lunes, 12 de noviembre de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)





"Menos averigua Dios y perdona los pecados" pensaba. Tenía ganas de decirle eso y mucho más ¿qué se creía? Me la estaba haciendo difícil...volver después de tantos años sin vernos, sin hablarnos, apenas un par de cartas. Y ahora la iba a ver, sí, tanto tiempo...
Ella se fue de casa ... no sé por qué le estoy diciendo todo esto. Pero la señorita Ana piensa que  sí, que es importante que se lo diga. Ella quiere saber, porque además de ser mi clienta, la señorita Ana se preocupa por los asuntos de familia. Seguramente porque no tiene otra cosa que hacer.
Entonces le seguía contando. Ella se fue de casa, yo era una adolescente y ella se fue, no sé adónde, porque cuando ella se fue no se habló más del tema en casa. Ahí no tuve más hermana, y ella no quiso volver más. ¿Raro, no? ¿por qué? Mucha gente se va de la casa y no vuelve más. Ella dijo que se le hacía difícil vivir con nosotros, que quería vivir su vida. Siempre había sido así. Mamá contaba que un día salió de la escuela sola, se fue a la calle, tenía seis años. Cuando eso se supo, a partir de ahí, la escuela cerró la puerta con llave. Dijo que no tenía miedo, que ella podía con su vida. Y ahora vuelve. Seguramente vuelve porque se cansó de vivir afuera, se cansó de dar vueltas, se cansó...Pero ahora quiere saber de mi vida, y yo ¿qué le voy a decir? ¿qué le voy a contar? ¿le hablaría de mis casos? ¿de mis investigaciones? Es una parte del pasado que vuelve. Y eso puede ser un espejo, puede ser algo que no quiero ver, que no deseo ver. Y ella vuelve, dijo que llega en dos días. Dos días, se me están haciendo eternos...
Por un lado me asusta un poco su carta. Dice que sufrió traiciones. Y que está cansada. ¿Qué puedo decirle? ¿a quién no lo traicionó un amigo, un novio, un amante? Si sabré yo, con todos los casos que tomé para investigar, para hacer seguimientos. Tendría que mostrarle mi archivo. Ahí se daría cuenta que no es la única. Y que está sola, dijo. ¿Y qué le puedo oponer a eso? Vamos a comer por ahí, te acompaño a recorrer algunos lugares de la ciudad. Sin embargo tengo el presentimiento de que vuelve por otro motivo.

(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados


viernes, 2 de noviembre de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



¿Nunca le hablé de Violeta? dijo Mary, era una amiga que tenía en Buenos Aires. La conocí en la empresa, trabajaba en la oficina de al lado. Comí varias veces con ella, cuando todavía iba al comedor. Después no fui más, comía afuera o pedía que me trajeran algún sandwich. Violeta me dijo que salía con un hombre, casi no recuerdo el nombre, no sé si era Alberto o Luis. Ahora poco importa. Me fue contando detalles de su relación. Tomábamos café cuando Guillermo o Alejandro, los que eran mis jefes se iban y yo tenía algunos minutos para charlar. Sabía que Violeta estaba sola y presentí que muchas cualidades de su novio eran inventadas, porque ¿a quien no le gusta tener una pareja ideal, que reúna toda lo que soñamos? Violeta me lo pintó como un cuadro. Y me dijo que me lo iba a presentar. Por no llevarle la contra le dije que sí, que algún día me lo presentara. Pero mi obsesión con el trabajo, primero con Guillermo y después con Alejandro, me dejaba poco tiempo para prestar atención a la vida de los demás. Además, estaba el tango, la milonga, y en Buenos Aires, ya se sabe, hay muchos lugares donde ir a bailar.
Habrán sido cuatro o cinco veces, tal vez más. Violeta me llamaba los viernes a la tarde o los sábados, decía que teníamos que salir a escuchar música, a buenos lugares, y de paso me presentaría a Alberto o a Luis, porque ya no recuerdo el nombre. ¿Por qué será que nos olvidamos de los nombres de las personas que no queremos recordar? A mí me pasa eso, las borro, de mi memoria, como si fuera un disco rígido, elimino archivos. Y fue así que varias veces me encontré con Violeta en algún restaurant, en algún café, en alguna milonga, ella decía: "Después viene Alberto (o Luis), se le habrá hecho tarde". Y una noche me di cuenta que Alberto (o Luis) existía solamente en la mente de Violeta. Era un puro invento. Y sentí que no podía seguir la amistad con Violeta, porque si le seguía el tren, seríamos dos las del invento. Entonces puse pretextos en el trabajo, cuando ella me llamaba y me decía: "- Tu jefe, salió, ¿estás sola? ¿querés tomar un café?" Y yo le decía" - No, no gracias, estoy con mucho trabajo". No sé qué fue de la vida de Violeta, por qué tuvo necesidad de inventar a ese hombre, Alberto, o Luis, sé que estaba muy sola en la gran ciudad. Como tantos....Y ese día que me di cuenta que Violeta había inventado ese amor, tomé conciencia mientras esperaba en la gran ciudad un colectivo, un ómnibus que me llevaría a no sé donde. Una mujer, no sé la edad, se había desnudado,sentada en un umbral de un  lujoso edificio, sólo tenía una calza como toda ropa, el pelo rapado, como si hubiera escapado de un lugar funesto, de una reclusión forzosa, tenía una botella de coca-cola en la mano y el torso descubierto, no podría decir la edad. Y la ví, ví como podía terminar alguien después de estar encerrado, durante mucho tiempo, o tal vez, abandonado, solo, porque esa mujer, era como si hubiera visto a Violeta, Violeta con sus fantasías y sus delirios, cada vez más grandes. Y me dio miedo, me dio mucho miedo  la locura de Violeta, la soledad, la cantidad de inventos que me había contado y lo cerca que la tenia a Violeta en el trabajo.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 14 de septiembre de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)


El sale de mi oscuridad y de mi luz, de mis desgarros, no sé nada de él. Sólo veo un punto en una esfera. En ese cuarto, en esa soledad casi espectral, las letras luminosas titilan, diminutas estrellas. En el juego de las máscaras y de las palabras, abro el correo de alguien que me escribe. Ha descifrado ¿quién sabe? los códigos, esos jeroglíficos en que a veces se transforman las palabras.
Palabras dichas, quién sabe entendidas, porque ¿quién entiende algo del otro? ¿quién interpreta? Lectura silenciosa, en singular, quizás en otro cuarto o en el rectángulo luminoso de una pantalla.
Los ojos del lector, abren su alma, cerebro, imaginación a partir de las palabras, máscaras, códigos, que mi imaginación usa para invadir la realidad. La ficción irrumpe en la mente de otro, ya no me pertenece. Las palabras están unidas en una red, tejidas en el juego de dos: autor-lector. Sufrirán, sí, tal vez, interpretaciones equivocadas. Palabras teñidas de colores que quizás nunca ví. ¿Verá esos colores el que las lee? Quién sabe. En el intercambio de pensamiento-palabra-código-lector, quién sabe qué colores ve él cuando yo digo azul, o verde, o rojo. ¿Con qué otros colores que no consigo ver va a teñir el lector mis palabras? Urge establecer un alfabeto sin traducción, llevar al límite
los significados, pueden ser varios, lo dejo a criterio del lector. Si escribo paisaje con agua, arena, olas enormes y distantes ¿qué verá el lector? Y si digo: una hormiga camina sobre la hoja verde de una planta ¿se imaginará el lector la misma planta que yo digo? A partir de la lectura de Colette acerca de una rosa, volví al rosal de mi infancia. Puente de la imaginación, olí la rosa fresca donde caminan hormigas negras diminutas, rosal plantado en la tierra de mi jardín, entre plantas, flores, sapos y ranas que croan. El perfume del rosal color té, mi rosa preferida, rosas abiertas, pétalos en el suelo y más allá margaritas, conejitos, claveles y malvones. Hojas verdes donde el rocío se instala de madrugada y salgo a ver las estrellas en la noche iluminada. ¿Qué leerá el lector cuando yo digo infancia? ¿Puede saltar la pared o asomarse y verme ahí?  En el momento de sentir el perfume de la rosa comida a medias por esos diminutos seres, las hormigas, no me preocupa la mirada de él. Estoy absorta en el juego de la imaginación convertida ahora en presencia ante la rosa. Es una sensación difícil de explicar. Porque siento el perfume de la rosa, me llena los sentidos
y estar ahí en el jardín con mis zapatos blancos recién pintados mirando los pájaros y el gato juega a atraparlos. ¿Qué leerá el lector? Presencia silenciosa al otro lado de las palabras. Si digo mar encrespado y olas
besando la playa, con una mirada atónita frente a tanta hermosura, sorprendida por el color del agua ¿gris?, ¿verde? ¿azul, quizás? ¿y qué hago ahí ensimismada? porque no sé cómo llegué hasta ahí, a esa playa,
un fragmento de sueño irrumpe y se instala y lo escribo. ¿Qué leerá el lector cuando yo digo Mary?

(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

martes, 28 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



-¿ Usted no se da cuenta de lo que ha hecho?


- No, doctor ¿qué hice?

-¿Cómo me va a traer un regalo a mí?

- ¿Y qué tiene de malo?

- Se da cuenta, me ha traido un dibujo...

- Sí, es un dibujo...

- ¿Y cómo me va a traer eso?

- Pensé que podría gustarle...

- Mary, piense, usted piense...

- Sí, doctor, pienso...

- Usted no me puede traer un dibujo porque tenía que haberme traido el catálogo para que yo eligiera...

- Está bien, doctor, la próxima vez le traeré el catálogo (cuando lo arme).

- La escucho...

- Sí doctor, la próxima vez le traería flores...

- ¿Cómo dice?

- Sí, flores doctor, para alegrarle el consultorio...

- Usted no me puede andar diciendo esas cosas, Mary

- ¿Por qué no?


Mary podría ser un personaje de ficción o real, la sospechosa de haberse robado la carta de Gardel. No lo sé, es domingo, de tarde, fría y nublada y en el café esquina Homero Manzi, de San Juan y Boedo, se me ocurre escribir esto escuchando Cafetín de Buenos Aires. ¿Porque qué hace Mary ahí en ese pueblo alejada de la ciudad? La música suena: "...si sos lo únicoooo en la vida que se pareció a mi vieja..." tal vez tiene razón,pero este café tan grande, tan lleno de personas que la pasan bien en la tarde de este domingo, tomando café, reuniéndose con amigos no sé si están pensando en el cafetín o en la vieja. Al menos yo pienso en Mary sola ahí en ese bar, sabiéndose observada por esos dos tipos que no se sabe quiénes son...
Mientras Mary piensa que los problemas pueden ser resueltos por el psicoanalista, sigo pensando en el cafetín y en la vieja, en los retratos que escalonadamente se amontonan en la pared, junto a la escalera y me tomo el café tan rico y sin azúcar  y anoto las posibles pistas que me conducirán a resolver de una vez por todas el robo de La carta de Gardel.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados



miércoles, 22 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)





Uno de los hombres de la mesa de al lado tenía un tatuaje, una serpiente o algo así. Tenía brazos fuertes y la camisa arremangada por arriba de los codos. Durante algunos momentos Mary se sabía observada por él, ¿qué hacía una mujer sola ahí comiendo pizza? ¿Y por qué no? se dijo, preguntándose por qué no habría más mujeres en ese bar, como ella, comiendo una porción de pizza. Acostumbrada a vivir en Buenos Aires, la ciudad cosmopolita y moderna donde a nadie le importaba que una mujer estuviera sola en un bar, comiendo, leyendo, escribiendo o simplemente mirando por la ventana, aquí en este pueblo sí parecía importar, al menos a ese hombre en ese momento.
¿Se iba a acostumbrar de nuevo a vivir en ese pueblo del que apenas conocía algo? El mozo le había dicho hacía instantes que alguien había preguntado por ella:

 -¿Quién era? ¿Cómo era?

- Un hombre - contestó el mozo del bar

- ¿Dijo el nombre?

- No, no me dio ningún dato. Dijo que iba a volver.

Por unos momentos pensó en Julio, tal vez. ¿Por qué no? Su amistad con Julio nunca había terminado porque en el fondo nada termina. Además Julio era un tipo limpio, por dentro y por fuera. Y eso no tenía
precio. Era demasiado buen tipo como para hacerle daño, nunca la había rondado como un animal. En el ambiente de tango, en el baile,  se podía encontrar mucha trampa. Julio se había acercado a ella como un pájaro, silencioso, feliz de estar ahí con ella bailando tango, paseando en la moto, tantas veces ...y ella había sido feliz con él. Sin embargo lo había dejado ir, era necesario. Dejarlo ir por un tiempo, de gira, con una mujer, compañera de baile. Ella había querido volver a Buenos Aires, aunque el nuevo puesto de secretaria de Alejandro le había reservado una nueva experiencia negativa, pero le había enseñado algo.
Podía ser Julio, sí, quien la hubiera estado buscando.

(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados





lunes, 13 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



En la novela policial, decía Borges, los personajes tienen que tener vida propia, más allá de las necesidades, a veces muy estrictas del relato. Tal vez por eso, Mary se había ido lejos, o eso creía. Sentada en el bar La farola ¿porque en qué pueblo de provincia no habrá un bar con ese nombre?, miraba por la ventana, cerca de dos hombres que comían un plato de pastas. El bar tenía el nombre de un enorme farol hecho con vitraux, cerca de un espejo, frente a la barra.
Mary se sentía a sus anchas. Se había cortado el pelo y se lo había teñido de rubio, bien claro, inspirada tal vez en la rubia Mireya del tango. Estaba en un pueblo del que apenas recordaba el nombre, había alquilado una casa con un terreno grande y se disponía a vivir otra vida muy lejos de la gran ciudad. Pidió una porción de pizza y una de fainá y un agua tónica. La luz de la tarde. recién empezaba, se filtraba por la ventana. ¿Quién la iba a encontrar ahí? Con los ahorros de varios años de trabajo, mezquinando en ropa y en zapatos nuevos, aparentando con Guillermo que se gastaba todo el sueldo vistiéndose para estar a tono con él  y con Alejandro, que todo su guardarropas era a estrenar, había conseguido tener algo. Era poco, sí, pero peor hubiera sido haberse gastado todo en frivolidades. Quería olvidar, sí, quería olvidar, como un personaje de cuento Mary quería  empezar todo de nuevo, no haber conocido nunca a Guillermo, su frivolidad, también quería olvidar a Alejandro y todo su egocentrismo. Quería hacer borrón y cuenta nueva, plantar lechugas en la tierra y también algunos tomates. Ya vendrían después los conejos a comerse las plantas, a multiplicarse como en el cuento de Julio, a invadirlo todo. Pero eso sería después, mucho después. Se sentía sonreir: una mujer nueva, despojada de malos recuerdos, como si el cuento recién empezara, como si el diluvio hubiera caído ahí en ese pueblo y ella hubiera sido algún pariente de Noé en el Arca. Tal vez eso era: una sobreviviente, alguien que había atravesado una gran tormenta, un inmenso diluvio. Algunas imágenes venían a su mente: Guillermo llamándola por teléfono todo el tiempo, hablándole a toda hora, haciéndola ir a su casa con mil pretextos: traéme el libro y la agenda que me olvidé en el escritorio. Su vida había sido eso, un aburrimiento, una esclavitud, un hartazgo. Se había liberado ahí en el pueblo, era otra mujer. Recién empezaba a vivir, se dijo. Pero ¿y si alguien la encontrara? Podría vivir todos los días escuchando tangos, escuchando toda la música que se le diera la gana, y olvidar, olvidar, olvidar...

Cuando el mozo puso el plato con la pizza y la fainá sobre la mesa, Mary lo miró, le vio una cara rara, como de pájaro triste, consumido. El hombre miró a Mary también y dijo:

- Alguien me preguntó hoy por usted.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

lunes, 6 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Si hubiera sido un libro posmoderno, el autor tal vez escribiría acerca de la escritura misma, cómo lo iba a componer, tal vez...Pero no se trataba de eso, simplemente el personaje se había escapado.
¿Cómo? nadie sabía. Se había escapado, no estaba en ninguna parte....Llegué como siempre a desayunar al bar de enfrente: café, tostadas, jugo de naranja. Ahí encendí el celular, había un mensaje de texto: renuncié al trabajo, me voy, no se sorprenda, Mary. Eran las 11 de la mañana, me había acostado tarde y el mensaje había sido enviado a las 10 y 10 minutos. ¿Y ahora? Tomé el café sin azúcar y llamé por teléfono a la empresa donde trabajaba Mary, ahí una voz monocorde de recepcionista femenina me informó que Mary no trabajaba más ahí. Todo era muy raro. ¿Dónde estaría? La principal sospechosa de haberse llevado la carta de Gardel se había ido de un dia para otro del lugar donde pasaba la mayor parte del día. Le contesté el mensaje de texto: " Mary ¿dónde está?"  Pensé que tal vez me iba a dejar una nota, una carta, algo más explicándome la decisión. Sabía que estaba cansada de trabajar ahí en la empresa, que no quería tener otro jefe como Alejandro y menos como Guillermo. Alejandro se había ido al Uruguay a inaugurar la nueva filial de la empresa, tenía nueva mujer también, lo había abandonado todo. Y tal vez Mary no quería ser menos. Si hubiera sido el personaje de alguna otra novela, Mary tal vez quisiera vivir otra vida, tal vez más divertida, y no siempre la misma rutina. Ya estaba algo acostumbrada a la serendipidad, a encontrar cosas cuando buscaba otras, y la ausencia de Mary ahora me ocasionaba un blanco, un vacío en la investigación. ¿Qué pretexto tendría ahora con la señorita Ana para decirle que tendría que buscar otra pista, la punta de otro ovillo? Eso implicaba más dinero para gastos y seguir investigando.
Mary se me había escapado y tal vez, si hubiera sido un personaje de ficción habitaría ahora en alguna otra novela, en algún cuento, quién sabe...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados