sábado, 17 de noviembre de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



- Volviste...

- Sí, volví...podría no haber vuelto...

- Una respuesta rebuscada...

-¿Qué sabés de mi?

- No sé,  intuyo...

- Sabés tan poco de mi como yo de vos...

- A lo mejor...

- Hablás como un personaje de novela.


La escena tenía un aspecto teatral. Mi hermana era como no la esperaba: rubia, elegante, una mujer cuidada. Se había vestido como una mujer más joven, tenía un aspecto deportivo, un aire "casual" que yo nunca había podido adoptar.

- Tal vez...- dijo

- De novela policial, un personaje que no dice mucho, que no quiere hablar...

- A lo mejor no quiero hablar...

- Estás hablando...

- Si, hablo con vos...

-¿Por qué volviste?

- Algún día tenía que volver...

- Sabía algunas cosas de vos, por una amiga tuya...- arriesgué

- Es muy raro lo que me estás diciendo, que yo sepa nadie sabe de mí...generalmente me gusta estar sola...

Estábamos en un bar, el encuentro había sido planeado así, un lugar neutral. En el pueblo de la señorita Ana. Mi hermana parecía un personaje de novela policial, tal vez inventada, tal vez no, era raro tener una hermana a la que casi no había visto nunca. Éramos dos extrañas y se lo dije así.

 - Tal vez tenés razón, somos dos extrañas, tenía que volver alguna vez, elegí venir a buscarte. Si hubieras estado en Buenos Aires, a lo mejor nos hubiéramos encontrado ahí, en otro bar, en el hotel donde estoy...

- ¿Podés contarme algo de tu vida?

- Sí, en otro momento. Ahora no. Ahora quisiera que me cuentes algo vos.

Le conté entonces el caso de la carta de Gardel. Un enigma todavía sin resolver. Hasta dudaba a veces de la carta, que hubiera existido alguna vez, a pesar de todos los detalles que me había contado la señorita Ana. Adela, la dueña de la carta, esa mujer tan provinciana y sin embargo, con tantas ilusiones, con esa necesidad de tener otra vida, la había empujado a instalarse en Buenos Aires, en busca de un destino distinto, atraida por la fama, por la grandeza, por las posibilidades  de la  ciudad.  La destinataria, a la que Gardel le había escrito, la había guardado tanto tiempo. Valìa la pena seguir buscándola...

- ¿Y si yo supiera algo de la carta de Gardel ? ¿qué dirías?

- Te escucharía, muy atenta. Ahora, decime ¿vos estuviste en Francia?

- Estuve en tantas partes, viajé tanto. Mirá lo que me venís a preguntar..

- ¿Qué me podés decir vos acerca de Gardel y de la carta?

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados







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lunes, 12 de noviembre de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)





"Menos averigua Dios y perdona los pecados" pensaba. Tenía ganas de decirle eso y mucho más ¿qué se creía? Me la estaba haciendo difícil...volver después de tantos años sin vernos, sin hablarnos, apenas un par de cartas. Y ahora la iba a ver, sí, tanto tiempo...
Ella se fue de casa ... no sé por qué le estoy diciendo todo esto. Pero la señorita Ana piensa que  sí, que es importante que se lo diga. Ella quiere saber, porque además de ser mi clienta, la señorita Ana se preocupa por los asuntos de familia. Seguramente porque no tiene otra cosa que hacer.
Entonces le seguía contando. Ella se fue de casa, yo era una adolescente y ella se fue, no sé adónde, porque cuando ella se fue no se habló más del tema en casa. Ahí no tuve más hermana, y ella no quiso volver más. ¿Raro, no? ¿por qué? Mucha gente se va de la casa y no vuelve más. Ella dijo que se le hacía difícil vivir con nosotros, que quería vivir su vida. Siempre había sido así. Mamá contaba que un día salió de la escuela sola, se fue a la calle, tenía seis años. Cuando eso se supo, a partir de ahí, la escuela cerró la puerta con llave. Dijo que no tenía miedo, que ella podía con su vida. Y ahora vuelve. Seguramente vuelve porque se cansó de vivir afuera, se cansó de dar vueltas, se cansó...Pero ahora quiere saber de mi vida, y yo ¿qué le voy a decir? ¿qué le voy a contar? ¿le hablaría de mis casos? ¿de mis investigaciones? Es una parte del pasado que vuelve. Y eso puede ser un espejo, puede ser algo que no quiero ver, que no deseo ver. Y ella vuelve, dijo que llega en dos días. Dos días, se me están haciendo eternos...
Por un lado me asusta un poco su carta. Dice que sufrió traiciones. Y que está cansada. ¿Qué puedo decirle? ¿a quién no lo traicionó un amigo, un novio, un amante? Si sabré yo, con todos los casos que tomé para investigar, para hacer seguimientos. Tendría que mostrarle mi archivo. Ahí se daría cuenta que no es la única. Y que está sola, dijo. ¿Y qué le puedo oponer a eso? Vamos a comer por ahí, te acompaño a recorrer algunos lugares de la ciudad. Sin embargo tengo el presentimiento de que vuelve por otro motivo.

(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados


viernes, 2 de noviembre de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



¿Nunca le hablé de Violeta? dijo Mary, era una amiga que tenía en Buenos Aires. La conocí en la empresa, trabajaba en la oficina de al lado. Comí varias veces con ella, cuando todavía iba al comedor. Después no fui más, comía afuera o pedía que me trajeran algún sandwich. Violeta me dijo que salía con un hombre, casi no recuerdo el nombre, no sé si era Alberto o Luis. Ahora poco importa. Me fue contando detalles de su relación. Tomábamos café cuando Guillermo o Alejandro, los que eran mis jefes se iban y yo tenía algunos minutos para charlar. Sabía que Violeta estaba sola y presentí que muchas cualidades de su novio eran inventadas, porque ¿a quien no le gusta tener una pareja ideal, que reúna toda lo que soñamos? Violeta me lo pintó como un cuadro. Y me dijo que me lo iba a presentar. Por no llevarle la contra le dije que sí, que algún día me lo presentara. Pero mi obsesión con el trabajo, primero con Guillermo y después con Alejandro, me dejaba poco tiempo para prestar atención a la vida de los demás. Además, estaba el tango, la milonga, y en Buenos Aires, ya se sabe, hay muchos lugares donde ir a bailar.
Habrán sido cuatro o cinco veces, tal vez más. Violeta me llamaba los viernes a la tarde o los sábados, decía que teníamos que salir a escuchar música, a buenos lugares, y de paso me presentaría a Alberto o a Luis, porque ya no recuerdo el nombre. ¿Por qué será que nos olvidamos de los nombres de las personas que no queremos recordar? A mí me pasa eso, las borro, de mi memoria, como si fuera un disco rígido, elimino archivos. Y fue así que varias veces me encontré con Violeta en algún restaurant, en algún café, en alguna milonga, ella decía: "Después viene Alberto (o Luis), se le habrá hecho tarde". Y una noche me di cuenta que Alberto (o Luis) existía solamente en la mente de Violeta. Era un puro invento. Y sentí que no podía seguir la amistad con Violeta, porque si le seguía el tren, seríamos dos las del invento. Entonces puse pretextos en el trabajo, cuando ella me llamaba y me decía: "- Tu jefe, salió, ¿estás sola? ¿querés tomar un café?" Y yo le decía" - No, no gracias, estoy con mucho trabajo". No sé qué fue de la vida de Violeta, por qué tuvo necesidad de inventar a ese hombre, Alberto, o Luis, sé que estaba muy sola en la gran ciudad. Como tantos....Y ese día que me di cuenta que Violeta había inventado ese amor, tomé conciencia mientras esperaba en la gran ciudad un colectivo, un ómnibus que me llevaría a no sé donde. Una mujer, no sé la edad, se había desnudado,sentada en un umbral de un  lujoso edificio, sólo tenía una calza como toda ropa, el pelo rapado, como si hubiera escapado de un lugar funesto, de una reclusión forzosa, tenía una botella de coca-cola en la mano y el torso descubierto, no podría decir la edad. Y la ví, ví como podía terminar alguien después de estar encerrado, durante mucho tiempo, o tal vez, abandonado, solo, porque esa mujer, era como si hubiera visto a Violeta, Violeta con sus fantasías y sus delirios, cada vez más grandes. Y me dio miedo, me dio mucho miedo  la locura de Violeta, la soledad, la cantidad de inventos que me había contado y lo cerca que la tenia a Violeta en el trabajo.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 14 de septiembre de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)


El sale de mi oscuridad y de mi luz, de mis desgarros, no sé nada de él. Sólo veo un punto en una esfera. En ese cuarto, en esa soledad casi espectral, las letras luminosas titilan, diminutas estrellas. En el juego de las máscaras y de las palabras, abro el correo de alguien que me escribe. Ha descifrado ¿quién sabe? los códigos, esos jeroglíficos en que a veces se transforman las palabras.
Palabras dichas, quién sabe entendidas, porque ¿quién entiende algo del otro? ¿quién interpreta? Lectura silenciosa, en singular, quizás en otro cuarto o en el rectángulo luminoso de una pantalla.
Los ojos del lector, abren su alma, cerebro, imaginación a partir de las palabras, máscaras, códigos, que mi imaginación usa para invadir la realidad. La ficción irrumpe en la mente de otro, ya no me pertenece. Las palabras están unidas en una red, tejidas en el juego de dos: autor-lector. Sufrirán, sí, tal vez, interpretaciones equivocadas. Palabras teñidas de colores que quizás nunca ví. ¿Verá esos colores el que las lee? Quién sabe. En el intercambio de pensamiento-palabra-código-lector, quién sabe qué colores ve él cuando yo digo azul, o verde, o rojo. ¿Con qué otros colores que no consigo ver va a teñir el lector mis palabras? Urge establecer un alfabeto sin traducción, llevar al límite
los significados, pueden ser varios, lo dejo a criterio del lector. Si escribo paisaje con agua, arena, olas enormes y distantes ¿qué verá el lector? Y si digo: una hormiga camina sobre la hoja verde de una planta ¿se imaginará el lector la misma planta que yo digo? A partir de la lectura de Colette acerca de una rosa, volví al rosal de mi infancia. Puente de la imaginación, olí la rosa fresca donde caminan hormigas negras diminutas, rosal plantado en la tierra de mi jardín, entre plantas, flores, sapos y ranas que croan. El perfume del rosal color té, mi rosa preferida, rosas abiertas, pétalos en el suelo y más allá margaritas, conejitos, claveles y malvones. Hojas verdes donde el rocío se instala de madrugada y salgo a ver las estrellas en la noche iluminada. ¿Qué leerá el lector cuando yo digo infancia? ¿Puede saltar la pared o asomarse y verme ahí?  En el momento de sentir el perfume de la rosa comida a medias por esos diminutos seres, las hormigas, no me preocupa la mirada de él. Estoy absorta en el juego de la imaginación convertida ahora en presencia ante la rosa. Es una sensación difícil de explicar. Porque siento el perfume de la rosa, me llena los sentidos
y estar ahí en el jardín con mis zapatos blancos recién pintados mirando los pájaros y el gato juega a atraparlos. ¿Qué leerá el lector? Presencia silenciosa al otro lado de las palabras. Si digo mar encrespado y olas
besando la playa, con una mirada atónita frente a tanta hermosura, sorprendida por el color del agua ¿gris?, ¿verde? ¿azul, quizás? ¿y qué hago ahí ensimismada? porque no sé cómo llegué hasta ahí, a esa playa,
un fragmento de sueño irrumpe y se instala y lo escribo. ¿Qué leerá el lector cuando yo digo Mary?

(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

martes, 28 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



-¿ Usted no se da cuenta de lo que ha hecho?


- No, doctor ¿qué hice?

-¿Cómo me va a traer un regalo a mí?

- ¿Y qué tiene de malo?

- Se da cuenta, me ha traido un dibujo...

- Sí, es un dibujo...

- ¿Y cómo me va a traer eso?

- Pensé que podría gustarle...

- Mary, piense, usted piense...

- Sí, doctor, pienso...

- Usted no me puede traer un dibujo porque tenía que haberme traido el catálogo para que yo eligiera...

- Está bien, doctor, la próxima vez le traeré el catálogo (cuando lo arme).

- La escucho...

- Sí doctor, la próxima vez le traería flores...

- ¿Cómo dice?

- Sí, flores doctor, para alegrarle el consultorio...

- Usted no me puede andar diciendo esas cosas, Mary

- ¿Por qué no?


Mary podría ser un personaje de ficción o real, la sospechosa de haberse robado la carta de Gardel. No lo sé, es domingo, de tarde, fría y nublada y en el café esquina Homero Manzi, de San Juan y Boedo, se me ocurre escribir esto escuchando Cafetín de Buenos Aires. ¿Porque qué hace Mary ahí en ese pueblo alejada de la ciudad? La música suena: "...si sos lo únicoooo en la vida que se pareció a mi vieja..." tal vez tiene razón,pero este café tan grande, tan lleno de personas que la pasan bien en la tarde de este domingo, tomando café, reuniéndose con amigos no sé si están pensando en el cafetín o en la vieja. Al menos yo pienso en Mary sola ahí en ese bar, sabiéndose observada por esos dos tipos que no se sabe quiénes son...
Mientras Mary piensa que los problemas pueden ser resueltos por el psicoanalista, sigo pensando en el cafetín y en la vieja, en los retratos que escalonadamente se amontonan en la pared, junto a la escalera y me tomo el café tan rico y sin azúcar  y anoto las posibles pistas que me conducirán a resolver de una vez por todas el robo de La carta de Gardel.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados



miércoles, 22 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)





Uno de los hombres de la mesa de al lado tenía un tatuaje, una serpiente o algo así. Tenía brazos fuertes y la camisa arremangada por arriba de los codos. Durante algunos momentos Mary se sabía observada por él, ¿qué hacía una mujer sola ahí comiendo pizza? ¿Y por qué no? se dijo, preguntándose por qué no habría más mujeres en ese bar, como ella, comiendo una porción de pizza. Acostumbrada a vivir en Buenos Aires, la ciudad cosmopolita y moderna donde a nadie le importaba que una mujer estuviera sola en un bar, comiendo, leyendo, escribiendo o simplemente mirando por la ventana, aquí en este pueblo sí parecía importar, al menos a ese hombre en ese momento.
¿Se iba a acostumbrar de nuevo a vivir en ese pueblo del que apenas conocía algo? El mozo le había dicho hacía instantes que alguien había preguntado por ella:

 -¿Quién era? ¿Cómo era?

- Un hombre - contestó el mozo del bar

- ¿Dijo el nombre?

- No, no me dio ningún dato. Dijo que iba a volver.

Por unos momentos pensó en Julio, tal vez. ¿Por qué no? Su amistad con Julio nunca había terminado porque en el fondo nada termina. Además Julio era un tipo limpio, por dentro y por fuera. Y eso no tenía
precio. Era demasiado buen tipo como para hacerle daño, nunca la había rondado como un animal. En el ambiente de tango, en el baile,  se podía encontrar mucha trampa. Julio se había acercado a ella como un pájaro, silencioso, feliz de estar ahí con ella bailando tango, paseando en la moto, tantas veces ...y ella había sido feliz con él. Sin embargo lo había dejado ir, era necesario. Dejarlo ir por un tiempo, de gira, con una mujer, compañera de baile. Ella había querido volver a Buenos Aires, aunque el nuevo puesto de secretaria de Alejandro le había reservado una nueva experiencia negativa, pero le había enseñado algo.
Podía ser Julio, sí, quien la hubiera estado buscando.

(c)Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados





lunes, 13 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



En la novela policial, decía Borges, los personajes tienen que tener vida propia, más allá de las necesidades, a veces muy estrictas del relato. Tal vez por eso, Mary se había ido lejos, o eso creía. Sentada en el bar La farola ¿porque en qué pueblo de provincia no habrá un bar con ese nombre?, miraba por la ventana, cerca de dos hombres que comían un plato de pastas. El bar tenía el nombre de un enorme farol hecho con vitraux, cerca de un espejo, frente a la barra.
Mary se sentía a sus anchas. Se había cortado el pelo y se lo había teñido de rubio, bien claro, inspirada tal vez en la rubia Mireya del tango. Estaba en un pueblo del que apenas recordaba el nombre, había alquilado una casa con un terreno grande y se disponía a vivir otra vida muy lejos de la gran ciudad. Pidió una porción de pizza y una de fainá y un agua tónica. La luz de la tarde. recién empezaba, se filtraba por la ventana. ¿Quién la iba a encontrar ahí? Con los ahorros de varios años de trabajo, mezquinando en ropa y en zapatos nuevos, aparentando con Guillermo que se gastaba todo el sueldo vistiéndose para estar a tono con él  y con Alejandro, que todo su guardarropas era a estrenar, había conseguido tener algo. Era poco, sí, pero peor hubiera sido haberse gastado todo en frivolidades. Quería olvidar, sí, quería olvidar, como un personaje de cuento Mary quería  empezar todo de nuevo, no haber conocido nunca a Guillermo, su frivolidad, también quería olvidar a Alejandro y todo su egocentrismo. Quería hacer borrón y cuenta nueva, plantar lechugas en la tierra y también algunos tomates. Ya vendrían después los conejos a comerse las plantas, a multiplicarse como en el cuento de Julio, a invadirlo todo. Pero eso sería después, mucho después. Se sentía sonreir: una mujer nueva, despojada de malos recuerdos, como si el cuento recién empezara, como si el diluvio hubiera caído ahí en ese pueblo y ella hubiera sido algún pariente de Noé en el Arca. Tal vez eso era: una sobreviviente, alguien que había atravesado una gran tormenta, un inmenso diluvio. Algunas imágenes venían a su mente: Guillermo llamándola por teléfono todo el tiempo, hablándole a toda hora, haciéndola ir a su casa con mil pretextos: traéme el libro y la agenda que me olvidé en el escritorio. Su vida había sido eso, un aburrimiento, una esclavitud, un hartazgo. Se había liberado ahí en el pueblo, era otra mujer. Recién empezaba a vivir, se dijo. Pero ¿y si alguien la encontrara? Podría vivir todos los días escuchando tangos, escuchando toda la música que se le diera la gana, y olvidar, olvidar, olvidar...

Cuando el mozo puso el plato con la pizza y la fainá sobre la mesa, Mary lo miró, le vio una cara rara, como de pájaro triste, consumido. El hombre miró a Mary también y dijo:

- Alguien me preguntó hoy por usted.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

lunes, 6 de agosto de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Si hubiera sido un libro posmoderno, el autor tal vez escribiría acerca de la escritura misma, cómo lo iba a componer, tal vez...Pero no se trataba de eso, simplemente el personaje se había escapado.
¿Cómo? nadie sabía. Se había escapado, no estaba en ninguna parte....Llegué como siempre a desayunar al bar de enfrente: café, tostadas, jugo de naranja. Ahí encendí el celular, había un mensaje de texto: renuncié al trabajo, me voy, no se sorprenda, Mary. Eran las 11 de la mañana, me había acostado tarde y el mensaje había sido enviado a las 10 y 10 minutos. ¿Y ahora? Tomé el café sin azúcar y llamé por teléfono a la empresa donde trabajaba Mary, ahí una voz monocorde de recepcionista femenina me informó que Mary no trabajaba más ahí. Todo era muy raro. ¿Dónde estaría? La principal sospechosa de haberse llevado la carta de Gardel se había ido de un dia para otro del lugar donde pasaba la mayor parte del día. Le contesté el mensaje de texto: " Mary ¿dónde está?"  Pensé que tal vez me iba a dejar una nota, una carta, algo más explicándome la decisión. Sabía que estaba cansada de trabajar ahí en la empresa, que no quería tener otro jefe como Alejandro y menos como Guillermo. Alejandro se había ido al Uruguay a inaugurar la nueva filial de la empresa, tenía nueva mujer también, lo había abandonado todo. Y tal vez Mary no quería ser menos. Si hubiera sido el personaje de alguna otra novela, Mary tal vez quisiera vivir otra vida, tal vez más divertida, y no siempre la misma rutina. Ya estaba algo acostumbrada a la serendipidad, a encontrar cosas cuando buscaba otras, y la ausencia de Mary ahora me ocasionaba un blanco, un vacío en la investigación. ¿Qué pretexto tendría ahora con la señorita Ana para decirle que tendría que buscar otra pista, la punta de otro ovillo? Eso implicaba más dinero para gastos y seguir investigando.
Mary se me había escapado y tal vez, si hubiera sido un personaje de ficción habitaría ahora en alguna otra novela, en algún cuento, quién sabe...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 27 de julio de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)




Ahora Mary escribía en un cuaderno para desahogarse. Estaba en un bar, uno de los tantos cafés de Buenos Aires. Quería contarle a esas hojas de papel lo mal que estaba, dejar signada con tinta la bronca, el odio que sentía hacia esa mujer, esa piba y ese hombre, Alejandro, su jefe, su ex-jefe, nada, en fin, nada. Ya no significaba nada para ella esa oficina, más que un trabajo y un sueldo, y un horario para llenar sus días. Lo peor era la traición, la infame traición de Alejandro. Mary le había pedido el traslado cuando se enteró que la empresa abría una oficina nueva y él le había dicho que sí, que si a él lo trasladaban ella iba también como su secretaria. Pero Mary no imaginaba semejante traición. Ella se quedaba varada ahí, en esa oficina que le traía tantos malos recuerdos y él empezaba una vida nueva con la piba ésa, una trepadora, sólo dos años en la empresa y ahora se iba a convertir en la mujer del director. ¿No tenía suficiente experiencia para saber que esas cosas ocurrían? ¿que la injusticia existiría siempre? ¿había nacido ayer para estar pensando esas cosas? ¿no sabía tener paciencia para dejar que todo transcurriera, que no era problema de ella lo que los demás hicieran? Alejandro podía hacer con su vida lo que quisiera, era una relación de trabajo, nada más, pensaba. No tenía más ganas de mentir, de atender el teléfono y decir que Alejandro estaba en una reunión cuando en realidad no sabía dónde estaba.  Esa tarde  había tenido ganas de romper la agenda, de tirarla y dar un portazo e irse. Y sin embargo había pensado mejor no, mejor no lo hago ¿adónde iría? Alejandro era muy inteligente, tenía una rapidez mental y  una inteligencia que deslumbraba, pero también había sido infiel a Ileana, la había traicionado, ahora abandonaba su familia con cuatro hijos y se iba con esa chica, y se lo veía triunfante, ganador, exaltado. ¿Para eso lo había escuchado tantos días haciéndole sus confidencias? ¿Por qué tenía que enterarse de la vida íntima de Alejandro haciendo de hermana mayor? ¿de psicoanalista?  Estaba harta, sí, estaba harta. Primero había sido Guillermo, y lo mal que había terminado todo. Y ahora Alejandro, no le gustaba ese papel de hermana, de secretaria, de confesora. Sólo le quedaba por ahora el tango, seguir bailando, seguir moviéndose al compás de la milonga, dejarse llevar, aunque muchas veces ni siquiera le interesara el compañero de baile, con tal de olvidar. Olvidándose del trabajo, olvidándose de que era nada más que una simple secretaria. ¿Nada más? Pensaba en escribirle una carta a Alejandro, por lo menos diciéndole que había hecho mal, era un mentiroso, un traidor, se había traicionado a sí mismo, a la mujer, a ella. ¿Y ahora? Seguramente la nueva mujer de Alejandro, una empleada común, había recabado mucha información de todos los empleados de la empresa. Aunque ella se había mantenido alejada de Verónica, así se llamaba, Verónica había estado al acecho de todos y cada uno de los empleados y le habría contado las conversaciones a Alejandro. Sí, tenía ganas de irse de la empresa y no volver más. De empezar algo distinto, de olvidarse para siempre de él, de Guillermo, de muchas cosas más.

La luna llena, redonda y blanca se asomaba por entre los edificios, Mary salió del bar, nadie la acompañaba.
Era tarde ya para caminar, tenía ganas de estar sola, de volver a su casa, arrojar los zapatos por el aire y tirarse en la cama a dormir, a soñar, con otra cosa, con otro trabajo, lejos de ahí, de esa empresa, inventarse algo distinto.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

lunes, 23 de julio de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Alejandro tenía algunas veleidades, algunos caprichos, que no tenía Guillermo. Así dijo ella, Mary, A Alejandro le gustaba que lo escucharan, le gustaba dar consejos a las mujeres, a las empleadas de la empresa. ¿Y a usted le dio alguna vez alguno? No, contestó,
porque yo nunca se los pedí. En cambio sí tuve que escucharlo muchas veces, pero se ve que todo fue inútil, muy inútil.
Estábamos en el bar de un shopping, ella me citó ahí para hablar. Era un lugar relativamente céntrico y muy transitado, cualquiera que nos estuviera viendo conversar pensaría en dos amigas que se encontraron a tomar un café por la tarde. Sin embargo, ella seguía siendo una
pieza en la investigación de la carta, una incógnita  y la seguía observando, mientras la escuchaba atentamente.
Algo me decía que estaba en lo cierto, que escucharla, investigarla era el camino indicado.

- Alejandro volvió de viaje y me trajo esto, dijo, mostrándome una cartera que debería costar lo mismo que ganaba Mary en todo el mes.
-¡Qué bueno! dije. Sin embargo, Mary parecía enojada.

En realidad sí estaba enojada. No entiendo, dije. Es que me trajo una cartera igual a la que yo me había comprado cuando él se fue de viaje. No lo entendía, nunca pude entender por qué una mujer que trabajaba como secretaria hacía esas cosas. ¿Y entonces? Nada, ahora tengo dos carteras iguales y guardo un secreto, uno de tantos. ¿Cuál?
Ella bebió un sorbo de café y continuó:

- Alejandro se va a divorciar y va a casarse con otra mujer.

- ¿Eso la afecta?

- Para nada. Alejandro no es mi tipo, va a hacer una locura, no me gustan las personas que con sus locuras destruyen familias, sólo trabajo con él, nada más. Tiene cuatro hijos.

Me quedé callada. ¿Por qué me estaba contando todo esto?

- ¿Sabe algo?

- No

- Lo presentía



- ¿Le preocupa la vida de Alejandro?



- En realidad, no, puede hacer lo que quiera.



- ¿Y qué es lo que presentía?



- Que Alejandro andaba en algo, en otra cosa, llegaba a la mañana cantando un tango, "Esta noche me emborracho..." a los gritos, casi. Venía muy bien vestido, demasiado alegre...

- ¿Y entonces?

Alejandro se casa con una empleada de la empresa, una chica de veintidos años y se va a una sucursal, en otro país.

- Ah, eso era lo que la tenía preocupada.

- Si, porque el puesto que tengo no va a ser el mismo. O me quedo en Buenos Aires como secretaria de otro director o me vuelvo al pueblo.

Esta mujer no tiene ancla en ningún lado, pensaba. ¿Y qué haría otra vez en el pueblo?
¿Y nunca pensó en la independencia, en no ser la secretaria de nadie? le pregunté. La pregunta quedó en el aire, era demasiado tarde, el bar del shopping estaba casi vacío. Pagué la cuenta y nos fuimos. Al salir, las luces de la calle se reflejaban en  las vidrieras de los negocios, las bolsas de residuos se apilaban como grandes hipopótamos.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados


viernes, 6 de julio de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



¿Qué le podía decir? La escuchaba, me hablaba de Alejandro, del trabajo, de sus días en la oficina. En realidad podía entenderla, podía comprenderla porque mi vida también consistía en una gran dedicación al trabajo. Tal vez a alguien pueda parecerle entretenido que una mujer se dedique a investigar, para mi es un trabajo, como el de Mary. Pasaba sus días en la oficina, llegaba antes que el jefe, preparaba todo, revisaba el correo electrónico. Cuando él llegaba, tenía que comentarle las novedades, los llamados. Alejandro era más rápido mentalmente que Guillermo, pero la gran desventaja de su vida era estar casado con una mujer tan celosa. Me paso atendiéndola, dando pretextos cuando él se va de la oficina. A veces tengo que inventarlos porque yo tampoco sé dónde está. ¿Y adónde puede ir un hombre tan ocupado en horario de oficina? ¿Cómo saber lo que hace? El es un director no puede andar paseando por ahí, cualquiera podría verlo. ¿Y si tuviera un buen escondite? ¿De qué serviría saberlo? Decididamente no, dije. Aunque fuera la mujer de Alejandro quien me pidiera que lo investigara no podría tomar el trabajo. Sería una falta de ética de mi parte. Ya había seguido a Mary muy lejos, ya había aceptado viajar al pueblo cada quince días para a ver a mi clienta, la Señorita Ana y rendirle  cuentas de la investigación, ella se empecinaba en recuperar la carta. Ya sabía yo más de Gardel que muchos que decían saber de tango. Hasta había hablado con algunas personas que sabían distintas historias de Gardel, historias que no estaban escritas en ninguna parte. Como esta historia, la de esta carta.
A veces uno ni siquiera sabe por qué se encuentra a tal o cual persona y el caso de la carta de Gardel me había hecho encontrarme con Mary. Y ahora ella era una mujer sola en la gran ciudad, una mujer que dedicaba muchas horas de su día al trabajo, como yo. Me hablaba de Alejandro como si yo lo conociera. Podía dibujarlo en mi mente a través de su descripción. Podía verlo incluso a través de las palabras
de ella. Si tantos problemas le traía Alejandro, algo bueno seguramente también habría. ¿O no? Nos habíamos encontrado en un bar. Ella pidió un café cortado y yo una seven up. Mary estaba más delgada, parecía querer resolver el problema de su vida en una noche y la dejé hablar. No me costaba nada. Era un método que siempre daba resultado. El que hablaba terminaba aliviado y yo me enteraba de algunas cosas. A veces incomprensibles, a veces, totalmente inútiles.
Mientras revolvía el café me comentó que a veces no entendía a las personas que se casaban y tenían hijos y cuando tenían todo eso querían ser libres. ¿Y a usted no le pasa que cuando está en Buenos Aires quisiera vivir en el pueblo y cuando vive en el pueblo quiere estar en la gran ciudad? Sí, contestó. Entonces, lo que me comenta de Alejandro es lo mismo. Seguramente no puede estar solo, no aguanta la soledad, quiere a la familia y cuando está con la familia quiere estar solo. ¿Y a usted no le pasa algo así? me preguntó. Creo que no, dije. Porque yo ya tomé una decisión, tal vez varias, muchas veces en mi vida tomé decisiones, Y siempre opté por lo que me pareció mejor. A través de las decisiones es como se ejerce la libertad, dije. Y sé que todo no se puede hacer. Mary me miraba como si no me comprendiera. Pero no vinimos a hablar de mi. Éramos dos extrañas, frente a frente en ese bar, cerca de una ventana. Las sombras de las hojas de los árboles habían empezado a proyectarse en la vereda en esa noche oscura, nublada y de pronto Mary cerró los ojos y se quedó callada durante algunos momentos. ¿Le pasa algo?. Sí, me dijo. ¿Se puede saber? No, ahora no. Afuera lloviznaba y me pregunté si ella había visto algo por la ventana. Algo tal vez invisible para mi. Mejor
me voy, otro día seguimos. Ella pagó la cuenta y se fue enseguida. Yo me quedé unos minutos más. Haber hablado con Mary me dejó una sensación extraña. Como si hubiera quedado mucho por decir. Pero a esa hora, un viernes, yo ya no tenía ganas de escuchar confidencias. Iba a regresar a casa, tal vez pondría algún video y comería algo, un sandwich o alguna otra cosa. Tal vez nadie se imagina la cantidad de personas, mujeres y hombres que viven solos en Buenos Aires. Muchos viven con un perro o un gato, algunos con más de un animal. Otros sólo con la compañía de la televisión.Mary era una de estas personas que viven solas y necesitan hablar con alguien, aunque ese alguien sea una extraña, apenas alguien conocido. Personas que viven solas y llegan a su casa y no tienen con quien hablar. Los encuentro en la calle, en un bar, en cualquier parte. Personas solas en la gran ciudad. ¿Y si todo esto que me había contado Mary no fuera más que un pretexto para no hablar de la carta de Gardel perdida o robada? ¿Y si Mary no supiera tampoco nada acerca de la carta? Cuántas cosas más  de la vida cotidiana de Mary sabía, menos sabía acerca de ella y de la
carta. Con todo lo que sabía ahora de Alejandro, el jefe de Mary, hubiera podido escribir un libro.

(c) Araceli Otamendi









viernes, 29 de junio de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Para no caer en la recurrente costumbre de pensar en lo que Alejandro le había dicho durante el  día, se había comprado algunos libros para leer cuando volvía a su casa. Mary me había llamado por teléfono, las dos estábamos ahora en Buenos Aires. Estaba algo desencantada con el nuevo puesto, dijo. Alejandro evidentemente necesitaba a una persona como ella para que fuera su secretaria: sabía contener a Ileana, su mujer, o mejor dicho, a los celos de Ileana. Casado y con cuatro hijos, Alejandro necesitaba respirar, así se lo había comentado a Mary. Y cada tanto realizaba un viaje de negocios, solo, sin Ileana. La secretaria anterior había renunciado, Ileana era capaz de llamar a la oficina unas veinte veces al día para preguntar por Alejandro o para contar alguna nimiedad. Era necesario poner en ese puesto a alguien con experiencia y también con paciencia. Mary, aunque ganaba un muy buen sueldo, ya no era como en el caso de Guillermo, una especie de hija que recibía órdenes y atendía los caprichos del jefe. No, en este caso, Mary era como la analista o tal vez la hermana mayor. Escuchaba ladrar los perros durante la noche, eran ladridos secos, tal vez a alguno lo habían dejado
suelto en el balcón y le parecía que estaba de nuevo en el pueblo. En esos momentos, decidía ponerse a leer libros de historia, relatos de personajes que habían sufrido algunos avatares  ya  lejanos en el tiempo. Necesitaba hablar conmigo, dijo, porque en algún momento sabía que se iba a descubrir quién se había llevado la carta. Y además en la gran ciudad estaba sola, por más que iba a bailar tango y durante el día el horario de oficina le ocupara todas las horas. Algunas batallas, algunos personajes que aparecían en esos libros, la distraían de sus pensamientos a veces obsesivos. Alejandro había escalado hasta uno de los puestos más altos de la empresa y ya una mujer como Ileana era demasiado doméstica para él. Eso era lo que él creía y así se lo había dicho a Mary. El drama se avecinaba y Mary tenía que acompañar al jefe en sus confesiones, entre café y café, entre reunión y reunión. Una batalla más, pero distinta, muy distinta a las que leía en los libros de historia.

Me preparé un café y prendí la televisión sin sonido, las luces de la noche en la ciudad parecían hacerme alguna compañía. No dudaba en todo lo que me había contado Mary de su nuevo jefe, pero me hacía preguntas
a mí misma en forma continua: ¿por qué Mary podría haberse llevado la carta de Gardel? ¿por qué la señorita Ana se empecinaba en recuperarla?¿qué valor podía tener esa carta para alguna de estas dos mujeres?
El revólver sobre la mesa, las facturas de los gastos que había hecho para realizar algunos seguimientos se amontonaban en una pila. Por momentos, en la investigación me parecía estar en un callejón sin salida.
¿Y quién más podría haberse llevado la carta? ¿por qué alguien como Mary necesita mudarse de escenario cada tanto tiempo, para vivir su vida, como si se cambiara de traje o mudara su piel? Preguntas, interrogantes  que tal vez esta noche, como en otras noches, quedarían flotando en mi mente, sin tener ninguna respuesta.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados



sábado, 5 de mayo de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)



Pisaba las hojas doradas, marrones, crujían cuando las pisaba, y las siguió pisando
hasta llegar al cementerio. Venía a despedirse, a decir adiós, por un tiempo. Había
que saludar a los muertos, de los vivos que conocía en ese pueblo era mejor alejarse.
La determinación estaba tomada: volvía a Buenos Aires. Esa ciudad que parecía tenerlo
todo siempre le ofrecía una nueva oportunidad. Volvía al trabajo anterior, esta vez a
trabajar con alguien que parecía augurar un buen principio: al menos el nombre empezaba
con A. Mary no sabía de la cábala, tampoco se interesaba mucho en ciencias ocultas o
religiones exóticas, pero cuando la señora Nelly la llamó para hacerle el ofrecimiento de
volver a trabajar en la sede central de la empresa, lo único que preguntó Mary
fue el nombre del nuevo jefe. Alejandro, se llamaba. La señora Nelly dijo que era casado,
con cuatro hijos. Al menos tenía una familia para estar acompañado y entretenido después
del trabajo y los fines de semana. Al menos, pensaba, la dejaría respirar por algunas horas, después de cumplir el horario.Tal vez podría reiniciar el baile, a lo mejor conocer nuevas milongas, gente interesante.
Ya tenía la experiencia anterior con Guillermo. Esta vez la promesa era un ascenso y un
sueldo mejor, si todo iba bien con Alejandro y Mary había dicho que sí. Al llegar a la puerta
del cementerio la siguieron dos perros negros, parecían estar esperándola.
Mientras caminaba para visitar las tumbas de los muertos, veía a los animales caminando al lado de ella, como si la conocieran, como si la guiaran y también veía a los pájaros, cómo se posaban en las piletas ubicadas para llenar de agua los floreros, y bebían el agua. Algunas hojas secas se arremolinaban con el viento y Mary caminó hasta llevar unas flores a la tumba de los muertos queridos, tal vez un poco olvidados. Mary se quedó pensando algunos momentos mientras los perros estaban ahí muy quietos y muy cerca, mirándola, como si la custodiaran. Luego Mary volvió sobre sus pasos, volvió a mirar los pájaros como bebían agua y picoteaban algo, y se despidió del guardián y también de los perros, que como dos fantasmas volvían a entrar al cementerio, a cuidar, seguramente, la paz de los muertos.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados 

martes, 3 de abril de 2012

La carta de Gardel - novela -fragmento



Julio ya tenía planes, se iba de gira por las provincias con un show de tango. Y una mujer que lo acompañaba como pareja de baile. Eso había dicho. ¿Sería cierto? ¿era importante? ¿cómo saberlo? Mary dejaría pasar el tiempo, no podía pensar en otra cosa más que en su vida. La muerte sorpresiva de Guillermo, el cambio de  vivir en la gran ciudad al pueblo, una nueva casa y de vuelta al lugar de trabajo anterior. ¿Y ahora qué? se preguntaba. ¿hasta qué punto Guillermo no estaba presente? Era necesario seguir con algo ya empezado, tener alguna continuidad. Seguir bailando tango, milonga, aunque Julio no estuviera en los lugares que ella frecuentaba siempre. Y ahora, recapitulando, mientras se encaminaba al trabajo le volvían los recuerdos de Guillermo. ¿Hasta qué punto los que se mueren nos abandonan? ¿hasta qué punto  los abandonamos nosotros? Y ahora Julio, el profesor de tango, quien nunca había llegado a ser más que un amigo, también se iba. Pensaba que tal vez era mejor así, había llegado a ese extremo de tener que empezar todo de nuevo. Y había que tener humildad para pensar así, desde cero, una vez más. Dejarlo todo y empezar de nuevo. Se sentía rara, y algunas veces iba a tomar mate a la casa de artesanías. Estas no son de aquí, decía el dueño, vestido de paisano. Las encargo a otros pueblos. Y Mary se sentaba ahí, en una silla de cuero y miraba los anillos de plata, las pulseras, los ponchos, algunas chucherías. Le divertía escuchar al hombre contando esas cosas, esos chismes del pueblo, cosas tan distintas a las que hablaba con Guillermo en Buenos Aires. Todo ese frenesí que había vivido con Guillermo, esas horas en la oficina, atendiendo sus más mínimos caprichos, llevando su agenda, acompañándolo a reuniones, escuchándolo después de hora, tomando algo con él, hasta las mil y quinientas. Todo eso se compensaba ahora ahí, en ese lugar tranquilo, donde había olor a cuero y a lana de cabra, donde no tenía que preocuparse por ir al shopping a comprar los zapatos a la última moda.
¿Hasta cuándo resistiría en el pueblo? ¿hasta cuándo la seguiría el recuerdo? Y cuando escuchaba ladrar los perros se decía que ése era su lugar, le gustaba oír los ladridos, como una música, y el soplido del viento empujando ventanas, mirar las hojas secas en la calle,  marrones, resquebrajadas arrastradas por el viento...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

imagen: fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

viernes, 9 de marzo de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)


Ahora el cuaderno rayado de cuarenta y ocho hojas y una birome eran los aliados. Escribía, sí, escribía sobre las rayas del papel, frente a ella misma, al lado de la ventana de ese bar del pueblo, por donde entraba el sol del mediodía. Cada tanto veía pasar a los chicos que iban o salían de la escuela, con los guardapolvos
blancos, las mochilas coloridas, las chicas con hebillas o moños en el pelo, los varones saltando, jugando, a veces, con una pelota en la mano, soltándola de golpe y patéandola por la vereda hasta caer en la calle. Y entonces, la frenada brusca de un auto casi por unos centímetros, detenía el atropello, la ferocidad, dejaba paso a la vida y el chico volvía otra vez sano y salvo a la vereda. La vida bullía por los cuatro costados. Pero Mary estaba ahí sola,  escribiendo recuerdos. No iba ser fácil olvidar a Guillermo. Por más muerto que estuviera ahora. Porque él estaba ahí, en su memoria, aparecía de vez en cuando, y aunque lo sabía muerto, algunas cosas, temas pendientes la acechaban.
En el departamento que ya había ordenado al volver de Buenos Aires a instalarse nuevamente en el pueblo, iban apareciendo a veces papeles, mensajes, escritos de puño y letra de él, ¿por qué los había guardado? Los releía, y entonces recordaba, el momento, el lugar, ¿por qué había dicho y escrito eso? Y la mirada de él, los  reproches volvían como fantasmas a buscarla.
A veces era un diálogo:

- A Susana la podía llamar veinte veces por día, y ella también me llamaba.

Susana era la secretaria anterior de Guillermo pero ¿y eso qué tenía que ver? Mary había ido a trabajar como secretaria de él, para eso él la había convocado. ¿Para eso nada más? Mary tenía ya sus serias dudas. Nunca conocería verdaderamente lo que Guillermo había buscado en ella. Él era como un envase vacío, como una apariencia, reflexionaba ahora,  él tenía que llenar el vacío con algo, mirarse a un espejo, y Mary había lo había reflejado. Era muy difícil olvidar la mala relación que había tenido con  Guillermo. Hasta qué punto él se había apoderado de su vida, de su tiempo, a  veces convenciéndola, a veces humillándola:

- Vos no estás aquí porque tenés una cara bonita, nada más. Ni porque me  contenés, tampoco- bramaba él.

Y entonces, además de trabajar gran parte del día junto a él, de recibir llamados a cualquier hora, de soportar tantas cosas, también tenía que escuchar esas palabras de Guillermo. Y entonces escribía, sí, escribía para exorcizarlo.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

domingo, 26 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


El avión en que viajaba Guillermo se estrelló esa noche, cuando Mary ya se había ido de la comida de solos y solas y ya se encontraba en su cuarto de la posada, durmiendo.  Pero ella no se enteró hasta la mañana siguiente. Había bajado a desayunar y le sorprendió encontrarme ahí, en el bar de la posada, mientras leía el diario y tomaba el café. Mary sabía que Guillermo estaba viajando, porque todo se sabía en el laboratorio donde ella trabajaba.  Si bien, ella siempre había presentido que Guillermo iba a tener un final trágico no esperaba que eso fuera a ocurrir tan pronto y de esa manera. Decidió irse de la posada enseguida,  armó el bolso con las pocas cosas que había traido y pidió un remise que la llevara de vuelta al pueblo. Casi no intercambiamos palabras cuando me enteré yo también que en el avión del accidente viajaba el ex jefe de Mary.  Yo debía seguir con mi trabajo de investigación del marido de mi clienta, que sí había ido con una mujer y se alojaba en la posada.


Mientras viajaba en el remise, Mary miraba la ruta y las imágenes de Guillermo se superponían una detrás de la otra. Empezó a recordar las escenas vividas, ahí, en esa oficina del piso veinte, y también todo lo que habían hecho juntos, lo que habían hablado, los intercambios y todo lo que había aprendido también  con él. Y todo lo que ella le había dado. Recordaba las conversaciones, las peleas, las comidas, los proyectos. Y por momentos se preguntó qué hubiera ocurrido si ella hubiera seguido ahí, trabajando con él. Pero eso era algo imposible de imaginar. Ya no cabía en su mente. Guillermo estaba muerto. Y durante todo el viaje hacia el pueblo, mientras veía las vacas y las ovejas pastando, los silos llenos de cereales y los tractores trabajando en el campo, empezó a sentir una pena enorme por él. Y también lo admiró, porque había llegado adónde había querido, había tenido éxito, había muerto en su ley. Inteligente, buen mozo, atractivo,  mundano, exitoso, esforzado, tal vez como Gardel, en lo que él hacía, así fue Guillermo.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

foto: Museo Casa de Carlos Gardel - (c) Araceli Otamendi

sábado, 25 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



     El teléfono sonaba insistentemente en la habitación de Mary, pero nadie lo escuchaba. Del otro lado de la línea, intentaba comunicarme con ella. La llamé varias veces a la posada y la respuesta era siempre la misma: la señora Mary no está en la habitación ¿quiere dejarle algún mensaje?  No, no iba a dejárselo. Iría esta misma noche a ahí, mi trabajo de investigadora me llevaba a la posada donde se alojaba Mary. Un lugar distante, pero no tanto, del pueblo. Mary, había dicho Julio, que Mary le había dicho, había ido ahí, para alejarse de la rutina durante un fin de semana, tal vez tres días. Buscaba estar lejos de los lugares que frecuentaba siempre.

Yo había llegado al pueblo para seguir la investigación de la carta de Gardel y porque una nueva clienta me había encomendado el seguimiento de su marido. Este, con la excusa de viajar por el interior del país por motivos de trabajo, aparentemente iría al pueblo donde vivía Mary,  con su secretaria. Y se alojarían en algún lugar de ahí durante dos noches. ¿Cómo lo sabía la mujer? ¿Y acaso las mujeres no lo sabemos todo acerca de nuestros maridos, parejas,  novios, amantes? El tema era comprobarlo y para eso me había encomendado reunir las pruebas. Estaba harta de las infidelidades de él. Aunque sabía que era imposible tener a un hombre atado. Estaba realmente  harta. Y nada, absolutamente nada, podía superar ese hartazgo.  Mi clienta, no se daba por vencida. Había averiguado absolutamente todo: adónde irían, qué  habitación tenían reservada, y un montón de cosas más. Esta noche, podría comprobar las sospechas de la mujer cuando fuera a la posada, donde también había reservado una habitación.


    Mary caminaba cerca del muelle. El sol de la hora de la siesta no le sentaba bien. Había gozado de un cierto estado de felicidad cerca del agua, como a ella le gustaba. Una sola cosa la ensombrecía: la imagen de Felipe, su gato. Lo imaginaba solo, deslizándose por la casa, alimentándose con balanceado y tomando agua, pero nada más. Imaginaba la soledad del animal, perdido en las habitaciones, esperándola y un poco le partía el alma. Mary  le habia pedido al encargado del edificio que lo cuidara
durante esos días en que no iba a estar. Le daba lástima dejarlo, aunque necesitaba salir de la casa y de la oficina con urgencia. Por eso había ido ahí, a la posada. Para estar sola, para poder pensar. Pasó varias horas del día caminando cerca del lago, sentándose de a ratos cerca del agua, mirando los árboles. Así, fueron pasando las horas. Por momentos, el recuerdo de Guillermo volvía a su mente.
Uno de los reproches más terribles de él era que no lo había querido acompañar en un viaje.  Susana hubiera venido, decía furioso. Y Mary se quedaba mirándolo a los ojos, sin contestarle. El también la miraba, como si ella tuviera que darle una explicación, una respuesta, que nunca llegaba.  Susana era la secretaria anterior a Mary. ¿Por qué ella tendría que acompañarlo en un viaje al otro extremo del mundo, conociendo como era Guillermo? La única obligación que Mary consideraba que tenía era cumplir con su trabajo, pero la relación que se había entablado entre ella y su jefe, sobrepasaba cualquier relación laboral. A pesar de lo intuitiva que era Mary, nunca llegaba a conocer del todo a Guillermo y la relación que mantenía con él se había convertido en algo peor que un matrimonio de varios años desavenido. Guillermo había invadido su vida de tal manera que ella misma jamás se hubiera imaginado. Guillermo se había transformado en alguien que le hacía reclamos permanentes , tal vez de la forma en que sólo un niño puede reclamar. Le reclamaba algo que seguramente él jamás había tenido y que suponía Mary podía y debía darle.  ¿Falta de amor, comprensión, afecto? tal vez. Pero eso no correspondía a una relación entre un jefe y una secretaria. Y sin embargo...sabía que Guillermo, por su forma, de ser, por su dispersión, por sus enormes ambiciones en el trabajo, no lograba en su vida afectiva lo que ambicionaba. Y tampoco lograba llevar adelante una amistad como la que se podría haber entablado entre Mary y él, por más empeño que ponía Mary en eso. Y tal vez era por eso que la llamaba a toda hora, le contaba sus problemas, le pedía consejos y asesoramiento todo el tiempo. Y también la involucraba en su vida de una manera en que Mary no quería ya saber más. ¿Qué le importaban a ella las amigas de Guillermo? ¿qué le importaba a ella el pasado de Guillermo? ¿qué le  importaba lo que hacía Guillermo con sus amigas? ¿qué le importaba de todo eso? Y eso se lo había ido preguntando  Mary día a día, en esa oficina del piso veinte donde había estado trabajando con él. Y también en su casa.

Y ella había sentido que le faltaba el aire. El único refugio que tenía Mary era irse a su casa después del trabajo o ir a bailar. Muchas veces se había planteado qué hubiera ocurrido si hubiera acompañado a Guillermo en uno de esos viajes que él le había propuesto . Y ya no quería pensar más. Por eso caminaba, para poder pensar, para respirar aire fresco entre los árboles, para sentir la brisa en la cara.

Cuando Mary volvió a la posada, eran las siete de la tarde. Atendida por los dueños, la posada era una casa, un lugar antiguo y reciclado, dedicado ahora al turismo rural. A la noche habría una comida y baile, ¿quería ir? Mary dudaba. No sabía si tenía ganas de ir a ese tipo de reuniones, con personas extrañas, a las que nunca había visto en su vida. Tampoco sabía que la detective se alojaría ahí. La dueña de la posada le aclaró: es una reunión de solos y solas, vienen de muchos lugares, ¿le interesa? Mary la miró azorada. Ella que había ido ahí justamente para estar sola, estaba invitada a una reunión para  conocer personas solas que iban en busca de compañía. Le pareció indignante la invitación de la  mujer pero no dijo nada. Tal vez fuera, ni siquiera sabía lo que iba a hacer después de darse una ducha y cambiarse.

Dejó correr el agua durante unos minutos antes de entrar.

El vapor le haría bien. Mientras, podría limarse las uñas y mirar la televisión, relajarse nada más que para emprender de nuevo lo que le había gustado llamar una renovación. Se había comprado ropa nueva y se había dispuesto a usarla. Nada del glamour ni de la ropa sofisticada que usaba en Buenos Aires. Aquí, en el pueblo, se vestiría como siempre le había gustado, de la forma en que se sentía más cómoda y auténtica. Unos pantalones negros y una camisola blanca, se pondría además unas zandalias y llevaría un saco tejido en forma artesanal. El olor de los pinos entraba por la ventana del cuarto  y también  el aroma de la leña quemándose en el fuego del asador la habían decidido finalmente ir a esa reunión a la que la había invitado la dueña de la posada. Bajaba de la habitación por la escalera y ya se escuchaban las voces altisonantes de las personas que habían ido a la reunión de solas y solos. El dueño de la posada, un hombre de anteojos y  pelo oscuro con algunas canas, le señaló un lugar: era una mesa redonda para seis personas. Y Mary vio que alrededor había otras mesas, también para seis comensales. Una mujer, rubia, de pelo largo y muy maquillada parecía dirigir la orquesta. Había un show. Mary se sentó en el lugar dispuesto y se encontró a su lado con un hombre que tenía todo el aspecto de un abogado, un tipo bastante simpático. Del otro lado, se había sentado una mujer que  tenía todo el aspecto tal vez de una contadora o especialista en finanzas. ¿De qué hablarían esa noche?Mientras el ruido y la música continuaban y un hombre disfrazado de mago empezaba a hacer trucos y a contar chistes, y la comida ya había llegado a la mesa, el hombre con aspecto de abogado, bronceado, ojos oscuros, vestido con jeans, camisa blanca y saco azul le contaba a Mary su vida. Entre plato y plato, carne con ensalada y papas fritas, además de jamón crudo y palmitos como entrada, el hombre  ya le había confesado a Mary su situación sentimental, era viudo, también su profesión: era abogado, le había contado acerca de su cuenta bancaria - real o imaginaria -, de sus propiedades - reales o imaginarias - y también cómo estaba compuesta su familia: hijas e hijos. Y además le había dicho casi como en secreto la marca del auto.  Mary pensaba en escapar lo más pronto posible de ahí. No había ido a la posada para encontrarse con personas tan solas o que no sabían qué hacer con su vida. Mary había ido a la posada para pensar en ella misma. Lamentaba que hubiera personas que sufrieran tanto la soledad. Y que la vida actual en las ciudades fueran la causa de que las personas estuvieran tan solas y vivieran con tanto sufrimiento. Mary lo sabía. Y también lamentaba que las personas tuvieran que asistir a ese tipo de reuniones con desconocidos, donde no siempre la pasaban bien, porque los encuentros podían ser muy frustrantes. Y también lamentaba los after hours en Buenos Aires donde la secretaria de otro director, de la empresa donde trabajaba la había invitado alguna vez a acompañarla. Esos after hours para divertirse tan aburridos como puede ser la obligación de divertirse después del trabajo, para tomar algo, para seguir hablando tal vez de lo mismo que se había hablado durante todo el día.  Ella conocía otras formas de vida. Y además, la soledad en la que vivía últimamente, en su casa, con la única compañía de Felipe, ese animal oscuro, de pelo sedoso y brillante que vivía pendiente de sus movimientos ni bien ella entraba, le estaba resultando cada vez más agradable, no le venía mal.  Ahora Mary miraba nuevamente hacia donde estaba la salida. El hombre seguía hablando, contando su vida también ya se había despachado con detalles acerca de su mujer, que estaría descansando en paz, seguramente en algún lugar. Era una mujer llena de virtudes, decía y Mary no lo dudaba. Mary sólo miraba hacia la puerta del restaurant y el pretexto que inventaría para escapar.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: foto Museo Casa de Carlos Gardel

martes, 21 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


           Desprenderse de una mala relación cuesta. Y desprenderse de una mala relación en el trabajo cuesta mucho más. Si uno cree que la vida de uno depende de ese trabajo y de esa relación, se puede tornar imposible cortar con esa dependencia. Mary tenía que buscar la salida de la mala relación que tenía con su jefe, Guillermo, y la buscó. Primero quiso saber los motivos que la habían llevado a aceptar ser la secretaria de Guillermo cuando estaba muy cómoda en su puesto anterior, en la empresa del pueblo donde ella vivía. Fue así que consultó a una psicóloga. Y también a un médico. Habló mucho  contándoles su  mala experiencia. Guillermo se había apoderado de ella: de su tiempo, de su trabajo, de sus pensamientos. Iba a ser difícil, pero no imposible salir de ahí y con ayuda lo había logrado. No quiso decirle nada a nadie: ni a su amigo Julio, ni a las pocas amigas que tenía. Sabía que no la iban a entender. ¿Cómo alguien que había llegado a tener un puesto así, con el doble del sueldo que ganaba antes quería tirar todo por la borda? ¿qué le pasaba? Fue así que había planificado de a poco el cambio: hablaría con la señora Nelly, la contadora de la empresa y le pediría volver al puesto que ocupaba antes. No era posible, había dicho la señora Nelly. Tendría otro trabajo, distinto, tal vez
mejor para ella. Su nivel de vida - en apariencia - sería menor, pero Mary sabía que iba a ganar en otras cosas, tranquilidad, por ejemplo. Vivir en una gran ciudad como Buenos Aires, ya no le interesaba. Había conocido restaurantes de lujo, junto a Guillermo, bares sofisticados, se había comprado los mejores vestidos y trajes que había en los shoppings. Y también había conocido varias milongas y lugares nuevos donde se bailaba tango. Pero ya estaba harta. Tal vez no de todas esas cosas
que eran accesorias y que venían aparejadas con el nivel del puesto de secretaría de Guillermo, el director de un laboratorio de especialidades veterinarias que facturaba millones y millones.
Estaba harta de la mala elección que había hecho. Y también sabía que no iba a pasar el resto de sus días viviendo así, nada más que para el trabajo y para las ocurrencias de su jefe.
Lo mejor que se puede hacer cuando hay una mala relación de esa naturaleza, como la que Mary tenía con Guillermo, es no ver más a esa persona. No querer saber más. Cortar por lo sano. Y tal vez por eso, Mary había ido ese fin de semana a la posada, en medio de la naturaleza. Porque se había alejado de Guillermo cuando vino a vivir al pueblo y cuando cambió de trabajo, pero en su mente Guillermo  todavía estaba.

Ahora Mary se había sentado en el muelle, mientras algunos hombres y mujeres pescaban.  Sobre las tablas de madera del muelle, con la espalda apoyada en una de las barandas, Mary miraba el agua del lago. Eran aguas tranquilas, que se movían casi solamente cuando pasaba alguna lancha. El ruido del agua moviéndose apenas, le hacía bien a la mente. ¡Qué bien se podía estar con tan poco! pensaba. A solas con ella misma, vestida sólo con unas bermudas y una remera, descalza, la madera del muelle tibia por el sol la abrigaba. Qué bien se podía estar con una misma, cuando los pensamientos, iban aclarando la mente para alcanzar la paz en el corazón. Eso era todo lo que le importaba. Qué bien se podía vestir una mujer con sus pensamientos, sin necesidad que nadie le desvistiera el cuerpo o el alma. Sin necesidad de aceptación ni de depender de nadie.
¿Qué más hubiera necesitado Mary ese día? ¿Cuánto podía durarle esa tranquilidad?
Mientras ella continuaba sentada ahí en el muelle, el teléfono de la habitación había empezado a sonar una y otra vez ¿alguien dejaría un mensaje?

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
imagen: Casa Museo Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

sábado, 18 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


    Julio me dejó preocupada cuando hablé con él esta mañana. Mary le había pedido que la acompañara en la moto a una posada, a más de cincuenta kilómetros del pueblo. Se iba a quedar ahí sola el fin de semana. ¿Por qué sola en una posada? Quiero estar sola, dijo Julio que ella le dijo. A Julio no le extrañaba eso, dijo. Porque últimamente, desde que había vuelto al pueblo, Mary era otra persona, no la misma de antes. Se había vuelto más reservada, más distante, de él y de todos. Y cada vez yo estaba más segura de estar en lo cierto por seguir esta línea de la investigación, Mary seguramente se había llevado la carta de Gardel de la señorita Ana. La tendría oculta en alguna parte. ¿Y si fuera cierto?

-¿Y cómo es esa posada?

- Es un lugar muy lindo, en plena naturaleza, hay una laguna y animales.

- ¿Qué le dijo exactamente Mary?

- Que quería pensar en ella misma, no quería ir a bailar tango, no iba a ir a la oficina durante tres o cuatro días.

- ¿Y qué más, Julio?

- Dijo que si podía me diera una vuelta por la casa de ella, donde ya no vive más y después le diga cómo está.

Lo miré a Julio a los ojos, estábamos sentados en un café del pueblo, había muchas personas a esa hora, y pensé que algo me ocultaba. Julio tenía un brillo extraño en la mirada  cuando hablaba de Mary y trataba de ocultarlo. ¿Cómo seguir con la investigación entonces, si la principal sospechosa de haberse llevado la carta se había ido justo cuando yo volvía al pueblo? La señorita Ana me había llamado. Además de seguir buscando la carta de Gardel, ahora quería también que investigara a su sobrino, en qué andaba.
¡Adolescente! ¡es un adolescente!, me había dicho por teléfono con voz de enojada. Y  no es mi hijo, había subrayado. Es una prueba del destino, decía. Nunca me casé ni tuve hijos y me cayó este sobrino por una desgracia. Alguna vez le voy a contar mi historia. Y ahora no me hace caso en nada. Está rebelde, y lo peor es que va a cada rato a la casa de la familia del padre, con la que no me puedo ver. Es mutuo, no nos podemos ver, tampoco ellos a mí. Y tengo que cuidarlo, soy la responsable hasta que sea mayor de edad. Está bien, le dije, viajo al pueblo este fin de semana y hablamos.
La señorita Ana me esperaba ese mediodía con un asado, había dicho. Pero antes quise hablar con Julio y le pedí que nos viéramos en un café. Entonces él me había contado acerca de Mary.

Acomodó la muda de ropa que había traído en el placard del cuarto y la bolsa de cosméticos en el baño. Pensaba que tal vez tendría ganas de arreglarse a la noche. También el regalo que le había dado Julio cuando la fue a buscar en la moto. Lo había abierto delante de él: En la tapa decía: Gabriel García Márquez - Cien años de soledad. Cuando abrió el libro, vio la dedicatoria: Con la amistad de Julio. 
Le agradeció el libro a Julio, y pensó que el título la alcanzaba definitivamente a ella: cien años
de soledad y muchos más eran los que ya llevaba. En realidad leía poco, generalmente revistas y diarios y también algunos libros que Guillermo le había ido prestando. El después le preguntaba cosas acerca de los libros, quería que se los contara. Y Mary, con la gran memoria que tenía le narraba las historias con detalles. Eso  le gustaba a Guillermo, como si fueran los cuentos de las mil y una noches, él elegía las historias y Mary se las contaba. Y así, entre reuniones de directorio, almuerzos y salidas con las amigas, informes de productos veterinarios y de ventas, informes del laboratorio y de las sucursales, Guillermo  le pedía a Mary que lo acompañara. Tomaban un café, o comían algo y entonces Guillermo empezaba el interrogatorio: ¿y qué te pareció el libro? ¿y qué pasaba entre fulano y mengano? ¿y qué decía John? ¿y entonces te acordás qué pasaba? Y así había ido memorizando libros, varios. Sabía las escenas, sabía acerca de los personajes sabía lo que decía Guillermo cuando ella se lo contaba. Y así muchas veces se hacía de noche, y Guillermo quería seguir conversando y no la dejaba ir.  Y ella sentía ese vacío de él, que no se llenaba con nada. Hasta que ella le decía: es tarde, tengo que irme. Y él a veces la acompañaba hasta la casa.

Dejó el libro sobre la mesa de luz, lo iba a leer a la noche, cuando se acostara y salió de la posada a caminar. El lugar era tan hermoso, había verde por todas partes y pájaros que cantaban.
A lo lejos se veía el reflejo del lago, entre azul claro y plata  y algunas personas remaban. Caminaba entre los árboles por donde la luz del sol se filtraba. Se sentía triste y a la vez tranquila. ¿Y no había sido la alternativa de su vida así? Cuando escapaba del ruido, de las relaciones, del trabajo, de los falsos y no falsos enamoramientos, de los amigos verdaderos y de los no verdaderos y  de los extraños, de las rutinas que ella misma se había impuesto? ¿Y qué? se contestó. Peor era meterse en ese torbellino de la gran ciudad, en esa oficina del piso veinte, con un jefe como Guillermo. Comprando ropa y más ropa, carteras y zapatos, aros de piedras, para lucirse en la oficina, para acompañar a Guillermo a todas partes. Y gastando y gastando casi todo el sueldo que ganaba.  Y otra vez había aparecido el nombre de Guillermo, esa persona que no estaba más en su vida, esa relación de tanta perversidad que Mary quería olvidar.
Por eso había ido a ese lugar. Para pensar.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

foto: Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

lunes, 13 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela (fragmento)


Acostada en la cama, con la televisión prendida mientras Felipe, el gato de pelo negro, sedoso y brillante la mira fijamente, sentado al lado de la puerta, Mary mira cómo se proyecta  la figura de un pájaro en el techo  del cuarto. Es una figura en movimiento, como la mano derecha de Mary que hace sombras a la manera de un teatro chino. El sonido de la gota de la canilla de la cocina es el único ruido de la casa, además de las voces de la televisión apenas audibles. Mary mueve la mano, y las  sombras se proyectan en el techo y Felipe las mira. Había vuelto de bailar, eran las tres o las cuatro, tal vez. A esa hora el gato la recibió con un maullido y después deslizó su cuerpo contra las piernas de Mary. Enseguida ella se despojó de la ropa de bailar tango: la pollera con un tajo al costado y los zapatos que revoleó por el aire. A veces, cuando bailaba milonga Mary se sentía tan disfrazada como cuando era la secretaria de Guillermo y tenía que vestirse de una forma adecuada al cargo y al estatus que su jefe tenía en la empresa. Y enseguida Mary entró en la ducha y se quitó debajo del agua el perfume tan dulzón y fuerte de su compañero de baile. Cuando salió de la ducha, se puso una salida de baño y se sentó durante un rato en el living. Miraba las valijas todavía intactas, sin abrir.
Mary ya había decidido a quién le daría toda esa ropa que había traido de Buenos Aires. En el pueblo había una comunidad de hermanas de la caridad que organizaba ferias americanas todos los meses para sostener un comedor para las personas sin techo y ancianos. Las había ido a ver y ellas habían aceptado encantadas. Así, cualquier persona del pueblo podría comprar esa ropa a un precio accesible además de contribuir con una obra de bien. Mary se imaginó que tal vez podría ver a la empleada que trabajaba en el lavadero vestida con el palazzo de seda de color violeta oscuro, o tal vez la empleada de la panadería con un vestido Jackie blanco. Y si las viera vestidas con esa ropa de su vida anterior, recordaría esos retazos de su vida, como en un film, no estaba mal. Y ella no sentiría que había sido tan inútil todo, aceptar ser la secretaria de Guillermo, padecerlo, aceptar gastar medio sueldo en ropa, aceptar tantas cosas que no debiera haber aceptado nunca.

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foto: Casa Museo de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

martes, 7 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


El departamento del octavo piso era luminoso. Mary lo había alquilado recién pintado, un dos ambientes, con lavadero y balcón, a la calle. De noche se veían los techos de las  casas, el pueblo iluminado. Le quedaba relativamente cerca del trabajo. Una cama y una  mesa de luz, un sofá y una mesa en el living, eran todo su mobiliario. Le habia dejado el pez con la pecera  al encargado del edificio de Buenos Aires y finalmente había traído la ropa que usaba como secretaria de Guillermo en unas valijas. No las había abierto aún. Esos vestidos estilo Jackie, los palazzos y los pantalones de seda, no sabía qué hacer con ellos. Todos esos collares, los aros de piedras, ¿a quién regalárselos? Ni loca se vestiría así para andar por el pueblo.
Se había comprado una agenda nueva y un cuaderno donde registraba día por día sus actividades a la manera de un diario. No era fácil librarse de Guillermo, aún persistía en la memoria su presencia, aunque  cada día más lejana.
Las otras noches había recibido llamados a la una, dos de la mañana, la hora en que muchas veces su antiguo jefe la llamaba. Mary atendía y del otro lado no había más que silencio. A Guillermo le gustaba hablar, a cualquier hora del día. Y Mary siempre lo había escuchado.
Ahora, la compañía silenciosa de Felipe, el gato, su nueva mascota, le hacía bien. Era un gato oriental, de pelaje sedoso y oscuro. Felipe sólo maullaba mientras Mary daba vueltas por la casa, ordenaba papeles, ropa, algunas compras del supermercado.
Había colgado la fotografía de Carlos Gardel en una de las paredes del living. La había comprado en el salón donde bailaba tango y milonga. Le hubiera gustado conocer a Gardel, como la tía de la señorita Ana, su antigua vecina. La vida de Mary se había convertido otra vez en una rutina: el trabajo de oficina, en el laboratorio al lado de la señora Nelly, las clases de tango y milonga, alguna salida con Julio, los fines de semana a remar en la laguna o el río. Mary deseaba que no le volviera a ocurrir lo mismo con nadie, lo que le había pasado con Guillermo tenía que ser una enseñanza. Nadie volvería a ocupar su mente como él. Nadie tendría el comando, nadie le exigiría tanta atención como él. Tanto.
No volvería a vivir una historia de perversidad como ésa.
Y si le volviera a pasar pediría ayuda, gritaría socorro, se iría de viaje a algún lugar lejano. Esa noche Mary se durmió en el sofá del living, con la televisión prendida, mirando un serie. Y soñó con los perros, los perros que tenía antes en la casa y que habían aparecido muertos. Ahora, los dos perros, estaban vivos y perseguían unas ratas, chiquitas y blancas, como las que se usaban en el laboratorio. Mary veía la escena y levantaba vuelo, y desde el aire veía la cacería de las ratas. El terreno por donde los perros avanzaban cazando las ratas era extenso y Mary volaba muy alto. Tenía miedo de caer y al final aterrizaba lentamente. Entonces volvía a su casa, su antigua casa y entraba. La casa estaba vacía,
deshabitada y encontraba ahí huellas de su vida anterior. De alguna manera estar ahí en la casa le daba cierta seguridad y a la vez, no le gustaba que estuviera tan vacía, tan despojada.
Ese lugar sin presencias la hacía sentir muy extraña.

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foto: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

viernes, 3 de febrero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


La señorita Ana se dirigió decidida al jardín. En una mano sostenía una canasta de mimbre, en la otra una tijera de podar. En la boca de la señorita Ana se dibujaba una sonrisa cerrada y maliciosa. Era una tarde verdaderamente fantástica, con pájaros de pecho naranja y plumas marrones, cardenales, jilgueros, benteveos, horneros, colibríes, que producían verdadera música con su canto. Y todos estaban libres en los jardines.
Julio  seguía a la señorita Ana  con el mate y la pava con el agua tibia. La señorita Ana abrió la puerta de la cocina con alambre tejido para que no entren los insectos adentro de la casa  y caminó rápidamente hacia el níspero. El níspero era un viejo árbol que daba frutos cada verano. La señorita Ana no estaba muy de acuerdo en conservar el níspero en el jardín porque decía que ese era un árbol que traía muchas arañas. Sin embargo, los frutos eran ricos.
Julio se sentó en la reposera donde antes había estado la señorita Ana y le preguntó si quería que la ayudara. La señorita Ana respondió altiva, dijo que no, que no necesitaba ayuda y caminó hacia una pared medianera donde estaba la escalera de madera. Mientras la señorita Ana subía la escalera y se asomaba hacia la casa de los vecinos, Julio vertió un poco de agua en el mate. La yerba mojada rebalsó y Julio limpió el mate con la mano. Poco después se enjuagó la mano con el agua de la manguera que regaba las plantas.
La señorita Ana vio en el jardín de la casa vecina, donde antes vivía Mary  una pileta de plástico con un niño rubio de unos dos años adentro del agua. La madre, rubia y joven,  sólo vestida con una bikini jugaba con él. Los dos, el niño y la madre tenían la piel bronceada por el sol.  La señorita Ana sentía envidia de la escena.
Poco despúes la señorita Ana bajó y llevó la escalera hasta el níspero. Fue en ese momento en que sonó el timbre.

- Voy a atender - dijo Julio

- Sí, por favor - contestó la señorita Ana

Julio se asomó por la mirilla y vio a un hombre más o menos de la edad de la señorita Ana.

- Soy Hugo, el vecino de la otra cuadra - dijo

- Un momento - contestó Julio

La señorita Ana ya estaba al tanto de quién había tocado el timbre y estaba arrojando desde lo alto de la escalera los nísperos que arrancaba del árbol en la canasta. Entonces dijo, casi a los gritos:

- No le abras, ése ya vino a buscar nísperos la semana pasada.

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imagen: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

lunes, 30 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



En su interior se alegró al conocer la noticia y le deseó mucha suerte. Pero no se lo comunicó. Mary era así, callaba sus sentimientos. Mary era reservada al extremo, por eso Guillermo la había elegido como su secretaria. Habían tenido sus discusiones, sus charlas, y Mary siempre había callado, finalmente. La última palabra se la reservaba.
Ahora Guillermo era el nuevo director general de la división internacional del laboratorio donde Mary seguía trabajando. Eso le ampliaba a Guillermo el panorama. Pensó en llamarlo, en felicitarlo y también pensó en el  rencor que Guillermo tendría por haber dejado su puesto, por haberse ido de ahí y haber vuelto a su antiguo trabajo en el pueblo, un poco más alegre y confortable.
Era mejor, pensaba, dejar las cosas así. Se alegraba y mucho por  Guillermo, por todo lo que había luchado en el trabajo, porque veía sus sueños en parte cumplidos y también porque mientras estuvo al lado de él lo ayudó de la manera en que sabía y podía hacerlo.
Pero Mary era dueña de su vida y no quería que nadie la timoneara más que ella misma. Era la propia capitana de su alma. ¿Qué pasiones la llevarían ahora a ir por otro camino más que el que había elegido? A veces era el odio, ahora un poco menos, hacia la antigua vecindad con la señorita Ana. A veces era la pérdida de su hábitat, en su antigua casa, junto a los perros que ahora ya no estaban. Pero cuántas cosas había ganado, cuántas.
¿Podía haber sido Mary quien ocultaba en alguna parte la carta de Gardel?
Eso me lo preguntaba mientras viajaba al pueblo, mientras veía a lo lejos los altares del Gauchito Gil y los campos sembrados y los tractores trabajando. Mientras miraba el verde del paisaje y los silos repletos de granos.
 ¿A quién podía interesarle, sino a Mary, la carta de Gardel que a la señorita Ana le faltaba?
En el camino había mucho tráfico de camiones, el ómnibus dónde viajaba, no podía acelerar mucho más. Ahora era de día, había sol, y se veían  vacas, ovejas, caballos en los campos. Después de todo no sabía si alguna vez iría a descubrir el paradero de esa carta. Pero la señorita Ana insistía: tiene que encontrarla. Es todo lo que me queda de mi antigua familia. Y además para eso, me había pagado.

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foto: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

jueves, 26 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Julio había llegado al pueblo, otra vez daba clases de tango y milonga en aquél salón. Pronto se abriría otra milonga y su clientela de hombres y mujeres había aumentado. El bar con el enorme salón donde
Julio daba clases ahora también ofrecía cocina milonguera. Al menos eso anunciaba. Esta vez había venido en la Harley-davidson, desde un pueblo cercano donde había conseguido también un lugar, un club social para dar sus clases de milonga y tango. El tango salón se iba imponiendo y Julio aumentaba
sus ingresos.
El motor de la Harley-davidson se detuvo y la señorita Ana atravesó la cocina, cruzó el living comedor, y acercó su ojo a la mirilla. Vio entonces a Julio, con el casco todavía en la cabeza, y abrió la puerta.

- Adelante, Julio ...

- ¿Cómo estás? - saludó

- Yo muy bien, arreglando un poco el jardín, está lleno de hormigas.

- Me imagino que eso no será un problema

- Un problema no. Es un dolor de cabeza para mí, se están comiendo todas las plantas. ¿Querés tomar algo? Iba a preparar el mate ahora.

- Sí, con una cascarita de naranja.

La señorita Ana y Julio fueron hasta la cocina. Julio se había quitado el casco y  ahora se revolvía el pelo con las manos y bostezaba.
Mientras la señorita Ana ponía unas cucharadas de yerba en el mate, Julio se dedicaba a mirar los azulejos brillantes de la cocina. Ese era uno de los orgullos más grandes de la dueña de casa.

- ¿Y vas a dar clases a la noche? - dijo la señorita Ana mientras le ofrecía un mate a Julio

- Sí, hoy empiezo con avanzados.

La señorita Ana miró a Julio a los ojos y advirtió un brillo de curiosidad en ellos.

- ¿Ya lo sabés?

- ¿Qué cosa?

- Esa mujer, Mary, está por aquí de vuelta. La señorita Ana dijo estas palabras y Julio advirtió que el semblante pacífico y alegre con que lo había recibido antes había cambiado, parecía crispada.

- Sí - dijo Julio.

- Parece que no aguantó el nuevo trabajo - afirmó la señorita Ana mientras se disponía
a tomar un mate. Y al decir esto se le dibujó una sonrisa maliciosa.

- Y a lo mejor fue otra cosa lo que no aguantó - contestó Julio con tono serio.

- Julio, a vos te preocupa esa mujer.

- Puede ser, respondió Julio con una sonrisa enigmática.

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imagen: Café de los Angelitos, vista desde la calle (c) Araceli Otamendi

viernes, 20 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Son casi las dos de la tarde cuando llega al pueblo. El ómnibus la deja cerca del hotel. No va a ir a su casa, la casa que dejó para irse a Buenos Aires. Vivirá unos días en el hotel hasta que pueda alquilar un departamento. A esa hora el pueblo está casi vacío, casi desierto. Los perros duermen la siesta en la vereda. Casi todos los negocios cierran. Mary viste jeans, una remera blanca y zapatillas. Luce anteojos oscuros.  Soy una mujer nueva, piensa, imagina.  Ha dejado la ropa de marca en el placard del departamento. ¿Qué hará con toda esa ropa? Ese placard queda lleno de cosas, alguien tendrá que enviármelas. No quiero volver, piensa. Y sin embargo, sí, tendría que volver, ordenar vestidos, pantalones, zapatos, carteras, papeles. Sería un poco ordenar la vida misma.
La señora Nelly la está esperando cuando Mary toca el timbre de la empresa.
Mary se sienta frente al escritorio de ella, como antes, como cuando era la secretaria.

-¿Cómo estás?

- Bien ¿se nota?

La señora Nelly mira a Mary, hace un examen rápido del semblante de la mujer y dice:

- Voy a pedir a la cocina que te traigan el menú del día, bife con puré de calabaza, te va a gustar.

- Sí - contesta afirmativamente pero no está tan segura. ¿Qué trabajo tendría que hacer ahora?

- Quiero que comas, que te sientas bien. Después, más tarde, vamos a hablar de tu nuevo puesto.

Nelly es una mujer que puede desarmar a cualquiera. Elige el menú que se va a comer cada día en la empresa. Reconoce miradas, gestos, tiene una gran intuición y hasta parece adivinar lo que uno piensa.

El nuevo trabajo de Mary es menos estresante que el de ser secretaria de un director, de un hombre como Guillermo. Con Nelly no hay malentendidos, ni textos con espacios en blanco y mensajes ambiguos. Nelly sabe dirigir la empresa. Mary va a trabajar con Nelly en la coordinación de varios sectores del laboratorio.

En otro lugar del pueblo, la señorita Ana se dedica a ordenar la casa, como siempre. Ya ha regado las plantas, le ha dado de comer a todas las mascotas, y se dedica, sentada en una reposera a investigar el jardín: una fila de hormigas sale de un pequeño montículo y va subiendo por una pared entre las hojas verdes de la enredadera. Los picaflores buscan el néctar de las flores más llamativas, a la hora de la siesta.  La señorita Ana va de una cosa a la otra, como si estuviera almacenando mentalmente lo que puede disfrutar todavía y lo que aún le queda por conseguir, por recuperar, entre ellas la  carta de Gardel.
Algo interrumpe esa tranquilidad, esa monotonía, es el ruido de una Harley-davidson que se
acerca, es tal vez la moto de Julio.

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foto: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

lunes, 16 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Yo había comido, serían las diez de la noche. Sonó el teléfono y atendí. Era la voz de Mary:

- Hola

- Soy Mary. Tengo que hablar con usted, tomé una determinación.

- ¿Con respecto a qué, Mary? Hablaba agitada, se le oía el tono de voz, parecía apurada.

- ¿Podemos hablar esta noche? personalmente

- ¿Qué es lo que pasa?

- Mañana me voy al pueblo. Vuelvo a trabajar en el laboratorio, ya hablé con la señora Nelly. Dejo el trabajo aquí, no puedo más. Voy a tener otro puesto, no de secretaria.

- ¿Problemas?

- Sí, demasiados.

Hablamos hasta las tres de la mañana, en un bar bien iluminado. Había hombres y mujeres, jóvenes, y no tan jóvenes. Mientras Mary me iba contando la historia que la había llevado a dejar el puesto que hasta el día de hoy tenía en esa empresa, yo me dedicaba a escucharla pero además a mirar las caras. En general eran caras alegres, distendidas, caras de personas que conversaban, o que miraban las imágenes de los televisores instalados en el bar.
La perversidad puede vestir muchas ropas, muchos maquillajes, la historia sufrida por Mary era
una historia de perversidad. Yo conocía muchas, había investigado varios casos así, donde las víctimas
eran mujeres.
La dejé hablar, había venido vestida con un jean, una camisa y un pullover atado en la espalda, sin maquillaje.  Una vez más escuchaba una historia de perversidad.

- Estaba harta de tener que involucrarme en su vida privada - dijo Mary.

- ¿Por qué lo hacía?

- Era su secretaria. Tenía que saber ciertas cosas, atender llamadas, acompañarlo a reuniones.
Era inevitable que conociera ciertas cosas de la vida de Guillermo, además de los detalles del trabajo y de la empresa.

- ¿Le molestaba eso, Mary?

- Podría no haberme molestado. Pero el trabajo para mí es muy importante y ser la secretaria de Guillermo me obligaba.  No estoy acostumbrada a seguir a un hombre como Guillermo. A atender sus caprichos, su agua, su café, sus pedidos insólitos como el de las fotografías, conocer a sus amigas, su vida privada. Soy una mujer de provincia, usted sabe, conoce mi pueblo,  no me voy a acostumbrar nunca a la vida de la gran ciudad, ni tampoco a ser la secretaria de un director, de alguien como Guillermo.

- ¿A qué hora viaja?

- A las 9 salgo en un ómnibus para el pueblo.


                   Nos despedimos, ella subió a un taxi y yo a otro. Sabía que lo que me había contado Mary no era todo. Conozco muchas historias de mujeres que se dieron contra la pared en que se golpeó Mary.
Mujeres que se dejan encandilar por hombres como Guillermo: atractivos, inteligentes, tienen muchas cualidades. Al principio pueden ser el amigo, el novio, el amante, el marido, el jefe. Ellos ejercen un poder sobre ellas. Ellas se vuelven sumisas, dependientes. Después la relación se tornará insoportable.

 (c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

foto: Café de los Angelitos, desde la calle (c) Araceli Otamendi

sábado, 14 de enero de 2012

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Ahora sola, en la oficina, mientras miraba el río desde la perspectiva y la distancia que otorga la altura del piso veinte, a través de los ventanales, veía los edificios, las torres, la calle y la avenida, en ese día luminoso, soleado, con un cielo claro y el plateado del agua lejana, buscaba las fotografías de Guillermo.
Sentada frente a la silla de él, como si él estuviera ahí, aunque invisible, va armando un álbum. Es un álbum de cuero azul, al que le ha hecho grabar las iniciales de Guillermo. Seleccionaba las fotografías sin saber, salvo por la apariencia,  las fechas en que fueron tomadas y ponía cada una  en una página. Guillermo se parecía en algunas fotografías a la imagen que tenía en la actualidad. En otras, parecía un personaje, otro, lejano.
Al lado tenía  una botella de agua mineral común. Hoy había venido vestida de manera más informal. Hoy no iba a atender  a casi nadie, el director, está afuera, contestaría cuando atendiera el teléfono. Y sin embargo, la omnipresencia de él, ahora en las imágenes, era como sino se hubiera ido. Mary, sabía, que en el fondo, nada termina.
Mary piensa en los pantalones de Kenzo comprados en un local de un shopping hace pocos días. Siempre estar a tono con él. La cuenta de peluquería, de ropa, los aros, los collares, las carteras, los zapatos. ¿Qué le quedaba para vivir?
Había que llenar la vida de cosas, aunque más no fueran ésas: el trabajo, Guillermo, la ropa de moda y cara, el arreglo. De alguna manera había que llenarla para no ver. Después de jugar al gallo ciego tanto tiempo, la venda había caído. ¿Había caído, realmente? Al principio, había llenado la vida con las mascotas: los perros, los gatos, los pájaros, los conejos. Y también el jardín. Pero la suma de todo eso no alcanzaba. Después había sido el tango: milonga y tango salón. Entonces había empezado la moda del tango: zapatos para bailar, los cursos intensivos, los seminarios. Y ahora había dejado la casa, antes los perros habían aparecido muertos, no se sabe por qué. ¿Maldad? ¿Alguien que odiaba los animales?  Había dejado  el pueblo donde vivía, la empresa, su anterior trabajo para venir aquí, a la gran ciudad.  Jugar al gallito ciego tenía sus inconvenientes. Y también, seguramente sus ventajas. Ahora no era una simple secretaria de un laboratorio de productos veterinarios. Ahora era la secretaria de Guillermo.

A las cuatro de la tarde, se iba a retirar de la empresa, había avisado a personal.  Dos horas antes del horario habitual. Quería tomarse tiempo para pensar. Para caminar cerca de la orilla del río, para caminar descalza. Aunque se tuviera que quitar las zandalias de Ricky Sarkany, llevándolas en la mano mientras caminaba, podría pensar.
Sentía el aire fresco en la cara, el río había crecido, había sudestada. Caminaba descalza, ¿a quién le importaba? La costanera, era todavía un lugar donde se podía caminar sin zapatos. A lo lejos, el horizonte, algunos barcos. ¿Iría a bailar esta misma noche? La última mirada que le había dirigido Guillermo, no le había gustado. Era una mirada inquietante, era un no saber lo que él estaba pensando. ¿La juzgaba? ¿Quería inquietarla? ¿Hacerle saber hasta dónde llegaba su poder? Tampoco podía adivinarlo. Aún quedaba luz del día para mirar los barcos a lo  lejos y pensar. Todavía había un poco de luz para pensar.

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imagen: foto del Café de los Angelitos, vista desde la calle (c) Araceli Otamendi