Archivos del Sur - Escritores de la Provincia de Buenos Aires -Revista cultural argentina Archivos del Sur se edita desde Buenos Aires- Argentina- Año 21- Edición 256- agosto de 2022 -Fundada en mayo de 2002- ISSN 1575-9393- Registro de la propiedad intelectual Nro.55060538 - La revista Archivos del Sur es propiedad de Araceli I. Otamendi Directora- Editora: Araceli Otamendi .Derechos de autor reservados.
sábado, 29 de octubre de 2011
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
"...porque si yo voy caminando por la calle y veo que alguien silba,
reconozco inmediatamente el tango. Ese tango puede gustarme o no,
pero hay algo en mi cuerpo, hay algo en mi cuerpo no sólo de porteño sino
de argentino que lo reconoce inmediatamente..."
Jorge Luis Borges
Tiene razón Borges, tiene razón en lo que dice, el tango puede sentirse en el cuerpo. ¿Vos lo sentís, no es cierto? Sobre todo cuando empieza a sonar la música en el salón, en ese salón del pueblo, en el bar, cuando todo comienza, el baile, la música, los pasos...entonces la música fluye, se apropia del salón, de la mente y del cuerpo y se puede decir como aquellos versos: "...y enredada la pareja, sin notarlo, se besó...". (1)
Y entonces llega él, Julio, el profesor. Lo llamaste Julio, era inevitable. En el pueblo dicen que vos tenés una historia oculta, por eso estás ahí y no en la ciudad. Que digan nomás, que hablen. Porque estar ahí en ese pueblo, es la mejor manera de esconder tu historia. Vos trabajás, dijiste, hasta las seis de la tarde, como secretaria en un laboratorio de especialidades veterinarias. Y después, tres veces por semana, el baile. Y cuántas, y cuántos se están plegando al baile.
Ahora que miro el cartel del bar, en San Juan y Boedo,, ahora que sigo la investigación, en el bar esquina Homero Manzi pienso en Mary, en Julio, en el pueblo...
Ahora, en una esquina famosa de Buenos Aires leo: "La esquina de San Juan y Boedo, la esquina Homero Manzi, representa el espíritu de la todavía cercana Buenos Aires de arrabal, malevaje, empedrado y fundamentalmente tango.
En 1927, aquí en esta misma esquina, se construyó un bar que albergaba alma y corazón de la cultura urbana de la ciudad. Sus mesas fueron convocantes de los más renombrados músicos que transformaron el tango en la expresión artística más conocida de nuestro país.
Homero Manzi, entre ellos, inmortalizó la esquina con los versos de su tango Sur. Y legó a la Historia grande del Tango, páginas como Malena, Che bandonéon, Discepolín, El último organito, Barrio de tango, De Barrio, Ninguna, Fuimos y muchos más. Usted, con su presencia en esta esquina, le esta rindiendo el más sincero homenaje. Muchas gracias". (2)
Este caso me plantea inevitables senderos que se bifurcan, ¿por dónde seguir?
Hay palcos que desde el primer piso, recuerdan con un cartel a los protagonistas
del tango:
Libertad Lamarque
Enrique S. Discépolo
Azucena Maizani
Aníbal Troilo
Carlos Gardel
Ahora suena música de tango, es la voz de Julio Sosa. Es una voz varonil e inconfundible.
Me siento, cruzo la piernas, cuando viene el mozo le pido un cortado. El mozo no me mira con curiosidad, ya está acostumbrado. La ambientación conserva la barra original, parece, con filetes pintados, flores azules ¿ramilletes de jacintos? Y también la bandera argentina. Abajo mármol.
Hay un escenario con cortinados como si fuera un teatro, esquina Homero Manzi, dice. Pasan películas
de fútbol en una pantalla.
El mozo que me trae el cortado es ahora mi guía y me cuenta:
- Aquí Homero Manzi escribió la primera parte del tango Sur.
La letra de Sur viene a mi mente, entonces pienso en Mary, y en la señorita Ana y en la carta.
Y también en Gardel, ese Gardel que canta en la victrola, y que para escucharlo hay que darle cuerda...
Y en todo el trabajo, toda la ambición, todos los sueños de Adela. Adela que como un capitán imbuido con el corazón y el alma de Gardel llevó a la familia adelante y guardó la carta que él le enviara hasta el día de su muerte.
(c)Araceli Otamendi - todos los derechos reservados
(1) De un cartel en San Juan y Boedo, esquina Homero Manzi
(2) de un poema de Fernán Silva Valdés
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lunes, 24 de octubre de 2011
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
Ya en la ruta, a bordo del ómnibus, al alejarme del pueblo empecé a sentir el olor a zorrino. No era el olor de un animal supe después, sino el de una planta, que al pisarla las ruedas de los autos despedía ese olor tan fuerte.
Era de noche y me acurruqué en el asiento, corrí las cortinas y me dediqué a rumiar un poco los acontecimientos. La señorita Ana, el profesor el sobrino y Mary, el bar donde se aprendía a bailar milonga y tango, supe casi enseguida ya no volverían a ser lo que eran. Los conservaba en mi recuerdo
por más que varias veces más debiera volver a seguir investigando acerca de la famosa carta. Ahora volvía a Buenos Aires, otras investigaciones me estaban esperando. Me había enviado también un mail
una nueva clienta. Desconfiaba del novio, le escondía algo. Estaban a punto de casarse y sospechaba que él estaba casado en otro lugar, tenía otra familia.
Pero esta vez, estos días pasados en el pueblo que ahora recordaba ya no volverían a ser. La beretta me molestaba, igual no iba a ir desarmada. Era peligroso, ya en el pueblo sabían que estaba a cargo de una investigación, se había corrido la voz.
En el piso de arriba del ómnibus se podía dormir. Faltaban pocas horas para amanecer y seguramente el micro haría algunas paradas.
Miraba el campo, la oscuridad, alguna luz a lo lejos, la sombra de algún animal.
La imagen de Mary, la vecina de la señorita Ana me vino enseguida a la mente. Cuando fuí a su casa parecía estar en guardia, había desplegado sus antenas y encendido las alarmas, se notaba. La mirada era otra, se mostraba distante y a la vez tenía los ojos muy abiertos como si quisiera abarcarlo todo.
Me hizo pasar enseguida. La casa parecía semivacía, algunos pocos muebles y algunos retratos, como si hubiera estado habitada alguna vez y ahora nadie tuviera tiempo de dedicarse a ella, y entonces la casa se hubiera vengado, luciendo así, triste e indiferente.
Hablamos mientras Mary se servía un whisky con hielo. Le pedí un té.
- ¿Hace mucho que se conocen con la señorita Ana? - pregunté
- Sí, hace muchos años. Pero nunca fuimos lo que se dice amigas - respondió.
- Pero tienen las casas casi pegadas - dije
- Sí, sí, es cierto. Mi vida era otra hace muchos años. Tal vez alguna vez me anime a contarle. Ahora no, no tengo ganas de hablar, tal vez usted me comprenda...
La observé mientras ella bebía la medida de whisky y yo el té. Lo había preparado enseguida y las hojas flotaban apenas en la taza. Parecía incómoda por mi visita y decidí seguir adelante ya que estaba ahí. Tenía un retrato sobre una mesa, era ella bastante más joven, con la mano apoyada en una roca y el mar detrás. Tenía el pelo al viento y miraba hacia lo lejos.
- ¿Le gusta el mar?
- Sí, me gusta mucho el mar. - Tal vez le parezca raro que yo viva aquí, ¿no es cierto?
-¿Por qué tendría que parecerme raro?
-Porque todos dicen que soy muy de ciudad, a pesar de vivir en este pueblo hace muchos años.
- ¿Y por qué lo dicen?
- Les extraña que viva sola, que no me haya casado de nuevo, que vaya a bailar el tango.
- ¿Y usted qué piensa?
- Yo vivo el presente, vivo nada más.
Éramos dos mujeres ahí en ese living, en esa casa solitaria, y la oscuridad había empezado
a entrar por la ventana. El jardín casi no se veía. El canto del gallo había anunciado la caída
de la tarde. ¿Podía esa mujer, Mary, haberse llevado la carta de Gardel?
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miércoles, 12 de octubre de 2011
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
El glamour era lavarse el pelo con champú neutro, tenerlo sedoso, brillante, maquillarse poco, con un maquillaje suave, bañarse todos los días, estar delgada, ser auténticamente una. Mary seguía eso que había leído alguna vez a rajatabla. Era una secretaria, sí, una mujer que trabajaba como secretaria de un laboratorio de especialidades veterinarias. Se había divorciado y no quería hacer la prueba de una nueva experiencia. Por eso iba a bailar tango y milonga varias veces por semana. Para no aburrirse, para no estar sola en esa casa.
La llegada del profesor de tango al pueblo le dio una nueva oportunidad a su vida. Después del divorcio había intentado salir, conocer a otras personas, no asfixiarse en ninguna rutina. Tenía un perro, un trabajo, una rutina y ahora el tango.
Se había comprado unos zapatos para bailar el tango, con pulsera y también una pollera ajustada y veía el tango como una salida, como una posibilidad, como algo que además la divertía y por un rato le hacía recordar que alguna vez su vida había sido otra. No ésta. Por eso tal vez odiaba cuando la señorita Ana recibía al profesor de tango en su casa. ¿Por qué no hacer una reunión donde todos bailaran? No, la señorita Ana tenía esas rarezas, por más que eran vecinas desde hacía mucho tiempo y sólo tenían en medio del jardín un cerco de ligustro el único tema de conversación eran las gallinas y las plantas. El pueblo era chico, no por la cantidad de habitantes sino por el sistema. Había pocos lugares donde divertirse, conocer gente, hablar. Entonces, la única novedad en meses el tango y el profesor, era ahora disputada. No era bueno sentir celos, se decía Mary, su matrimonio había terminado así, por celos, peleas diarias que lo llevaron hacia el final.
Y ahora esto. La música de milonga había empezado a sonar en la casa de la señorita Ana.
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viernes, 7 de octubre de 2011
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
Subo la escalera del Museo Casa de Carlos Gardel y mientras doy cada paso me pregunto si la música del tango me acompaña desde antes de nacer. Para otros la música de su vida es la salsa, el merengue, el bolero o el vals.
Para mí es el tango:
"Mancha roja, que se coagula en negro,
Tango fatal, soberbio y bruto,
Notas arrastradas, perezosamente, en un teclado gangoso.
Tango severo y triste.
Tango de amenaza.
Baile de amor y muerte" (1)
¿y qué hago ahora en esta casa donde doña Berta Gardes y su hijo Carlos Gardel vivieron? Camino por las habitaciones, camino sobre los pisos de madera, crujen, miro los techos altos... La casa está llena de recuerdos que van asomándose, pedazos de la vida de Carlos Gardel, los amigos, los amores, su madre...
están ahí, en esos objetos, tal vez.
Mientra,s suena la música y el canto del "Mudo", y ahora me viene a la mente Rubias de New York: Mary, Peggy, Betty, Julie, rubias de New York (2)
...el dulce hechizo de Peggy,
su mirada azul
honda como el mar...
Tal vez tenía razón el Zorzal, cada tanto había que ir a New York, salir de Buenos Aires para que le prestaran atención. Entonces yendo a New York instalaba el misterio, la ausencia del cantor en Buenos Aires lo iba cubriendo de un halo mágico.
Carlos Gardel canta Rubias de New York en un Tango en Broadway.
Y esos objetos, esos recuerdos vienen a mi, se enganchan con los míos, se entrelazan, como vienen a mi también las voces de la señorita Ana y de la vecina, Mary. Mary, la secretaria que trabaja en un laboratorio de día y de noche se viste de milonga y se va a bailar. En el pueblo de la señorita Ana todos saben esas nuevas costumbres de Mary.
La señorita Ana no pudo callarse mientras estábamos en la mesa. El profesor de tango se quedó mudo cuando vio a Mary cruzar el jardín, con los pantalones ajustados y una camisa suelta mientras corría una gallina.
- ¡Es la enésima vez que esa mujer entra a mi casa detrás de una gallina! - exclamó la señorita Ana.
No pude contener las carcajadas....
- ¡Otra vez! Mary- exclamó Ana. ¡Otra vez entró a mi casa esa mujer! . Es que no puede tolerar que él, el profesor de tango venga a comer a mi casa y abre la puerta del gallinero para que las gallinas se escapen y vengan al jardín.
A lo lejos se escuchaba el canto del gallo:
¡Kikikirikíiiiiii!....
(1) Ricardo Güiraldes, El cencerro de cristal, 1915, (fragmento)
(2) Letra: Le Pera, música: Carlos Gardel, Rubias de New York, fox trot aparecido en la película
El tango en Broadway
imágenes: fotografías tomadas en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi
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domingo, 25 de septiembre de 2011
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
El jardín de la señorita Ana bullía de flores, de perfumes, y también de insectos. Había mosquitos, nubes de mosquitos que atacaban en cualquier parte del cuerpo donde no se hubiera puesto repelente. Los mosquitos daban vueltas y vueltas, intentaban encontrar a alguien, una presa, una nueva víctima, no había que permitirles eso. Estábamos adentro de la casa y desde ahí miraba los jazmines, las hortensias, las margaritas, la parra, la morera, la higuera, el níspero.
Nos sentamos a comer a la una en punto. La comida era adentro de la casa. La señorita Ana nos había invitado a las doce.
Estábamos Pablo, el sobrino de la señorita Ana que había quedado huérfano y ahora estaba bajo su ala protectora, el profesor de tango y yo. Las ventanas estaban protegidas por alambre tejido fino, para que no pasaran moscas ni mosquitos, tampoco abejas.
La señorita Ana pensaba seguramente que el momento del almuerzo sería más agradable si se escuchaba música de tango y el profesor asintió.
Desde la ventana se podía ver la reluciente Harley-davidson del profesor quien había prometido llevar a dar una vuelta a Pablo, más tarde.
La conversación transcurría sin mayores sobresaltos. Ya habíamos pasado de hablar de Gardel y Razzano a Piazzola. También Eladia Blázquez y el polaco Goyeneche. No faltaron ni Aníbal Troilo, ni Pugliese.
El profesor de tango matizó la conversación con algunas anécdotas. La señorita Ana recordó que había sido Ricardo Güiraldes, el autor de Don Segundo Sombra quien enseñaba a bailar el tango en París. Luego fue hasta la biblioteca y tomó un libro, de Güiraldes y lo mostró. El profesor asintió. Pablo aseguró que había
leido el libro y yo le pedí el ejemplar a la señorita Ana para hojearlo.
El profesor de tango aseguró después que Gardel había cantado ante el maharajá de Kapurthala. A la señorita Ana pareció gustarle el tema porque lo siguió, y hasta parecía exigir más detalles que el profesor pasó a explicar.
El asado estaba riquísimo, tal vez la carne tenía demasiada sal y bebimos vino tino y tomamos también agua y todo eso amenizado con la música de un tango.
- Lo vi bailar con sus alumnos - En el bar, el otro día, algunos bailan muy bien, dije.
- Llevo años enseñando a bailar el tango. Pero es la música y el sentimiento los que deben guiar el cuerpo, hay que seguir la música , mantener el ritmo.
- Eso que usted dijo es cierto - afirmó la señorita Ana y agregó: - el profesor sabe lo que dice, a mi también me enseñó a bailar.
Pablo, el sobrino de la señorita Ana miraba hacia la ventana como si esperara a alguien. Parecía ensimismado y la señorita Ana le preguntó qué le pasaba.
- Nada, no pasa nada, Ana. Estoy cansado, nada más.
- Y cómo no va a estar cansado si volvió a las ocho de la mañana - dijo la señorita Ana. Tenía un tono de enojo en la voz.
- Los jóvenes se acuestan a esa hora - dijo el profesor. Van a bailar y vuelven de día a la casa.
- ¿Y no sería mejor que durmieran de noche? Así tendrían tiempo de vivir de día y no dormir tanto a la mañana.
El profesor de tango le guiñó un ojo a Pablo. La señorita Ana anunció que después iban a comer un postre helado.
Afuera, en el jardín, los dos perros de la señorita Ana se habían echado a dormir bajo el alero que rodeaba la casa. Hacía un calor insoportable que presagiaba un verano tórrido, pegajoso. El profesor de tango preguntó si no había que apagar las brasas de la parrilla y la señorita Ana respondió que no. Se apagarán solas, hasta que el carbón se consuma, hasta el final, dijo.
Ahora todos se habían sentado en la galería, después de rociarse el cuerpo, la ropa, el pelo con repelente de insectos. Yo también lo había hecho.
A lo lejos se escuchaban ladridos de perros, y más lejos el rugido de alguna moto dando vueltas por el pueblo.
Pensaba que éste sería el mejor momento para ir hasta la biblioteca y mirar los libros, tal vez abrir alguno al azar. Algo que me indicara qué pista seguir, ¿quién se podría haber llevado la carta de Gardel ? la señorita Ana la había guardado con tanta ilusión y también compromiso con su tía Adela, con su recuerdo.
(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados
viernes, 16 de septiembre de 2011
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
La noche en que buscaba un poema de Francois Villon entre papeles dispersos, la señorita Ana Lazio vio cómo la lámpara proyectaba en el cristal una esfera de luz blanca, casi evanescente.
Seguramente iba a escribir la historia de una noche, y para eso quería leer antes el poema de Francois Villon.
Poco después anotó:
- un mendigo y un perro
- un grupo de hombres vestidos de payasos
- un florista en el quiosco abierto las veinticuatro horas
- un policía
- un cartonero
- una ambulancia
- el dueño de un bar
- una mujer que acaba de ser abandonada
- una pareja haciendo el amor
- una monja que cuida a un enfermo
- una enfermera que cuida una sala de terapia intensiva
- una mujer que va a tener un niño
- un niño que nace
- un sueño, el de las flores y la lluvia
- un deportista que va a competir al día siguiente por un premio
- un hombre que ha sido abandonado por su mujer
- un jardinero que se levanta a la madrugada para ver cómo se abrieron las flores
Podría, con todo eso, escribir la historia de una noche, una noche cualquiera, la noche única donde cada uno de los que estuvieran despiertos pudiera decir, soñar, o hacer algo durante el transcurrir de su efímero tiempo. Donde las sombras ocultaran los colores que el sol todavía lejano hacía brillar durante el día y los más negros pensamientos deambularan, se presentaran irrumpiendo en la oscuridad. Y para conjurarlos leería el poema de Francois Villon ¿dónde estaba?
Seguramente había abandonado el papel entre algunos libros. Lo seguiría buscando hasta el amanecer, hasta dormirse entre las sábanas, entonces repasaba el sueño de la noche anterior ...
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
imagen: afiche Gardel-Razzano, fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi
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domingo, 4 de septiembre de 2011
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
Era él, el hombre de la Harley-davidson, el que estaba en el bar frente al río, el que viajaba en el ómnibus al lado mío, el de los zapatos blancos y ahora en el bar...
El profesor de tango, ¿cuántas facetas podía tener alguien?
Le dije hola y me dijo hola. ¿Había alguna otra casualidad? Tal vez sí. Y lo que era peor y más misterioso aún, hasta había soñado con él la noche anterior. ¡Qué extraños son los sueños! ¿cierto? A veces no son más que pesadillas, que como las de Edgar Allan Poe se transforman en cuentos. Ese hombre, se había transmutado ahora en un profesor de tango. ¿Y si no hubiera sido más que una excusa?
Habían llegado ya algunos alumnos y también el pianista.
Pedí un café cortado y me quedé mirando cómo la primera pareja salía a bailar. Vamos a hacer unos pasos, dijo el profesor. La música sonaba, y yo me dedicaba a mirar a los que bailaban, con qué entusiasmo lo hacían. Este es el tango salón, afirmó el profesor.
Si hasta la señorita Ana me había dicho que ella también había tomado clases con el profesor.
¿Buscaba pareja? le pregunté entonces y ella dijo: no, no es eso lo que busco. Quiero bailar nada más.
Es como cultivar el jardín y atender la huerta. Me divierto. La miré entonces. La señorita Ana era muy reservada.
Pero algo me había contado, tenía una gran obligación moral, dijo. Debía cuidar a Pablo, su sobrino, huérfano de padre y madre. Los padres de Pablo se habían matado en un accidente. Pensaba en todo lo que me había contado la señorita Ana, esa mujer que me había encomendado la investigación acerca de la carta.
De pronto me encontraba con un caso, y también con una vida que debería dilucidar. Ahora, Pablo, entraba en la escena. La voz del hombre me sorprendió:
- ¿En qué piensa?
Los alumnos habían dejado de bailar y el pianista seguía tocando ahora con otros ritmos. Había que darle lugar a otra música, a otros clientes del bar.
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
imagen: fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi
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