Archivos del Sur - Escritores de la Provincia de Buenos Aires -Revista cultural argentina Archivos del Sur se edita desde Buenos Aires- Argentina- Año 21- Edición 256- agosto de 2022 -Fundada en mayo de 2002- ISSN 1575-9393- Registro de la propiedad intelectual Nro.55060538 - La revista Archivos del Sur es propiedad de Araceli I. Otamendi Directora- Editora: Araceli Otamendi .Derechos de autor reservados.
viernes, 31 de enero de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
En la ruta atravesamos campos anegados por la lluvia. Era de noche. Al promediar la mañana, acercándonos a un pueblo que ya conocía porque había realizado una investigación solicitada por el dueño de un hotel, me bajé. El hombre que se sentaba a mi lado, un hombre joven, relativamente buen mozo, de pelo oscuro y peinado hacia atrás, antes de bajar me entregó una tarjeta. La tarjeta decía: Profesor de tango, y una dirección y un teléfono en Buenos Aires. La tiré al bajar a buscar el bolso. Seguramente había visto los zapatos de tango que llevaba en una bolsa, uno de mis disfraces para mezclarme con la gente en algunos lugares. Me despedí del chofer con un ademán, ya lo conocía de tanto viajar en esa línea. En realidad había sido un viaje largo, tal vez demasiado. En la terminal de ómnibus algunos perros dormían acurrucados debajo de un asiento de piedra. Iba a ir al hotel donde pensaba dejarle una carta a Claudio. Una carta que había estado escribiendo durante el viaje. Ahí se la entregarían. Era un lugar confiable, donde algunas veces yo dejaba mensajes para otras personas y también dejaban mensajes para mí. Unos años antes, el propietario del hotel me había contratado para investigar a algunos sospechosos de robos que se habían alojado en el hotel. Con la complicidad de un empleado, habían robado a algunos clientes.
Antes de llegar al hotel, me senté en uno de los pocos bares que permanecían abiertos durante la noche. El aire se podía cortar con un cuchillo. Una pareja conversaba lejos, tenían cara de haber estado bailando en algún lugar. Le pedí al mozo un cortado doble y una botella de agua. Enseguida escribí la carta.
"Claudio:
de todos los momentos lo único que es seguro es lo que recorrimos. Lo demás, es incierto. Ninguna Fortuna, ninguna suerte, tiene poder para cambiarlos. No sé qué es lo que ocurrirá mañana, ni siquiera hoy. ¿Proteger una felicidad, cuando existe, con una segunda felicidad, como decía Séneca?
Espero que puedas dirigir tu mirada hacia ese camino.
Mariana"
Dejé el dinero del cortado y del agua sobre la mesa. Al salir a la calle senti el viento en la cara, era un viento fuerte, anunciaba agua. Me dirigí hacia el hotel. Las calles vacías del pueblo me recordaron que nadie se levantaba ahí a esa hora sino era algo muy importante y urgente. Caminé rápido las cuadras que aún faltaban. Me alojaría en el hotel un par de días, antes de volver a Buenos Aires.
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martes, 21 de enero de 2014
La carta de Gardel - novela - fragmento
Volvía sobre la marcha, en el ómnibus había aire acondicionado y el olor a zorrino del campo, ese olor tan característico que se siente cuando se viaja por la Provincia de Buenos Aires, me ayudaba a pensar. Salir de la ciudad y del pueblo me hacía bien. Había quedado atrás el palabrerío de la señorita Ana, las acusaciones contra Mary y también ahora y más reciente contra la familia del sobrino nieto. Una familia que ya no existía más. Porque el padre del chico se había casado con otra mujer, había dicho la señorita Ana. ¿Qué le quedaba ahora? ¿seguir buscando la carta de Gardel? Las palabras de la señorita Ana eran un tóxico y la noche llena de estrellas y de luciérnagas que se veían a lo largo del camino me hacían entrar en una dimensión distinta: había oscuridad pero también algunas luces se divisaban a lo lejos. Claudio se había ido, no pudo, no quiso tal vez encontrarme. Y yo me había escapado, en ese momento no podía hablar. Lo complejo de la situación que vivía, el panorama, como el camino a veces, estaba lleno de bruma. Volvía sobre la marcha a Buenos Aires, la toxicidad de los relatos de la señorita Ana, el fisgoneo que la señorita Ana había llevado durante años de la vida de Mary ,había llegado a hurgar hasta en los residuos para saber si la vecina tomaba algún medicamento para mantenerse tan bien. ¿Porque cómo era posible que saliera a bailar tango todas las noches después del trabajo? Incluso había llegado a conseguir entre esos residuos, eso había dicho, cartas de Guillermo y de Alejandro, los dos jefes ¿o tal vez amantes? ¿o tal vez las dos cosas?, que había tenido Mary. Cuando le pedí a la señorita Ana que me mostrara esas cartas, se negó. En ese momento pensé que esa mujer era una acaparadora de cartas ajenas, sí, como la de Gardel. Si perdía una carta, perdía un pedazo de vida ajena. Era una ladrona de vidas, vivía a través de los demás, de sus historias, de sus cartas. ¿Podía juzgarla yo? La señorita Ana era mi cliente y me había pagado y aún me pagaba muy bien por mi trabajo. El misterio de la ausencia de Mary, nadie sabía nada de ella, no había números de teléfono, no me llamaba desde hacía muchos días, complicaba el caso. No tenía palabras para Claudio, aún no. ¿Qué podría decirle en este momento, en semejante selva donde estaba? Algo extraño se había desatado en mi vida, historias de otras personas como la señorita Ana, como Mary, como Guillermo y como Alejandro, se cruzaban como autopistas llenas de autos. La señorita Ana me contó cuando una vez encontró una carta de Alejandro entre los residuos que Mary había arrojado en la vereda, junto con hojas secas. Alejandro le pedía a Mary reiniciar una relación, a pesar de haberse casado. Mary no quería saber nada, al parecer. Mary había decidido no ser esclava de la imagen, no ser la acompañante bonita de nadie, no ser una pieza de exhibición en una galería al lado de ningún hombre que tuviera poder. Eso me había dicho a mi. La señorita Ana no sabía la segunda parte: lo que Mary me había contado. Por eso a Mary le gustaban las salidas al campo, andar en moto con Julio y bailar tango. Estaba cansada de todo eso, me había dicho. Habían sido demasiados años de haber sido usada como un objeto de adorno, como un pañuelo en el bolsillo o una corbata de seda. Como una muñeca, como alguien que se puede usar y también se puede descartar.
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lunes, 21 de octubre de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Diario de Mariana (fragmento)
Nunca le pude decir que cada vez que intentaba comunicarme con él, pasaba algo inverosímil, alguna calamidad, o un suceso extraño. ¿Brujería? En alguna parte del inconsciente, algo o tal vez alguien no quería que me comunicara. Ni bien llegó al pueblo empezó a dejarme mensajes, en el hotel, en los bares a los que concurría frecuentemente, en la tienda de artesanías, lugares adonde yo iba y seguramente alguien le dijo. Pero todo era inútil, siempre ocurría algo. El día que le iba a contestar, un llamado urgente de algún cliente o de alguien, hacía que no pudiera llamarlo o enviarle una carta. ¿Raro? No sé. Hacía mas de un mes que estaba en el pueblo investigando, pasaban los días y siempre, siempre, ocurría algo. Parecía que la caja de Pandora se hubiera abierto, me sentía desolada. ¿Qué fuerzas extrañas se movían para inclinar la balanza hacia un solo lado? Empecé a hacer el inventario desde el día en que recibí su carta. Me alegró la noticia y apenas le iba a contestar, a la mañana siguiente, recibí un llamado y tuve que salir del pueblo con urgencia. Pasaron los días y volví a seguir la investigación. Iba a llamarlo, para contestarle un llamado anterior y ese día, recibí un llamado de una tía lejana que no tenía a ningún familiar, se había enfermado gravemente y tenía que viajar a verla. Yo misma no podía creer lo que estaba ocurriendo. ¿Algún conjuro? Nunca había creido en esas cosas. Y si se lo hubiera dicho, hubiera pensando que la locura me estaba acechando. Eran hechos, sí, cosas concretas, no estaban en mi imaginación. Y ocurrían una detrás de la otra. De alguna manera tenía que decírselo. No sabía si volvería a comunicarme con él. Por momentos deseaba ser otra, cambiar la identidad, escaparme a algún pueblo lejano y que la vida fuera distinta, que muchas personas que me conocían dejaran de pensar en mí, de llamarme, de que las fuerzas, si es que había fuerzas que estaban provocando todo esto se olvidaran de mí, como si nunca me hubieran conocido, como si yo fuera una extraña. Nunca había sido de no afrontar las cosas, pero mi vida se había convertido en un mar agitado, con olas turbulentas que subían y bajaban, estaba en un mar revuelto, desatado e incontrolable y yo debía permanecer calma. ¿Lo entendería él? Seguramente se iría a aguas más tranquilas, menos turbulentas, a amarrar la nave a algún otro puerto. Y mientras tanto, en medio de la tormenta, yo veía pasar las nubes, los pájaros que huían, porque algo, una tormenta más grande tal vez, se estaba acercando.
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jueves, 15 de agosto de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Primero fue el rugido de la moto, después el silbido. El típico silbido de él,
y como siempre un tango. Era él, ¿qué otro podía saber esos códigos?
Nuestros códigos, nuestros secretos. Y después de todo era él, el único
que podía encontrarme, el único que me conocía. Era al único que le podía
responder. Me asomé a la ventana, y ahi estaba, subido a la moto, como
siempre. Ahora voy, le dije. Pero lo hice esperar. Tenía que arreglarme,
tenía que ponerme linda, me habían dado ganas de bailar. Y el lo sabía.
El era el único tipo que se adelantaba antes que yo se lo dijera. El único
que sabía que era mejor ir a comer a una parrilla un bife con papas fritas
que prometer llevarme a París, a comer a Maxim´s, con sus cortinados
rojos, en una calle empedrada y antigua, como lo había hecho
Guillermo, en sus mejores tiempos. O prometerme un viaje en avioneta
para sobrevolar el Amazonas, como lo hizo Alejandro. Y todo eso ¿para
qué? El único tipo que sabía que podíamos disfrutar en una parrilla un
asado de tira, hablando de cualquier cosa, mirándonos a los ojos, cansados
de tanto bailar. ¿Y no será porque lo inventaste vos? ¿y si todo fuera un
invento? Todo puede tener ventajas y desventajas. Lo único que sabía,
mientras me pintaba los ojos era que no quería escuchar la demostración
del teorema de Pitágoras, mezclado con el próximo viaje a Dubai ¿quién sabe
si se haría alguna vez?, o la fabulación de un viaje en un crucero por el
Mediterráneo mientras Alejandro proyectaba en realidad un viaje con su amante
de turno. Entonces busqué los zapatos de tango ¿era necesario? Los puse
en la cartera que me había comprado - como si supiera que volvería a bailar - ,
terminé de vestirme, le hice una seña a él por la ventana y bajé, lenta,
sigilosa, feliz con el reencuentro, con alguien al que sólo podía llamarlo
un hombre y no un profesor, no un ejecutivo, no un licenciado, no un jefe,
sólo un hombre y yo una mujer.
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
sábado, 27 de julio de 2013
La carta de Gardel - novela - (fragmento)
Volví al hotel, iba a buscar mis cosas para volver a Buenos Aires. No podía seguir dando vueltas en el pueblo, no podía seguir más a Mary. Mis sospechas seguramente tenían asidero, ella podría tener la carta de Gardel. En realidad ya estaba bastante aburrida del caso y debía volver. En Buenos Aires me esperaban otros casos, tenía mucho trabajo. Sin embargo, la señorita Ana, la verdadera dueña de la carta, me había pagado bien. Ya había cobrado varios anticipos para encontrar la carta. ¿Cómo fue posible involucrarme así con un caso? Ya conocía la vida de Mary ¿pero hasta dónde era posible conocerla? También la vida de la señorita Ana. Y algo de de Adela, de los antepasados de la señorita Ana. Y también de los amigos, amantes, parientes de Mary y de la señorita Ana. ¿No era demasiado enredo saber acerca de la vida de esas personas? ¿todo eso me llevaría resolver el caso? Mary no quería estar más en el pueblo y tampoco volver a la gran ciudad. Había tomado un atajo, decía en la carta. Un atajo era algo nuevo, tenía un proyecto. Quería olvidarse ¿para siempre? de su vida nocturna bailando tangos. Quería poner un criadero de codornices, decía la carta. Irse lejos. Y en esa carta, que me había entregado el recepcionista del hotel, decía varias cosas más: "El hartazgo del baile llegó una noche, cuando bailé con alguien que prometía algo interesante. Sin embargo estuvimos bailando durante más de dos horas, tomamos un café, me contó un montón de historias y después me empezó a dar una especie de sermón. Ahí, de verdad, me asusté, porque el hombre había cambiado el rumbo de la conversación. Ya no era un compañero de baile, ya no era un hombre que tomaba un café, sino algo mucho peor. El hombre daba sermones y provocaba, era sí, algo bastante contradictorio, y me dieron ganas de escapar muy lejos de él. Le dije que volvía enseguida, busqué la puerta y me fuí caminando rápido. No miré hacia atrás, no podía hacerlo. Corrí hasta la esquina, después corrí más y más hasta llegar a un hotel. Pedí una habitación y esperé a que amaneciera. Pensándolo bien, había estado en peligro esa noche, bailando con ese loco, que se puso a decir esas cosas, como si fuera un juez, un pastor o vaya a saber qué. Tal vez un asesino, no sé. No quise averiguarlo tampoco. Nunca me había cruzado con un personaje semejante en ninguna milonga o lugar de tango. Al principio parecía simpático. Me juré esa noche que iba a evitar las milongas, que no quería conocer más personajes de ese tipo. Me juré esa noche que mi vida iba a cambiar, aunque sea con un criadero de codornices, algo que me alejara del tango, de la noche, de dar vueltas. Algo que me alejara de la memoria que a veces me traía recuerdos que no quería recordar..."
(c) Araceli Otamendi - Archivos del Sur
jueves, 11 de julio de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Me puse a mirar por la ventana, una de las ventanas del bar. Había pasado la tarde escribiendo en un cuaderno, miraba los pájaros cómo volaban de vereda a vereda, las hojas de los árboles se arrastraban y se arremolinaban por el viento. En el lugar había dos personas, hombres solitarios con cara de gastados, miraban las imágenes de un televisor. Uno de los vidrios de las ventanas estaba levantado y me dio frío. En el cuaderno había anotado algo, unos dos meses atrás. No sabía por qué ni cómo ni quien me lo había inspirado. Era un sueño. Y eso me daba miedo, me daba miedo ahora, porque el sueño se había cumplido. El extraño del sueño había aparecido ahí, en ese lugar. Mamá siempre decía que yo sabía cosas que los demás no sabían. Y ella también. Ella y yo también teníamos premoniciones, casi siempre se cumplían. Además, yo sabía leer muchas cosas en el rostro de una persona. A veces, sin que hablara, sin que pronunciara una sola palabra. Guillermo, que me conocía esa habilidad, me pedía siempre que fuera con él a las reuniones, y después le dijera qué era lo que me parecía. Y yo le daba mi opinión, y casi nunca me equivocaba. A Guillermo le gustaba fantasear mucho, decía que él también podía leer cosas en el rostro de las personas. Y eso era cierto, en parte. Pero él se precipitaba y me decía: vos me tenés que frenar. El extraño se sentó en una mesa de una esquina del bar. Pensé en irme enseguida. Pensé, como en el sueño, que tenía que emprender un viaje, llegar a algún lugar. Llamé al mozo, pagué los cafés que había estado tomando, guardé el cuaderno en un bolso, salí a la calle y empecé a caminar. Las luces de los negocios habían empezado a encenderse. Estaba oscureciendo.
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domingo, 7 de julio de 2013
La carta de Gardel - novela (fragmento)
"Porque bailó un par de noches conmigo, tango y milonga, pensaba que era el dueño de todos mis secretos. Orson, seguramente lo creía. Tuve que defenderme. Buscaba un punto débil y lo encontró. Lo conocí en una milonga, en Buenos Aires, una noche en que ya no soportaba más la presión del trabajo. Alejandro había hecho volar los papeles de la oficina, la de él, la mía y la de todo el piso, cuando pasaba. Y Orson estaba ahí, en esa milonga, tan fresco como una lechuga, vestido con una camisa negra y un jean. Esperando no sé qué... bailé con él, sí. ¿Qué problema había? Era algo desesperante vivir con tanta presión durante el día y a la noche, yo buscaba distraerme, bailar, cualquier cosa con tal de no pensar en la oficina, ni acordarme de nada, ni de Alejandro, ni de Guillermo, absolutamente nada. Orson sí sabía, sí conocía a las personas. Nunca me hablaba directamente de él ¿ocultaría algo? Cuando supo donde trabajaba, que era una mujer sola, separada, ahí empezó. Es triste reconocerlo, caí en sus redes. Orson quería saber de mi y yo no quería hablar, sólo bailar. Orson era un personaje oscuro, tal vez demasiado. Nunca confié en él. Me contaba muchas historias que nunca creí, jamás terminé de conocerlo. Después me di cuenta, era un problema de poder, de ambición. El me buscaba porque en realidad quería llegar a Alejandro y yo era el medio, no el fin. Cuando me di cuenta, lo empecé a evitar. No quería ir a los lugares donde sabía que lo podía encontrar. Busqué otras milongas. Y muchas veces me puse a pensar qué era lo que realmente Orson quería de mi. Tal vez nunca lo sepa, nunca me entere. No quiero pensar en él ni un minuto más. El auto de Orson dio la vuelta varias veces por esta esquina. No me voy a inmutar si él llega a entrar aquí, al bar donde escribo. ..".
Era una carta extraña la de Mary. Parecía escrita con premura, como si el mensaje quisiera decir algo más. Pagué la cuenta y me fui del hotel temprano. Tenía mucho que hacer en Buenos Aires. Me esperaban muchos casos: seguimientos, personas que quieren saber acerca de una pareja antes de tomar una decisión más seria. Esa era mi especialidad. Saber acerca de las personas. Quién salía con quién, quien engañaba a quien. Era mi trabajo, aunque ya estaba un poco cansada, porque las historias se iban repitiendo...
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