viernes, 29 de junio de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Para no caer en la recurrente costumbre de pensar en lo que Alejandro le había dicho durante el  día, se había comprado algunos libros para leer cuando volvía a su casa. Mary me había llamado por teléfono, las dos estábamos ahora en Buenos Aires. Estaba algo desencantada con el nuevo puesto, dijo. Alejandro evidentemente necesitaba a una persona como ella para que fuera su secretaria: sabía contener a Ileana, su mujer, o mejor dicho, a los celos de Ileana. Casado y con cuatro hijos, Alejandro necesitaba respirar, así se lo había comentado a Mary. Y cada tanto realizaba un viaje de negocios, solo, sin Ileana. La secretaria anterior había renunciado, Ileana era capaz de llamar a la oficina unas veinte veces al día para preguntar por Alejandro o para contar alguna nimiedad. Era necesario poner en ese puesto a alguien con experiencia y también con paciencia. Mary, aunque ganaba un muy buen sueldo, ya no era como en el caso de Guillermo, una especie de hija que recibía órdenes y atendía los caprichos del jefe. No, en este caso, Mary era como la analista o tal vez la hermana mayor. Escuchaba ladrar los perros durante la noche, eran ladridos secos, tal vez a alguno lo habían dejado
suelto en el balcón y le parecía que estaba de nuevo en el pueblo. En esos momentos, decidía ponerse a leer libros de historia, relatos de personajes que habían sufrido algunos avatares  ya  lejanos en el tiempo. Necesitaba hablar conmigo, dijo, porque en algún momento sabía que se iba a descubrir quién se había llevado la carta. Y además en la gran ciudad estaba sola, por más que iba a bailar tango y durante el día el horario de oficina le ocupara todas las horas. Algunas batallas, algunos personajes que aparecían en esos libros, la distraían de sus pensamientos a veces obsesivos. Alejandro había escalado hasta uno de los puestos más altos de la empresa y ya una mujer como Ileana era demasiado doméstica para él. Eso era lo que él creía y así se lo había dicho a Mary. El drama se avecinaba y Mary tenía que acompañar al jefe en sus confesiones, entre café y café, entre reunión y reunión. Una batalla más, pero distinta, muy distinta a las que leía en los libros de historia.

Me preparé un café y prendí la televisión sin sonido, las luces de la noche en la ciudad parecían hacerme alguna compañía. No dudaba en todo lo que me había contado Mary de su nuevo jefe, pero me hacía preguntas
a mí misma en forma continua: ¿por qué Mary podría haberse llevado la carta de Gardel? ¿por qué la señorita Ana se empecinaba en recuperarla?¿qué valor podía tener esa carta para alguna de estas dos mujeres?
El revólver sobre la mesa, las facturas de los gastos que había hecho para realizar algunos seguimientos se amontonaban en una pila. Por momentos, en la investigación me parecía estar en un callejón sin salida.
¿Y quién más podría haberse llevado la carta? ¿por qué alguien como Mary necesita mudarse de escenario cada tanto tiempo, para vivir su vida, como si se cambiara de traje o mudara su piel? Preguntas, interrogantes  que tal vez esta noche, como en otras noches, quedarían flotando en mi mente, sin tener ninguna respuesta.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados



sábado, 5 de mayo de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Pisaba las hojas doradas, marrones, crujían cuando las pisaba, y las siguió pisando
hasta llegar al cementerio. Venía a despedirse, a decir adiós, por un tiempo. Había
que saludar a los muertos, de los vivos que conocía en ese pueblo era mejor alejarse.
La determinación estaba tomada: volvía a Buenos Aires. Esa ciudad que parecía tenerlo
todo siempre le ofrecía una nueva oportunidad. Volvía al trabajo anterior, esta vez a
trabajar con alguien que parecía augurar un buen principio: al menos el nombre empezaba
con A. Mary no sabía de la cábala, tampoco se interesaba mucho en ciencias ocultas o
religiones exóticas, pero cuando la señora Nelly la llamó para hacerle el ofrecimiento de
volver a trabajar en la sede central de la empresa, lo único que preguntó Mary
fue el nombre del nuevo jefe. Alejandro, se llamaba. La señora Nelly dijo que era casado,
con cuatro hijos. Al menos tenía una familia para estar acompañado y entretenido después
del trabajo y los fines de semana. Al menos, pensaba, la dejaría respirar por algunas horas, después de cumplir el horario.Tal vez podría reiniciar el baile, a lo mejor conocer nuevas milongas, gente interesante.
Ya tenía la experiencia anterior con Guillermo. Esta vez la promesa era un ascenso y un
sueldo mejor, si todo iba bien con Alejandro y Mary había dicho que sí. Al llegar a la puerta
del cementerio la siguieron dos perros negros, parecían estar esperándola.
Mientras caminaba para visitar las tumbas de los muertos, veía a los animales caminando al lado de ella, como si la conocieran, como si la guiaran y también veía a los pájaros, cómo se posaban en las piletas ubicadas para llenar de agua los floreros, y bebían el agua. Algunas hojas secas se arremolinaban con el viento y Mary caminó hasta llevar unas flores a la tumba de los muertos queridos, tal vez un poco olvidados. Mary se quedó pensando algunos momentos mientras los perros estaban ahí muy quietos y muy cerca, mirándola, como si la custodiaran. Luego Mary volvió sobre sus pasos, volvió a mirar los pájaros como bebían agua y picoteaban algo, y se despidió del guardián y también de los perros, que como dos fantasmas volvían a entrar al cementerio, a cuidar, seguramente, la paz de los muertos.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados 

martes, 3 de abril de 2012

La carta de Gardel - novela -fragmento



Julio ya tenía planes, se iba de gira por las provincias con un show de tango. Y una mujer que lo acompañaba como pareja de baile. Eso había dicho. ¿Sería cierto? ¿era importante? ¿cómo saberlo? Mary dejaría pasar el tiempo, no podía pensar en otra cosa más que en su vida. La muerte sorpresiva de Guillermo, el cambio de  vivir en la gran ciudad al pueblo, una nueva casa y de vuelta al lugar de trabajo anterior. ¿Y ahora qué? se preguntaba. ¿hasta qué punto Guillermo no estaba presente? Era necesario seguir con algo ya empezado, tener alguna continuidad. Seguir bailando tango, milonga, aunque Julio no estuviera en los lugares que ella frecuentaba siempre. Y ahora, recapitulando, mientras se encaminaba al trabajo le volvían los recuerdos de Guillermo. ¿Hasta qué punto los que se mueren nos abandonan? ¿hasta qué punto  los abandonamos nosotros? Y ahora Julio, el profesor de tango, quien nunca había llegado a ser más que un amigo, también se iba. Pensaba que tal vez era mejor así, había llegado a ese extremo de tener que empezar todo de nuevo. Y había que tener humildad para pensar así, desde cero, una vez más. Dejarlo todo y empezar de nuevo. Se sentía rara, y algunas veces iba a tomar mate a la casa de artesanías. Estas no son de aquí, decía el dueño, vestido de paisano. Las encargo a otros pueblos. Y Mary se sentaba ahí, en una silla de cuero y miraba los anillos de plata, las pulseras, los ponchos, algunas chucherías. Le divertía escuchar al hombre contando esas cosas, esos chismes del pueblo, cosas tan distintas a las que hablaba con Guillermo en Buenos Aires. Todo ese frenesí que había vivido con Guillermo, esas horas en la oficina, atendiendo sus más mínimos caprichos, llevando su agenda, acompañándolo a reuniones, escuchándolo después de hora, tomando algo con él, hasta las mil y quinientas. Todo eso se compensaba ahora ahí, en ese lugar tranquilo, donde había olor a cuero y a lana de cabra, donde no tenía que preocuparse por ir al shopping a comprar los zapatos a la última moda.
¿Hasta cuándo resistiría en el pueblo? ¿hasta cuándo la seguiría el recuerdo? Y cuando escuchaba ladrar los perros se decía que ése era su lugar, le gustaba oír los ladridos, como una música, y el soplido del viento empujando ventanas, mirar las hojas secas en la calle,  marrones, resquebrajadas arrastradas por el viento...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

imagen: fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

viernes, 9 de marzo de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)


Ahora el cuaderno rayado de cuarenta y ocho hojas y una birome eran los aliados. Escribía, sí, escribía sobre las rayas del papel, frente a ella misma, al lado de la ventana de ese bar del pueblo, por donde entraba el sol del mediodía. Cada tanto veía pasar a los chicos que iban o salían de la escuela, con los guardapolvos
blancos, las mochilas coloridas, las chicas con hebillas o moños en el pelo, los varones saltando, jugando, a veces, con una pelota en la mano, soltándola de golpe y patéandola por la vereda hasta caer en la calle. Y entonces, la frenada brusca de un auto casi por unos centímetros, detenía el atropello, la ferocidad, dejaba paso a la vida y el chico volvía otra vez sano y salvo a la vereda. La vida bullía por los cuatro costados. Pero Mary estaba ahí sola,  escribiendo recuerdos. No iba ser fácil olvidar a Guillermo. Por más muerto que estuviera ahora. Porque él estaba ahí, en su memoria, aparecía de vez en cuando, y aunque lo sabía muerto, algunas cosas, temas pendientes la acechaban.
En el departamento que ya había ordenado al volver de Buenos Aires a instalarse nuevamente en el pueblo, iban apareciendo a veces papeles, mensajes, escritos de puño y letra de él, ¿por qué los había guardado? Los releía, y entonces recordaba, el momento, el lugar, ¿por qué había dicho y escrito eso? Y la mirada de él, los  reproches volvían como fantasmas a buscarla.
A veces era un diálogo:

- A Susana la podía llamar veinte veces por día, y ella también me llamaba.

Susana era la secretaria anterior de Guillermo pero ¿y eso qué tenía que ver? Mary había ido a trabajar como secretaria de él, para eso él la había convocado. ¿Para eso nada más? Mary tenía ya sus serias dudas. Nunca conocería verdaderamente lo que Guillermo había buscado en ella. Él era como un envase vacío, como una apariencia, reflexionaba ahora,  él tenía que llenar el vacío con algo, mirarse a un espejo, y Mary había lo había reflejado. Era muy difícil olvidar la mala relación que había tenido con  Guillermo. Hasta qué punto él se había apoderado de su vida, de su tiempo, a  veces convenciéndola, a veces humillándola:

- Vos no estás aquí porque tenés una cara bonita, nada más. Ni porque me  contenés, tampoco- bramaba él.

Y entonces, además de trabajar gran parte del día junto a él, de recibir llamados a cualquier hora, de soportar tantas cosas, también tenía que escuchar esas palabras de Guillermo. Y entonces escribía, sí, escribía para exorcizarlo.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 26 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


El avión en que viajaba Guillermo se estrelló esa noche, cuando Mary ya se había ido de la comida de solos y solas y ya se encontraba en su cuarto de la posada, durmiendo.  Pero ella no se enteró hasta la mañana siguiente. Había bajado a desayunar y le sorprendió encontrarme ahí, en el bar de la posada, mientras leía el diario y tomaba el café. Mary sabía que Guillermo estaba viajando, porque todo se sabía en el laboratorio donde ella trabajaba.  Si bien, ella siempre había presentido que Guillermo iba a tener un final trágico no esperaba que eso fuera a ocurrir tan pronto y de esa manera. Decidió irse de la posada enseguida,  armó el bolso con las pocas cosas que había traido y pidió un remise que la llevara de vuelta al pueblo. Casi no intercambiamos palabras cuando me enteré yo también que en el avión del accidente viajaba el ex jefe de Mary.  Yo debía seguir con mi trabajo de investigación del marido de mi clienta, que sí había ido con una mujer y se alojaba en la posada.


Mientras viajaba en el remise, Mary miraba la ruta y las imágenes de Guillermo se superponían una detrás de la otra. Empezó a recordar las escenas vividas, ahí, en esa oficina del piso veinte, y también todo lo que habían hecho juntos, lo que habían hablado, los intercambios y todo lo que había aprendido también  con él. Y todo lo que ella le había dado. Recordaba las conversaciones, las peleas, las comidas, los proyectos. Y por momentos se preguntó qué hubiera ocurrido si ella hubiera seguido ahí, trabajando con él. Pero eso era algo imposible de imaginar. Ya no cabía en su mente. Guillermo estaba muerto. Y durante todo el viaje hacia el pueblo, mientras veía las vacas y las ovejas pastando, los silos llenos de cereales y los tractores trabajando en el campo, empezó a sentir una pena enorme por él. Y también lo admiró, porque había llegado adónde había querido, había tenido éxito, había muerto en su ley. Inteligente, buen mozo, atractivo,  mundano, exitoso, esforzado, tal vez como Gardel, en lo que él hacía, así fue Guillermo.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

foto: Museo Casa de Carlos Gardel - (c) Araceli Otamendi

sábado, 25 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



     El teléfono sonaba insistentemente en la habitación de Mary, pero nadie lo escuchaba. Del otro lado de la línea, intentaba comunicarme con ella. La llamé varias veces a la posada y la respuesta era siempre la misma: la señora Mary no está en la habitación ¿quiere dejarle algún mensaje?  No, no iba a dejárselo. Iría esta misma noche a ahí, mi trabajo de investigadora me llevaba a la posada donde se alojaba Mary. Un lugar distante, pero no tanto, del pueblo. Mary, había dicho Julio, que Mary le había dicho, había ido ahí, para alejarse de la rutina durante un fin de semana, tal vez tres días. Buscaba estar lejos de los lugares que frecuentaba siempre.

Yo había llegado al pueblo para seguir la investigación de la carta de Gardel y porque una nueva clienta me había encomendado el seguimiento de su marido. Este, con la excusa de viajar por el interior del país por motivos de trabajo, aparentemente iría al pueblo donde vivía Mary,  con su secretaria. Y se alojarían en algún lugar de ahí durante dos noches. ¿Cómo lo sabía la mujer? ¿Y acaso las mujeres no lo sabemos todo acerca de nuestros maridos, parejas,  novios, amantes? El tema era comprobarlo y para eso me había encomendado reunir las pruebas. Estaba harta de las infidelidades de él. Aunque sabía que era imposible tener a un hombre atado. Estaba realmente  harta. Y nada, absolutamente nada, podía superar ese hartazgo.  Mi clienta, no se daba por vencida. Había averiguado absolutamente todo: adónde irían, qué  habitación tenían reservada, y un montón de cosas más. Esta noche, podría comprobar las sospechas de la mujer cuando fuera a la posada, donde también había reservado una habitación.


    Mary caminaba cerca del muelle. El sol de la hora de la siesta no le sentaba bien. Había gozado de un cierto estado de felicidad cerca del agua, como a ella le gustaba. Una sola cosa la ensombrecía: la imagen de Felipe, su gato. Lo imaginaba solo, deslizándose por la casa, alimentándose con balanceado y tomando agua, pero nada más. Imaginaba la soledad del animal, perdido en las habitaciones, esperándola y un poco le partía el alma. Mary  le habia pedido al encargado del edificio que lo cuidara
durante esos días en que no iba a estar. Le daba lástima dejarlo, aunque necesitaba salir de la casa y de la oficina con urgencia. Por eso había ido ahí, a la posada. Para estar sola, para poder pensar. Pasó varias horas del día caminando cerca del lago, sentándose de a ratos cerca del agua, mirando los árboles. Así, fueron pasando las horas. Por momentos, el recuerdo de Guillermo volvía a su mente.
Uno de los reproches más terribles de él era que no lo había querido acompañar en un viaje.  Susana hubiera venido, decía furioso. Y Mary se quedaba mirándolo a los ojos, sin contestarle. El también la miraba, como si ella tuviera que darle una explicación, una respuesta, que nunca llegaba.  Susana era la secretaria anterior a Mary. ¿Por qué ella tendría que acompañarlo en un viaje al otro extremo del mundo, conociendo como era Guillermo? La única obligación que Mary consideraba que tenía era cumplir con su trabajo, pero la relación que se había entablado entre ella y su jefe, sobrepasaba cualquier relación laboral. A pesar de lo intuitiva que era Mary, nunca llegaba a conocer del todo a Guillermo y la relación que mantenía con él se había convertido en algo peor que un matrimonio de varios años desavenido. Guillermo había invadido su vida de tal manera que ella misma jamás se hubiera imaginado. Guillermo se había transformado en alguien que le hacía reclamos permanentes , tal vez de la forma en que sólo un niño puede reclamar. Le reclamaba algo que seguramente él jamás había tenido y que suponía Mary podía y debía darle.  ¿Falta de amor, comprensión, afecto? tal vez. Pero eso no correspondía a una relación entre un jefe y una secretaria. Y sin embargo...sabía que Guillermo, por su forma, de ser, por su dispersión, por sus enormes ambiciones en el trabajo, no lograba en su vida afectiva lo que ambicionaba. Y tampoco lograba llevar adelante una amistad como la que se podría haber entablado entre Mary y él, por más empeño que ponía Mary en eso. Y tal vez era por eso que la llamaba a toda hora, le contaba sus problemas, le pedía consejos y asesoramiento todo el tiempo. Y también la involucraba en su vida de una manera en que Mary no quería ya saber más. ¿Qué le importaban a ella las amigas de Guillermo? ¿qué le importaba a ella el pasado de Guillermo? ¿qué le  importaba lo que hacía Guillermo con sus amigas? ¿qué le importaba de todo eso? Y eso se lo había ido preguntando  Mary día a día, en esa oficina del piso veinte donde había estado trabajando con él. Y también en su casa.

Y ella había sentido que le faltaba el aire. El único refugio que tenía Mary era irse a su casa después del trabajo o ir a bailar. Muchas veces se había planteado qué hubiera ocurrido si hubiera acompañado a Guillermo en uno de esos viajes que él le había propuesto . Y ya no quería pensar más. Por eso caminaba, para poder pensar, para respirar aire fresco entre los árboles, para sentir la brisa en la cara.

Cuando Mary volvió a la posada, eran las siete de la tarde. Atendida por los dueños, la posada era una casa, un lugar antiguo y reciclado, dedicado ahora al turismo rural. A la noche habría una comida y baile, ¿quería ir? Mary dudaba. No sabía si tenía ganas de ir a ese tipo de reuniones, con personas extrañas, a las que nunca había visto en su vida. Tampoco sabía que la detective se alojaría ahí. La dueña de la posada le aclaró: es una reunión de solos y solas, vienen de muchos lugares, ¿le interesa? Mary la miró azorada. Ella que había ido ahí justamente para estar sola, estaba invitada a una reunión para  conocer personas solas que iban en busca de compañía. Le pareció indignante la invitación de la  mujer pero no dijo nada. Tal vez fuera, ni siquiera sabía lo que iba a hacer después de darse una ducha y cambiarse.

Dejó correr el agua durante unos minutos antes de entrar.

El vapor le haría bien. Mientras, podría limarse las uñas y mirar la televisión, relajarse nada más que para emprender de nuevo lo que le había gustado llamar una renovación. Se había comprado ropa nueva y se había dispuesto a usarla. Nada del glamour ni de la ropa sofisticada que usaba en Buenos Aires. Aquí, en el pueblo, se vestiría como siempre le había gustado, de la forma en que se sentía más cómoda y auténtica. Unos pantalones negros y una camisola blanca, se pondría además unas zandalias y llevaría un saco tejido en forma artesanal. El olor de los pinos entraba por la ventana del cuarto  y también  el aroma de la leña quemándose en el fuego del asador la habían decidido finalmente ir a esa reunión a la que la había invitado la dueña de la posada. Bajaba de la habitación por la escalera y ya se escuchaban las voces altisonantes de las personas que habían ido a la reunión de solas y solos. El dueño de la posada, un hombre de anteojos y  pelo oscuro con algunas canas, le señaló un lugar: era una mesa redonda para seis personas. Y Mary vio que alrededor había otras mesas, también para seis comensales. Una mujer, rubia, de pelo largo y muy maquillada parecía dirigir la orquesta. Había un show. Mary se sentó en el lugar dispuesto y se encontró a su lado con un hombre que tenía todo el aspecto de un abogado, un tipo bastante simpático. Del otro lado, se había sentado una mujer que  tenía todo el aspecto tal vez de una contadora o especialista en finanzas. ¿De qué hablarían esa noche?Mientras el ruido y la música continuaban y un hombre disfrazado de mago empezaba a hacer trucos y a contar chistes, y la comida ya había llegado a la mesa, el hombre con aspecto de abogado, bronceado, ojos oscuros, vestido con jeans, camisa blanca y saco azul le contaba a Mary su vida. Entre plato y plato, carne con ensalada y papas fritas, además de jamón crudo y palmitos como entrada, el hombre  ya le había confesado a Mary su situación sentimental, era viudo, también su profesión: era abogado, le había contado acerca de su cuenta bancaria - real o imaginaria -, de sus propiedades - reales o imaginarias - y también cómo estaba compuesta su familia: hijas e hijos. Y además le había dicho casi como en secreto la marca del auto.  Mary pensaba en escapar lo más pronto posible de ahí. No había ido a la posada para encontrarse con personas tan solas o que no sabían qué hacer con su vida. Mary había ido a la posada para pensar en ella misma. Lamentaba que hubiera personas que sufrieran tanto la soledad. Y que la vida actual en las ciudades fueran la causa de que las personas estuvieran tan solas y vivieran con tanto sufrimiento. Mary lo sabía. Y también lamentaba que las personas tuvieran que asistir a ese tipo de reuniones con desconocidos, donde no siempre la pasaban bien, porque los encuentros podían ser muy frustrantes. Y también lamentaba los after hours en Buenos Aires donde la secretaria de otro director, de la empresa donde trabajaba la había invitado alguna vez a acompañarla. Esos after hours para divertirse tan aburridos como puede ser la obligación de divertirse después del trabajo, para tomar algo, para seguir hablando tal vez de lo mismo que se había hablado durante todo el día.  Ella conocía otras formas de vida. Y además, la soledad en la que vivía últimamente, en su casa, con la única compañía de Felipe, ese animal oscuro, de pelo sedoso y brillante que vivía pendiente de sus movimientos ni bien ella entraba, le estaba resultando cada vez más agradable, no le venía mal.  Ahora Mary miraba nuevamente hacia donde estaba la salida. El hombre seguía hablando, contando su vida también ya se había despachado con detalles acerca de su mujer, que estaría descansando en paz, seguramente en algún lugar. Era una mujer llena de virtudes, decía y Mary no lo dudaba. Mary sólo miraba hacia la puerta del restaurant y el pretexto que inventaría para escapar.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: foto Museo Casa de Carlos Gardel

martes, 21 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


           Desprenderse de una mala relación cuesta. Y desprenderse de una mala relación en el trabajo cuesta mucho más. Si uno cree que la vida de uno depende de ese trabajo y de esa relación, se puede tornar imposible cortar con esa dependencia. Mary tenía que buscar la salida de la mala relación que tenía con su jefe, Guillermo, y la buscó. Primero quiso saber los motivos que la habían llevado a aceptar ser la secretaria de Guillermo cuando estaba muy cómoda en su puesto anterior, en la empresa del pueblo donde ella vivía. Fue así que consultó a una psicóloga. Y también a un médico. Habló mucho  contándoles su  mala experiencia. Guillermo se había apoderado de ella: de su tiempo, de su trabajo, de sus pensamientos. Iba a ser difícil, pero no imposible salir de ahí y con ayuda lo había logrado. No quiso decirle nada a nadie: ni a su amigo Julio, ni a las pocas amigas que tenía. Sabía que no la iban a entender. ¿Cómo alguien que había llegado a tener un puesto así, con el doble del sueldo que ganaba antes quería tirar todo por la borda? ¿qué le pasaba? Fue así que había planificado de a poco el cambio: hablaría con la señora Nelly, la contadora de la empresa y le pediría volver al puesto que ocupaba antes. No era posible, había dicho la señora Nelly. Tendría otro trabajo, distinto, tal vez
mejor para ella. Su nivel de vida - en apariencia - sería menor, pero Mary sabía que iba a ganar en otras cosas, tranquilidad, por ejemplo. Vivir en una gran ciudad como Buenos Aires, ya no le interesaba. Había conocido restaurantes de lujo, junto a Guillermo, bares sofisticados, se había comprado los mejores vestidos y trajes que había en los shoppings. Y también había conocido varias milongas y lugares nuevos donde se bailaba tango. Pero ya estaba harta. Tal vez no de todas esas cosas
que eran accesorias y que venían aparejadas con el nivel del puesto de secretaría de Guillermo, el director de un laboratorio de especialidades veterinarias que facturaba millones y millones.
Estaba harta de la mala elección que había hecho. Y también sabía que no iba a pasar el resto de sus días viviendo así, nada más que para el trabajo y para las ocurrencias de su jefe.
Lo mejor que se puede hacer cuando hay una mala relación de esa naturaleza, como la que Mary tenía con Guillermo, es no ver más a esa persona. No querer saber más. Cortar por lo sano. Y tal vez por eso, Mary había ido ese fin de semana a la posada, en medio de la naturaleza. Porque se había alejado de Guillermo cuando vino a vivir al pueblo y cuando cambió de trabajo, pero en su mente Guillermo  todavía estaba.

Ahora Mary se había sentado en el muelle, mientras algunos hombres y mujeres pescaban.  Sobre las tablas de madera del muelle, con la espalda apoyada en una de las barandas, Mary miraba el agua del lago. Eran aguas tranquilas, que se movían casi solamente cuando pasaba alguna lancha. El ruido del agua moviéndose apenas, le hacía bien a la mente. ¡Qué bien se podía estar con tan poco! pensaba. A solas con ella misma, vestida sólo con unas bermudas y una remera, descalza, la madera del muelle tibia por el sol la abrigaba. Qué bien se podía estar con una misma, cuando los pensamientos, iban aclarando la mente para alcanzar la paz en el corazón. Eso era todo lo que le importaba. Qué bien se podía vestir una mujer con sus pensamientos, sin necesidad que nadie le desvistiera el cuerpo o el alma. Sin necesidad de aceptación ni de depender de nadie.
¿Qué más hubiera necesitado Mary ese día? ¿Cuánto podía durarle esa tranquilidad?
Mientras ella continuaba sentada ahí en el muelle, el teléfono de la habitación había empezado a sonar una y otra vez ¿alguien dejaría un mensaje?

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
imagen: Casa Museo Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi