domingo, 26 de junio de 2011

La carta de Gardel - novela (fragmento) - Araceli Otamendi

   Afiche Gardel-Razzano -
fotografía tomada en el  Museo
Casa de Carlos Gardel
 (c) Araceli Otamendi



Buenos Aires



Gardel

El 13 de febrero de 1924 Gardel y Razzano llegan a Buenos Aires a bordo del "Giulio Cesare". En Buenos Aires hace un calor infernal. Es un verano tórrido, la ciudad se ha recalentado con el sol que brilla, no perdona la ciudad, el cemento, los edificios, las casas. El calor en la ciudad se hace sentir y los habitantes que han quedado en Buenos Aires tratan de paliarlo: toman líquido, cerveza, clericó. Los que pueden se hacen una escapada al río, a la rambla.

¿Qué ha quedado del viaje a París? ¿Cuáles son los recuerdos de esa ciudad que ha deslumbrado al Zorzal criollo? Carlos Gardel está solo en su habitación. La tarde llega lentamente y las sombras de los edificios calman un poco el calor que ha quedado atrapado en la calle, condensado en la piedra, en el cemento. Ha desarmado las valijas, las camisas, trajes, corbatas, ropa interior yacen sobre la cama. En cada una de esas prendas hay un olor, un recuerdo. Están las luces de los escenarios que ha compartido junto a Razzano, en el Teatro Apolo, en Madrid, adonde han ido a verlos la familia real y ahí estado la Infanta Isabel de Borbón. Están las luces de París en ese encuentro con la ciudad que él y su compañero han compartido. Están los viajes en tren, los viajes en barco...

...........

Adela

Algunas veces la verdad duele, duele como la herida cuando cae sal en ella. Las dos mujeres discuten.
A Adela no le disgusta que Matilde cante tangos, ni que los baile. Ella también bailó, ella también recuerda esa noche inolvidable... pero ahora escucha la voz de Matilde en la radio y no puede soportarlo. Matilde hablando por la radio. Escucha esa voz juvenil, esas palabras en la voz de su hija y le hierve la sangre. Menos mal que puede escuchar a Gardel, menos mal que tiene la carta...eso te trae buenos recuerdos, eso te saca de la nostalgia de aquel pueblo...

Alguna vez tu nieta va a tener que enterarse de la verdad, tendrá que saberla, un secreto no se puede ocultar siempre, Adela, alguna vez, tu nieta va a conocer ese secreto que todos se empeñan en ocultar...No le hipoteques el futuro a tu nieta, la verdad, Adela, la verdad ....

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 24 de junio de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)- Araceli Otamendi

  fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel
(c) Araceli Otamendi

La primera noche en Buenos Aires Gardel decide pasar por el Café de los Angelitos, va a saludar a los amigos.
En el café de Rivadavia y Rincón un grupo de amigos habla de Mateo de Armando Discépolo, estrenada el año anterior.
Uno de ellos ha llevado una guitarra. ¿Entonará una canción?

No saben que el morocho pronto aparecerá en el lugar. Gardel camina por la calle, mira las casas, la ciudad como si la viera por primera vez. En la calle, sobre los adoquines, los colores del arcoiris se reflejan gracias a las luces nocturnas y al aceite que desprenden algunos autos. Ese arcoiris acuoso que lo deslumbraba de chico al cantor, que lo mantenía absorto frente a tanto brillo, a tantos colores distintos.
En otro lugar de la ciudad, Roberto Arlt teclea vigorosamente en la máquina las últimas páginas de La vida puerca. Luego, el libro se publicará con el nombre de El juguete rabioso.
También en otro lugar de la ciudad, Jorge Luis Borges planea junto a Ricardo Güiraldes, Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz la revista Proa que publicará su primera edición ese año.
Roberto Arlt conoce ese mismo año a Ricardo Güiraldes. Publicará después en Proa dos fragmentos de El juguete rabioso: El rengo y El poeta parroquial.
Este último capítulo después, no integrará la novela. Las editoriales Babel de Samuel Glusberg y Claridad, en la colección dirigida por E. Castelnuovo, rechazan El juguete rabioso.
En una de sus páginas, Silvio Astier, el protagonista, se preguntará, ante la imposición de la madre:



"...- Silvio, es necesario que trabajes...." "...Tenés que trabajar ¿entendés? Tú no quisiste estudiar. Yo no te puedo mantener, es necesario que trabajes..."



"... - ¿Trabajar, trabajar de qué? Por Dios... ¿Qué quiere que haga? ... ¿que fabrique el empleo? Bien sabe usted que he buscado trabajo... "



Esa noche después de reunirse con los amigos en el Café de los Angelitos, después de olvidarse ahí el paraguas que le regaló Razzano en París, Gardel escribe la carta a esa mujer rubia de ojos claros que parecía estar esperándolo en un pueblo de la provincia de Buenos Aires mientras su hija silbaba un tango. Carta que ella, Adela, guardará hasta el día de su muerte.


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

jueves, 23 de junio de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento) - Araceli Otamendi

fotografía Afiche Gardel - Razzano - (c) Araceli Otamendi
                                                   fotografía tomada en el Museo Casa Carlos Gardel

Introducción

Hace varios años, en 2003 empecé a realizar una investigación sobre el tango para un libro. De esa investigación donde realicé entrevistas a escritores, cantantes, compositores, visité lugares relacionados con el tango, entre ellos el Museo Casa de Carlos Gardel, distintos bares como el Café Homero, el Café de los Angelitos, el Café Margot,  varios cafés relacionados con el tango en el barrio de Boedo, compré y leí también varios libros de ensayos sobre el tango, busqué en bibliotecas, entre ellas la del Congreso de la Nación material bibliográfico, escuché discos,  y tomé también muchas fotografías, surgió una novela aún inédita y también algunos cuentos.
Mañana, 24 de junio se cumple un nuevo aniversario de la muerte del Zorzal, es por eso que publico un fragmento de la novela inédita La carta de Gardel y también, en este blog de escritores de la provincia de Buenos Aires, el cuento Entre tumbas, cartas y recuerdos de Gardel como homenaje al Mago.

                                    Araceli Otamendi


La carta de Gardel (fragmento)


Carlos Gardel sueña ahora con una mujer que ha visto alguna vez en un pueblo. Es uno de los pueblos de la provincia de Buenos Aires donde ha tocado y cantado junto a Razzano. Y lo que más recuerda de esa mujer son los ojos claros, la mirada dulce y fuerte, todo eso junto. La mujer se mantiene erguida junto a la puerta de calle. Pero no ha sido la imagen de la mujer lo que ha llevado al cantor hasta ahí sino un silbido. Ha sido una música, el silbido de un tango lo que lo atrajo ante una puerta de madera antigua y el Zorzal ha mirado hacia el lugar de donde proviene la misma melodía que él ha cantado ahí, en ese pueblo. Y entonces ha visto a la mujer, alta, delgada, de dulces ojos claros y pelo rizado y rubio.




- ¡Qué bien silba el pibe! - dice Gardel



Y ella lo mira de arriba a abajo y le contesta:



- No es un pibe, es una nena, es una de mis hijas. La niña que ha estado escuchando el diálogo escondida en la media pared de la terraza se incorpora y vuelve a silbar y se esconde nuevamente.



Y es entonces cuando Gardel silba, el típico silbido de admiración que él hace siempre cuando le gusta una mujer.



Carlos Gardel olvidará a esa mujer que parecía esperarlo en esa puerta de una casa de un pueblo de provincias, el olvido durará un tiempo. Mientras, el morocho se irá de viaje a Madrid y luego a París junto a Razzano. Pero el olvido, como decía Borges es una parte de la memoria. Y también decía que tarde o temprano vuelven todas las cosas, y una de las cosas que vuelven es el pasado. Siempre...".

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

Cuento: Entre tumbas, cartas y recuerdos de Gardel- Araceli Otamendi


De vez en cuando revolvía entre los papeles viejos: cartas, documentos, antiguas facturas pagas, fotografías familiares amarillentas.
Era un exorcismo que me servía para tomar nota de los recuerdos, a la espera de que algún acontecimiento, algo los evocara y me pusiera a escribir, así, la historia que jamás me había atrevido a escribir, hasta ahora.
Y así fue como encontré la fotografía de la tumba de Gardel en el cementerio de la Chacarita bordeada de flores rojas que los visitantes a diario le arrojaban. ¿Por qué la tenía ahí guardada en esa carpeta entre tantos papeles?

A mi abuela le gustaba Gardel, lo había conocido en el pueblo de ella, allá en Rojas, en la Provincia de Buenos Aires donde también nació Sabato. Donde mi abuela tenía el hotel y el Zorzal pasaba por ahí en sus giras junto a Razzano. Además de admirar a Gardel, porque ¿quién no?, si cada día cantaba mejor, como decían, mi abuela conocía algunas historias del cementerio.

Una de las historias que prefería contarme era la de dos amantes que se encontraban en una bóveda, a la tarde.


“…Ella salía arreglada, muy pintada, se usaba el sombrero. Nosotros la conocíamos y sabíamos adonde iba. Se había casado con ese infeliz del farmacéutico, no había tenido alternativa. Quedó embarazada y la familia la obligó a casarse. Pero ella no lo quería. Tenía un novio anterior, fino, de bigotitos, medio tramposo, al que le gustaba mucho el baile. Un día, cuando el chico ya tenía unos diez años el novio se le apareció. Y ella, la estúpida, se puso a llorar, y me contó, porque eso me lo contó, que el tipo quería salir con ella de nuevo, que le había escrito cartas, muchas cartas. La mujer, Marta, era una estúpida, y se metió de nuevo con el del bigote.

Nosotros a veces le cuidábamos el chico, porque no tenía con quien dejarlo, y ella se iba a la hora de la siesta, enfilaba para el cementerio. Sabíamos también la hora en que iba a volver. Pero, sospechábamos que el marido ya se había dado cuenta porque llegaba a la casa cada vez más temprano. Al chico lo entreteníamos con la radio y los radioteatros. Era bueno. Jugábamos a las cartas con él. Matilde y Nora preparaban el mate y yo, a veces, me ponía a jugar con él, Huguito, se llamaba. La mujer llegaba después, a la tardecita, cansada, ojerosa. Sabíamos que se encontraba con el flaco ese en la bóveda familiar. Porque ella decía que era el único lugar donde no la iban a descubrir. Sí, una historia sórdida. La bóveda de la familia de ella estaba cerca de la de Gardel, nosotros la conocíamos porque ya habíamos ido al entierro de unos cuantos. Al padre de ella le gustaba el tango, como a mí. Pero el tango de Gardel, no de cualquiera. Porque nunca nos gustó cualquiera sino Gardel, el mejor. Y mirá, yo en la vida, siempre quise ser como Gardel, ¿ves tu tío? Siempre fue el mejor de la clase, el más trabajador, el que salió adelante. Y eso porque yo se los enseñé: sean como Carlos Gardel, siempre el mejor. Pero eso se logra con trabajo, además de talento. Porque Gardel ensayaba mucho. En cambio Matilde, tu tía… hmmm. Un día Carlos Gardel paró en Rojas, en el hotel. Nora estaba silbando, silbaba en la terraza, justo era un tango y él se paró en puerta y dijo: - Buenos días, señora: -¡qué bien silba el pibe! Y yo me puse a reir, porque la confundió a Nora con un chico, tenía el pelo corto y parecía un varón. Y entonces le dije: ¡es una nena! Y ahí nos quedamos conversando un rato, en la puerta. Esa noche paró ahí, en el hotel, Razzano lo acompañaba con la guitarra. Fue todo un alboroto, ya te voy a contar…Porque Nora se había aprendido los tangos que escuchaba por la radio, eran los tangos de Gardel.

Te sigo contando, acerca de la mujer, Marta. Un día el marido la siguió, hasta el cementerio. Y cuando estaban ahí, ella y el amante, adentro de la bóveda, les tiró varios tiros, a ella y a él. Después vino a casa, porque el chico estaba en casa y nos dijo que se iba a entregar a la policía, que había matado a la mujer, se puso a llorar...”.

El cuento de mi abuela no terminaba ahí. Porque también decía que a veces, de vez en cuando, tenía la sensación de que la mujer, Marta, volvía, aparecía en la casa, como buscándola, para decirle algo. Y mi abuela decía que se caía algo al suelo cada vez que ocurría eso, o se movía algún cuadro, o una lamparita estallaba de golpe. Y es como ahora, mientras escribo esto que una ventana se cerró de golpe, casi se rompe el vidrio por el estrépito, y se escuchan algunos ruidos en la terraza, como si alguien estuviera caminando por ahí, por el techo, tal vez porque cuento cosas que no debiera contar. Y una música y un tango de Gardel ha empezado a sonar en la radio.






© Araceli Otamendi

martes, 21 de junio de 2011

Espacio de autor: Cristian Vitale

Cristian Vitale




Cristian Vitale nació  en Francisco Madero, un pueblo casi real de la Provincia de Buenos Aires, el 16 de febrero de 1980. Se recibó de Profesor en Letras en el año 2006.Escribe para medios gráficos y tiene publicados textos de ficción y ensayos en antologías nacionales e internacionales. Publicó su primer libro de cuentos, De espaldas, en el 2010. Es además  músico y docente.









Blogs:



http://cristian-deespaldas.blogspot.com/


http://www.alprincipiofuelaurgencia.blogspot.com/

Al principio fue la Urgencia. Ensayos sobre literatura


Dice Cristian Vitale:

"Quizá debiera parafrasear el título de mi blog para explicar el nacimiento de este blog que lleva como subtítulo “Ensayos sobre literatura”. Al principio fue la Urgencia quiere decir que la escritura, como este blog que reúne ensayos sobre ella, nace de una urgencia, de una necesidad, al comienzo bien poco literaria, que en una segunda instancia se hace obra.

No siento más placer al leer el Quijote que al pensar y luego escribir sobre él. No siento más placer al escribir un poema que al reflexionar tratando de entender el mecanismo que lo hace funcionar. Pienso la literatura como una máquina. Cuando escribo ensayos sobre esa máquina lo que ensayo es una teoría, o varias, acerca de su complejo funcionamiento.

La crítica, así como la teoría literaria, cuando se involucra con el texto o la escritura se vuelve indisociable de ella. No más que cualquier otra lectura pero con pretensiones de profundidad y rigor.

Resumo. Al principio fue la Urgencia es un espacio en el que publico lo que creo válido para generar conocimiento sobre la literatura en sus dos vertientes: la lectura y la escritura. De su felicidad o infelicidad dirán los paseantes".

miércoles, 15 de junio de 2011

Cuento: Detrás de la esquina - Cristian Vitale

 
 
Detrás de la esquina






pensaba en el instante inesperado…


en el pasaje de lo conocido a lo desconocido


(Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles)



Seguro que no hay nada. Vas a ver. Estos pueblos de provincia siempre igual. Una calle hundida por dos ruedas y dos ruedas más y dos ruedas más y así. Sí, la arena es poética cuando no te entra en los ojos y te quedás ahí tratando de sacarte esa molestia que es un granito pero molesta y hasta da vergüenza que uno se embronque por tan poca cosa pero la cosa es así, qué le vas a hacer. Qué se yo... yo antes había llegado a la conclusión por ese pequeño hecho del grano de arena de que la verdadera tristeza estaba en las pequeñas cosas pero ya no sé si es así. Aunque algo de razón tenía. Mirame ahora. Caminando por esta calle de pueblo inhóspito pensando para adentro como un tarado o en el mejor de los casos como un loco imaginándome de puro aburrido nomás qué cosa es la que puede esperarme cuando llegue yo a la esquina. Y no sé si es verdadera pero me da un poco de tristeza pensar que en esa esquina...que cuando llegue yo a esa esquina y mire casi esperanzado para los dos lados haciéndome el desentendido el indiferente no sea cosa de que venga alguien y me vea y diga... qué sé yo... la gente habla pavadas por que no sabe qué hacer. Lo que digo es que cuando yo llegue a esa esquina y mire para los dos lados con una ilusión de chico yo sé que no va a haber nada si en este pueblo nunca pasa nada y eso es triste. Mirá, ya hace no sé cuántos pasos que empecé a caminar por esta cuadra y ni un auto ni una moto ni... (o sí me parece que recién pasó no me acuerdo si una bici si una moto no sé) pero ni un accidente de autos ni un escándalo de gente qué sé yo. Decía que no ha pasado casi nada y el polvo de las calles que es muy poético para los que viven en la ciudad que se vuela porque ni el regador. En estos pueblos del interior yo no sé si eso es bueno o es malo pero uno tiene tiempo para pensar en cosas que yo creo que valen tan poco la pena como valen tan poco la pena las cosas que se piensan allá en las ciudades. Pero claro, la verdad es que acá uno piensa cada cosa... Mirá que ponerme a pensar en qué cosa puede haber detrás de una esquina...Yo nunca había hecho semejante cosa pero lo cierto es que las calles así se acortan. Cierto suspenso cierto deseo cierta cosa que te pasa por adentro acá en estos pueblos del interior que tienen las calles tan largas y tan largas y tan largas. Yo tengo la teoría de que las calles de los pueblos del interior son más largas que aquellas de las ciudades. Y no porque uno camina y camina y le parece a uno que no llega nunca porque ni un quiosco ni una farmacia ni una congregación de extranjeros para descifrarles la lengua...no. Son más largas porque tiene uno que caminar más pasos para llegar por fin a la esquina. Y además uno camina con todo el empeño y el paredón del patio del vecino que nunca termina ni cambia de color ni nada y los árboles se repiten cada diez once metros y las puertas y las ventanas y las puertas y las ventanas y las baldosas a veces... No. No. No hay nada. No va a haber nada. Qué va a haber. ¿Un perro? A lo mejor ¿quién sabe? un perro muy pero muy lanudo y con unos ojos que yo no había visto nunca. Y decir ¡qué barbaridad! ¡mirá qué perro y yo nunca haberlo visto! ¿de quién será? Seguro que es del barbudo del mercado. O del viejo Ádez. Él siempre con cosas raras nomás para impresionar y para decir que él tiene un perro que es muy lanudo y guarda no te vaya a morder porque uno nunca sabe con esos perros del diablo. Pero no. Los perros todos se parecen y por más lana que tenga es un perro y eso no es lindo para imaginar. Mucho mejor descubrir un asesinato. ¡Qué barbaridad tanto loco suelto y pensar que uno dice que en estos pueblos nunca pasa nada! Pero no. Tampoco. Más vale un amor oculto. Incestuoso ¿por qué no? por que ellos no van a creer que a esta hora y con este calor y por esta calle tan sin nadie siempre no van a creer que por esta calle tan sin nadie siempre viene alguien y menos que ese alguien soy yo y que enseguida lo voy a contar en el barrio para que de una vez por todas en este pueblo pase algo porque ya me está cansando esta vida de pueblo sin cataclismos ni volcanes ni terremotos ni huracanes ni nada. Sí. Seguro que descubro una infidelidad. Una trampa como le decimos acá. Un engaño. Pero me pregunto si será bueno o será malo llegar a la esquina y descubrir un engaño. En cierto modo es bueno porque al fin seré un privilegiado. Se supone que los engaños son engaños porque son tramposos y por ser tramposos están ocultos y si yo lo veo entonces la gente me distinguirá del resto de la gente y dirá de mí: “mirá, ahí va el que descubrió al fin que el Alberto le caminaba la azotea a la Hilda” o “el que vio al Búho y al primo...” Sí, tiene su parte buena. Pero igual creo que descubrir que era todo una mentira como esos cuentos que vos entrás como un chiquilín y después colorín colorado... Bah, no sé, pero igual me voy a apurar no sea cosa que se les dé por espiar y se asomen y yo como un gil acá caminando como si nada y llego a la esquina y ellos silbando y mirando como dos estúpidos cómo cantan los pájaros como si el canto de los pájaros no fuera siempre el mismo canto de siempre que no tiene forma de canto pero que en la ciudad se dice y se empecinan en decir que los pájaros cantan. Sí, pero si el engaño...? ¿Y si resulta que el engaño viene a desvendarme los ojos como en el juego del gallo que está ciego y busca como un condenado por toda la pieza y nunca encuentra nada hasta que al fin le sacan la venda y por ahí era Roberto y no Esteban al que tenía del brazo y qué lástima porque yo había creído que era Esteban y resulta que he vuelto a perder. ¿Y si resulta entonces que abro los ojos todavía un poco nublados de tanta venda y encuentro ¿qué sé yo? y encuentro... No. No va a haber nada. Detrás de las esquinas nunca hay nada. Eso pasa en las películas o en los libros y este pueblo por más que se empeñen algunos no es ni una película ni un libro. Es un pueblo. Además es mejor que no haya nada porque mirá si después de caminar y caminar pensando en qué se esconde detrás de la esquina descubro que sí, que había un perro lanudo ¿y qué hago, me querés decir?... ¿lo acaricio y le digo perrito menos mal que estabas vos porque me hubiera desilusionado mucho si no había nada y aunque vos no sos mucho, bueno, sos algo y algo es algo? O le digo que ¡fuera perro! que ¡qué anda haciendo un perro del diablo a estas horas que anda quitando la ilusión a la gente de ver un incesto o una orquesta de esas que tienen un director que les dice que tienen que tocar tal o cual nota y que si no lo hacen más vale que salgan corriendo porque los directores de orquesta son más malos que no sé qué! Pero es como siempre digo. Si uno va a perder el tiempo en imaginarse uno tiene que imaginarse cosas lindas... total... Pero ¿qué cosa linda puede haber detrás de una esquina en un pueblo tan del interior como este? Un cantero. Claro. Un cantero nuevo que puso ayer la señora de Pagela porque el marido albañil tanto y tanto insistirle le hizo al fin el cantero que tanto y tanto le insistía y ahí tiene su cantero y espero que ahora no se le ocurra poner un árbol en la cocina porque no vamos a tener lugar para comer y además queda como la mona. Y qué lindo cantero con ladrillos rojos pero la señora de Pagela lo pintó ella misma con unos colores que no sabés y le puso flores de todos los colores unas grandes y las otras chicas y de todas las especies que es un jardín, sí ¡un verdadero jardín! y esa es la novedad del pueblo. Y yo que no me había enterado porque, claro, si me la paso pensando taradeces todo el día qué me voy a enterar que la mujer de Pagela tan osada ella ha puesto un jardín al otro lado de la esquina con yo no sé qué cantidad de claveles y jazmines blancos. Pero ya lo esperaba yo. Siempre me pasa cuando me acerco a las esquinas. Las esquinas me hacen pensar en... ¿Acaso llegar a una esquina no es un poco morir? ¿Acaso una esquina no es un poco una pequeña muerte? No sé, quizá exagero. No sé, pero me dan unas ganas de volverme... Además esta esquina es distinta, no sé, es demasiado real y yo... ¿qué sé yo?... me había encariñado tanto... Siempre uno se encariña con la calle anterior. Es como una condena che. Pero esta esquina tiene algo de distinto. Yo no sé qué es. Es distinta y es peor. Y me acerco y algo se me acaba y es peor. Ahora que miro el cielo y está tan lindo... No sé, ahora me han dado como unas ganas de volverme que parezco un chico. Me ha dado como un frío que yo no sé si es el miedo o la nostalgia o esta manía mía de querer ver el misterio donde apenas hay una calle, una calle que se termina y una esquina vulgar. Es que las esquinas tienen algo... ¿Y si era cierto lo del asesinato? ¿Y si yo resulto ser el muerto? ¿y si de repente un cuchillo se asoma cuando llego y yo indefenso como un cordero me vine así sin nada en este verano que ni ropa ni mangas donde fingir un revólver con el dedo de la mano o un cuchillo para asustarlo para mirarlo de frente para mirarlo a la cara y no permitirle, claro, que me mire de soslayo que es muy fea la indiferencia y decirle que qué se cree andar matando a un pobre hombre que llega cansado ya de tanto verano y tanto pueblo y tanto llano pampeano y tantas ganas de llegar y repetirle con más firmeza que antes que qué se ha creído que uno no es nada, que uno no es digno y que me espere, ahora sí, que me espere que voy a buscar un cuchillo a mi casa y que vuelvo para pelearlo.

(c) Cristian Vitale
Acerca del autor:


"Nací en Francisco Madero, un pueblo casi real de la Provincia de Buenos Aires, el 16 de febrero de 1980. Me recibí de Profesor en Letras en el año 2006.Escribo para medios gráficos y tengo publicados textos de ficción y ensayos en antologías nacionales e internacionales. Publiqué mi primer libro de cuentos, De espaldas, en el 2010. Soy músico y docente".

Blog:
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imagen: Eugenio Daneri (de la muestra en el Museo Benito Quinquela Martín)

miércoles, 8 de junio de 2011

Fotografía: Jorge Herralde, Juan Carlos D`Amico y Ricardo Piglia



(Buenos Aires)

Tomé esta fotografía en el Colegio Rafael Hernández de la ciudad de La Plata, cuando asistí a la entrega del Gran Premio de la Provincia de Buenos Aires a Jorge Herralde, en el año 2008. En la fotografía:  (de izquierda a derecha): el director y fundador de la editorial Anagrama Jorge Herralde, el Presidente del Instituto Cultural d de la Provincia de Buenos Aires Juan Carlos D´Amico y el escritor Ricardo Piglia, reciente ganador del Premio Rómulo Gallegos por su novela Blanco nocturno.

crédito de la fotografía: Araceli Otamendi
archivo: Archivos del Sur

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