Archivos del Sur - Escritores de la Provincia de Buenos Aires -Revista cultural argentina Archivos del Sur se edita desde Buenos Aires- Argentina- Año 21- Edición 256- agosto de 2022 -Fundada en mayo de 2002- ISSN 1575-9393- Registro de la propiedad intelectual Nro.55060538 - La revista Archivos del Sur es propiedad de Araceli I. Otamendi Directora- Editora: Araceli Otamendi .Derechos de autor reservados.
viernes, 27 de julio de 2012
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Ahora Mary escribía en un cuaderno para desahogarse. Estaba en un bar, uno de los tantos cafés de Buenos Aires. Quería contarle a esas hojas de papel lo mal que estaba, dejar signada con tinta la bronca, el odio que sentía hacia esa mujer, esa piba y ese hombre, Alejandro, su jefe, su ex-jefe, nada, en fin, nada. Ya no significaba nada para ella esa oficina, más que un trabajo y un sueldo, y un horario para llenar sus días. Lo peor era la traición, la infame traición de Alejandro. Mary le había pedido el traslado cuando se enteró que la empresa abría una oficina nueva y él le había dicho que sí, que si a él lo trasladaban ella iba también como su secretaria. Pero Mary no imaginaba semejante traición. Ella se quedaba varada ahí, en esa oficina que le traía tantos malos recuerdos y él empezaba una vida nueva con la piba ésa, una trepadora, sólo dos años en la empresa y ahora se iba a convertir en la mujer del director. ¿No tenía suficiente experiencia para saber que esas cosas ocurrían? ¿que la injusticia existiría siempre? ¿había nacido ayer para estar pensando esas cosas? ¿no sabía tener paciencia para dejar que todo transcurriera, que no era problema de ella lo que los demás hicieran? Alejandro podía hacer con su vida lo que quisiera, era una relación de trabajo, nada más, pensaba. No tenía más ganas de mentir, de atender el teléfono y decir que Alejandro estaba en una reunión cuando en realidad no sabía dónde estaba. Esa tarde había tenido ganas de romper la agenda, de tirarla y dar un portazo e irse. Y sin embargo había pensado mejor no, mejor no lo hago ¿adónde iría? Alejandro era muy inteligente, tenía una rapidez mental y una inteligencia que deslumbraba, pero también había sido infiel a Ileana, la había traicionado, ahora abandonaba su familia con cuatro hijos y se iba con esa chica, y se lo veía triunfante, ganador, exaltado. ¿Para eso lo había escuchado tantos días haciéndole sus confidencias? ¿Por qué tenía que enterarse de la vida íntima de Alejandro haciendo de hermana mayor? ¿de psicoanalista? Estaba harta, sí, estaba harta. Primero había sido Guillermo, y lo mal que había terminado todo. Y ahora Alejandro, no le gustaba ese papel de hermana, de secretaria, de confesora. Sólo le quedaba por ahora el tango, seguir bailando, seguir moviéndose al compás de la milonga, dejarse llevar, aunque muchas veces ni siquiera le interesara el compañero de baile, con tal de olvidar. Olvidándose del trabajo, olvidándose de que era nada más que una simple secretaria. ¿Nada más? Pensaba en escribirle una carta a Alejandro, por lo menos diciéndole que había hecho mal, era un mentiroso, un traidor, se había traicionado a sí mismo, a la mujer, a ella. ¿Y ahora? Seguramente la nueva mujer de Alejandro, una empleada común, había recabado mucha información de todos los empleados de la empresa. Aunque ella se había mantenido alejada de Verónica, así se llamaba, Verónica había estado al acecho de todos y cada uno de los empleados y le habría contado las conversaciones a Alejandro. Sí, tenía ganas de irse de la empresa y no volver más. De empezar algo distinto, de olvidarse para siempre de él, de Guillermo, de muchas cosas más.
La luna llena, redonda y blanca se asomaba por entre los edificios, Mary salió del bar, nadie la acompañaba.
Era tarde ya para caminar, tenía ganas de estar sola, de volver a su casa, arrojar los zapatos por el aire y tirarse en la cama a dormir, a soñar, con otra cosa, con otro trabajo, lejos de ahí, de esa empresa, inventarse algo distinto.
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lunes, 23 de julio de 2012
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
Alejandro tenía algunas veleidades, algunos caprichos, que no tenía Guillermo. Así dijo ella, Mary, A Alejandro le gustaba que lo escucharan, le gustaba dar consejos a las mujeres, a las empleadas de la empresa. ¿Y a usted le dio alguna vez alguno? No, contestó,
porque yo nunca se los pedí. En cambio sí tuve que escucharlo muchas veces, pero se ve que todo fue inútil, muy inútil.
Estábamos en el bar de un shopping, ella me citó ahí para hablar. Era un lugar relativamente céntrico y muy transitado, cualquiera que nos estuviera viendo conversar pensaría en dos amigas que se encontraron a tomar un café por la tarde. Sin embargo, ella seguía siendo una
pieza en la investigación de la carta, una incógnita y la seguía observando, mientras la escuchaba atentamente.
Algo me decía que estaba en lo cierto, que escucharla, investigarla era el camino indicado.
- Alejandro volvió de viaje y me trajo esto, dijo, mostrándome una cartera que debería costar lo mismo que ganaba Mary en todo el mes.
-¡Qué bueno! dije. Sin embargo, Mary parecía enojada.
En realidad sí estaba enojada. No entiendo, dije. Es que me trajo una cartera igual a la que yo me había comprado cuando él se fue de viaje. No lo entendía, nunca pude entender por qué una mujer que trabajaba como secretaria hacía esas cosas. ¿Y entonces? Nada, ahora tengo dos carteras iguales y guardo un secreto, uno de tantos. ¿Cuál?
Ella bebió un sorbo de café y continuó:
- Alejandro se va a divorciar y va a casarse con otra mujer.
- ¿Eso la afecta?
- Para nada. Alejandro no es mi tipo, va a hacer una locura, no me gustan las personas que con sus locuras destruyen familias, sólo trabajo con él, nada más. Tiene cuatro hijos.
Me quedé callada. ¿Por qué me estaba contando todo esto?
- ¿Sabe algo?
- No
- Lo presentía
- ¿Le preocupa la vida de Alejandro?
- En realidad, no, puede hacer lo que quiera.
- ¿Y qué es lo que presentía?
- Que Alejandro andaba en algo, en otra cosa, llegaba a la mañana cantando un tango, "Esta noche me emborracho..." a los gritos, casi. Venía muy bien vestido, demasiado alegre...
- ¿Y entonces?
Alejandro se casa con una empleada de la empresa, una chica de veintidos años y se va a una sucursal, en otro país.
- Ah, eso era lo que la tenía preocupada.
- Si, porque el puesto que tengo no va a ser el mismo. O me quedo en Buenos Aires como secretaria de otro director o me vuelvo al pueblo.
Esta mujer no tiene ancla en ningún lado, pensaba. ¿Y qué haría otra vez en el pueblo?
¿Y nunca pensó en la independencia, en no ser la secretaria de nadie? le pregunté. La pregunta quedó en el aire, era demasiado tarde, el bar del shopping estaba casi vacío. Pagué la cuenta y nos fuimos. Al salir, las luces de la calle se reflejaban en las vidrieras de los negocios, las bolsas de residuos se apilaban como grandes hipopótamos.
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viernes, 6 de julio de 2012
La carta de Gardel - novela (fragmento)
¿Qué le podía decir? La escuchaba, me hablaba de Alejandro, del trabajo, de sus días en la oficina. En realidad podía entenderla, podía comprenderla porque mi vida también consistía en una gran dedicación al trabajo. Tal vez a alguien pueda parecerle entretenido que una mujer se dedique a investigar, para mi es un trabajo, como el de Mary. Pasaba sus días en la oficina, llegaba antes que el jefe, preparaba todo, revisaba el correo electrónico. Cuando él llegaba, tenía que comentarle las novedades, los llamados. Alejandro era más rápido mentalmente que Guillermo, pero la gran desventaja de su vida era estar casado con una mujer tan celosa. Me paso atendiéndola, dando pretextos cuando él se va de la oficina. A veces tengo que inventarlos porque yo tampoco sé dónde está. ¿Y adónde puede ir un hombre tan ocupado en horario de oficina? ¿Cómo saber lo que hace? El es un director no puede andar paseando por ahí, cualquiera podría verlo. ¿Y si tuviera un buen escondite? ¿De qué serviría saberlo? Decididamente no, dije. Aunque fuera la mujer de Alejandro quien me pidiera que lo investigara no podría tomar el trabajo. Sería una falta de ética de mi parte. Ya había seguido a Mary muy lejos, ya había aceptado viajar al pueblo cada quince días para a ver a mi clienta, la Señorita Ana y rendirle cuentas de la investigación, ella se empecinaba en recuperar la carta. Ya sabía yo más de Gardel que muchos que decían saber de tango. Hasta había hablado con algunas personas que sabían distintas historias de Gardel, historias que no estaban escritas en ninguna parte. Como esta historia, la de esta carta.
A veces uno ni siquiera sabe por qué se encuentra a tal o cual persona y el caso de la carta de Gardel me había hecho encontrarme con Mary. Y ahora ella era una mujer sola en la gran ciudad, una mujer que dedicaba muchas horas de su día al trabajo, como yo. Me hablaba de Alejandro como si yo lo conociera. Podía dibujarlo en mi mente a través de su descripción. Podía verlo incluso a través de las palabras
de ella. Si tantos problemas le traía Alejandro, algo bueno seguramente también habría. ¿O no? Nos habíamos encontrado en un bar. Ella pidió un café cortado y yo una seven up. Mary estaba más delgada, parecía querer resolver el problema de su vida en una noche y la dejé hablar. No me costaba nada. Era un método que siempre daba resultado. El que hablaba terminaba aliviado y yo me enteraba de algunas cosas. A veces incomprensibles, a veces, totalmente inútiles.
Mientras revolvía el café me comentó que a veces no entendía a las personas que se casaban y tenían hijos y cuando tenían todo eso querían ser libres. ¿Y a usted no le pasa que cuando está en Buenos Aires quisiera vivir en el pueblo y cuando vive en el pueblo quiere estar en la gran ciudad? Sí, contestó. Entonces, lo que me comenta de Alejandro es lo mismo. Seguramente no puede estar solo, no aguanta la soledad, quiere a la familia y cuando está con la familia quiere estar solo. ¿Y a usted no le pasa algo así? me preguntó. Creo que no, dije. Porque yo ya tomé una decisión, tal vez varias, muchas veces en mi vida tomé decisiones, Y siempre opté por lo que me pareció mejor. A través de las decisiones es como se ejerce la libertad, dije. Y sé que todo no se puede hacer. Mary me miraba como si no me comprendiera. Pero no vinimos a hablar de mi. Éramos dos extrañas, frente a frente en ese bar, cerca de una ventana. Las sombras de las hojas de los árboles habían empezado a proyectarse en la vereda en esa noche oscura, nublada y de pronto Mary cerró los ojos y se quedó callada durante algunos momentos. ¿Le pasa algo?. Sí, me dijo. ¿Se puede saber? No, ahora no. Afuera lloviznaba y me pregunté si ella había visto algo por la ventana. Algo tal vez invisible para mi. Mejor
me voy, otro día seguimos. Ella pagó la cuenta y se fue enseguida. Yo me quedé unos minutos más. Haber hablado con Mary me dejó una sensación extraña. Como si hubiera quedado mucho por decir. Pero a esa hora, un viernes, yo ya no tenía ganas de escuchar confidencias. Iba a regresar a casa, tal vez pondría algún video y comería algo, un sandwich o alguna otra cosa. Tal vez nadie se imagina la cantidad de personas, mujeres y hombres que viven solos en Buenos Aires. Muchos viven con un perro o un gato, algunos con más de un animal. Otros sólo con la compañía de la televisión.Mary era una de estas personas que viven solas y necesitan hablar con alguien, aunque ese alguien sea una extraña, apenas alguien conocido. Personas que viven solas y llegan a su casa y no tienen con quien hablar. Los encuentro en la calle, en un bar, en cualquier parte. Personas solas en la gran ciudad. ¿Y si todo esto que me había contado Mary no fuera más que un pretexto para no hablar de la carta de Gardel perdida o robada? ¿Y si Mary no supiera tampoco nada acerca de la carta? Cuántas cosas más de la vida cotidiana de Mary sabía, menos sabía acerca de ella y de la
carta. Con todo lo que sabía ahora de Alejandro, el jefe de Mary, hubiera podido escribir un libro.
(c) Araceli Otamendi
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viernes, 29 de junio de 2012
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Para no caer en la recurrente costumbre de pensar en lo que Alejandro le había dicho durante el día, se había comprado algunos libros para leer cuando volvía a su casa. Mary me había llamado por teléfono, las dos estábamos ahora en Buenos Aires. Estaba algo desencantada con el nuevo puesto, dijo. Alejandro evidentemente necesitaba a una persona como ella para que fuera su secretaria: sabía contener a Ileana, su mujer, o mejor dicho, a los celos de Ileana. Casado y con cuatro hijos, Alejandro necesitaba respirar, así se lo había comentado a Mary. Y cada tanto realizaba un viaje de negocios, solo, sin Ileana. La secretaria anterior había renunciado, Ileana era capaz de llamar a la oficina unas veinte veces al día para preguntar por Alejandro o para contar alguna nimiedad. Era necesario poner en ese puesto a alguien con experiencia y también con paciencia. Mary, aunque ganaba un muy buen sueldo, ya no era como en el caso de Guillermo, una especie de hija que recibía órdenes y atendía los caprichos del jefe. No, en este caso, Mary era como la analista o tal vez la hermana mayor. Escuchaba ladrar los perros durante la noche, eran ladridos secos, tal vez a alguno lo habían dejado
suelto en el balcón y le parecía que estaba de nuevo en el pueblo. En esos momentos, decidía ponerse a leer libros de historia, relatos de personajes que habían sufrido algunos avatares ya lejanos en el tiempo. Necesitaba hablar conmigo, dijo, porque en algún momento sabía que se iba a descubrir quién se había llevado la carta. Y además en la gran ciudad estaba sola, por más que iba a bailar tango y durante el día el horario de oficina le ocupara todas las horas. Algunas batallas, algunos personajes que aparecían en esos libros, la distraían de sus pensamientos a veces obsesivos. Alejandro había escalado hasta uno de los puestos más altos de la empresa y ya una mujer como Ileana era demasiado doméstica para él. Eso era lo que él creía y así se lo había dicho a Mary. El drama se avecinaba y Mary tenía que acompañar al jefe en sus confesiones, entre café y café, entre reunión y reunión. Una batalla más, pero distinta, muy distinta a las que leía en los libros de historia.
Me preparé un café y prendí la televisión sin sonido, las luces de la noche en la ciudad parecían hacerme alguna compañía. No dudaba en todo lo que me había contado Mary de su nuevo jefe, pero me hacía preguntas
a mí misma en forma continua: ¿por qué Mary podría haberse llevado la carta de Gardel? ¿por qué la señorita Ana se empecinaba en recuperarla?¿qué valor podía tener esa carta para alguna de estas dos mujeres?
El revólver sobre la mesa, las facturas de los gastos que había hecho para realizar algunos seguimientos se amontonaban en una pila. Por momentos, en la investigación me parecía estar en un callejón sin salida.
¿Y quién más podría haberse llevado la carta? ¿por qué alguien como Mary necesita mudarse de escenario cada tanto tiempo, para vivir su vida, como si se cambiara de traje o mudara su piel? Preguntas, interrogantes que tal vez esta noche, como en otras noches, quedarían flotando en mi mente, sin tener ninguna respuesta.
(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados
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sábado, 5 de mayo de 2012
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Pisaba las hojas doradas, marrones, crujían cuando las pisaba, y las siguió pisando
hasta llegar al cementerio. Venía a despedirse, a decir adiós, por un tiempo. Había
que saludar a los muertos, de los vivos que conocía en ese pueblo era mejor alejarse.
La determinación estaba tomada: volvía a Buenos Aires. Esa ciudad que parecía tenerlo
todo siempre le ofrecía una nueva oportunidad. Volvía al trabajo anterior, esta vez a
trabajar con alguien que parecía augurar un buen principio: al menos el nombre empezaba
con A. Mary no sabía de la cábala, tampoco se interesaba mucho en ciencias ocultas o
religiones exóticas, pero cuando la señora Nelly la llamó para hacerle el ofrecimiento de
volver a trabajar en la sede central de la empresa, lo único que preguntó Mary
fue el nombre del nuevo jefe. Alejandro, se llamaba. La señora Nelly dijo que era casado,
con cuatro hijos. Al menos tenía una familia para estar acompañado y entretenido después
del trabajo y los fines de semana. Al menos, pensaba, la dejaría respirar por algunas horas, después de cumplir el horario.Tal vez podría reiniciar el baile, a lo mejor conocer nuevas milongas, gente interesante.
Ya tenía la experiencia anterior con Guillermo. Esta vez la promesa era un ascenso y un
sueldo mejor, si todo iba bien con Alejandro y Mary había dicho que sí. Al llegar a la puerta
del cementerio la siguieron dos perros negros, parecían estar esperándola.
Mientras caminaba para visitar las tumbas de los muertos, veía a los animales caminando al lado de ella, como si la conocieran, como si la guiaran y también veía a los pájaros, cómo se posaban en las piletas ubicadas para llenar de agua los floreros, y bebían el agua. Algunas hojas secas se arremolinaban con el viento y Mary caminó hasta llevar unas flores a la tumba de los muertos queridos, tal vez un poco olvidados. Mary se quedó pensando algunos momentos mientras los perros estaban ahí muy quietos y muy cerca, mirándola, como si la custodiaran. Luego Mary volvió sobre sus pasos, volvió a mirar los pájaros como bebían agua y picoteaban algo, y se despidió del guardián y también de los perros, que como dos fantasmas volvían a entrar al cementerio, a cuidar, seguramente, la paz de los muertos.
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martes, 3 de abril de 2012
La carta de Gardel - novela -fragmento
Julio ya tenía planes, se iba de gira por las provincias con un show de tango. Y una mujer que lo acompañaba como pareja de baile. Eso había dicho. ¿Sería cierto? ¿era importante? ¿cómo saberlo? Mary dejaría pasar el tiempo, no podía pensar en otra cosa más que en su vida. La muerte sorpresiva de Guillermo, el cambio de vivir en la gran ciudad al pueblo, una nueva casa y de vuelta al lugar de trabajo anterior. ¿Y ahora qué? se preguntaba. ¿hasta qué punto Guillermo no estaba presente? Era necesario seguir con algo ya empezado, tener alguna continuidad. Seguir bailando tango, milonga, aunque Julio no estuviera en los lugares que ella frecuentaba siempre. Y ahora, recapitulando, mientras se encaminaba al trabajo le volvían los recuerdos de Guillermo. ¿Hasta qué punto los que se mueren nos abandonan? ¿hasta qué punto los abandonamos nosotros? Y ahora Julio, el profesor de tango, quien nunca había llegado a ser más que un amigo, también se iba. Pensaba que tal vez era mejor así, había llegado a ese extremo de tener que empezar todo de nuevo. Y había que tener humildad para pensar así, desde cero, una vez más. Dejarlo todo y empezar de nuevo. Se sentía rara, y algunas veces iba a tomar mate a la casa de artesanías. Estas no son de aquí, decía el dueño, vestido de paisano. Las encargo a otros pueblos. Y Mary se sentaba ahí, en una silla de cuero y miraba los anillos de plata, las pulseras, los ponchos, algunas chucherías. Le divertía escuchar al hombre contando esas cosas, esos chismes del pueblo, cosas tan distintas a las que hablaba con Guillermo en Buenos Aires. Todo ese frenesí que había vivido con Guillermo, esas horas en la oficina, atendiendo sus más mínimos caprichos, llevando su agenda, acompañándolo a reuniones, escuchándolo después de hora, tomando algo con él, hasta las mil y quinientas. Todo eso se compensaba ahora ahí, en ese lugar tranquilo, donde había olor a cuero y a lana de cabra, donde no tenía que preocuparse por ir al shopping a comprar los zapatos a la última moda.
¿Hasta cuándo resistiría en el pueblo? ¿hasta cuándo la seguiría el recuerdo? Y cuando escuchaba ladrar los perros se decía que ése era su lugar, le gustaba oír los ladridos, como una música, y el soplido del viento empujando ventanas, mirar las hojas secas en la calle, marrones, resquebrajadas arrastradas por el viento...
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
imagen: fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi
viernes, 9 de marzo de 2012
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Ahora el cuaderno rayado de cuarenta y ocho hojas y una birome eran los aliados. Escribía, sí, escribía sobre las rayas del papel, frente a ella misma, al lado de la ventana de ese bar del pueblo, por donde entraba el sol del mediodía. Cada tanto veía pasar a los chicos que iban o salían de la escuela, con los guardapolvos
blancos, las mochilas coloridas, las chicas con hebillas o moños en el pelo, los varones saltando, jugando, a veces, con una pelota en la mano, soltándola de golpe y patéandola por la vereda hasta caer en la calle. Y entonces, la frenada brusca de un auto casi por unos centímetros, detenía el atropello, la ferocidad, dejaba paso a la vida y el chico volvía otra vez sano y salvo a la vereda. La vida bullía por los cuatro costados. Pero Mary estaba ahí sola, escribiendo recuerdos. No iba ser fácil olvidar a Guillermo. Por más muerto que estuviera ahora. Porque él estaba ahí, en su memoria, aparecía de vez en cuando, y aunque lo sabía muerto, algunas cosas, temas pendientes la acechaban.
En el departamento que ya había ordenado al volver de Buenos Aires a instalarse nuevamente en el pueblo, iban apareciendo a veces papeles, mensajes, escritos de puño y letra de él, ¿por qué los había guardado? Los releía, y entonces recordaba, el momento, el lugar, ¿por qué había dicho y escrito eso? Y la mirada de él, los reproches volvían como fantasmas a buscarla.
A veces era un diálogo:
- A Susana la podía llamar veinte veces por día, y ella también me llamaba.
Susana era la secretaria anterior de Guillermo pero ¿y eso qué tenía que ver? Mary había ido a trabajar como secretaria de él, para eso él la había convocado. ¿Para eso nada más? Mary tenía ya sus serias dudas. Nunca conocería verdaderamente lo que Guillermo había buscado en ella. Él era como un envase vacío, como una apariencia, reflexionaba ahora, él tenía que llenar el vacío con algo, mirarse a un espejo, y Mary había lo había reflejado. Era muy difícil olvidar la mala relación que había tenido con Guillermo. Hasta qué punto él se había apoderado de su vida, de su tiempo, a veces convenciéndola, a veces humillándola:
- Vos no estás aquí porque tenés una cara bonita, nada más. Ni porque me contenés, tampoco- bramaba él.
Y entonces, además de trabajar gran parte del día junto a él, de recibir llamados a cualquier hora, de soportar tantas cosas, también tenía que escuchar esas palabras de Guillermo. Y entonces escribía, sí, escribía para exorcizarlo.
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
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