Archivos del Sur - Escritores de la Provincia de Buenos Aires -Revista cultural argentina Archivos del Sur se edita desde Buenos Aires- Argentina- Año 21- Edición 256- agosto de 2022 -Fundada en mayo de 2002- ISSN 1575-9393- Registro de la propiedad intelectual Nro.55060538 - La revista Archivos del Sur es propiedad de Araceli I. Otamendi Directora- Editora: Araceli Otamendi .Derechos de autor reservados.
sábado, 9 de mayo de 2015
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Pisaba las hojas secas de los árboles en la vereda, el otoño había llegado. ¿Hasta cuándo seguiría en ese pueblo? La conversación con Dolores, la mujer más vieja del pueblo la había desconcertado, rodeada de retratos, de perros, de pájaros, de recuerdos que se agolpaban y venían a su mente y quería rescatarlos y entregárselos a ella, porque era ella, justamente ella la que buscaba la carta de Gardel. ¿Hasta cuándo seguiría buscándola? y además por encargo, era un trabajo. Las hojas secas del otoño le molestaban, odiaba el otoño, no le gustaba, nunca le había gustado esa estación parecida a la muerte. Le molestaba tanto como los cartelitos con moraleja de facebook, o los conocidos que la llamaban o le escribían después de años de no saber nada de ellos ¿qué importancia tenía todo eso? En algún espejo había que mirarse, Dolores le disgustaba, no había querido contestar algunas preguntas. Tal vez tuviera razón en no hacerlo.
Decidió volver al hotel, comer algo y directamente subir a la habitación. Miraría alguna película en el televisor plano del cuarto, esa pantalla que se parecía a cualquier cosa, tal vez una computadora, tan común como tantos otros objetos que se vendían como algún confort. Se le cruzó un hombre que caminaba rápido, en la oscuridad y caminó directamente hasta entrar en el edificio nuevo.
La noche parecía existir adentro de la habitación, corrió las cortinas lo suficiente, pero no tanto como para no ver la calle. Escuchaba el ruido de las hojas que aún quedaban en los árboles, algunas ramas se hamacaban y golpeaban el vidrio. Se alegraba pensando que pronto se iría de ahí a otra parte, tal vez a Buenos Aires. Aunque no tenía ganas de volver a la oficina, siempre habría novedades que la estarían esperando. La chicharra del teléfono sonó varias veces. Miraba el reloj, ¿quién sería a esa hora?
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miércoles, 22 de abril de 2015
La carta de Gardel - novela - fragmento
- ¿Y ese paquete de cartas? - dije. Habría unas diez cartas atadas con una cinta roja, sobre un escritorio. El papel de los sobres era de color amarillento, me pregunté cuántos años haría que Dolores las tendría ahí.
- Son las cartas que ha valido la pena guardar, de vez en cuando las releo.
- ¿Se puede saber quién se las envió? - pregunté sin demostrar demasiado interés.
Dolores se sentó en una silla hamaca y se puso a mirar hacia la ventana. Los vidrios estaban abiertos y entraba en la casa un aroma a pasto recién cortado. Se veían algunos pájaros picoteando algo en el jardín.
- Preferiría hablar de otra cosa, ahora no tengo ganas de hablar de las cartas.
Asentí con la cabeza, en silencio. Recordé cuántas veces yo también había recibido cartas que parecían empezar con una sonrisa de quien las escribía y terminaban siendo como las "cartas del mal" de Spinoza. Cuántas veces había destruido cartas que no habían sido más que un remedo de la correspondencia entre Spinoza y Blyenvenbergh. Tampoco tenía ganas de hablar de eso. Estaba investigando el asunto de La carta de Gardel.
Cerca de las cartas, bajo unos papeles vi algo que brillaba, algo así como de metal, algo así como un arma.
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viernes, 10 de abril de 2015
La carta de Gardel - novela (fragmento)
- ¿Se refiere al Sur?
- Sí - dijo la mujer más vieja del pueblo, después supe que se llamaba Dolores.
- ¿Por qué?
- Porque en el Sur está todo.
- ¿A qué se refiere?
- Todo lo que usted busca, está en el Sur.
- ¿Cómo lo sabe?
La mujer señaló entonces lo retratos colgados en las paredes y luego dijo:
- ¿Ve usted estos retratos, estas caras, estas fotografías?
- Sí
- Son las caras de muchas personas que vivieron aquí, en este pueblo. Conozco las historias de cada uno, podria contarle...
- ¿Y cómo hace para recordar cada historia?
- Venga, siéntese aquí - dijo señalando un sillón tapizado en cuero
Ella fue hasta otro sillón igual y se sentó, la seguí. Me quedé callada hasta que Dolores volvió a hablar:
- El pasado es lo único que debe importarnos, el presente se esfuma, el futuro no existe todavía.
- Lo dice muy segura.
- El pasado está aquí, usted debe conocerlo...
- Está bien. Estoy dispuesta a escucharla, a venir aquí muchas veces...
- Si quiere encontrar la carta de Gardel va a tener que venir, puedo contarle muchas historias.
Me preparé para escuchar algunas, después dije:
- ¿Y usted siente estima por todas esas personas de las fotografías?
- ¡No! - contestó alarmada. Un gesto de preocupación le dibujó algunas arrugas en la frente.
- ¿Entonces odia a alguien?
- Tampoco.
- ¿Qué siente cuando recuerda las historias de cada uno de los que están ahí?
- A veces nada - dijo y sonrió enigmáticamente.
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sábado, 28 de marzo de 2015
La carta de Gardel - novela (fragmento)
En eso ladraban lejanos unos perros. Eran ladridos continuos, primero largos, después algo cortos. Mientras caminaba cerca de la plaza, ya era de noche, prestaba más atención a los ladridos. Parecían dos o tres animales alertaban , algo pasaría.
Fue entonces cuando lo encontré, hacía mucho tiempo que no lo veía y no parecía que fuera él, en ese lugar, tan lejos de donde podría haberlo visto.
¿Hay algún lugar determinado donde se puede encontrar a una persona?
Entonces me reconoció y no tuve más remedio que detenerme y saludarlo. Casi no lo hubiera hecho, pensaba y ese casi fue lo que me hizo, tal vez, intercambiar algunas palabras.
Después de algunos minutos nos cruzamos a un bar, frente a la plaza. El lugar estaba impregnado de olor a empanadas de carne, a pizza, a comidas rápidas. Hablamos de mi vida, poco ¿qué podría contarle después de tanto tiempo sin verlo? ya era un perfecto extraño y me sentí rara en ese lugar, frente a ese extraño, que alguna vez había conocido. No tenía ganas de contarle detalles de mi investigación a nadie y menos a él, ese forastero ¿qué hacía ahí? a esa hora. El se preguntaría lo mismo, tal vez quisiera indagarme.
- ¿Volviste al pueblo? - dijo
- ¿Te parece importante? ¿qué pasa si no te contesto?
Movió la cabeza y dijo:
- No
Hice un gesto para que no me hiciera más preguntas.
Mientras el hombre contaba algo acerca de su vida actual, sus viajes, su trabajo, su nueva mujer, los perros volvieron a ladrar. Entonces supe que tenía que irme de ahí de inmediato, que eso era tal vez un aviso para que dejara la conversación y me fuera a otra parte.
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jueves, 5 de marzo de 2015
La carta de Gardel - novela (fragmento)
Ahora tenía frente a mi a la mujer más vieja del pueblo, la que tenía más memoria ¿sería así en realidad? no lo sabía, no tenía la certeza, eso se comentaba. La mujer dijo que iría a preparar un té y los tres perros la siguieron hasta la cocina. En ese momento aproveché para mirar las fotografías colgadas en la pared. Eran retratos, quizás de personas que ya no vivían más. En un pequeño marco descubrí una fotografía de Carlos Gardel. Había fotografías de mujeres, de hombres y de niños. En algunas de ellas las personas parecían estar vivas, la mirada parecía posarse en los ojos de quien los estaba mirando. De la cocina venía olor a café y me pregunté qué clase de té estaría preparando la mujer. A través de la ventana amplia se veía el jardín, árboles frondosos, plantas con flores, volaban colibríes, durante algunos segundos revoloteaban entre las flores y se iban. El color verdeazulado de las plumas de los pájaros me entretuvo durante un rato.
La mujer volvió con una bandeja, traía dos tazones grandes, parecían cuencos, los dejó sobre la mesa. Los perros se acomodaron alrededor de ella. Me indicó con un ademán que tomara el tazón con el té. O mejor dicho, el cuenco con el té. Ella tomaba café. Seguramente adivinó lo que estaba pensando porque dijo:
- ¿Le extraña que tome café?
- No - mentí
La mujer me miraba fijo, parecía saber más cosas de mi que yo de ella, seguramente era así.
Bebí unos sorbos de café y luego pregunté:
- ¿Cuántos años hace que vive en esta casa?
- Cincuenta, sesenta, muchos años...
- ¿Y esas fotografías? ¿En alguna está su marido, algún familiar?
- No precisamente - contestó y agregó:
- A mi marido, me lo robaron - dijo en forma misteriosa
- ¿Alguna mujer?
- No, ninguna mujer
Me quedé callada, ella también se quedó callada durante algunos segundos. La miré fijamente a los ojos, entonces dijo:
- A mi marido me lo robó la muerte.
- ¿Hace mucho tiempo de eso?
- Sí, preferiría no hablar de ese tema.
Imaginé que iba a ser difícil sonsacarle datos, historias, alguna pista.
- ¿Y la fotografía de Gardel?
- ¿Lo dice por el retrato que está ahí?
- Sí
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
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jueves, 26 de febrero de 2015
La carta de Gardel - novela (fragmento)
La señora Ángela vivía en una casa muy antigua, de una sola planta. En las dos ventanas que daban al frente, había rejas. Se accedía a la casa por una puerta principal con vidrios que dejaban ver un pasillo y después otra puerta. La señora Ángela tenía cerca de cien años de edad y buena memoria. Era la mujer, decían, con más memoria en ese pueblo. Después de irme del hotel de Isidro, mi viejo amigo, de tanto tiempo, rebobiné los hechos y las palabras. Como siempre, la nueva mujer de Isidro no me había caido bien, siempre se casaba con mujeres que le hacían la vida cómoda, decía. Mujeres empecinadas en sobresalir en las fiestas del pueblo, en hacer las mejores reuniones, en vestir ropa llamativa, en comprarse el mejor auto y el más nuevo, para dar la vuelta a la plaza y hacerse notar. Isidro me dijo que fuera a ver a la señora Ángela, tal vez ella pudiera decirme algo acerca de la carta de Gardel, darme alguna pista, algún nombre. A lo mejor la señorita Ana, mi clienta que había muerto cuando yo iniciaba la investigación, le habría podido contar algo. El pueblo donde vivía la señora Ángela quedaba a pocos kilómetros del pueblo donde había vivido la señorita Ana.
La misma señora Ángela me abrió la puerta, después de tocar dos veces el timbre. Primero apareció ladrando un perro, de raza collie, después otros dos, más chicos, con un ladrido más chillón. La señora Ángela me preguntó quién era yo y le dije que venía de parte de Isidro, el dueño del hotel.
- Ah, ya sé - contestó y entonces abrió la puerta.
La señora Ángela me hizo pasar a una sala de estar grande, la casa parecía confortable y a través del amplio ventanal se veía un jardín. Había rosas. En las paredes colgaban decenas de retratos.
La señora Ángela, una mujer de expresión inteligente, había sido maestra rural, se mantenía erguida y me hizo sentar en un sillón, frente a ella. Luego empezó a hablar:
- En este pueblo viví toda mi vida, en esa casa están mis recuerdos. ¿Ve las fotografías?
Asentí con un leve movimiento de cabeza y miré las fotografías que colgaban en las paredes, había muchos retratos.
- Isidro, el dueño del hotel me dijo que viniera a verla - dije. Pensaba en la cantidad de historias que podía tener la mujer en su cabeza.
- Hizo bien - dijo la señora Ángela y continuó: - Si hay alguien que sabe algo acerca de los habitantes de este pueblo, soy yo.
- En realidad, no vine a preguntarle por los habitantes de este pueblo, vine por otros motivos.
La señora Ángela me miró entonces como si comprendiera o si intuyera lo que iba a decirle y dijo:
- Ya lo sé. Antes vamos a tomar una taza de té, le voy a contar algunas cosas de estas personas, estas que están aquí, dijo señalando algunos retratos. Muchos decían conocer a Gardel, pocas veces era cierto - aclaró.
Me preparé entonces para escucharla.
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La carta de Gardel
miércoles, 21 de enero de 2015
La carta de Gardel - novela (fragmento)
¿Y si fuera a ver a la adivina del pueblo? ¿esa mujer que tiraba las cartas?¿por qué no? todo el mundo iba y la consultaba, aunque después lo negaban. ¿Quién iba a reconocer que le preguntaba a una adivina, a una pobre mujer? Decidí ir a verla, tal vez ella supiera algo, y además le iba a preguntar por mí también. ¿Habría que pagarle algo?
- Lo que quiera dejarme - dijo después que me tiró las cartas.
Apenas entré en la casa me recibió otra mujer, bastante vieja, me hizo pasar a una sala. Me preguntó mi nombre, dije Mariana, a secas. Mi primer nombre, no el segundo, tampoco el tercero. Pocas personas sabían todos mis nombres ¿para qué decirlos? ¿a quién le importaba? La mujer me examinó de la cabeza a los pies, después me hizo sentar en una silla un poco desvencijada. El lugar estaba casi a oscuras, apenas iluminado con una lámpara. Había algunas mujeres esperando. Puse cara de pocker, no sabía cuánto podía estar estudiándome esa mujer con cara de cartulina, como si estuviera dibujada: lisa, tal vez demasiado, la piel casi color gris.
Pasó una hora ¿tal vez dos? cuando me atendió. Estaba en una piecita, llena de cajas de cartón y trapos, telas amontonadas ¿una pieza de costura? No vi ninguna máquina de coser. Me hizo cortar enseguida un mazo de cartas, muy ajadas, con la mano izquierda.
- ¿Qué te pasa? - me tuteó.
- Estoy buscando una carta...
- ¿Algún amor? - preguntó.
- Puede ser ¿algún amor?
- Soy yo la que tengo que preguntar y vos la que contestás - dijo mirándome fijamente con sus ojos redondos y oscuros.
- Está bien - dije. Pensaba si realmente esa mujer podía adivinar algo.
- A vos te inquieta algo ...
- Sí, busco una carta, no la encuentro...
- ¿Sabés por qué?
- No - contesté.
- Porque todavía no aprendiste nada...
- ¿Y qué es lo que tengo que aprender?
- Son pocas cosas, haceme caso - contestó
- Dígame, entonces...
- Mirá, las amigas o las que se dicen amigas tuyas, siempre te van a envidiar, entonces cuando veas a alguna cerca, aunque estés muy bien, caminá un poco renga, hacete siempre la que te duelen las piernas y encorvate un poco, así la envidia es menos ¿sabés?
- ¿Le parece?
- Claro, ¿cómo no me va a parecer? Lo hago siempre que veo a alguna conocida, porque amiga lo que es amiga, no es ninguna, eso lo aprendí ya de vieja, como me ves. Entonces bajo del colectivo rengueando, camino despacio y así ninguna se pone a envidiarme.
- Bueno, seguiré el consejo entonces...- dije como para no quedar mal.
- Y ahora te doy un consejo con los hombres, porque con las mujeres con lo que te dije antes, basta. Con los hombres, mejor uno que te proteja y no uno que tengas que proteger vos.
- No es mi intención proteger a nadie...
- Te ven fuerte, querida, te ven capaz de proteger y eso no te va a servir, buscáte a alguien que te pueda proteger a vos... haceme caso.
- Gracias - atiné a decir.
Nunca nadie antes me había dicho esas cosas, fui a la adivina del pueblo a buscar una pista, algo que me dijera dónde podía estar la carta de Gardel y me encontré con las palabras, los consejos de esta mujer. Le debería decir lo mismo a todas las que estaban ahí.
La noche ya se avecinaba, los pájaros cantaban, poco, refugiados ya en los árboles y algunas sombras de las hojas empezaban a dibujarse en las veredas. Me apuré a caminar, iba directo al hotel.
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