martes, 20 de septiembre de 2016

El escritor Guillermo Pilía recibirá Premio Mundial a la Excelencia Literaria en Orlando

Guillermo Pilía 

(Buenos Aires)
El escritor argentino Guillermo Eduardo Pilía (La Plata, 1958), ganador de uno de los Premios Andrés Bello 2014 y miembro de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid, recibirá en el mes de octubre en Orlando, Florida, el Premio Mundial a la Excelencia Literaria que concede la Unión Hispanomundial de Escritores (UHE) y la Asociación Internacional de Poetas y Escritores (AIPEH) en el marco del II Congreso Mundial de Escritores “Miguel de Cervantes” 2016. También  recibirán trofeos y diplomas escritores de Colombia, Puerto Rico, España, Venezuela, Perú, México, Ecuador, Portugal, EE.UU., Panamá, India, Mónaco y Cuba. Guillermo Pilía, graduado en Letras en la Universidad de La Plata, produjo toda su obra literaria en esta ciudad. Es autor, además, con María Elena Aramburú, de una obra de investigación de consulta obligatoria: la Historia de la literatura de La Plata (2001).
La ciudad de Orlando, Florida, fue elegida, entre varias del mundo, como sede del II Congreso Mundial de Escritores UHE “Miguel de Cervantes” 2016, organizado por la Unión Hispanomundial de Escritores, en alianza cultural con la Red AIPEH/ Asociación Internacional de Poetas y Escritores, Arte y Cultura Hispana, que será la anfitriona de este gran evento, que aspira a movilizar a poetas, escritores, docentes, académicos, intelectuales y artistas de los cinco continentes.
El Congreso tendrá como lema “Promoviendo la Paz” y ha sido pautado como culminación de las festividades del Mes de la Herencia Hispana, del 10 al 16 de octubre. El variado programa incluye los actos oficiales de apertura, la siembra del Árbol de la Paz, exposiciones de libros, obras de arte y artesanías, un recital en conmemoración del centenario de Rubén Darío, conferencias, entrega de premios y reconocimientos, y una Cena de Gala el 15 de octubre, fecha en la también habrá de celebrarse el Noveno Aniversario de la AIPEH.

http://catedraandaluza.blogspot.com.ar/2016/08/reconocimiento-internacional-al.html

miércoles, 30 de marzo de 2016

Ricardo Güiraldes: biblioteca, escritorio, fotografías, libros y objetos en el Complejo Museográfico Enrique Udaondo


retrato de Ricardo Güiraldes


jardines del Museo Udaondo


(Buenos Aires)

En el Complejo Museográfico Provincial "Enrique Udaondo" ubicado en la ciudad de Luján, Provincia de Buenos Aires se pueden ver el escritorio, biblioteca, libros y objetos del escritor
argentino Ricardo Güiraldes, célebre autor del libro "Don Segundo Sombra". El mobiliario estaba
inicialmente en la estancia "La Porteña" del escritor, en San Antonio de Areco.

lunes, 23 de noviembre de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)



 

Una carta, un as de corazones había cambiado la mañana. ¿Encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser, en una mesa de disecciones? - decía Lautréamont. No, no era eso lo que había ocurrido. Sólo un as de corazones, un azar, un encuentro fortuito en la calle, había cambiado el hilo de la investigación. Porque el as de corazones es como una partícula de espín 1, según la física, es como una flecha: parece diferente desde direcciones distintas. Sólo si uno la gira una vuelta completa, un giro de trescientos sesenta grados, la partícula parece la misma. Es una teoría, nada más. Y tal vez estuviera equivocada, quién sabe.
La carta ¿quién sabe a quién se le habría caído? ¿de dónde habría llegado? había indicado el rumbo a seguir. Por lo menos ese día.
Tal vez hubiera perdido mucho tiempo en investigar a Mary, habría que haberla dejado tranquila y haber seguido por otro lado ¿para llegar a las mismas conclusiones?
A lo mejor había que darse una vuelta por el pueblo de la señorita Ana, conseguir la carta de Gardel olvidada en algún rincón, en algún escondrijo, indagar en el alma de alguien hasta ese momento sin ninguna sospecha. O tal vez habría que ir a la ciudad, a la gran ciudad nuevamente, preguntar, mezclarse en algún boliche de tango, hasta dar con alguna pista.
¿Isidro? por ahora, descartado. Era un buen tipo, transparente, casi rozaba la ingenuidad. ¿Cómo estaba tan segura de eso? Cazar las aves con luz, es el verdadero encandilar. ¿Y a quién investigar, entonces? Había quedado afuera de la pesquisa el sobrino de la señorita Ana. ¿Dónde estaría ahora?
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

jueves, 17 de septiembre de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)



 

¡Qué bien se podía estar en el spa! cerca de la piscina con aguas termales, rodeada de personas que acudían a ese lugar en busca de relax y quién sabe qué otra cosa. Hasta ahí me había llevado la investigación encargada por Isidro, mi amigo. La mujer o mejor dicho futura exmujer, estaba ahí, a metros de donde yo estaba, sentada cerca del agua, con anteojos oscuros -como los míos- , una salida de baño color violeta con flores estampadas en azul, amarillo y rojo. Se había pintado los labios del mismo color rojo de las flores de su vestimenta y parecía a punto de lanzarse al agua. Había algunas otras mujeres solas, de unos cuarenta, cincuenta o más años, también sentadas cerca de la piscina y algunos hombres también. ¿Qué hacían todos ahí, en ese lugar? El folleto de bienvenida del hotel y spa hablaba de pasar unos días de descanso y relax.

Había que recuperarse del estrés que se originaba en la ciudad y estar cerca de la naturaleza, pero no alejado del todo de la diversión. A la noche se podía acceder al casino situado solo a unos cien metros del lugar. También ubicado en un hotel. ¿Qué harían ahí esos hombres que deambulaban por el parque donde estaba la piscina?

A Isidro se lo comentaría después, ¿para qué inquietarlo? En una ciudad de provincia encontrar un lugar así era algo parecido a encontrar un paraíso.

Macarena, la mujer de Isidro, se había alojado ahí desde hacía unos tres días, según había podido averiguar. A cambio de semejante aburrimiento, pasar unos días en el spa, para investigar a su mujer, Isidro me había pagado honorarios por adelantado. En el bolso mediano, semejante a una caja, que había comprado en una farmacia, estaba el revólver. Después de todo, en un lugar así, uno no sabía con quién podía encontrarse. Por el pasto, se acercaba a la piscina una lagartija. El calor se tornaba insoportable, el verano estaba próximo.
Además de la lagartija, alguien más también se acercaba a la mujer de Isidro.
Trataba de disimular, si ella me había reconocido o no, por ahora no lo sabía.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

 

jueves, 10 de septiembre de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)



 

Ningún calificativo le iba también a Isidro como el de cómodo. Sería por eso que se había casado tantas veces. Porque estar en pareja le sentaba bien, se aseguraba varias cosas: la casa ordenada, las cuentas administradas, la ropa limpia y seca, las reuniones con amigos organizadas, las salidas. A cambio, tenía que pagar casi todas las cuentas de su mujer y de la casa. Un matrimonio de otra época. Y ahora venía con el problema a mi oficina. Una vez más. ¿Qué podía decirle? Hiciste mal de casarte con ella, no era para vos, te equivocaste. No tenía sentido, era mi amigo. Por lealtad pensé en decírselo, como le había dicho muchas cosas cuando me consultaba. Estaba por llegar a mi oficina y yo tenía la cabeza en otras cosas.

Golpearon la puerta y abrí pensando que era él. Pero no, era el encargado del edificio con una carta. Miré el remitente, no sabía quién era. La dejé para abrir más tarde. A los cinco minutos llegó Isidro. Lo hice pasar y sentar en un sillón de cuero desvencijado. Casi enseguida me contó que quería divorciarse, pero antes saber por qué se sentía tan mal. Pensaba que lo estaban envenenando, dijo.

- ¿Por qué se te ocurre eso?

- Tengo algunas molestias raras, dolores de cabeza, a veces de estómago - dijo

- ¿Te hiciste ver por un médico?

- Sí, fui al que voy siempre.

- Y ¿qué te dijo?

- Me pidió que me hiciera algunos estudios.

- ¿Te los hiciste?

- Todavía no. Quería hablar con vos antes, por si me pasa algo...

Me llamó la atención que Isidro me planteara este tema, nunca lo había hecho con sus separaciones anteriores. Tal vez fuera en serio y alguien lo estuviera envenenando. Decidí cobrarle honorarios.

- Voy a tener que cobrarte, no puedo investigar gratis.

- ¿Cuánto me cobrarías?

- Voy a tener que viajar varias veces al pueblo. No puedo alojarme siempre en tu hotel. Voy a tener que pasar desapercibida, hacer algunas averiguaciones...


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

miércoles, 26 de agosto de 2015

La carta de Gardel - novela - fragmento




 

Ya estaba en Buenos Aires, de vuelta. Unos días en un pueblo de la provincia de Buenos Aires le habían bastado para escapar de la gran ciudad. Ahora el momento de retomar las obligaciones. No había dejado de pensar en Mary, en las palabras que ésta le había dicho la última vez que la vio. Estaban en el comedor de la casa de Mary y en eso había sonado el timbre, pero Mary le hizo señas de que se callara. Se asomó apenas a la ventana, detrás de las cortinas. Después le hizo una seña de que se retiraran hacia la cocina. El timbre seguía sonando. Empezaba a preguntarme quién estaba ahí afuera, a quién no quería atender.

Después se escuchó el motor de un auto que arrancaba y el chirriar de las ruedas, se iba a toda velocidad.

Le hice un gesto preguntándole a quién no había querido atender y ella dijo:

- Indeseables que vinieron a tocar el timbre, hubo muchos. Ahora ya sé, directamente no abro la puerta.

No quise preguntarle más, ya me enteraría de quién se trataba, cuando ella tuviera ganas de contarme. O tal vez no, no quisiera decir nada.

Una llamada había interrumpido mis pensamientos. Estaba en la oficina, y desde esa altura miraba la calle, los transeúntes iban y venían, el ritmo de la ciudad era rápido, agotador, el ruido de los autos, los colectivos, alguna sirena, producían un rumor que parecía no apagarse nunca.

La voz de Isidro, mi viejo amigo, en el teléfono:

- Tengo que hablar urgente con vos.

- ¿Pasa algo?

- Sí, voy a divorciarme.

- ¿Otra vez?

- Esta vez tiene sentido. Nada le alcanza, nunca está conforme, es voraz, siempre quiere más y más cosas y más cosas.

- Vos la elegiste.

- No sé quién eligió a quien. Tal vez sea cierto, lamentablemente, lo que vos decís.

- Voy a estar en la oficina, podés pasar por aquí.



(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 2 de agosto de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)




¿Cuántas veces le habían robado el tiempo? ¿cuántas veces había dejado que se lo robaran? saqueadores de tiempo los llamaría Mariana. Eran tantos. Las preocupaciones, las actividades, las personas que se le acercaban para contarle... ¿quiénes eran? Esos interrogantes y muchos otros se le presentaban ahora que se iba del pueblo rumbo a la ciudad. Otra vez, una vez más... Tal vez nunca encontraría la respuesta a la investigación sobre la carta de Gardel. Tal vez Mary nunca había tenido esa carta en su poder. Tal vez todo había sido un invento de la señorita Ana para complicarle la vida a Mary y a otros. Y a propósito de la señorita Ana, ¿a quién le importaba ya su muerte? Había hablado con algunos lugareños, vecinos de la mujer que le había encargado la investigación. Ana era ahora solo un recuerdo. Volvió a preguntarse por los que le robaron el tiempo, Ana había sido también uno de ellos. Este tema y otros similares le habían sido planteados por Mary durante su última conversación. La mujer se había lamentado ante ella por haberse involucrado en la investigación, su vida había sido un laberinto de preocupaciones que ahora no le interesaban en lo más mínimo. Guillermo, su antiguo jefe, Alejandro, el jefe que le había seguido a Guillermo, Julio, el profesor de tango, ¿quiénes eran ahora? recuerdos, solamente recuerdos, vagas imágenes diluidas que aparecían durante alguna noche para perderse después. Como en un tango. Como en el tango del que ya conocía la letra y anhelaba desprenderse para tararear otra canción. Mary le había confesado que lo que más le gustaba de su nueva vida era el jardín y los animales de la granja. También salir a caminar por el campo y pisar la hierba, y sentir el olor característico de la tierra. Obviamente con Mary no se podía conversar por ahora, acerca de la carta. Nuevas ocupaciones la esperaban en la ciudad ahora que se dirigía ahí. ¿Cómo estaría todo? Le hubiera gustado tener cerca a Angélica, su tía piola, esa que la escuchaba cuando era adolescente, donde ella podía acudir con su silencio o con sus palabras, o a Martín, ese amigo al que podía llamar para hacerle confidencias. Ahora, ellos no estaban. En su lugar había otras personas, nunca serían los mismos, solamente existían, se dijo, en un lugar de su memoria.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados