos- dijo a los otros – tenemos que hacer tres leguas.

EL CRIMEN

Galoparon callados en la noche hacia el sur. Estaba aclarando cuando pasaron por el primer  puesto, y  ya pudieron divisar las casas. En la pulpería de Gómez había una carreta de la que estaban descargando  bolsas de yerba y harina y unos cajones de caña. - Vamos a echar un trago para matar el frío – dijo Arce, los ojos torvos,  revueltos – y le exigió  una botella al pulpero. El hombre se la alcanzó temeroso.
La botella pasó de mano en mano y ya vacía fue a estrellarse contra una piedra. Embrutecidos por el alcohol salieron al frío de la madrugada.
- En alguna casa están horneando pan – dijo Ciriaco – vez que siento este olor me acuerdo de mi madre.
- Esta no es hora de mentar la madre – dijo Arce sombríamente.
Se dirigieron a la plaza y al llegar a la casa de Paulino Barreiro, abrieron la puerta de un empellón, atravesaron el patio, buscaron en las habitaciones y  arrancaron al infeliz de la cama. Lo  arrastraron hasta la plaza, sin que pudiera comprender lo que estaba ocurriendo.
- ¿Por qué? – alcanzó a preguntar.
- Por inmundo unitario – fue la única respuesta y dando gritos, lo atacaron ferozmente. La  cabeza rodó lejos  del cuerpo ensangrentado.
Los hombres montaron dispuestos a retirarse, cuando Arce recordó las órdenes del Restaurador.
- Hay que fusilarlo – dijo, y todos volvieron a desmontar. 
Los tres hombres apuntaron y dispararon sobre el cuerpo tendido.
Arce, le dio el tiro de gracia a la cabeza.

                                                                                                   
(c) Sonia Otamendi
Quilmes
Provincia de Buenos Aires
                                                                                                            
Noviembre del 2000


Paulino Barreiro fue un Juez de Paz que estando al frente de  su cargo en Quilmes, fue asesinado por la mazorca en la madrugada del 18 de septiembre de 1840.

Acerca de la autora:



Sonia Otamendi es escritora y artista plástica. Dirige la revista Agenda del Sur desde hace 15 años.

                                                                                                                                        

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lunes, 6 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Si hubiera sido un libro posmoderno, el autor tal vez escribiría acerca de la escritura misma, cómo lo iba a componer, tal vez...Pero no se trataba de eso, simplemente el personaje se había escapado.
¿Cómo? nadie sabía. Se había escapado, no estaba en ninguna parte....Llegué como siempre a desayunar al bar de enfrente: café, tostadas, jugo de naranja. Ahí encendí el celular, había un mensaje de texto: renuncié al trabajo, me voy, no se sorprenda, Mary. Eran las 11 de la mañana, me había acostado tarde y el mensaje había sido enviado a las 10 y 10 minutos. ¿Y ahora? Tomé el café sin azúcar y llamé por teléfono a la empresa donde trabajaba Mary, ahí una voz monocorde de recepcionista femenina me informó que Mary no trabajaba más ahí. Todo era muy raro. ¿Dónde estaría? La principal sospechosa de haberse llevado la carta de Gardel se había ido de un dia para otro del lugar donde pasaba la mayor parte del día. Le contesté el mensaje de texto: " Mary ¿dónde está?"  Pensé que tal vez me iba a dejar una nota, una carta, algo más explicándome la decisión. Sabía que estaba cansada de trabajar ahí en la empresa, que no quería tener otro jefe como Alejandro y menos como Guillermo. Alejandro se había ido al Uruguay a inaugurar la nueva filial de la empresa, tenía nueva mujer también, lo había abandonado todo. Y tal vez Mary no quería ser menos. Si hubiera sido el personaje de alguna otra novela, Mary tal vez quisiera vivir otra vida, tal vez más divertida, y no siempre la misma rutina. Ya estaba algo acostumbrada a la serendipidad, a encontrar cosas cuando buscaba otras, y la ausencia de Mary ahora me ocasionaba un blanco, un vacío en la investigación. ¿Qué pretexto tendría ahora con la señorita Ana para decirle que tendría que buscar otra pista, la punta de otro ovillo? Eso implicaba más dinero para gastos y seguir investigando.
Mary se me había escapado y tal vez, si hubiera sido un personaje de ficción habitaría ahora en alguna otra novela, en algún cuento, quién sabe...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 3 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


La señorita Ana se dirigió decidida al jardín. En una mano sostenía una canasta de mimbre, en la otra una tijera de podar. En la boca de la señorita Ana se dibujaba una sonrisa cerrada y maliciosa. Era una tarde verdaderamente fantástica, con pájaros de pecho naranja y plumas marrones, cardenales, jilgueros, benteveos, horneros, colibríes, que producían verdadera música con su canto. Y todos estaban libres en los jardines.
Julio  seguía a la señorita Ana  con el mate y la pava con el agua tibia. La señorita Ana abrió la puerta de la cocina con alambre tejido para que no entren los insectos adentro de la casa  y caminó rápidamente hacia el níspero. El níspero era un viejo árbol que daba frutos cada verano. La señorita Ana no estaba muy de acuerdo en conservar el níspero en el jardín porque decía que ese era un árbol que traía muchas arañas. Sin embargo, los frutos eran ricos.
Julio se sentó en la reposera donde antes había estado la señorita Ana y le preguntó si quería que la ayudara. La señorita Ana respondió altiva, dijo que no, que no necesitaba ayuda y caminó hacia una pared medianera donde estaba la escalera de madera. Mientras la señorita Ana subía la escalera y se asomaba hacia la casa de los vecinos, Julio vertió un poco de agua en el mate. La yerba mojada rebalsó y Julio limpió el mate con la mano. Poco después se enjuagó la mano con el agua de la manguera que regaba las plantas.
La señorita Ana vio en el jardín de la casa vecina, donde antes vivía Mary  una pileta de plástico con un niño rubio de unos dos años adentro del agua. La madre, rubia y joven,  sólo vestida con una bikini jugaba con él. Los dos, el niño y la madre tenían la piel bronceada por el sol.  La señorita Ana sentía envidia de la escena.
Poco despúes la señorita Ana bajó y llevó la escalera hasta el níspero. Fue en ese momento en que sonó el timbre.

- Voy a atender - dijo Julio

- Sí, por favor - contestó la señorita Ana

Julio se asomó por la mirilla y vio a un hombre más o menos de la edad de la señorita Ana.

- Soy Hugo, el vecino de la otra cuadra - dijo

- Un momento - contestó Julio

La señorita Ana ya estaba al tanto de quién había tocado el timbre y estaba arrojando desde lo alto de la escalera los nísperos que arrancaba del árbol en la canasta. Entonces dijo, casi a los gritos:

- No le abras, ése ya vino a buscar nísperos la semana pasada.

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imagen: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

lunes, 30 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



En su interior se alegró al conocer la noticia y le deseó mucha suerte. Pero no se lo comunicó. Mary era así, callaba sus sentimientos. Mary era reservada al extremo, por eso Guillermo la había elegido como su secretaria. Habían tenido sus discusiones, sus charlas, y Mary siempre había callado, finalmente. La última palabra se la reservaba.
Ahora Guillermo era el nuevo director general de la división internacional del laboratorio donde Mary seguía trabajando. Eso le ampliaba a Guillermo el panorama. Pensó en llamarlo, en felicitarlo y también pensó en el  rencor que Guillermo tendría por haber dejado su puesto, por haberse ido de ahí y haber vuelto a su antiguo trabajo en el pueblo, un poco más alegre y confortable.
Era mejor, pensaba, dejar las cosas así. Se alegraba y mucho por  Guillermo, por todo lo que había luchado en el trabajo, porque veía sus sueños en parte cumplidos y también porque mientras estuvo al lado de él lo ayudó de la manera en que sabía y podía hacerlo.
Pero Mary era dueña de su vida y no quería que nadie la timoneara más que ella misma. Era la propia capitana de su alma. ¿Qué pasiones la llevarían ahora a ir por otro camino más que el que había elegido? A veces era el odio, ahora un poco menos, hacia la antigua vecindad con la señorita Ana. A veces era la pérdida de su hábitat, en su antigua casa, junto a los perros que ahora ya no estaban. Pero cuántas cosas había ganado, cuántas.
¿Podía haber sido Mary quien ocultaba en alguna parte la carta de Gardel?
Eso me lo preguntaba mientras viajaba al pueblo, mientras veía a lo lejos los altares del Gauchito Gil y los campos sembrados y los tractores trabajando. Mientras miraba el verde del paisaje y los silos repletos de granos.
 ¿A quién podía interesarle, sino a Mary, la carta de Gardel que a la señorita Ana le faltaba?
En el camino había mucho tráfico de camiones, el ómnibus dónde viajaba, no podía acelerar mucho más. Ahora era de día, había sol, y se veían  vacas, ovejas, caballos en los campos. Después de todo no sabía si alguna vez iría a descubrir el paradero de esa carta. Pero la señorita Ana insistía: tiene que encontrarla. Es todo lo que me queda de mi antigua familia. Y además para eso, me había pagado.

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foto: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

viernes, 20 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Son casi las dos de la tarde cuando llega al pueblo. El ómnibus la deja cerca del hotel. No va a ir a su casa, la casa que dejó para irse a Buenos Aires. Vivirá unos días en el hotel hasta que pueda alquilar un departamento. A esa hora el pueblo está casi vacío, casi desierto. Los perros duermen la siesta en la vereda. Casi todos los negocios cierran. Mary viste jeans, una remera blanca y zapatillas. Luce anteojos oscuros.  Soy una mujer nueva, piensa, imagina.  Ha dejado la ropa de marca en el placard del departamento. ¿Qué hará con toda esa ropa? Ese placard queda lleno de cosas, alguien tendrá que enviármelas. No quiero volver, piensa. Y sin embargo, sí, tendría que volver, ordenar vestidos, pantalones, zapatos, carteras, papeles. Sería un poco ordenar la vida misma.
La señora Nelly la está esperando cuando Mary toca el timbre de la empresa.
Mary se sienta frente al escritorio de ella, como antes, como cuando era la secretaria.

-¿Cómo estás?

- Bien ¿se nota?

La señora Nelly mira a Mary, hace un examen rápido del semblante de la mujer y dice:

- Voy a pedir a la cocina que te traigan el menú del día, bife con puré de calabaza, te va a gustar.

- Sí - contesta afirmativamente pero no está tan segura. ¿Qué trabajo tendría que hacer ahora?

- Quiero que comas, que te sientas bien. Después, más tarde, vamos a hablar de tu nuevo puesto.

Nelly es una mujer que puede desarmar a cualquiera. Elige el menú que se va a comer cada día en la empresa. Reconoce miradas, gestos, tiene una gran intuición y hasta parece adivinar lo que uno piensa.

El nuevo trabajo de Mary es menos estresante que el de ser secretaria de un director, de un hombre como Guillermo. Con Nelly no hay malentendidos, ni textos con espacios en blanco y mensajes ambiguos. Nelly sabe dirigir la empresa. Mary va a trabajar con Nelly en la coordinación de varios sectores del laboratorio.

En otro lugar del pueblo, la señorita Ana se dedica a ordenar la casa, como siempre. Ya ha regado las plantas, le ha dado de comer a todas las mascotas, y se dedica, sentada en una reposera a investigar el jardín: una fila de hormigas sale de un pequeño montículo y va subiendo por una pared entre las hojas verdes de la enredadera. Los picaflores buscan el néctar de las flores más llamativas, a la hora de la siesta.  La señorita Ana va de una cosa a la otra, como si estuviera almacenando mentalmente lo que puede disfrutar todavía y lo que aún le queda por conseguir, por recuperar, entre ellas la  carta de Gardel.
Algo interrumpe esa tranquilidad, esa monotonía, es el ruido de una Harley-davidson que se
acerca, es tal vez la moto de Julio.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

foto: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

lunes, 5 de diciembre de 2011

La carta de Gardel - novela (fragmento)


Así como Cortázar dijo que el grandísimo cronopio Nijinsky había descubierto que en el aire hay columpios secretos y escaleras que llevan a la alegría, en un teatro parisino donde se presentaba Louis Amstrong, se me ocurrió pensar mirando al otro Julio bailar tango con sus alumnas, que él también había descubierto ahi en la pista algunos juegos que llevan a la alegría. Lo miraba bailar, no me cansaba de hacerlo, tenía la certeza de que jamás iba a aprender a bailar el tango por más que Julio me lo había propuesto en varias oportunidades.  Pertenecía a otra generación, me había acunado otra música que encendía mis sentidos y los amplificaba. ¿Por qué había aceptado este caso? ¿Por qué seguir buscando la enigmática carta? Sólo tenía testigos como la señorita Ana para saber que alguna vez Gardel había escrito la carta. Y estaba la fotografía de Adela, y algunos otros objetos, una cigarrera dorada, por ejemplo, de una de las hijas de esa mujer extraña. Una mujer extraña, sí, porque con su mandato, el de guardar la carta del Zorzal como una reliquia había llegado a  inquietarme. Julio me dijo que lo esperara. No iba a terminar muy tarde con las clases, tenía ganas de hablar, dijo, cosa que me pareció algo rara porque Julio era de hablar poco.
En Buenos Aires, el salón donde enseñaba a bailar tango Julio era grande. Esa noche había varios hombres y
mujeres y la profesora de baile, tango y milonga era una antigua alumna de Julio. Pedí un café y me entretuve mirando el espejo donde se iban reflejando las siluetas de las parejas que daban pasos al ritmo de un tango o de una milonga. Me divertí pensando que dentro de unos días, pocos, llegaba una de mis amigas, vivía en Europa y seguramente querría venir a ver y tal vez a aprender a bailar el tango. Y tal vez harta de vivir en otro país o de hablar en un idioma distinto, venía  a quedarse definitivamente aquí, en la Argentina.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

fotografía: Café de los Angelitos, vista lateral desde la calle (c) Araceli Otamendi

viernes, 25 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Después de la lluvia, el pueblo se había inundado, volvía a salir el sol. Decidí aprovechar el día, no quería pasar el fin de semana en el hotel o dando vueltas hasta que abrieran los negocios y la ciudad tuviera vida nuevamente.  La investigación que me había encomendado la señora Nelly estaba dando algunos frutos. Ya sabía algo más de esa mujer, esa empleada que con sus rumores estaba envenenando la atmósfera de la empresa. Saberlo me había costado algunos almuerzos y también algunas cenas.
Yo era una forastera ahí en el pueblo, y siempre es fácil distinguir a un forastero en un lugar chico. No sería fácil despertar confianza. La mujer, llamada Mariela era una mujer solitaria. Había construido su vida alrededor del trabajo y alrededor de eso giraba todo. Era entendible que se molestara por todo lo que hicieran sus compañeros y sus jefes. Cada vez que alguien hacía un comentario acerca de  su vida privada, tenía una pareja, se casaba o se iba de viaje, o tal vez algo menos, algún logro de otro tipo, la mujer entraba en una especie de ebullición. Y empezaba a hablar mal.
Era entendible, pero también era insoportable trabajar ahí adentro con el clima que se había  ido creando.
Uno por uno, fuí invitándolos a almorzar o a comer, fuera de la empresa. Así logré saber lo que
opinaba cada uno de ellos. Aunque no me guiaba ningún propósito que no fuera la investigación encomendada,  recordaba haber leido alguna vez aquel comentario  del filósofo de origen rumano Cioran, siempre se retiraba último de las reuniones, para no ser el tema del que los demás hablaran.

El fin de semana lo pasé remando en el río con Julio, el profesor de tango. Por suerte, a mí también me gustaba remar y al hacerlo hablábamos poco. Andar por el río, entre el agua y los árboles. los sauces de las orillas despejaban mi mente y la compañía de Julio me hacía bien.
La naturaleza y la compañia de Julio, el movimiento del bote por el agua, todo eso me hacía olvidar la última pesadilla, el último animal que había aparecido en mis sueños.
El agua, ahora, tenía reflejos como pequeños soles que brillaban debajo de la superficie. Seguimos la corriente del río, por la tarde vendría la creciente y sería  necesario volver temprano.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados  

domingo, 6 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Era la tarde cuando leí el mail que me escribió Mary. Lo hice en el Café Margot,
también en el barrio de Boedo. Este café fue declarado Café notable en la ciudad
de Buenos Aires y un cartel lo indicaba. El espejo fileteado, el televisor apagado.
Es un bar chico, medio oscuro, más modesto que el de San Juan y Boedo.
Suena un tango con la voz de Gardel. Entonces leo el mail impreso en una hoja de papel:

"Señora:

sé muy bien por qué usted vino al pueblo. Usted está investigando acerca de una carta de Gardel que una antepasada de la señorita Ana guardaba con celo y ella todavía más.
Le aclaro que yo no tengo nada que ver con la desaparición de la famosa carta. Jamás la vi, tampoco me
interesa algo así. Estoy harta de que indaguen en mi vida desde que volví al pueblo. No quiero intrusos en mi mundo, no quiero a nadie en mi jardín. La señorita Ana no hace más que meterse en mi vida. He trabajado muy duro para vivir la vida que quiero. El jardín, mi jardín, es un laberinto. En la solución del laberinto estoy yo. Quizás le parezca extraño todo esto, pero quiero aclararle que si viene nuevamente al pueblo, va a encontrarse con una novedad. Por ahora no puedo adelantarle nada, pero algo va a cambiar pronto.
Atentamente.
Mary

Volví a leer el correo de Mary, no lo entendía. No sé qué quería decir con el laberinto y entendía
la hostilidad que sentía hacia la señorita Ana. Miré hacia una pared, había otro cartel:

"Esta esquina fue construida en 1904 por el inmigrante genovés Lorenzo Berisso". El cartel está fileteado. Hay muebles viejos, un armario antiguo, del techo cuelgan algunos salames. En las paredes, fileteada, está la bandera argentina.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: escalera de la Casa Museo Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

miércoles, 20 de octubre de 2010

Vuelta a la casa tomada - cuento Araceli Otamendi




Vuelta a la Casa Tomada  - Araceli Otamendi



El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?

Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…

Porque la casa sigue tomada…

Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…

Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.

¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…

No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…

¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.

¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es  una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.

-          Orfeo – le digo
-          ¿Qué? Contesta
-          Quiero ver tu cara sin la máscara.
-          Eso no es posible – contesta
-          ¿Por qué?
-          Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
-          ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
-          Hay que seguir el juego…
-          Hoy se termina.
-          ¿Qué cosa?
-          El Carnaval, se termina…
-          El Carnaval sí, pero la vida no.
-          Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
-          Como la vida ¿no?
-          Casi
-          ¿Querés volver a casa tomada?
-          Es sólo una casa
-          Poblada por fantasmas, vacía

Orfeo no dice nada más.

Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….

Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.

Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.

© Araceli Otamendi – Julio de 2008

imagen: de la muestra El hilo de la trama, "La colecta de neblina", six digital prints 90 x 102 cm, Photo Marcia Thompsom, Camera Araken and Marta Jourdan, Cortesy of Galería Nara Roesler, Sao Paulo) (muestra en el Malba, 2002- nota publicada en muestras/arte, Revista Archivos del Sur).