"...Aún hoy, cuando recuerdo la visión de aquellos viejos durazneros en flor, con sus troncos del espesor del cuerpo humano y los enormes montones como nubes de miríadas de flores rosadas contra el transparente cielo azul, no estoy seguro de haber visto en mi vida algo de más perfecta belleza. Sin embargo, esta gran hermosura no era sino la mitad del encanto que hallaba en aquellos árboles; la otra mitad era la música de los pájaros que salía de ellos. La producía una sola especie, un pequeño jilguero de color amarillo verdoso, del tamaño de un pardillo europeo pero con el cuerpo más largo y delgado, parcido a éste también en sus hábitos. Como aquél se reúne en el otoño en inmensas bandadas, que se mantienen unidas durante los meses de invierno, cantan en concierto y no se dispersan hasta que vuelve la época de reproducción. En un país donde no había cazadores de aves ni hombres que persiguieran a los pajaritos, las bandadas de estas avecillas llamadas mistos por los nativos, eran mucho más numerosas que ninguna de pardillos que se haya visto en Inglaterra...".
(fragmento de "Allá lejos y hace tiempo", traducción: Alicia Jurado
Editorial Emecé
Archivos del Sur - Escritores de la Provincia de Buenos Aires -Revista cultural argentina Archivos del Sur se edita desde Buenos Aires- Argentina- Año 21- Edición 256- agosto de 2022 -Fundada en mayo de 2002- ISSN 1575-9393- Registro de la propiedad intelectual Nro.55060538 - La revista Archivos del Sur es propiedad de Araceli I. Otamendi Directora- Editora: Araceli Otamendi .Derechos de autor reservados.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Guillermo Enrique Hudson
Guillermo Enrique Hudson nació en la ciudad de Quilmes, en una modesta estancia en el año 1841. Era hijo de padres norteamericanos, descendientes a su vez de ingleses.
A los cinco años de edad, la familia se trasladó cerca de Chascomús, donde su padre manejó una pulpería. Los problemas económicos unidos a padecimientos físicos y ala muerte de su madre marcaron el fin de una infancia feliz.
Realizó múltiples viajes interesándose por sus habitantes, costumbres, historia, estado social, clima, topografía, vegetación y especies animales, sobre todo las aves.
Sirvió en el ejército, trabajó de peón y conoció Uruguay y el Brasil. Hacia 1871 recorrió la Patagonia. A los treinta y dos años partió hacia Inglaterra para no volver.
Había comenzado ya a escribir en inglés. Se estableció en Londres y se casó con Emily Wingrave, quince años mayor que él. En 1885 publicó The Purple Land (La tierra purpúrea), primera novela escrita diez años antes. En su abundante producción posterior fue alternando obras de reminiscencias argentinas como The Naturalist in La Plata (El naturalista en el Plata) e Idle Days in Patagonia (Días de ocio en la Patagonia) con volúmenes dedicados a su país adoptivo. Poco a poco la producción literaria permitió a Hudson subsistir dignamente. Fruto de su pasión por la vida silvestre, y la ornitología en particular, sus obras se nutren de la bella campiña inglesa, y, esporádicamente evocan el ya lejano pasado sudamericano. El libro Allá lejos y hace tiempo es de 1918. Birds of La Plata (Aves del Plata) de 1930. El año siguiente murió Emily, y en 1922 murió Hudson, reconocido ya como uno de los grandes escritores ingleses de su generación.
A los veinticuatro años, Hudson se contactó con el Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires, con los ornitólogos Spencer Fullerton Baird y Phillip Lutley Sclater. Al poco tiempo empezó a remitir parte de sus colecciones al Institutio Smithsoniano de Washington. El envío sumó más de seiscientas pieles, correspondientes a ciento cuarenta y tres variedades autóctonas que de allí fueron transferidas a la Zoological Society de Inglaterra. Dos de esas especies fueron bautizadas con el nombre de su descubridor: Granioleuca hudsoni y Cnipolegus hudsoni. Años más tarde, Hudson conoció a Francisco Moreno, pero más allá de estos vínculos, Hudson no tuvo una relación continua con el mundo académico.
La selva maravillosa es uno de sus más famosos libros. En homenaje a Hudson, el Instituto de Literatura de la Provincia de Buenos Aires editó en su homenaje, en 1971 Hudson en Quilmes y Chascomús (estudio, selección y notas de Alcides Degiuseppe).
Bibliografía:
W.H. Hudson, Allá lejos y hace tiempo, Editorial Emecé
Pilía, Guillermo. Diccionario de escritores bonaerenses (Coloniales y siglo XIX). La Plata, Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, 2010.
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jueves, 27 de enero de 2011
Manuel Puig
Manuel Puig en la Tradición Literaria Argentina*
Manuel Puig nació en General Villegas, Provincia de Buenos Aires en 1932 y murió en Cuernavaca, México en 1990. Publicó las novelas "La traición de Rita Hayworth", "Boquitas pintadas", "The Buenos Aires affair", "Pubis angelical", "Maldición eterna a quien lea estas páginas", "Sangre de amor correspondido", "Cae la noche tropical". También publicó crónicas de Nueva York, Londres y París, publicadas por Puig en la revista Siete Días ilustrados y recogidos en Bye-Bye, Babilonia. En Estertores de una década, Nueva York `78, los relatos que lo integran hacen un hito: nunca en la literatura argentina nadie se había atrevido a hablar tan abiertamente sobre la sexualidad, el deseo y la violencia. Pero lo más significativo en la literatura de Manuel Puig, es el lenguaje y el cambio de perspectiva. Cuando aparece su novela "Boquitas pintadas" los críticos dicen que la novela no está escrita por Puig sino por sus personajes. Según el escritor Juan Carlos Onetti: "Después de leer dos libros de Puig, sé cómo hablan sus personajes pero no sé cómo escribe Puig, no conozco su estilo". Los personajes de Puig cuentan películas para hablar de otra cosa. También los críticos hablan de la obra de Puig destacando las nuevas relaciones abiertas por el arte de los ´60 entre reproducción y obra única, entre alta cultura y cultura masiva, entre culturas centrales y culturas periféricas, entre experimentación estética y formas populares.
"La traición de Rita Hayworth" una de las novelas de Puig, originalmente había sido concebida como un libreto cinematográfico. Pero el texto literario se impuso a la impersonalidad del guión. Con sólo dos novelas publicadas, "La traición de Rita Hayworth" y "Boquitas pintadas", Puig se convirtió en uno de los escritores importantes de la década del setenta. Le Monde convocó a una reunión de críticos y los críticos concluyeron que "La traición de Rita Hayworth" era una de las cinco novelas más importantes publicadas en Francia en el bienio 1968-69". (c) Araceli Otamendi - Archivos del Sur
sábado, 6 de noviembre de 2010
Lucio V. Mansilla
Poncho del Gral. Lucio V. Mansilla
Ranquel
Lana de oveja. Faz de urdimbre.
Colección Museo Histórico Nacional
Poncho del General José de San Martín
Pehuenche
Pelo de camélido. Faz de urdimbre
Colección Museo Histórico Nacional
Poncho del cacique Calfucurá
Araucano
Lana de oveja. Faz de urdimbre.
Colección Museo Gauchesco "Ricardo Guiraldes",
San Antonio de Areco, Provincia de Buenos Aires.
Lucio V. Mansilla (1831-1913) Nació en Buenos Aires. Militar, político y escritor. Era hijo del General Lucio Norberto Mansilla - que luchó contra las potencias europeas en la Vuelta de Obligado - y de Agustina Rosas, hemana menor de Juan Manuel.
Su obra más famosa es "Una excursión a los indios ranqueles", premiado en el Congreso Geográfico Internacional de París. También escribió Entre-nos, Rozas y Mis memorias.
A los diecisiete años y por consejo paterno emprendió un viaje de negocios hasta la India que de regreso le permitió visitar Asia, Egipto y Europa.
Retornó a Buenos Aires en 1851 pero cuando se produjo la derrota de Rosas, su padre lo llevó al extranjero y en París alternó con la sociedad europea.
Participó en la batalla de Pavón y luego en la Guerra del Paraguay.
En 1869 Sarmiento lo designó jefe de la frontera contra los indios en Río Cuarto, al sur de Córdoba.
En su carrera militar alcanzó el grado de General de división, y en política bregó por las candidaturas presidenciales de Avellaneda y Roca.
Se radicó en Europa a partir de 1896 para vivir sus últimos años en París.
Fue un hombre de mundo, y con un estilo literario de acuerdo con el romanticismo y positivismo que caracterizaron a la época. Llevó una vida ostensible y exhibicionista, probablemente para disipar las prevenciones de los círculos sociales porteños que podían reprocharle su parentesco con Rosas.
Bibliografía:
Pilía, Guillermo, Diccionario de Escritores bonaerenses (coloniales y siglo XIX). La Plata, Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, 2010
Biblioteca Cervantes Virtual
Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles
ver nota blog muestras/arte: muestra Las Pampas, Arte y cultura en el Siglo XIX en la Fundación Proa
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jueves, 21 de octubre de 2010
El mago - César Aira
El mago, César Aira
Editorial Mondadori
139 páginas
(Buenos Aires) Araceli Otamendi
En “El arte narrativo y la magia” Jorge Luis Borges dice: “el problema central de la novelística es la causalidad. Una de las variedades del género, la morosa novela de caracteres, finge o dispone una concatenación de motivos que se proponen no diferir de los del mundo real. Su caso, sin embargo, no es el común. En la novela de continuas vicisitudes, esa motivación es improcedente, y lo mismo en el relato de breves páginas y en la infinita novela espectacular que compone Hollywood con los plateados idola de Joan Crawford y que las ciudades releen. Un orden muy diverso los rige, lúcido y atávico. La primitiva claridad de la magia...”.
Y es la magia lo que está presente en el libro “El mago” de César Aira, autor de numerosas novelas, entre ellas “Ema, la cautiva”, “Cómo me hice monja”, “La mendiga” y “Cumpleaños” donde un mago “verdadero” es el protagonista. En la narración de Aira se produce el efecto que piensa Borges como “única posible honradez” en la novela, el proceso mágico, “donde profetizan los pormenores, lúcido y limitado”. Hans Chans, el mago y protagonista de la novela de Aira, acostumbrado a desarrollar su oficio de mago ha ocultado durante toda su vida su don de verdadero mago. Pero esta vez, durante un viaje a un congreso de magos en Panamá se propone demostrar su capacidad ante los colegas. A medida que la novela avanza, magia y narración se van uniendo en una suerte de hechicerìa y éste es uno de los principales méritos de la novela. Al respecto dice George Steiner: “... y quienes nos hablan son los poetas. “Es el hechicero –diràn los antropólogos- y no sabemos de culturas donde el poeta y el hechicero no sean, al principio, la misma persona”. En este caso extiendo la definición de poeta a la de narrador.
Si nos remontamos al surrealismo, los participantes de ese movimiento estimaron que “el ùnico dominio explotable que le quedaba al artista era el de la representación mental pura tal como se entiende màs allà del de la percepción verdadera”.
“El mago” es en síntesis una metáfora de la creación literaria, una liberación y una exploración de los deseos, narrada excepcionalmente, con la excelente prosa del escritor argentino César Aira.
Bibliografía:
Jorge Luis Borges, “El arte narrativo y la magia”, Obras completas, editorial Emecé
George Steiner, “Presencias reales”, Editorial Destino S.A.
André Breton, “Magia cotidiana”, Editorial Fundamentos
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César Aira
César Aira nació en Coronel Pringles, Provincia de Buenos Aires en 1949.
Es escritor y traductor y ha publicado numerosos libros de novela, cuentos, ensayo y teatro.También ha colaborado en diversos periódicos y medios de comunicación y ha ejercido la docencia en universidades de Buenos aires y Rosario.
Entre sus obras más conocidas se pueden citar Ema, la cautiva, Un episodio en la vida del pintor viajero, cumpleaños, El mago, La mendiga, Canto castrato, Las noches de Flores, Parménides, Cómo me hice monja, La trompeta de mimbre.
Ha traducido a autores como Jan Potocki y Antoine de Saint Exupéry.
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miércoles, 20 de octubre de 2010
Vuelta a la casa tomada - cuento Araceli Otamendi
Vuelta a la Casa Tomada - Araceli Otamendi
El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…
Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…
Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio … Poco a poco las han ido tomando otros…
Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mi misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…
Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?
Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan- a veces - y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.
¿Sólo para escuchar?…
Porque la casa sigue tomada…
Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.
Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.
Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…
Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…
La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano…- Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue . Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?
Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.
¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …
Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…
No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…
¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome:- no podés volver a la casa tomada.
¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…
Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…
¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta..
Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adónde debo ir. Es una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol….
Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.
- Orfeo – le digo
- ¿Qué? Contesta
- Quiero ver tu cara sin la máscara.
- Eso no es posible – contesta
- ¿Por qué?
- Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara
- ¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?
- Hay que seguir el juego…
- Hoy se termina.
- ¿Qué cosa?
- El Carnaval, se termina…
- El Carnaval sí, pero la vida no.
- Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.
- Como la vida ¿no?
- Casi
- ¿Querés volver a casa tomada?
- Es sólo una casa
- Poblada por fantasmas, vacía
Orfeo no dice nada más.
Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.
Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar….
Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.
Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.
Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…
Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.
Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.
© Araceli Otamendi – Julio de 2008
imagen: de la muestra El hilo de la trama, "La colecta de neblina", six digital prints 90 x 102 cm, Photo Marcia Thompsom, Camera Araken and Marta Jourdan, Cortesy of Galería Nara Roesler, Sao Paulo) (muestra en el Malba, 2002- nota publicada en muestras/arte, Revista Archivos del Sur).
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