sábado, 18 de julio de 2015

Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires - Jorge Herralde - Discurso de Agradecimiento

Jorge Herralde, Juan Carlos D´Amico y Ricardo Piglia

(Buenos Aires)

El 25 de junio de 2008 el editor Jorge Herralde recibió el Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires en el Colegio Nacional de la Plata, premio impulsado por el escritor e historiador Mario Pacho O´Donnell.  Lo acompañaron en el acto Ricardo Piglia y Juan Carlos D´Amico - Presidente del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Luego, el Gobernador Daniel Scioli, le entregó el premio. Concurrí al acto esa mañana y conocí personalmente al fundador y editor de la editorial Anagrama, de la que soy lectora de sus libros desde hace muchos años. Después de mi solicitud para entrevistarlo, desde Barcelona, Jorge Herralde me envió su discurso completo para publícarlo en la revista Archivos del Sur.

Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires: discurso de agradecimiento

SOBRE EL OFICIO DE EDITOR
Agradezco al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires este inesperado galardón, al historiador Mario Pacho O’Donnell, su impulsor, así como a Juan Carlos d’Amico, presidente del Instituto Cultural y al gran escritor y buen amigo Ricardo Piglia y sus generosas palabras de presentación. Y paso a leerles un discurso de agradecimiento, me temo que no muy breve, en forma de díptico: dos textos independientes pero en cierto modo complementarios. El primero sobre alguno de los dilemas y paradojas a los que se enfrenta un editor y el segundo, "El catálogo como ciudad", sobre cómo se reflejan en Anagrama. Algo así como teoría y práctica, dicho sea con poco énfasis.


1

El oficio de editor, algunos dilemas y paradojas
Un editor, y aquí me refiero a una raza particular de editores para quienes lo único sagrado es la coherencia de su catálogo, tiene que intentar ser un experto en conciliar paradojas.

Así, por ejemplo, debe practicar la llamada "política de autor", siguiendo la trayectoria de sus mejores escritores, aun en sus títulos menores o poco afortunados, pero inesquivables, y simultáneamente buscar las nuevas voces de su tiempo, los posibles clásicos del futuro.

Los grandes autores del catálogo, a menudo vivos y en plena actividad, otros ya fallecidos cuya obra se quiere rescatar (véase Nabokov o Sebald, en nuestro catálogo), ocupan una parte considerable del codiciado espacio editorial, en realidad casi un numerus clausus, por lo que cada nuevo autor incorporado debe competir ferozmente con muchos candidatos para la casilla vacante del catálogo.

Otro ejemplo, bien típico en la profesión, consiste en publicar libros con los que uno sabe con toda seguridad que perderá dinero (las desviaciones estadísticas son mínimas), pero se siente obligado a hacerlo, bien por la excelencia literaria incuestionable de un texto, bien por tratarse de un autor prometedor, desconocido y que no apuesta por la facilidad, entre otros ejemplos.

Esta pérdida financiera puede venir real o ilusoriamente "compensada" (lo que en jerga contable podríamos denominar como "invertir en lucro cesante") por un aumento del "capital simbólico" de la editorial, de su posible "aura", que transmite a los "lectores fuertes", así llamados por los franceses, el mensaje de que todos los títulos de la editorial están escogidos tan sólo por motivos culturales y literarios. Y, por ello, los autores desconocidos o debutantes pueden protegerse bajo el paraguas del aura de la credibilidad.

Naturalmente, este mensaje sólo puede ser descodificado por aquellos lectores que sigan con atención una trayectoria editorial. Más aún, que capten el opaco concepto del oficio de editor, que para la gran mayoría de lectores (a veces llamados lectores no-lectores) es un enigma que ni se plantean.

Sin embargo esos "lectores fuertes", entre los que se incluyen por fortuna libreros tan vocacionales como los propios editores, son los que pueden propiciar el imprescindible boca-oreja para que ciertos títulos inesperados triunfen, sin campañas de marketing y sin que el autor sea un brand name. Por citar algunos ejemplos de Anagrama, Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, 84, Charing Cross Road de Helene Hanff y, el más reciente, Una lectora poco común de Alan Bennett. También, claro está, se precisa el apoyo de la prensa cultural y los críticos literarios, incluso en estos tiempos en los que el mandarinato está tan diluido y se extiende una tendencia global a tratar la cultura en formato de suplemento dominical, es decir, textos breves y muchas fotos, al servicio de esos bestsellers arrolladores que Vicente Verdú ha bautizado atinadamente como "literatura infantil para adultos".

Otro efecto colateral indeseado es que esa política de autor, a menudo con el escritor felizmente instalado en una editorial, se vea muy seriamente amenazada por la voracidad, a menudo insensata, de los grandes grupos, acuciados por la necesidad de facturación y azuzados por los agentes literarios, de acuerdo con sus respectivos cometidos estructurales.

Una de las dificultades mayores de la práctica editorial estriba en el complicado manejo del ego de los autores, un ego obligado y en expansión acelerada en consonancia con sus éxitos. Por buscar un ejemplo en otro ámbito, decía Marlon Brando: "Actor es uno que si no estás hablando de él, no te escucha". Un ejemplo fácilmente extrapolable.

Un editor debe ser, pues, extremadamente cauteloso con los halagos a otros escritores, en petit comité, en público y desde luego por escrito (una regla que a menudo he incumplido). Y aquí quiero rendir un homenaje a Gaston Gallimard, un gran editor con fama de bon vivant, merecida, y de ágrafo: nunca escribió sus memorias, una actividad que es el hobby nacional de casi todos los editores franceses. Sin embargo, su editorial ha tenido el gran acierto de publicar, en varios gruesos tomos, su correspondencia con grandes escritores de la casa, como Proust, Céline o Claudel. Y así, asistimos a las alambicadas perfidias de Proust, a los insultos delirantes de Céline o a la vanidad insuperable de Claudel (que podría resumirse así: le resultaba incomprensible que una editorial como Gallimard publicara a pederastas como Gide, Cocteau y tantos otros, en vez de dedicar íntegramente sus esfuerzos a la genial obra de Paul Claudel). Pues bien, resulta admirable la sutileza, lo que ahora llamarían la "inteligencia emocional" y desde luego la enorme paciencia con la que Gaston Gallimard desactivaba las inmensas ofensas imaginadas por esos autores. Suya fue esa inestimable aportación, a tiempo casi completo, a su editorial, amparada por otra parte por la implícita force de frappe, disuasoria de fugas a otros sellos, que constituía y constituye la Bibliothèque de la Pléiade de Gallimard, el auténtico Panteón de la Fama, el ingreso en la Inmortalidad. Y recuerdo que su nieto, Antoine Gallimard, afirmaba en una entrevista reciente que él mismo dedicaba más tiempo a conservar a sus autores que a los nuevos fichajes.

Otro dilema que se puede plantear un editor es cómo alternar en su catálogo la ficción y el ensayo (como emblema del área de no-ficción).

En el caso de Anagrama, el ensayo, y en especial los textos políticos, tuvo, durante la década inicial de los 70, un peso muy importante. Luego, en los primeros 80, tomó ampliamente la delantera la ficción, para luego configurarse la relación actual: dos tercios aproximadamente de ficción y un tercio de no-ficción. A veces me ha preguntado algún distribuidor u observador editorial el porqué de mi persistencia en los ensayos, pese a que sus ventas son claramente menores, con las debidas excepciones, como José Antonio Marina o Ryszard Kapuscinski. En mi caso, me siento impelido, quizá demasiado a menudo, a incorporar a nuestro catálogo a aquellos autores y aquellos textos que contribuyan a iluminar nuestros tiempos inciertos, a combatir aunque mínimamente las injusticias, a ampliar y profundizar el ámbito del saber. Y pienso que Anagrama quedaría mutilada sin esas aportaciones.

Soy consciente de la tonalidad "sepia", como de daguerrotipo, de edición ancien régime, de mis cavilaciones, en esta era extremadamente mutante que analiza lúcidamente Robert McCrum en su extenso artículo "A thriller in ten chapters", publicado en The Observer el pasado 22 de mayo. McCrum, como es sabido, fue durante años editor de la muy literaria Faber & Faber y luego, tras graves problemas de salud, pasó a ser crítico literario durante diez años en The Observer, del que acaba de despedirse con dicho agudo e informadísimo análisis.

McCrum subraya, en diez capitulitos, el carácter explosivo de la actual mezcla de comercio global y tecnología. Lo ilustra con los ejemplos de esos escritores desconocidos que alcanzan un triunfo instantáneo en el mercado global, como Zadie Smith; el fenómeno Amazon, indispensable para unir el mercado en lengua inglesa; el caso J. K. Rowling; la importancia decisiva de espacios televisivos como el «Oprah’s Book Club» en Estados Unidos y «Richard& Judy» en el Reino Unido; la proliferación de festivales literarios, empezando por el Hay, "the new rock’n roll", escribe McCrum ("con el escritor convertido en una mezcla de viajante de comercio, músico de rock y predicador"); la evolución de los premios literarios, como el Booker, el Orange o el Costa, que juegan un papel, para lanzar a un autor, antes reservado a las revistas; el caso McEwan: si hay un escritor cuyo éxito popular simboliza una década es Ian McEwan, opina McCrum, subrayando que se trata de un "novelista literario"; la invasión de los blogs; y en especial, desde noviembre de 2007, la aparición de Kindle: "el primer libro electrónico que atrapa la imaginación de los lectores profesionales: los editores y los agentes literarios", así como la creciente digitalización de textos, impulsada por Google, empezando por las grandes bibliotecas.

Toda una serie de cambios de alcance todavía inimaginable, aunque Robert McCrum piensa (como yo) que todavía no hay que despedirse de Gutenberg y que los editores, como escribe un colega, deben publicar libros cada vez más deseables como objetos.


2

El catálogo como ciudad
La metáfora del catálogo editorial como un libro, como una novela, ha sido ya muy utilizada (por mí mismo, sin ir más lejos). Para no aburrirnos "el aburrimiento es la fuerza de la historia que menos se tiene en cuenta", escribió el sociólogo Robert Nisbet, que por cierto era un entretenidísimo orador que siempre esquivó la jerga académica, y propondré aquí otra, urbanística, de forma poco seria y nada académica: el catálogo como ciudad.

Aunque un catálogo sea en sus inicios algo así como la caseta del perro, que puede agrandarse hasta convertirse en una vivienda unifamiliar e incluso en un bloque de pisos, a medida que, con las décadas, se despliega, podríamos utilizar la metáfora de una ciudad, con sus colecciones a modo de avenidas más o menos amplias hasta otras como callejones de final abrupto.

Tomemos el caso de Anagrama, con sus avenidas "Panorama de narrativas", "Narrativas hispánicas", "Compactos", "Contraseñas", "Argumentos", "Crónicas", "Biblioteca de la memoria", que son las colecciones en activo, mientras que otras, de los años 70, acabaron en un cul-de-sac, aunque puedan persistir quizá en el recuerdo de algunos aficionados añejos y memoriosos, como los Cuadernos Anagrama, la Biblioteca de Antropología o la Cinemateca Anagrama.

En ellas se erigen los monolitos dedicados a los autores-faro de la editorial: Nabokov, Highsmith, Enzensberger, Kapuscinski, Auster, Capote, Pombo, Martín Gaite, Pitol, Piglia, Bolaño, Chirbes, Vila-Matas, Marina, entre otros. También encontraríamos las plazas que conmemoran y honran a los ganadores del Premio Anagrama de Ensayo y el Premio Herralde de Novela. O los jardines dedicados a aquellos longsellers que han ayudado a florecer (disculpen la obviedad de la metáfora) la editorial: La conjura de los necios de John Kennedy Toole, Extraños en un tren de Patricia Highsmith, A sangre fría de Truman Capote, Bella del Señor de Albert Cohen, Nubosidad variable de Carmen Martín Gaite, Historia de una maestra de Josefina Aldecoa, Historia de un idiota contada por él mismo de Félix de Azúa, Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, La inteligencia fracasada de José Antonio Marina, El dios de las pequeñas cosas de Arundhati Roy, Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi, Seda de Alessandro Baricco, Wilt de Tom Sharpe, Catedral de Raymond Carver, El Danubio de Claudio Magris, En el camino de Jack Kerouac, El almuerzo desnudo de William Burroughs, Lolita de Nabokov, Ébano de Ryszard Kapuscinski o Brooklyn Follies de Paul Auster.

Y no debería faltar un "Quadrat d'Or", como el perímetro del Ensanche modernista de Barcelona, dedicado al British Dream Team, ni el complejo de piscinas Soledad Puértolas, ni, en honor a los muchos títulos dedicados al humor inglés, el local del Club de la Sonrisa bajo la presidencia de P. G. Wodehouse y arriba la Azotea de la Carcajada de Tom Sharpe, ni el salón recreativo, cerebral y juguetón de Georges Perec, ni el ring de Norman Mailer, ni la sede de un periódico invadido por Tom Wolfe, Hunter S. Thompson y sus compinches del Nuevo Periodismo, ni el bar de Quim Monzó (especialidad: patatas bravas), ni el Barrio Chino con bodega inagotable de Bukowski, ni el quirófano (sin anestesia) especializado en los desperfectos de la historia española reciente de Rafael Chirbes, ni el drugstore a la holandesa, con un buen surtido de diversas sustancias, regentado y asesorado por Antonio Escohotado, ni la sinagoga de Harold Bloom, ni la sofisticada clínica del Dr. Sacks, ni mucho menos el estadio (de béisbol) de Paul Auster.

Y en la finca argentina, en expansión, nos encontramos con los pasadizos que conducen al sótano que alberga el Gran Centro del Complot, dirigido en comandita por Piglia y Renzi, la maqueta del colegio Juvenilia tuneada por Martín Kohan, el Archivo Total setentero de Martín Caparrós, todo ello coronado por la Cúpula del Pasado Circular de Alan Pauls. Pero antes, en el Gabinete de Rarezas se encuentran, por ejemplo, las obras, por desdicha únicas en nuestro catálogo, de Rodrigo Fresán y César Aira, o la antología profética Buenos Aires realizada en 1992, en la que aparecen textos de autores entonces aún ignorados por el lector español y ahora de tanto prestigio como Fogwill y los citados Pauls, Fresán y Aira, entre otros. O más lejos, escritores tan decididamente singulares como J. Rodolfo Wilcock, Edgardo Cozarinsky y José Bianco. Y aún más lejos los títulos del gran Copi, el argentino de París, con su "internacional desmadrada" tan presente en Las viejas travestis, El baile de las locas o las viñetas de La mujer sentada, todo ello traducido del francés.

En resumen, el catálogo de Anagrama como una ciudad bien conectada, con tráfico fluido, diversión garantizada, una pizca de liturgia solemne y su wild side al acecho.

Jorge Herralde

25 de junio de 2008

Colegio Nacional de La Plata, Argentina



martes, 9 de junio de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)





Llegué al pueblo a eso de la dos de la tarde. Había averiguado algunos datos, y una persona me dijo que sabía dónde podría encontrar a Mary.
Resolví ir a verla. No sabía nada de ella desde hacía meses, me preguntaba si se habría ocultado deliberadamente, si estaba escapando de alguien o de algo.
Caminé algunas cuadras hasta llegar a una calle de tierra. Se escuchaban algunos ruidos de animales, el mugido de una vaca.
Me dijeron que la casa estaba al fondo, a unos trescientos metros. Como suele ocurrir en los pueblos y en el campo, cuando se preguntan las distancias, las respuestas suelen ser orientativas pero no exactas.
Los ladridos de unos perros me hicieron pensar que me había acercado a la casa, no sé por qué.

Mary vivía sola con dos perros en una chacra. Como toda seña había en la entrada un cartel que decía "Mary". Había una tranquera, me acerqué y la abrí.
Durante los primeros momentos del encuentro con Mary, supe que estaba frente a una extraña. No era la misma Mary que había conocido al empezar la investigación, sino otra, muy distinta. Estaba vestida con jeans y zapatillas, el pelo largo y suelto. Valentín y Rocky, así se llamaban los perros, me olieron y ladraron hasta que entramos a la casa.

Mary me hizo sentar en el comedor, tenía pisos de mosaico, y un ventanal muy grande que daba al jardín. Había pocos muebles y el ambiente reflejaba austeridad.

- Quiero hacerle algunas preguntas - dije

- Me imagino que no habrá venido hasta aquí para nada - contestó

- Claro - dije


 
El canto de algunos chimangos me distrajo. Era el fin de la hora de la siesta.

Mary fue hasta la cocina y trajo dos vasos de jugo de frutas y me acercó uno. Lo tomé, aunque no tenía ganas. Hubiera preferido un café. Intercambiamos algunos comentarios acerca de la nueva casa y de la nueva actividad de Mary. Se había dedicado a estudiar durante algún tiempo a los animales, dijo. Después me habló de las ovejas, tenía algunas, le gustaba que cortaran el césped en lugar de usar una máquina cortadora de pasto. Son el colmo de estoicas, dijo. Hace poco hubo que operar a una, y soportó los dolores como si nada. Los animales saben disimular el dolor.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados


domingo, 17 de mayo de 2015

El poeta Almafuerte fue homenajeado hoy con una Fiesta Popular



(Buenos Aires)

El poeta Pedro Bonifacio Palacios - Almafuerte - fue homenajeado hoy en la ciudad de La Plata con una Fiesta Popular.
La tarde de sol y calor acompañó a la gran cantidad de platenses que se acercaron a disfrutar de la Fiesta Popular organizada por la Secretaria de Cultura y Educación a través de la Dirección de Museos de la Municipalidad de La Plata. Fue una interesante propuesta multidisciplinaria con actividades para toda la familia en conmemoración al 161º Aniversario del Natalicio del poeta Almafuerte y adhiriendo al 18 de mayo Día internacional de los museos.
Fue una jornada con actividades variadas. Se realizó un taller de arte con materiales reciclados para toda la familia dirigido por Cecilia Canepa y Soledad Franco, hubo muestra y venta de artesanías de todo tipo -desde cerámica hasta encaje de bolillos-, participó la Feria Artesanal de Plaza Matheu y el Atelier Pintura Fresca, los títeres estuvieron a cargo de Damasita con la obra "Gualichos", y se realizó una visita guiada -que incluyó recitado de poemas- por la casa de Pedro B. Palacios, hoy Museo Almafuerte, a cargo de Osvaldo Tesser.
La música en vivo estuvo en manos del grupo Tupac, que deleitó al público con clásicos folklóricos argentinos y la fiesta cerró al atardecer con la actuación de la Orquesta Municipal de Tango, junto a una pareja de tango y milonga callejera.
El Museo Almafuerte se encuentra en la casa que habitó y donde transcurrieron los últimos días de Pedro B. Palacios, más conocido como Almafuerte. Esta casa, que se halla situada en la avenida 66 N°530, es hoy un museo que sintetiza la vida y la obra de este artista. La creación de un museo en esta casona de principios de siglo pasado - declarada Monumento Histórico de la Ciudad, de la Provincia y de la Nación- es un justo homenaje al artista y promueve la consolidación como patrimonio público del lugar donde se plasmó su acción humanística y literaria. En el Museo Almafuerte se exhiben manuscritos, fotografías, dibujos, libros, periódicos, escritos sobre su obra, muebles y otros objetos que formaron parte de la vida del poeta. Recorriendo las diferentes salas, el visitante va descubriendo la multifacética personalidad de Almafuerte, a partir de los muchos oficios que tuvo, al mismo tiempo, toma contacto con el contexto político, social e histórico que le tocó vivir. Una de las salas permite, además, asomarse a su mundo interior, a sus cosas más personales, muebles y objeto de uso cotidiano, como los anteojos con armazón de plata que lo acompañaron en su vejez.

sábado, 9 de mayo de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)



 
Pisaba las hojas secas de los árboles en la vereda, el otoño había llegado. ¿Hasta cuándo seguiría en ese pueblo? La conversación con Dolores, la mujer más vieja del pueblo la había desconcertado, rodeada de retratos, de perros, de pájaros, de recuerdos que se agolpaban y venían a su mente y quería rescatarlos y entregárselos a ella, porque era ella, justamente ella la que buscaba la carta de Gardel. ¿Hasta cuándo seguiría buscándola? y además por encargo, era un trabajo. Las hojas secas del otoño le molestaban, odiaba el otoño, no le gustaba, nunca le había gustado esa estación parecida a la muerte. Le molestaba tanto como los cartelitos con moraleja de facebook, o los conocidos que la llamaban o le escribían después de años de no saber nada de ellos ¿qué importancia tenía todo eso? En algún espejo había que mirarse, Dolores le disgustaba, no había querido contestar algunas preguntas. Tal vez tuviera razón en no hacerlo.

Decidió volver al hotel, comer algo y directamente subir a la habitación. Miraría alguna película en el televisor plano del cuarto, esa pantalla que se parecía a cualquier cosa, tal vez una computadora, tan común como tantos otros objetos que se vendían como algún confort. Se le cruzó un hombre que caminaba rápido, en la oscuridad y caminó directamente hasta entrar en el edificio nuevo.

La noche parecía existir adentro de la habitación, corrió las cortinas lo suficiente, pero no tanto como para no ver la calle. Escuchaba el ruido de las hojas que aún quedaban en los árboles, algunas ramas se hamacaban y golpeaban el vidrio. Se alegraba pensando que pronto se iría de ahí a otra parte, tal vez a Buenos Aires. Aunque no tenía ganas de volver a la oficina, siempre habría novedades que la estarían esperando. La chicharra del teléfono sonó varias veces. Miraba el reloj, ¿quién sería a esa hora?

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

miércoles, 22 de abril de 2015

La carta de Gardel - novela - fragmento




- ¿Y ese paquete de cartas? - dije. Habría unas diez cartas atadas con una cinta roja, sobre un escritorio. El papel de los sobres era de color amarillento, me pregunté cuántos años haría que Dolores las tendría ahí.

- Son las cartas que ha valido la pena guardar, de vez en cuando las releo.

- ¿Se puede saber quién se las envió? - pregunté sin demostrar demasiado interés.

Dolores se sentó en una silla hamaca y se puso a mirar hacia la ventana. Los vidrios estaban abiertos y entraba en la casa un aroma a pasto recién cortado. Se veían algunos pájaros picoteando algo en el jardín.

- Preferiría hablar de otra cosa, ahora no tengo ganas de hablar de las cartas.

Asentí con la cabeza, en silencio. Recordé cuántas veces yo también había recibido cartas que parecían empezar con una sonrisa de quien las escribía y terminaban siendo como las "cartas del mal" de Spinoza. Cuántas veces había destruido cartas que no habían sido más que un remedo de la correspondencia entre Spinoza y Blyenvenbergh. Tampoco tenía ganas de hablar de eso. Estaba investigando el asunto de La carta de Gardel.

Cerca de las cartas, bajo unos papeles vi algo que brillaba, algo así como de metal, algo así como un arma.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados
 

 

viernes, 10 de abril de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)





- ¿Se refiere al Sur?

- Sí - dijo la mujer más vieja del pueblo, después supe que se llamaba Dolores.

- ¿Por qué?

- Porque en el Sur está todo.

- ¿A qué se refiere?

- Todo lo que usted busca, está en el Sur.

- ¿Cómo lo sabe?

La mujer señaló entonces lo retratos colgados en las paredes y luego dijo:

- ¿Ve usted estos retratos, estas caras, estas fotografías?

- Sí

- Son las caras de muchas personas que vivieron aquí, en este pueblo. Conozco las historias de cada uno, podria contarle...

- ¿Y cómo hace para recordar cada historia?

- Venga, siéntese aquí - dijo señalando un sillón tapizado en cuero

Ella fue hasta otro sillón igual y se sentó, la seguí. Me quedé callada hasta que Dolores volvió a hablar:

- El pasado es lo único que debe importarnos, el presente se esfuma, el futuro no existe todavía.

- Lo dice muy segura.

- El pasado está aquí, usted debe conocerlo...

- Está bien. Estoy dispuesta a escucharla, a venir aquí muchas veces...

- Si quiere encontrar la carta de Gardel va a tener que venir, puedo contarle muchas historias.

Me preparé para escuchar algunas, después dije:

- ¿Y usted siente estima por todas esas personas de las fotografías?

- ¡No! - contestó alarmada. Un gesto de preocupación le dibujó algunas arrugas en la frente.

- ¿Entonces odia a alguien?

- Tampoco.

- ¿Qué siente cuando recuerda las historias de cada uno de los que están ahí?

- A veces nada - dijo y sonrió enigmáticamente.
(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

sábado, 28 de marzo de 2015

La carta de Gardel - novela (fragmento)



 
En eso ladraban lejanos unos perros. Eran ladridos continuos, primero largos, después algo cortos. Mientras caminaba cerca de la plaza, ya era de noche, prestaba más atención a los ladridos. Parecían dos o tres animales alertaban , algo pasaría.
Fue entonces cuando lo encontré, hacía mucho tiempo que no lo veía y no parecía que fuera él, en ese lugar, tan lejos de donde podría haberlo visto.
¿Hay algún lugar determinado donde se puede encontrar a una persona?
Entonces me reconoció y no tuve más remedio que detenerme y saludarlo. Casi no lo hubiera hecho, pensaba y ese casi fue lo que me hizo, tal vez, intercambiar algunas palabras.
Después de algunos minutos nos cruzamos a un bar, frente a la plaza. El lugar estaba impregnado de olor a empanadas de carne, a pizza, a comidas rápidas. Hablamos de mi vida, poco ¿qué podría contarle después de tanto tiempo sin verlo? ya era un perfecto extraño y me sentí rara en ese lugar, frente a ese extraño, que alguna vez había conocido. No tenía ganas de contarle detalles de mi investigación a nadie y menos a él, ese forastero ¿qué hacía ahí? a esa hora. El se preguntaría lo mismo, tal vez quisiera indagarme.
- ¿Volviste al pueblo? - dijo

- ¿Te parece importante? ¿qué pasa si no te contesto?

Movió la cabeza y dijo:

- No

Hice un gesto para que no me hiciera más preguntas.

Mientras el hombre contaba algo acerca de su vida actual, sus viajes, su trabajo, su nueva mujer, los perros volvieron a ladrar. Entonces supe que tenía que irme de ahí de inmediato, que eso era tal vez un aviso para que dejara la conversación y me fuera a otra parte.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados