lunes, 1 de julio de 2013

La carta de Gardel - novela (fragmento)



- Yo no sé nada, dijo Julio cuando le pregunté.

Me quedé mirando a Julio un rato, a los ojos. Así era como se podía conocer a las personas, mirándolos a los ojos, la mirada dejaba ver más que las palabras. Porque muchas veces las palabras, como dijo Pinter, son como la lluvia en las grandes ciudades, lo empañan todo.  La música sonaba estridente, y bailé algunas milongas. ¿Julio decía la verdad? ¿dónde estaba  Mary? Yo había llegado a la posada y había preguntado por ella. Se había ido a la mañana temprano, dijo una mujer. Pregunté si había alguna habitación libre. Está todo ocupado, contestó la mujer. Pregunté si podía tomar un café, quedarme un rato ahí, hacía frío y me había costado llegar. Afuera había algunos autos estacionados, nuevos, impecables. Se me ocurrió que uno de los autos podía ser de Alejandro. Mary lo había mencionado en la carta. Después vi salir a un hombre de una de  las habitaciones pero su cara y su cuerpo no coincidían con la descripción de Mary.

- Qué tal, buenos días - dijo el hombre.
- Buenos días - respondí.

Me pregunté si Mary había visto llegar a este personaje a la posada. Volví a preguntar por ella a la dueña del lugar. Me contestó que Mary se había ido de ahí muy temprano, la había llamado por teléfono, había dejado el dinero para pagar la estadía en la posada, las llaves y había partido. Entonces ¿dónde estaba Mary? ¿de qué escapaba? Esperaba que ella se comunicara conmigo nuevamente. En lugar de la búsqueda de la carta de Gardel, mi trabajo se había transformado en  buscar a Mary, de quien sospechaba yo y también  la señorita Ana, que ella tenía en su poder la carta.  ¿Por qué motivo se había ido Mary sin decir nada, sin avisar  a nadie? Me quedó dando vueltas en la cabeza la cara de este personaje, de quien me enteré que se llamaba Orson. O al menos le decían así. La dueña de la posada lo había nombrado. Nunca lo había visto por ahí, dijo ella. ¿Sería cierto? Lo observé durante un rato. Orson salió de la posada y se detuvo en un naranjo. Arrancó algunas naranjas del árbol y las guardó en los bolsillos. Después fue hasta uno de los autos  estacionados, abrió la puerta y dejó las naranjas en el asiento de atrás, puso en marcha el motor y salió a toda velocidad hacia la ruta. ¿Quien era Orson? ¿lo conocería Mary?

A unos kilómetros de ahí, Mary escribía en un cuaderno, en un  bar, antiguo, de esos con billar al fondo:

"Estaba harta, quería pasar un lindo día, terminarlo bien en la posada y pasé una noche
 horrible, llena de dudas, conversando con Alejandro o él conversaba conmigo, no sé.
Y para terminar llegó Orson.¿había venido de casualidad? Ni bien lo ví, me fuí a mi 
habitación, Alejandro se sorprendió porque apenas dije buenas noches, entré en el 
cuarto y cerré la puerta. Orson ¿qué quería de mi? siempre quería algo ¿no? Nunca se
puede estar de vuelta de todo pero de esto sí, de esto sí, de Orson, sí, seguramente.
Y Alejandro desconocía hasta qué punto Orson había influido en mi para pasarle las
llamadas al director general de la empresa, para que él hiciera sus negocios,  para no
decirle nada a él, Orson siempre venía hasta mi, de alguna manera, para conseguir algo.
Ya sé que es inútil, nunca se puede estar de vuelta de todo, pero era imprescindible
salir de ahí, tomar aire fresco, respirar...".


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados  


martes, 25 de junio de 2013

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



El fuego permanecería encendido toda la noche. Mary seguía mirando las brasas
encendidas, las llamas cómo se elevaban y las chispas que a veces saltaban hacia afuera de la chimenea. Alejandro fue hasta la cocina y abrió la heladera. Mary escuchó el tintineo del hielo en un vaso, luego en otro y el ruido del líquido de una botella, cómo caía, pero no se inmutó. Alejandro venía de un largo viaje y ella lo sabía. Había cosas que ahora a ella le parecían extrañas. El dejó los dos vasos  con whisky en la mesa y Mary no dijo nada. Afuera se escuchaban los ladridos del perro de la posada. La gata blanca emergió de alguna parte y saltó hacia la mesada de la cocina. Todo era quietud en ese lugar, excepto los ruidos de afuera, las hojas de los  árboles se arrastraban, y el ruido del viento filtrándose por las ventanas.

- Pasó mucho tiempo - dijo él

- Sí

- ¿Querés un whisky? - preguntó Alejandro ofreciendo uno de los vasos

- No

Seguramente Alejandro había olvidado que a Mary no le gustaba el whisky.

El hizo girar el hielo en el vaso con un dedo, ella lo miraba sin decir nada. En un momento, Alejandro empezó a hablar y Mary, como siempre, a escuchar. Y lo que le relataba él  era como un sueño, era como si ella lo hubiera estado soñando, como si ese sueño se hubiera transformado en realidad. Pero lo que Mary hubiera deseado era verlo feliz a Alejandro, despojado de su oscuridad, brillante, como una criatura de luz.  Como seguramente, alguna vez había sido. Mucho más luminoso que Guillermo, y mucho más oscuro ahora, también. Y él había venido a contarle, como un film visto hacia atrás, que volvía con su primera mujer,  abandonaba a la otra, y todo volvía a empezar. El puesto en la empresa volvía a ser el mismo que tenía antes de irse a vivir a otro país, antes de aceptar el cargo de director, tener una nueva mujer y abandonar la primera.
Mary interrumpió a Alejandro. Hubiera tenido que decirle:

- Si no la querés más , no sigas diciéndolo. Le estás dando demasiada importancia al tema, parecería que no podés olvidarte de ella.

Pero no lo dijo, simplemente habló de la noche y de las estrellas que brillaban afuera. Quería cambiar de tema, sin herir a Alejandro. Estaba cansada de remar en la laguna, de caminar por el campo. Tenía demasiadas cosas en su cabeza y sabía que a veces el silencio es el remedio de todos los males. Alejandro se quedó entonces callado. Mary ya era otra, distinta, miraba las cosas con más indiferencia, y no volvería a involucrarse más en asuntos personales de otros. Y tampoco iba a inventar más pretextos para Alejandro cuando salía con sus amantes, ni iba  a comprar más regalos para ellas, ni iba a llevar su agenda, ni iba a vivir más pendiente de Alejandro ni de nadie más. Porque de lo que no se olvidaba nunca Mary era de ella misma, y de lo que alguna vez, hace mucho, había sido: un proyecto de mujer con todas las potencialidades, con toda la preparación espiritual, con toda la alegría, con toda la serenidad que hasta ahora, ni  Alejandro, ni Guillermo ni nadie le habían podido quitar. Únicamente, Julio, con su transparencia, con su bondad, podía darle esa tranquilidad que Mary necesitaba. Julio, un hombre que cuando decía dos más dos son cuatro, efectivamente era cuatro y no cinco, o seis o vaya a saber qué número. ¿Quién lo iba a adivinar?
Alejandro se había quedado en silencio, desconocía a Mary. Porque Mary, su ex secretaria, ex amiga, ex confidente, ex madre y ex hermana, no era la misma Mary que él había conocido un tiempo antes. Alejandro siguió contando algunas historias de su trabajo, de sus viajes, de su ex mujer, y Mary se quedó mirando fijamente por la ventana, afuera había tres caballos que comían pasto y Mary se preguntó en qué libreto o en qué guión y por qué autor había sido escrita o tal vez soñada. Porque quería salir del pasado y avanzar hacia el futuro, aunque no fuera cierto, aunque nada existiera más que el presente, más que ese presente en el que ella y ese ahora extraño llamado Alejandro, con el que una vez  hacía muchos años había compartido diez o doce horas por dia en una oficina, en almuerzos, en charlas telefónicas, parecía un personaje cercano, casi familiar.
La conversación se interrumpió cuando se escuchó el ruido de un auto, había estacionado  cerca de la  posada, luego una puerta que se abría y cerraba y después pasos. Se abrió la puerta de golpe y entró un hombre y dijo:

-          Busco una habitación ¿habrá alguna libre?


Mary reconoció al hombre  enseguida, Alejandro no. Había estado ausente de ese pueblo y de la vida de Mary durante mucho tiempo, Alejandro no hubiera podido reconocerlo. 

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 

jueves, 20 de junio de 2013

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Ahora todavía algunos leños  ardían en la chimenea. Mary se frotó las manos como si se las estuviera lavando, con la mirada en el fuego. La noche ya había entrado en ese lugar, en el living de la posada y lo cubría todo como un manto.  Nunca le había gustado estar a la intemperie cuando era noche cerrada. La noche,  pensaba, podía ser oscuridad en medio del campo. Y también silencio, quietud, e inquietud.  Durante el día había estado bien, se había cansado de remar, de mirar patos y aves silvestres en la laguna, de bordear la orilla tocando los juncos con uno de los  remos, después con el otro, de sacar las piernas y los pies del bote y mojarse en el agua llena de renacuajos cerca de la costa. Todo eso la  había divertido, la había hecho olvidarse de tantas cosas... Ahora sin embargo, en ese lugar silencioso donde se había alojado, con olor a madera silvestre de los muebles nuevos, seguramente a pino, presentía algo, algo que no sabía bien qué era.
Alejandro había llegado a la posada a eso de las dos de la tarde, cuando se cansó de  dar vueltas por un pueblo y por otro, cuando se cansó de probar el auto nuevo por la ruta de asfalto y también por caminos de tierra. El auto nuevo andaba bien, sin embargo estaba cansado y necesitaba descansar, el viaje había sido largo. Lo que nunca había imaginado era que iba a encontrarse con Mary en esa posada en medio del campo, en medio de la noche, sin siquiera proponérselo. ¿O tal vez sí? Después de comer, a Mary le gustaba caminar un poco, aunque fuera cerca, escuchar el ladrido lejano de los perros, ver las luces de los autos que iban por el camino, y sentirse segura, a resguardo, ahí en ese lugar. Porque ¿quién iba a encontrarla ahí? La dueña de la posada había dejado las llaves para cada huésped, así cada uno podía entrar y salir cuando quería, sin sentirse controlado. Qué feo era eso del control, pensaba Mary, en los hoteles, en las posadas, en cualquier lugar, podemos sentirnos controlados, y ahí, parecía que no, que a nadie le importaba. Había vuelto de caminar, escuchó el ladrido de los perros y eso le dio alguna tranquilidad. Se quedó así mirando los reflejos rojizos del fuego, las llamas que aún ardían, cuando escuchó
cómo una puerta de las habitaciones se abría y se cerraba. Alejandro no pareció sorprendido cuando vio a Mary. ¿Tal vez sabía que ella estaba ahí? Entonces Mary lo miró, se quedó callada y fue a sentarse  en uno de los sillones cerca de la chimenea.

- No pensaba encontrarte aquí - dijo Alejandro

- Yo tampoco

La extrañeza era mutua. Pero era extrañeza o ¿qué era?

Si Alejandro había pensado que tenía una larga historia para contar que ya a esta altura le parecía algo así como un film viejo,  Mary había decidido callar. Porque ¿para qué contar sus historias? A nadie le podían interesar, salvo a las malas lenguas de las personas curiosas del pueblo de donde se había ido,  como la señorita Ana y algunos otros.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados


domingo, 9 de junio de 2013

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Había sido un día relativamente agitado. Encuentro en el bar con Julio, estaba dispuesta a bailar tango y milonga. Tenía que entrar en el ambiente para saber, para averiguar algo. La carta de Gardel era el motivo de mi investigación. Después de ver a Julio me fuí a la casa de la señorita Ana. Me atendió como siempre,
hospitalaria y se cobró la amabilidad con una serie de quejas contra su sobrino. Después de todo ¿por qué tenía que aguantar un pibe así? cuando ella ya tenía  su vida hecha, su jardín, su hotel, sus mascotas, y lo más importante: sus recuerdos. Pero el sobrino, era una obligación, dijo, los padres del chico habían muerto, y ella tenía la obligación de hacerse cargo. Me pareció mezquino todo lo que dijo y también que se cobrara el almuerzo que me habia brindado - asado al horno con papas - contándome semejantes cosas. Yo soy una detective privada y no una psicoanalista, seguramente si lo fuera cobraría más. El problema ahora era Mary, encontrarla, saber dónde estaba, y qué había ido a hacer ahí donde se encontrara. Julio me dio una pista: a ella le gusta ir al pueblo cerca de aquí, alquilar un bote y remar en la laguna.
Julio no podía llevarme hasta ahí, tenía clases de tango a partir de las ocho, a las siete llegaría al bar, se prepararía en un camarín. De pronto lo vi a Julio como el hombre que podía contener a Mary, seguramente lo era, no sé, tal vez, Julio la conocía muy bien y  callaba.
Tomé un remise y me fuí al pueblo que me había dicho Julio. Durante el trayecto, el olor a campo, a zorrino, a tierra me hizo sentir que tal vez hubiera alguna posibilidad de encontrar a Mary. Era preocupante tener una carta en mis manos, que parecía recién escrita, y que me habían entregado en el hotel. La firmaba Mary:

"No se preocupe, estoy bien. Sólo que lo vi a Alejandro, mi ex-jefe en la empresa, dando vueltas por ahí. No quiero encontrármelo. Conozco su historia, trabajé con él un tiempo largo. Nunca le contaría a nadie las cosas que yo sé. Alejandro subió en la empresa al puesto más alto y eso le costó el matrimonio. Todavía es joven y es ambicioso,  y va a escalar más, seguramente. Soy un poco la artífice de todo eso, porque lo ayudé  a subir en su carrera, tal como hice con Guillermo. Asesorándolo permanentemente, conteniéndolo. Las personas así necesitan siempre a alguien, a alguien como era yo antes.  A alguien que yo no soy más, porque soy otra, usted Mariana sabe. Alejandro vino en un auto nuevo al pueblo, era el auto más nuevo y más caro que había  por el pueblo ¿cómo no lo iba a ver? Usted sabe Mariana que mi vida ahora es otra, distinta, más reservada y secreta, más a resguardo.  Guarde esta carta, Mariana, téngala usted y cuándo vuelva, la buscaré y hablaremos de este asunto.".

Me empecé a preocupar por Mary, quería encontrarla rápido ¿por qué esta huida del pueblo? ¿qué me quería decir realmente con la carta?

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

lunes, 20 de mayo de 2013

La carta de Gardel - novela (fragmento)





Escapar de un recuerdo podía ser más difícil que haber escapado de lo que
la oprimía como una maldición en la gran ciudad.
Escapar del recuerdo de Guillermo, omnipresente durante mucho tiempo en la vida de Mary, seguramente era muy difícil. Hasta aquí, suposiciones. Fuí a ver a Julio ni bien llegué a la estación de ómnibus. Las cuatro horas del viaje se habían pasado rápido, mirando el campo, los árboles, los silos, los altares del Gauchito Gil proliferaban como caracoles en la llanura. Como siempre, en la estación, un perro dormido al sol, en la vereda, algunos transeúntes caminaban despacio. Sabía que él  había vuelto a dar clases de tango en dos o tres lugares del pueblo y me fuí para uno de ellos. Supuse que estaba ahí. Un café grande, con muchas luces en el techo, un lugar para ver el espectáculo musical que se ofrecía por las noches  y mucho espacio para bailar. Como siempre, en cualquier pueblo de provincia había ahora un lugar así.
Julio estaba sentado en una mesa cerca de una ventana leyendo el diario. Eran las once de la mañana y entré al bar. Al fondo había unos tipos sentados contando algo, seguramente
hablarían de fútbol. A pesar del cartel que indicaba la prohibición de fumar había en el aire algo de olor a humo, tal vez restos de la noche.
Busqué una mesa cerca de donde estaba Julio, me dejé puestos los anteojos oscuros, y le pedí a la camarera un café doble cortado. Julio, el profesor de tango y amigo de Mary seguía leyendo ensimismado. Los hombres, en el rincón del bar se divertían, al parecer, con alguna anécdota. También había un televisor, emitía imágenes casi sin sonido.
La camarera era una chica joven, tendría unos veinte años, el pelo castaño oscuro atado atrás, la cara casi sin maquillaje, seria.
Pensaba cómo encarar una conversación con Julio. Parco en palabras, Mary me lo había dicho. Si quiere saber de mi, alguna vez que no me encuentre, pregúntele a Julio.
Cuando Julio levantó la vista un momento, me quité los anteojos, entonces hizo una señal de reconocerme. Me había visto conversando con ella en algún bar del pueblo.
¿Me diría algo de Mary? ¿Cómo era ahora su relación con ella? ¿Todavía existía algo, una amistad? ¿podía saber algo? ¿Seguir por este lado la investigación me conduciría a encontrar alguna pista, algún  misterio? Hojas amarillas circulaban por la vereda de baldosas angostas, los árboles tenían todavía algunas hojas.
Le pregunté a Julio primero por las clases de tango, quería tomar algunas, dije. Puede venir esta noche, a partir de las ocho, contestó.
Después de eso, fue más fácil seguir preguntando. Julio era un tipo simpático, amable pero parco en palabras. Seguramente con el baile tendría otro lenguaje. De alguna manera la entendía a Mary, sus escapadas, sus viajes. El no dar explicaciones, irse del pueblo cuando ¿se sentía cansada? ¿cómo saberlo?
Hasta aquí sabía que Julio sabía que Mary no estaba en el pueblo, se había ido, ¿adónde? era difícil saberlo.

        -Yo no la buscaría - dijo él
        - ¿Por qué no?
        - Cuando Mary quiere irse no deja dicho adónde va.
        - ¿No podría haberle dicho a alguien adonde iba?

Julio se quedó pensando durante unos momentos. La mirada era enigmática y tenía una expresión seria. Miraba las paredes del bar, miraba fijo un retrato de Gardel y su mirada se desplazaba después hacia algunas fotografías enmarcadas de personas bailando tango en ese lugar.  
-          Le diría que Mary va a volver en cualquier momento, cuando tenga ganas – respondió. Y después agregó:
-          A lo mejor se fue a buscar luciérnagas…

           Julio tenía sus códigos, como cualquiera. Tenía ojos oscuros, brillantes, sin
agresividad. Por algo Mary me había hablado tanto de él. Y una mujer como Mary, casi no contaba nada de su vida, ni hablar del amor,  excepto su relación tan opresiva, tan tensa e intensa como la que tuvo con Guillermo y la hizo decidir dejar la gran ciudad. Como una maldición. Eso me lo había contado alguna vez. El por qué estaba ahí en ese pueblo, por qué había cambiado tanto su vida. Quería ser libre como los pájaros, dijo.
Porque seguramente Mary sospecharía que el amor  por otra persona es una forma de esclavitud, ya lo habría vivido  y por eso dejó todo como lo dejó y se vino al pueblo. Suposiciones, tal vez.
             

           No le contesté. Pagué el café cortado y le dije a Julio que volvería a tomar clases de tango esa misma noche. Antes tenía que ir a la casa de la señorita Ana, mi clienta.  Me había llamado a la oficina, en Buenos Aires.
Era algo imperioso, necesario que fuera a su casa.  Tenía que decirme algo. ¿Cómo saber si lo que me iba a decir  tenía alguna importancia? Hasta que no se terminara la investigación no tenía ninguna certeza de haber encontrado la carta de Gardel. Y una vez más el enigma, Mary, esa mujer de la que nadie parecía saber nada o casi, esa mujer que guardaba los recuerdos y al mismo tiempo se escapaba de ellos como si no quisiera recordar ni saber . O tal vez algo nuevo había despertado en ella el interés, y por eso se había ido. Me había hablado alguna vez de su afición a las plantas, a tener un nuevo jardín, una nueva casa. 

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 

viernes, 10 de mayo de 2013

La carta de Gardel - novela (fragmento)




Se ha adueñado del espacio y escribe. Es el espacio de él que ahora es de ella, sólo de ella. Llega hasta ahí, el hombre de seguridad sabe que ella puede subir e instalarse en la oficina a cualquier hora del día o de la noche. ¿O no es una secretaria, acaso? Todo lo que ella pueda hacer por él, ordenar sus cosas, vigilar el orden de sus cosas, agendar los datos ya está hecho. Ahora es el momento de ponerse a escribir. ¿Por qué lo haría? ¿Por qué Mary, una secretaria, volvería a la noche a la oficina? ¿O no tenía nada mejor que hacer? ¿Por qué elegir a Mary para contar una historia que ya no existe? ¿Acaso la carta podría estar oculta en alguna parte, tal vez ahí? ¿Hasta dónde seguir a Mary? Duda. La lluvia irrumpe, las gotas se deslizan por los vidrios de la ventana, caen en alguna parte, y los ojos de Mary ven la noche desde el piso veinte, tal vez más alto, ¿qué importa? Una secretaria, alguien como ella puede entrar en el espacio privado de Guillermo y escribir su historia. Guillermo deja pistas de su vida por donde sea, tal vez a propósito, pensaba. Escribir en una libreta lo que piensa, lo que sueña, lo que no tiene ganas de decir. Y eso hace.



Adela está despierta, el tarambana de su único hijo varón no ha vuelto, se ha ido a Rosario con los amigos.  Si él estuviera ahora ahí le pegaría, le gritaría de todo, le diría estúpido, ¿por qué fuiste ahí? a jugarte a los dados y a las cartas lo que no tenés,burro. ¿Y para eso tuve hijos? Sólo Dios sabe y a él me encomiendo, para que él esté de vuelta pronto, quiero verlo, ahora mismo. Sin embargo, Adela prepara el cinturón, cuando él llegue va a pegarle una buena paliza, le gritará  infeliz, ignorante, de todo.  Porque ahora ella es la madre y el padre también, porque el padre está muerto y ella ahora es todo en esa casa desprotegida, en esa casa donde  ella Adela, asume todo el control, la protección y el amor y él, él, no puede haber hecho esto. Tiene ganas de escuchar la radio mientras teje, música de Gardel, un tango, una milonga, quiere olvidarse el trago amargo, la noche más triste,...De eso se hablará después. O no, o tal vez... Adela no sabe que su hijo se ha escapado del hotel sin pagar. Rosario, la "Chicago argentina" lo atrae con sus juegos, con sus peligros, la noche en Rosario puede ser más divertida que en Buenos Aires, cuando se tienen diecisiete años, la vida por delante...Gardel va a estrenar un tango, un nuevo tango, será muy famoso, y ella Adela, quiere cantar canciones mexicanas para alegrarse,  canciones de Jorge Negrete, ¡ay! "Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar..." Adela tararea la canción ....

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados 

sábado, 4 de mayo de 2013

La carta de Gardel - novela (fragmento)




Si Guillermo estaba muerto en el sueño había resucitado, estaba vivo, en el sueño
no lo podía explicar. Estaba vivo, realmente, y como siempre aparecía sin que lo
llamara. Era imposible, pero real, en el sueño Guillermo algo me decía, inquietante.
No esperaba ese día, después de haber dedicado tantas horas a la huerta, a plantar
tulipanes en almácigos, lechugas, tomates, había sido un día feliz. Haber
estado en contacto con la tierra, escuchado el canto de los pájaros sin haber pensado
ni una vez en Guillermo. Y sin embargo, nuevamente, aparecía en sueños. Me quedé
callada, escuchaba lo que decía aunque después no lo pudiera recordar. ¿Era sobre
un viaje? No sé, ahora no lo sé. Sólo recuerdo su imagen, cómo me sobresalté. Era
como un fantasma y estaba vivo, ahí en el sueño. Salté de la cama para tomar un vaso
de agua. Los zapatos de tango desordenados en el piso, cada uno en un extremo de la
cama. Haber bailado tantos tangos, ¿de qué me había servido? Durante algunas horas
no había pensado en nada, o casi. Guillermo se atrevía a todo, muerto, volvía en imágenes.
¿Qué podía hacer ahora? Escribir el sueño, dejarlo plasmado en una libreta, fijar la 
atención en otras cosas. Una escalera de luz  se proyectaba en la pared. Amanecía. 
Julio había vuelto a dar clases de tango y milonga. Pero Guillermo, era otro tema. 
¿Y si lo grabara? Y si grabara lo que estaba pensando y el sueño, para no escribir,
para no pensar más. Porque cada vez que Guillermo volvía a hablarme en sueños,
la película completa volvía a empezar. Una noche, cuando Guillermo se había ido
en uno de sus tantos viajes, recordé en mi casa  el lugar dónde había dejado mi diario,
una pequeña libreta azul. Estaba sobre mi escritorio, no había peligro de que nadie
 leyera nada. ¿Decía algo sobre Guillermo? Seguramente sí. 
¿Quién podía leer eso? Alguien, alguien que tuviera las llaves de la oficina, o alguien que
limpiara las oficinas de noche. Era necesario ir y rescatar el diario. Me vestí y salí corriendo,
tomé un taxi. La ciudad se encendía con luces de todos colores, brillante y enorme, tenía
que llegar antes que alguien pudiera leer lo que había escrito. ¿Cómo se me había ocurrido
hacer algo así? 

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados