Archivos del Sur - Escritores de la Provincia de Buenos Aires -Revista cultural argentina Archivos del Sur se edita desde Buenos Aires- Argentina- Año 21- Edición 256- agosto de 2022 -Fundada en mayo de 2002- ISSN 1575-9393- Registro de la propiedad intelectual Nro.55060538 - La revista Archivos del Sur es propiedad de Araceli I. Otamendi Directora- Editora: Araceli Otamendi .Derechos de autor reservados.
jueves, 23 de junio de 2011
Cuento: Entre tumbas, cartas y recuerdos de Gardel- Araceli Otamendi
De vez en cuando revolvía entre los papeles viejos: cartas, documentos, antiguas facturas pagas, fotografías familiares amarillentas.
Era un exorcismo que me servía para tomar nota de los recuerdos, a la espera de que algún acontecimiento, algo los evocara y me pusiera a escribir, así, la historia que jamás me había atrevido a escribir, hasta ahora.
Y así fue como encontré la fotografía de la tumba de Gardel en el cementerio de la Chacarita bordeada de flores rojas que los visitantes a diario le arrojaban. ¿Por qué la tenía ahí guardada en esa carpeta entre tantos papeles?
A mi abuela le gustaba Gardel, lo había conocido en el pueblo de ella, allá en Rojas, en la Provincia de Buenos Aires donde también nació Sabato. Donde mi abuela tenía el hotel y el Zorzal pasaba por ahí en sus giras junto a Razzano. Además de admirar a Gardel, porque ¿quién no?, si cada día cantaba mejor, como decían, mi abuela conocía algunas historias del cementerio.
Una de las historias que prefería contarme era la de dos amantes que se encontraban en una bóveda, a la tarde.
“…Ella salía arreglada, muy pintada, se usaba el sombrero. Nosotros la conocíamos y sabíamos adonde iba. Se había casado con ese infeliz del farmacéutico, no había tenido alternativa. Quedó embarazada y la familia la obligó a casarse. Pero ella no lo quería. Tenía un novio anterior, fino, de bigotitos, medio tramposo, al que le gustaba mucho el baile. Un día, cuando el chico ya tenía unos diez años el novio se le apareció. Y ella, la estúpida, se puso a llorar, y me contó, porque eso me lo contó, que el tipo quería salir con ella de nuevo, que le había escrito cartas, muchas cartas. La mujer, Marta, era una estúpida, y se metió de nuevo con el del bigote.
Nosotros a veces le cuidábamos el chico, porque no tenía con quien dejarlo, y ella se iba a la hora de la siesta, enfilaba para el cementerio. Sabíamos también la hora en que iba a volver. Pero, sospechábamos que el marido ya se había dado cuenta porque llegaba a la casa cada vez más temprano. Al chico lo entreteníamos con la radio y los radioteatros. Era bueno. Jugábamos a las cartas con él. Matilde y Nora preparaban el mate y yo, a veces, me ponía a jugar con él, Huguito, se llamaba. La mujer llegaba después, a la tardecita, cansada, ojerosa. Sabíamos que se encontraba con el flaco ese en la bóveda familiar. Porque ella decía que era el único lugar donde no la iban a descubrir. Sí, una historia sórdida. La bóveda de la familia de ella estaba cerca de la de Gardel, nosotros la conocíamos porque ya habíamos ido al entierro de unos cuantos. Al padre de ella le gustaba el tango, como a mí. Pero el tango de Gardel, no de cualquiera. Porque nunca nos gustó cualquiera sino Gardel, el mejor. Y mirá, yo en la vida, siempre quise ser como Gardel, ¿ves tu tío? Siempre fue el mejor de la clase, el más trabajador, el que salió adelante. Y eso porque yo se los enseñé: sean como Carlos Gardel, siempre el mejor. Pero eso se logra con trabajo, además de talento. Porque Gardel ensayaba mucho. En cambio Matilde, tu tía… hmmm. Un día Carlos Gardel paró en Rojas, en el hotel. Nora estaba silbando, silbaba en la terraza, justo era un tango y él se paró en puerta y dijo: - Buenos días, señora: -¡qué bien silba el pibe! Y yo me puse a reir, porque la confundió a Nora con un chico, tenía el pelo corto y parecía un varón. Y entonces le dije: ¡es una nena! Y ahí nos quedamos conversando un rato, en la puerta. Esa noche paró ahí, en el hotel, Razzano lo acompañaba con la guitarra. Fue todo un alboroto, ya te voy a contar…Porque Nora se había aprendido los tangos que escuchaba por la radio, eran los tangos de Gardel.
Te sigo contando, acerca de la mujer, Marta. Un día el marido la siguió, hasta el cementerio. Y cuando estaban ahí, ella y el amante, adentro de la bóveda, les tiró varios tiros, a ella y a él. Después vino a casa, porque el chico estaba en casa y nos dijo que se iba a entregar a la policía, que había matado a la mujer, se puso a llorar...”.
El cuento de mi abuela no terminaba ahí. Porque también decía que a veces, de vez en cuando, tenía la sensación de que la mujer, Marta, volvía, aparecía en la casa, como buscándola, para decirle algo. Y mi abuela decía que se caía algo al suelo cada vez que ocurría eso, o se movía algún cuadro, o una lamparita estallaba de golpe. Y es como ahora, mientras escribo esto que una ventana se cerró de golpe, casi se rompe el vidrio por el estrépito, y se escuchan algunos ruidos en la terraza, como si alguien estuviera caminando por ahí, por el techo, tal vez porque cuento cosas que no debiera contar. Y una música y un tango de Gardel ha empezado a sonar en la radio.
© Araceli Otamendi
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martes, 21 de junio de 2011
Espacio de autor: Cristian Vitale
| Cristian Vitale Cristian Vitale nació en Francisco Madero, un pueblo casi real de la Provincia de Buenos Aires, el 16 de febrero de 1980. Se recibó de Profesor en Letras en el año 2006.Escribe para medios gráficos y tiene publicados textos de ficción y ensayos en antologías nacionales e internacionales. Publicó su primer libro de cuentos, De espaldas, en el 2010. Es además músico y docente. Blogs: http://cristian-deespaldas.blogspot.com/ http://www.alprincipiofuelaurgencia.blogspot.com/ |
Dice Cristian Vitale:
"Quizá debiera parafrasear el título de mi blog para explicar el nacimiento de este blog que lleva como subtítulo “Ensayos sobre literatura”. Al principio fue la Urgencia quiere decir que la escritura, como este blog que reúne ensayos sobre ella, nace de una urgencia, de una necesidad, al comienzo bien poco literaria, que en una segunda instancia se hace obra.
No siento más placer al leer el Quijote que al pensar y luego escribir sobre él. No siento más placer al escribir un poema que al reflexionar tratando de entender el mecanismo que lo hace funcionar. Pienso la literatura como una máquina. Cuando escribo ensayos sobre esa máquina lo que ensayo es una teoría, o varias, acerca de su complejo funcionamiento.
La crítica, así como la teoría literaria, cuando se involucra con el texto o la escritura se vuelve indisociable de ella. No más que cualquier otra lectura pero con pretensiones de profundidad y rigor.
Resumo. Al principio fue la Urgencia es un espacio en el que publico lo que creo válido para generar conocimiento sobre la literatura en sus dos vertientes: la lectura y la escritura. De su felicidad o infelicidad dirán los paseantes".
miércoles, 15 de junio de 2011
Cuento: Detrás de la esquina - Cristian Vitale
Detrás de la esquina
pensaba en el instante inesperado…
en el pasaje de lo conocido a lo desconocido
(Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles)
Seguro que no hay nada. Vas a ver. Estos pueblos de provincia siempre igual. Una calle hundida por dos ruedas y dos ruedas más y dos ruedas más y así. Sí, la arena es poética cuando no te entra en los ojos y te quedás ahí tratando de sacarte esa molestia que es un granito pero molesta y hasta da vergüenza que uno se embronque por tan poca cosa pero la cosa es así, qué le vas a hacer. Qué se yo... yo antes había llegado a la conclusión por ese pequeño hecho del grano de arena de que la verdadera tristeza estaba en las pequeñas cosas pero ya no sé si es así. Aunque algo de razón tenía. Mirame ahora. Caminando por esta calle de pueblo inhóspito pensando para adentro como un tarado o en el mejor de los casos como un loco imaginándome de puro aburrido nomás qué cosa es la que puede esperarme cuando llegue yo a la esquina. Y no sé si es verdadera pero me da un poco de tristeza pensar que en esa esquina...que cuando llegue yo a esa esquina y mire casi esperanzado para los dos lados haciéndome el desentendido el indiferente no sea cosa de que venga alguien y me vea y diga... qué sé yo... la gente habla pavadas por que no sabe qué hacer. Lo que digo es que cuando yo llegue a esa esquina y mire para los dos lados con una ilusión de chico yo sé que no va a haber nada si en este pueblo nunca pasa nada y eso es triste. Mirá, ya hace no sé cuántos pasos que empecé a caminar por esta cuadra y ni un auto ni una moto ni... (o sí me parece que recién pasó no me acuerdo si una bici si una moto no sé) pero ni un accidente de autos ni un escándalo de gente qué sé yo. Decía que no ha pasado casi nada y el polvo de las calles que es muy poético para los que viven en la ciudad que se vuela porque ni el regador. En estos pueblos del interior yo no sé si eso es bueno o es malo pero uno tiene tiempo para pensar en cosas que yo creo que valen tan poco la pena como valen tan poco la pena las cosas que se piensan allá en las ciudades. Pero claro, la verdad es que acá uno piensa cada cosa... Mirá que ponerme a pensar en qué cosa puede haber detrás de una esquina...Yo nunca había hecho semejante cosa pero lo cierto es que las calles así se acortan. Cierto suspenso cierto deseo cierta cosa que te pasa por adentro acá en estos pueblos del interior que tienen las calles tan largas y tan largas y tan largas. Yo tengo la teoría de que las calles de los pueblos del interior son más largas que aquellas de las ciudades. Y no porque uno camina y camina y le parece a uno que no llega nunca porque ni un quiosco ni una farmacia ni una congregación de extranjeros para descifrarles la lengua...no. Son más largas porque tiene uno que caminar más pasos para llegar por fin a la esquina. Y además uno camina con todo el empeño y el paredón del patio del vecino que nunca termina ni cambia de color ni nada y los árboles se repiten cada diez once metros y las puertas y las ventanas y las puertas y las ventanas y las baldosas a veces... No. No. No hay nada. No va a haber nada. Qué va a haber. ¿Un perro? A lo mejor ¿quién sabe? un perro muy pero muy lanudo y con unos ojos que yo no había visto nunca. Y decir ¡qué barbaridad! ¡mirá qué perro y yo nunca haberlo visto! ¿de quién será? Seguro que es del barbudo del mercado. O del viejo Ádez. Él siempre con cosas raras nomás para impresionar y para decir que él tiene un perro que es muy lanudo y guarda no te vaya a morder porque uno nunca sabe con esos perros del diablo. Pero no. Los perros todos se parecen y por más lana que tenga es un perro y eso no es lindo para imaginar. Mucho mejor descubrir un asesinato. ¡Qué barbaridad tanto loco suelto y pensar que uno dice que en estos pueblos nunca pasa nada! Pero no. Tampoco. Más vale un amor oculto. Incestuoso ¿por qué no? por que ellos no van a creer que a esta hora y con este calor y por esta calle tan sin nadie siempre no van a creer que por esta calle tan sin nadie siempre viene alguien y menos que ese alguien soy yo y que enseguida lo voy a contar en el barrio para que de una vez por todas en este pueblo pase algo porque ya me está cansando esta vida de pueblo sin cataclismos ni volcanes ni terremotos ni huracanes ni nada. Sí. Seguro que descubro una infidelidad. Una trampa como le decimos acá. Un engaño. Pero me pregunto si será bueno o será malo llegar a la esquina y descubrir un engaño. En cierto modo es bueno porque al fin seré un privilegiado. Se supone que los engaños son engaños porque son tramposos y por ser tramposos están ocultos y si yo lo veo entonces la gente me distinguirá del resto de la gente y dirá de mí: “mirá, ahí va el que descubrió al fin que el Alberto le caminaba la azotea a la Hilda” o “el que vio al Búho y al primo...” Sí, tiene su parte buena. Pero igual creo que descubrir que era todo una mentira como esos cuentos que vos entrás como un chiquilín y después colorín colorado... Bah, no sé, pero igual me voy a apurar no sea cosa que se les dé por espiar y se asomen y yo como un gil acá caminando como si nada y llego a la esquina y ellos silbando y mirando como dos estúpidos cómo cantan los pájaros como si el canto de los pájaros no fuera siempre el mismo canto de siempre que no tiene forma de canto pero que en la ciudad se dice y se empecinan en decir que los pájaros cantan. Sí, pero si el engaño...? ¿Y si resulta que el engaño viene a desvendarme los ojos como en el juego del gallo que está ciego y busca como un condenado por toda la pieza y nunca encuentra nada hasta que al fin le sacan la venda y por ahí era Roberto y no Esteban al que tenía del brazo y qué lástima porque yo había creído que era Esteban y resulta que he vuelto a perder. ¿Y si resulta entonces que abro los ojos todavía un poco nublados de tanta venda y encuentro ¿qué sé yo? y encuentro... No. No va a haber nada. Detrás de las esquinas nunca hay nada. Eso pasa en las películas o en los libros y este pueblo por más que se empeñen algunos no es ni una película ni un libro. Es un pueblo. Además es mejor que no haya nada porque mirá si después de caminar y caminar pensando en qué se esconde detrás de la esquina descubro que sí, que había un perro lanudo ¿y qué hago, me querés decir?... ¿lo acaricio y le digo perrito menos mal que estabas vos porque me hubiera desilusionado mucho si no había nada y aunque vos no sos mucho, bueno, sos algo y algo es algo? O le digo que ¡fuera perro! que ¡qué anda haciendo un perro del diablo a estas horas que anda quitando la ilusión a la gente de ver un incesto o una orquesta de esas que tienen un director que les dice que tienen que tocar tal o cual nota y que si no lo hacen más vale que salgan corriendo porque los directores de orquesta son más malos que no sé qué! Pero es como siempre digo. Si uno va a perder el tiempo en imaginarse uno tiene que imaginarse cosas lindas... total... Pero ¿qué cosa linda puede haber detrás de una esquina en un pueblo tan del interior como este? Un cantero. Claro. Un cantero nuevo que puso ayer la señora de Pagela porque el marido albañil tanto y tanto insistirle le hizo al fin el cantero que tanto y tanto le insistía y ahí tiene su cantero y espero que ahora no se le ocurra poner un árbol en la cocina porque no vamos a tener lugar para comer y además queda como la mona. Y qué lindo cantero con ladrillos rojos pero la señora de Pagela lo pintó ella misma con unos colores que no sabés y le puso flores de todos los colores unas grandes y las otras chicas y de todas las especies que es un jardín, sí ¡un verdadero jardín! y esa es la novedad del pueblo. Y yo que no me había enterado porque, claro, si me la paso pensando taradeces todo el día qué me voy a enterar que la mujer de Pagela tan osada ella ha puesto un jardín al otro lado de la esquina con yo no sé qué cantidad de claveles y jazmines blancos. Pero ya lo esperaba yo. Siempre me pasa cuando me acerco a las esquinas. Las esquinas me hacen pensar en... ¿Acaso llegar a una esquina no es un poco morir? ¿Acaso una esquina no es un poco una pequeña muerte? No sé, quizá exagero. No sé, pero me dan unas ganas de volverme... Además esta esquina es distinta, no sé, es demasiado real y yo... ¿qué sé yo?... me había encariñado tanto... Siempre uno se encariña con la calle anterior. Es como una condena che. Pero esta esquina tiene algo de distinto. Yo no sé qué es. Es distinta y es peor. Y me acerco y algo se me acaba y es peor. Ahora que miro el cielo y está tan lindo... No sé, ahora me han dado como unas ganas de volverme que parezco un chico. Me ha dado como un frío que yo no sé si es el miedo o la nostalgia o esta manía mía de querer ver el misterio donde apenas hay una calle, una calle que se termina y una esquina vulgar. Es que las esquinas tienen algo... ¿Y si era cierto lo del asesinato? ¿Y si yo resulto ser el muerto? ¿y si de repente un cuchillo se asoma cuando llego y yo indefenso como un cordero me vine así sin nada en este verano que ni ropa ni mangas donde fingir un revólver con el dedo de la mano o un cuchillo para asustarlo para mirarlo de frente para mirarlo a la cara y no permitirle, claro, que me mire de soslayo que es muy fea la indiferencia y decirle que qué se cree andar matando a un pobre hombre que llega cansado ya de tanto verano y tanto pueblo y tanto llano pampeano y tantas ganas de llegar y repetirle con más firmeza que antes que qué se ha creído que uno no es nada, que uno no es digno y que me espere, ahora sí, que me espere que voy a buscar un cuchillo a mi casa y que vuelvo para pelearlo.
(c) Cristian Vitale
Acerca del autor:
"Nací en Francisco Madero, un pueblo casi real de la Provincia de Buenos Aires, el 16 de febrero de 1980. Me recibí de Profesor en Letras en el año 2006.Escribo para medios gráficos y tengo publicados textos de ficción y ensayos en antologías nacionales e internacionales. Publiqué mi primer libro de cuentos, De espaldas, en el 2010. Soy músico y docente".
Blog:
http://cristian-deespaldas.blogspot.com/
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imagen: Eugenio Daneri (de la muestra en el Museo Benito Quinquela Martín)
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miércoles, 8 de junio de 2011
Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires para Jorge Herralde
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| el editor Jorge Herralde, el Presidente del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires y el escritor Ricardo Piglia foto (c) Araceli Otamendi |
(Buenos Aires)
Araceli Otamendi
Se realizó un
acto en el Colegio Nacional Rafael Hernández de la ciudad
de La Plata con motivo de la entrega del Gran Premio
de la Provincia de Buenos Aires al editor Jorge Herralde
– fundador y director de la editorial Anagrama .
Hablaron en el acto
el escritor argentino Ricardo Piglia, Jorge Herralde y el Presidente del
Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires Lic. Juan
Carlos D´Amico.
El Gran Premio
de la Provincia de Buenos Aires surgió como iniciativa del
historiador y escritor Mario Pacho O´Donnell para reconocer a personalidades
internacionales por su aporte a la literatura mundial.
Estuvieron presentes
en el acto los escritores argentinos Mario Pacho O`Donnell y Alan
Pauls, personalidades de la cultura, funcionarios y alumnos de ese colegio
nacional.
En primer lugar
habló Ricardo Piglia quien destacó la trayectoria de Herralde y de
la editorial Anagrama, donde él mismo ha publicado varios libros. Piglia dijo
que Herralde es un editor atento a la literatura argentina. Publicó a Copi, y
a otros grandes autores. Y señaló también, al hablar
del Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires que hay que
destacar una tradición cultural de esta provincia ya
que que no hay una sola literatura argentina o nacional cuyo
eje es la ciudad de Buenos Aires sino que hay varias.
El escritor
argentino sostuvo que destacados escritores como Benito Lynch o Miguel
Briante, por ejemplo pertenecen a la tradición literaria de esa provincia.
La tradición
cultural y literaria de la Provincia de Buenos Aires, dijo Piglia,
generalmente estuvo entre la ciudad de Buenos Aires y la literatura regional
o del Interior (del resto de las provincias) sin pertenecer sin embargo a
ninguna de esas otras tradiciones. Y citó el caso de los escritores Juan José
Saer, Héctor Tizón, Antonio de Benedetto, Daniel Moyano, entre otros, que
pertenecen a la tradición de las literaturas regionales o “del Interior”.
Habría que hacer la historia de las tradiciones culturales relevantes, dijo Piglia. Ese es un trabajo que hay que hacer: la tradición cultural de la Provincia de Buenos Aires debe ser recuperada.
Ricardo Piglia
también destacó que en el Colegio Nacional Rafael Hernández, donde se
realizaba el acto, enseñaron Martínez Estrada y Henríquez Ureña. Se daba el
caso en que intelectuales de esa talla pudieron o
prefirieron enseñar en dicho ámbito y no en la Universidad,
sobre todo cuando había tensiones políticas.
Jorge Herralde
agradeció el premio al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y
también a Mario Pacho O´ Donnell, el impulsor del premio y destacó a Ricardo
Piglia, gran autor y gran amigo, dijo, y agregó: después de la conferencia de
Piglia el fracaso para hablar está asegurado, haciendo hincapié
en las dotes de Piglia como conferenciante.
Herralde preparó dos
textos sobre el oficio de editor que leyó ante la audiencia.
El fundador y
director de la editorial Anagrama destacó que para un editor lo único sagrado
es la coherencia de su catálogo.
También afirmó que
el editor muchas veces debe arriesgar cuando sabe que el autor que edita no
venderá muchos libros. Eso es tener en cuenta le lucro cesante a cambio de un
aumento del capital simbólico.
Este mensaje sólo
puede ser decodificado, dijo, por aquellos lectores que siguen una
trayectoria editorial como es la de Anagrama.
Herralde
destacó también que una trayectoria como la de la editorial Anagrama requiere
el apoyo de la prensa cultural y de los críticos literarios en los
tiempos en que el mandarinato está tan extendido y se reduce a los suplementos
dominiciales a los que el escritor Vicente Verdú ha titulado: literatura
infantil para adultos.
También señaló la
voracidad de los grandes grupos editoriales y el síndrome del padrino de
los agentes literarios cuando ofrecen los autores a las editoriales: se
trata de una oferta que no se puede rechazar, dijo con humor.
Luego Herralde
destacó el delicado trabajo con los autores, ya que como decía Marlon
Brando: actor es uno que si no estás hablando de él no te escucha. La
misma frase, se podría aplicar a los escritores, señaló humorísticamente.
El fundador de
Anagrama habló también de esta era como extremadamente mutante y como en
muchos casos un escritor desconocido de la mano del comercio global y de la
tecnología pasa a ser de inmediato un escritor famoso o que vende miles de
ejemplares.
También citó el caso
de la proliferación de festivales literarios donde el escritor se convierte
en una mezcla de viajante de comercio, músico de rock y predicador.
El editor habló
también de Gastón Gallimard, quien no publicó sus memorias pero sí su
correspondencia con Paul Claudel, Proust y Celine. Herralde señaló que en las
cartas intercambiadas entre esos autores y Gallimard se podían advertir los
celos y comentarios adversos que aquéllos
hacían en contra de otros autores de la época que Gallimard
publicaba.
Jorge Herralde
destacó también a los autores del catálogo editorial de Anagrama, grandes
nombres de la literatura como Paul Auster, Patricia Highsmith, Nabokov,
Antonio Tabucci, Enrique Vila-Matas, los novelistas
británicos Julian Barnes, Ian McEwan, Richard
Kapuscinski, y José Antonio Marina en ensayo, entre otros.
Herralde ha editado
también las obras del chileno Roberto Bolaño.
Todavía no hay
que despedirse de Gutemberg dijo Herralde, los escritores deben producir
libros cada vez más deseables como objetos, afirmó.
Entre los escritores
argentinos publicados por esa editorial y destacados por el editor están
Martín Kohan, Alan Pauls, Martín Caparrós, Ricardo Piglia y señaló una
antología profética con Rodolfo Fogwill, Alan Pauls, Rodrigo Fresán y César
Aira.
También destacó su
interés en seguir publicando libros de ensayo además de narrativa. El ensayo
es un tercio del catálogo editorial, dijo Herralde, quien estableció el
Premio Anagrama de Ensayo y el Premio Herralde de novela.
Acerca de Jorge
Herralde:
Jorge Herralde es fundador y director de
la Editorial Anagrama, cuyos primeros títulos aparecieron
en 1969. En el catálogo de Anagrama figuran hasta la fecha
más de 2500 títulos y en él pueden encontrarse muchos de los autores
contemporáneos más significativos en el ámbito de la narrativa y el ensayo,
tanto en traducciones como en lengua española. La editorial concede dos
galardones anuales para obras inéditas, de gran prestigio intelectual en el ámbito
de habla hispana: el Premio Anagrama de Ensayo desde 1973 y el Premio
Herralde de Novela desde 1983. Jorge Herralde ha recibido diversos galardones
por su actividad editorial: entre ellos en 1994, el Premio Nacional a la
Mejor Labor Editorial Cultural, otorgado en España por primera vez, el
Premio Targa d'Argento La Stampa Tuttolibri de 1999 otorgado
por la Associazione BibliotecaEuropea en colaboración con dicho
periódico. En 2000 recibió el Premio Clarín otorgado por los libreros de
Oviedo y también la Creu de Sant Jordi "por la prestigiosa
singladura que ha llevado a cabo al frente de la Editorial Anagrama,
renovando nuestra sensibilidad a través de la instroducción en el Estado
español de los principales autores europeos y americanos contemporáneos, en
cuidadísimas traducciones.
En el 2002 Herralde recibió el Reconocimiento al Mérito Editorial de la Feria del Libro de Guadalajara y en el 2003, en Italia, el Premio Nazionale per la Traduzione del Ministero per i Beni Culturali. En el 2005 recibió la distinción de Oficial de Honor de la Excelentísima Orden del Imperio Británico y el Premio Grinzane Editoria. En el 2006 fue nombrado Commandeur de l'Ordre des Arts et des Lettres. Como autor, Jorge Herralde ha publicado cuatro libros relacionados con su trayectoria editorial: Opiniones mohicanas (Aldus, México, 2000; edición ampliada El Acantilado, Barcelona, 2001), Flashes sobre escritores y otros textos editoriales (Ediciones del Ermitaño, México, 2003), El observatorio editorial (Editorial Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2004), Para Roberto Bolaño (publicado simultáneamente en otoño de 2005 por Acantilado (España), Adriana Hidalgo (Argentina), Alfadil (Venezuela), Catalonia (Chile), Sexto Piso (México) Villegas Editores (Colombia) y por Estruendomudo (Perú).
© Araceli Otamendi –
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Publicado el
25-6-2008
|
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domingo, 8 de mayo de 2011
Radio: Museo de la novela eterna por AM 750
(Buenos Aires)
Con el título de un libro de Macedonio Fernández, el programa de radio “Museo de la novela eterna” se emite por AM 750 los sábados de 8 a 10, conducido por Pablo García y Gabriela Borrelli con la producción de Laura Macchi.
El programa tiene una buena producción, es ameno y se dedica a hablar de literatura, intercalando música, y entrevistas a escritores y gente de la cultura, que dan su opinión y testimonio relacionado con el tema que se trata. También los oyentes participan llamando a la radio y dejando sus mensajes. El sábado 30 de abril participé en el programa que estaba dedicado a la escritora argentina Martha Mercader, autora de la novela histórica Juanamanuela mucha mujer, una buena novela y además un best seller internacional, inspirada en la vida de Juana Manuela Gorriti. Martha Mercader fue autora de varios libros como Solamente ella, Belisario en son de guerra, Para ser una mujer, entre los más conocidos y también escribió obras de teatro, cuentos para niños, guiones de cine y televisión. Fue diputada nacional por el radicalismo y también ejerció cargos públicos como Directora de Cultura de la Provincia de Buenos Aires y durante el gobierno de Raúl Alfonsín fue designada Directora del Colegio Mayor Nuestra Señora de Luján, dependiente del Ministerio de Educación de la Argentina, en España.
Cuando estaba hablando de Martha y de sus obras y su trayectoria, ya que la conocí personalmente y la traté también durante un largo tiempo, irrumpió la triste noticia de la muerte de Ernesto Sabato. Lamento mucho la muerte de Sabato, lo lamenté también cuando hablaba por radio. Sabato ha sido un escritor controvertido, polémico, pero ¿qué gran escritor argentino no lo ha sido?, me pregunto, cosa que también dije en el programa.
Para escuchar la radio en vivo:
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domingo, 1 de mayo de 2011
Cuento: Noche ciega - Homenaje a Ernesto Sabato
A Ernesto Sabato
Si no me hubiera encontrado con Germaine, si no me hubiera hablado del video, de los ciegos, de Sabato jamás me hubiera puesto a escribir lo que escribí. Además creía que lo de la televisión era una coincidencia más, pero Germaine me aclaró: se pretende demostrar que la gente cree más en ficciones y menos en realidades. Por supuesto le digo, por supuesto, y sigo sin entender.
Vacilo, doy vueltas, la taza de café, el agua, todo está listo para comenzar. La lapicera apoyada sobre la hoja en blanco. La tinta correrá de prisa, se deslizará y garabateará las letras. La historia está.
Se me había ocurrido una frase genial: “la noche es ciega”. Porque no nos ve. ¿Por qué somos tan ilusos que creemos ver algo adentro de ella? Pero no, es ciega porque es oscura, es negra, es opaca como los ojos de los ciegos. Pobrecitos, tengo una obsesión con el famoso “informe” de Sabato. Un día, no me acuerdo cuál, iba caminando por Florida desde avenida de Mayo hacia Corrientes. Tenía el “informe” intacto en la memoria y me cruzo con un ciego muy joven, delgado y buen mozo que apoyaba sus manos en el bastón blanco. Hacía calor y era temprano, una mañana recién nacida y el ciego esperaba. Me puse a mirar la vidriera de Pierre Cardin y con fantasías al ciego que hubiera jurado que veía. A los diez minutos llegó una chica y se besaron. Se me está haciendo tarde aunque como dijo Bergson el tiempo es una división de la conciencia.
Todo puede ser casualidad. Me encuentro con Germaine. Me pregunta si la vi por televisión y no entiendo nada. Porque la había visto pero no sabía que era ella. Protagonicé un programa sobre Sabato – me dice. Yo era Alejandra. Pero si vos no sos actriz, le digo. ¿Eso qué tiene que ver? – me responde. Y tiene razón. Sigo sin entender nada. Luego me dice: la casa de Sabato era y no era. ¿Qué tiene que ver todo esto? El ciego estaba con la chica. Los dos se fueron caminando tomados del brazo hacia Diagonal Norte donde una vez los vi bajar de un taxi a Borges y a María Kodama. Me acuerdo que él tenía una remera verde esmeralda, no Borges no, el ciego. Y ella un vestido blanco. Era bajita y tenía el pelo castaño oscuro. Ella sí veía. Parecían felices. A los dos días estaba yo en el club esperando a alguien y aparece el ciego con el bastón y la misma remera. Se detiene cerca de la puerta de entrada y se queda ahí muy quieto. Germaine me dice que hay más casualidades y que en la casa de Sabato había vivido su madre cuando era chica y no era de Sabato. En Santos Lugares, al lado vivía Jorge Amado en sus años de exilio en la Argentina. Sigo sin entender. El ciego se encuentra con la chica, se besan, conversan unas palabras y se van. A esta altura de los acontecimientos alguien dirá si el “informe” me ha hecho mal. Y yo digo que no, que es pura casualidad. Tendría que escribir la historia de Paulina, era tan fácil pero ya no sé por qué sigo escribiendo todo esto. Germaine dice que la abuela dice que Jorge Amado era un perverso que se deleitaba mirando a los conejos del jardín, como hacían el amor.
Ay, qué espantoso es viajar en subte. Debía ir a un lugar a comprar unos materiales para un cuadro. Me recomendaron la línea E, frente al Cabildo. Otra coincidencia con el informe. Además esa línea es infame por lo vacía, casi nadie viajaba. No sé por cuánto tiempo evité el subte después de aquél día. Llegué a San Juan y Boedo. Caminé algunas cuadras, compré los materiales y emprendí el regreso. Y otra vez me encuentro con el ciego. Parado en la entrada de una casa vieja, que ni memoria tiene, a su lado un perro, el clásico perro ¿pero cómo me pude olvidar de ese detalle? En el club el ciego también estaba con el animal. Y había un chico junto a él. Era una típica casa baja y chata con patio exterior y sin árboles, qué aburrido. Ya casi, casi estaba por pedir a gritos un exorcismo. Pero no, me quedé por ahí, disimulando no sé qué extrañeza. Durante un rato observé la pasmosa tranquilidad del ciego, su expresión boquiabierta, su sonrisa trágica. Pero esta vez la chica no apareció. Qué tema.
Café, agua con hielo y el sol que quiere atreverse a entrar pero no puede, es rechazado por el vidrio oscuro, una veladura diría si estuviera pintando. ¡Qué lástima! ¿Cómo abandoné mis cuadritos que tanto bien me hacían? Pero el arte no sé quién lo dijo no se hace para el bien de nadie, es una forma de reparar lo irreparable, de juntar piezas rotas, de crecer ¡qué palabra más gastada! Hoy todo el mundo quiere crecer. Como los chicos que quieren ser grandes y después cuando tienen la estatura de mamá o de papá se dan cuenta de que no saben qué hacer con sus vidas. Pero en este momento sí, creo saberlo. Me dio pena verlo así, esperando, con sus anteojos oscuros y una sonrisa extraña. Nunca había oído su voz y la imaginé gutural, como salida de una caverna. Hubiera querido preguntarle algo ¿pero qué? Sería ridículo preguntarle la hora justamente a él ¿y si luego seguía la conversación? ¿qué le diría? Hemos visto innumerables películas donde los ciegos ocultan que han recuperado la vista. ¿Cómo confiar en ellos? Otra tarde en el club. En el bar la había visto a ella acompañada por un hombre joven, no sé si era lindo porque me quedé azorada y enseguida pensé en el ciego, en el perro y en la casa de San Juan y Boedo. No lo conocía pero ¿por qué me lo cruzaba siempre? No sé. Y esa sonrisa extraña en su boca. Comenzó a mover su bastón de izquierda a derecha y al revés, porque viceversa me parece una palabra horrible. Di vuelta la cabeza pero no pude, no pude decirle nada ¿qué tendría que haberle dicho? ¿desde cuándo me importaban las vidas ajenas? La chica tenía el vestido blanco y corto. Era bajita pero bien formada. El ciego pasó el control del portero y caminó junto a su perro y no sé, no sé cómo podía seguir ese pasillo con tantos recovecos y escalones que hay que subir y bajar. Porque ascensores hay muchos. Era la época en que había abandonado la esgrima cansada de soportar que por no entrar en el juego de todas se acuestan con todos, se pasaran películas pornográficas en la pequeña sala de reuniones de la sala de armas. Y después ¿qué te pareció? Y nada ¿qué me va a parecer? Nada. Y tuve el temor de que el ciego llegara hasta aquí, al piso nueve. Se detuvo ante la puerta de la sala. El ruido del acero llamó su atención. Seguramente lo habría escuchado antes. Tuve miedo.
Hicimos un viaje corto a las Caldas da Emperatriz, muy cerca de Florianópolis. Creí que había llegado a Shangri-la. Todo el mundo vestía salida de baño blanca. Piscina de agua mineral interior, piscina exterior, la vegetación que cuelga de cualquier parte y cruza cascaditas y puentes. El vivero, el hotel un paraíso que no se puede creer. Dentro de la habitación un baño con una bañera enorme de donde sale también agua mineral y los consejos: mientras toma un baño de inmersión debe beber dos botellitas de agua que están en la heladera. Antes de dormir jugar al pool, y charlar cafecinho mediante. En la cama mirar la película que pasan por video cable. Y después hacer lo que quieras. Y entre las cosas que se podían hacer estaban darse un masaje. Claro, estuve media hora nadando en la piscina interior, rodeada de enormes helechos naturales, bañándome también con la luz que se filtraba del techo. Tenía turno después. Cuando entré casi me muero. El masajista era un ciego. Tenía anteojos negros. Y esa voz tan particular. ¿Dónde quiere el masaje? En la espalda – le dije. Y me preguntó el nombre. Enseguida me dijo que ese lugar había sido elegido para descansar por una princesa portuguesa que llevaba mi nombre. ¿Qué le pasa? – me dijo. Está tensa. Y sí, lo estaba. ¿Por qué? – insistió. ¿Cómo explicarle mi temor ante los ciegos? Mi desconfianza. ¿Y si ese hombre supuestamente ciego me amasaba la espalda pero mientras no hacía más que mirarme? Yo también soy casado – me dijo. Tuve que sacar conclusiones. Y me sentía molesta. Tenía dedos mágicos que quitaban el dolor de espalda. Cuando quiera vuelva – me dijo. Era joven y feo. Y esos terribles anteojos oscuros. Me puse la salida de baño y caminé un rato por el parque. Luego me senté a tomar un cafecinho en el lobby y un jugo también. Les molestaba servir cafecinhos, será porque son gratis.
Si Van Gogh hubiera sido ciego el mundo hoy sería distinto. Y Antonin Artaud no habría podido escribir lo que escribió. Pero por suerte para los que pudimos ver sus cuadros Van Gogh veía. Aunque no todos los que podemos mirar vemos en realidad lo que creemos que vemos. Y los ciegos deben ver otras cosas que ni siquiera imaginamos. El ciego llegó al noveno piso del club y sintió el perfume de ella. Y acarició su ausencia con los otros sentidos. Se sentó en el lugar donde hacía poco ella hablaba con otro. Desde el teléfono público de afuera, con la monotonía de la hora oficial en mi oído contemplaba la escena. La reconstrucción de los momentos anteriores a través del olfato. El ciego acariciaba al perro sentado a su lado. Y la chica besándose en los pasillos con el otro. Sentí el tintineo de las monedas para hablar por teléfono y el resoplar de un hombre que miraba su reloj y movía impaciente el pie izquierdo haciéndome notar lo prolongado de mi conversación. ¿Cómo explicarle? La risa de la mujer tan lejos del lugar, caminando por la 9 de Julio. Y el ciego no terminaba su café. ¿Cómo decirle todo eso y que el teléfono no era más que una excusa? Colgué el tubo y me fui. El violeta su fundía en el azul y las siluetas de los edificios ya se recortaban en el atardecer de Buenos Aires.
Al lado mío Fernando Vidal Olmos debe ser un poroto. Porque si bien él sabía sobre la confabulación de los ciegos mis temores son más grandes todavía. ¿Y si el romance del ciego y la chica no hubieran sido más que una excusa para llamar mi atención? ¿Por qué Florida 1 esa mañana, por qué cerca de la zapatería y de Pierre Cardin? ¿Acaso sabían que siempre me detenía ahí antes de llegar a la oficina? ¿por qué justamente ese club? ¿por qué la casa de San Juan y Boedo? Y ahora el triángulo. Y las preguntas fueron aumentando hasta un límite intolerable. Y una tarde saturada de humedad y de calor aumentó mi sorpresa. Salí de Perón y Reconquista hacia Florida. Luego Florida hasta Corrientes. Y una más hasta Lavalle. A las siete iríamos al cine. Me encontré con él. A las siete y cuarto empezaba la película. Sentí una voz conocida detrás de mí. Enseguida me dí vuelta y los vi. El ciego y la chica. ¿Cómo explicarle a él todo eso? Vamos, por favor, vamos a otro cine. ¿Pero qué te pasa? No me gusta la película. El tema, el tema es un absurdo, no me interesa. ¿Y ahora qué hago con las entradas? No sé, devolvélas. Y mientras, en el cine, los movimientos del ciego se ejecutaban uno tras otro. Apenas comenzada la película le desabrochaba la blusa a la chica y acariciaba sus pechos carnosos como melones maduros. Ella se excitaba como una gata recién desflorada. Antes de llegar a la mitad de la película salieron del cine. Y cuando ya me había comido las frutas de un trago largo en un boliche de Carlos Pellegrini los vi pasar. Vamos, tenemos que salir de aquí – dije. ¿Adónde? Me miró perplejo. – No sé, hace calor, a tomar aire fresco. Y nos fuimos. Pero habían desaparecido de nuestra vista.
Ya había terminado de repasar todos los temas del examen que rendiría a la noche cuando salí de la biblioteca y me fui a cambiar al vestuario. Nadé un rato en la pileta. El vapor inundaba el ambiente y el griterío de los chicos aumentaba la confusión que ya tenía con las series convergentes y divergentes. Si el término general de la serie tiende a cero – intenté recordar mientras pataleaba en el agua - ¿la serie tiende a cero, a uno o a infinito? Maldito sea, lo había olvidado. Como había olvidado también los extraños sucesos de aquella tarde. El ciego había entrado en la biblioteca y se había sentado frente a una de las largas mesas. Sólo estábamos él, yo y el encargado de la biblioteca, un hombre con cabeza de tortuga y enormes anteojos con aumento, que no hacía más que fumar y mirar el techo.
Y yo con mis cálculos, papeles y libros de análisis matemático. Pues bien, se sentó frente a una de las vitrinas adosadas a las paredes donde se guardan los libros de colección que ni el jefe sabe que existen. Aunque el ciego estaba de espaldas a mí podía ver su cara reflejada en los vidrios. Limpió sus anteojos con un pañuelo que extrajo de un bolsillo. Tal vez le molestaran – pensé. Me llamó la atención que se hubiera puesto saco aquella tarde porque nunca lo había visto vestido así. No podía dejar de mirarlo. Introdujo su mano derecha en el bolsillo y por unos instantes la retuvo ahí. Luego sacó algo. No podía ver qué era. Sólo sé que lo limpiaba con el pañuelo. A través del vidrio me pareció que jugaba con un revólver. Miré hacia donde estaba el encargado. Se había dormido como siempre. Los anteojos del ciego relucían en la vitrina. Ahora sí, era evidente que tenía un revólver entre sus manos ¿estaría cargado? No me importaba. Las armas nunca me gustaron. Me sentí desprotegida como cuando jugaba sola en el patio del colegio de monjas después que todos los chicos se habían ido. Y ni siquiera estaban los ángeles ni los arcángeles, sólo las monjas con sus baberos duros y blancos.
Rápidamente guardé los libros como pude y los otros objetos y me dirigí hacia la puerta. Alguien tocó mi espalda. Me sobresalté. ¿Podría decirme qué hora es? – dijo el ciego. Sí, sí, claro. Las cuatro y media – contesté mientras sostenía el picaporte de la puerta. Supuse que el revólver dormía en su bolsillo y pasé veloz el control de la entrada. El ciego se quedó parado cerca de la puerta como siempre.
Cada vez que paso por La Alameda en la Costanera Sur revive en mí la escena. Porque el lugar tiene misterio. Tan próximos el Museo de la Cárcova, las Nereidas y ese kiosco digno de verse. La fotografía de Gardel tipo almanaque colgada de una heladera industrial, la jaula con el cardenal saltando de una maderita a la otra y el tipo que atiende. La suciedad en todo su esplendor extendiéndose por dondequiera que uno mire. Todo se salva por el fresco en verano y el aroma de los árboles y el pasto.
Aquella tarde bochornosa vi salir rápidamente a la chica. Bajaba la escalera del club como quien se prepara para competir en un concurso de garrocha. Siempre con su pollera corta y el pelo recién lavado. Yo esperaba el ascensor pero volví sobre mis pasos. El ciego, casi al lado de la biblioteca esperaba con el saco puesto. Se besaron y salieron casi enseguida. Ella paró un taxi. Se bajaron en la Avenida Costanera y Belgrano. El la sostenía por la cintura y ella apoyaba la cabeza en el hombro de él. En aquella época las prohibiciones de no estacionar ni detenerse alejaban a los transeúntes, como ésa que estaba en el alambrado, separando la vereda ancha de los escombros y la tierra antes del río. El ciego besaba a la chica embriagándose con su perfume. El vestido levantado de ella y el cuerpo tostado, caliente y juvenil. La noche lo envolvía todo con su color tenebroso pues no había estrellas y la luna se ocultaba tras un círculo de nubes. Dos de los cuatro ojos se acercaron sigilosos ocultándose en la negrura. Y aprovechando el olvido de la pareja uno de los sujetos apuntó con un dedo en la espalda del ciego. Dejámela un ratito – le dijo. Hijo de puta – respondió el ciego. La chica comenzó a correr. Sin saber adonde, tal era la oscuridad y profiriendo gritos de desesperación mientras el ciego la buscaba en vano, el otro se había abalanzado sobre ella. ¡Alto!, deténgase, profirieron las voces y luego varios disparos interrumpieron el canto de los grillos. Cuando amaneció la luz del sol iluminó los rostros inertes y fríos del ciego y la chica tendidos en la vereda.
© Araceli Otamendi
imagen: Calle Corrientes -fotografía de Horacio Coppola (de la muestra en el Malba)
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Sobre héroes y tumbas
sábado, 30 de abril de 2011
Murió Ernesto Sabato
(Buenos Aires)
A los 99 años murió hoy Ernesto Sabato.
Se fue un gran escritor argentino.
leer más acerca de Ernesto Sabato:
http://archivosdelsur-pciabsas.blogspot.com/2010/06/ernesto-sabato.html
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