sábado, 31 de diciembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Si alguien estuviera escribiendo una novela y lo hubiera inventado a Julio no podía ser mejor. Julio está sentado frente a mí, parece transparente y sin embargo ... no sé lo que piensa ¿por qué tendría que saberlo? Siempre me gustaron las personas transparentes, esas a la que uno mira a los ojos y les adivina el alma. Sé que no es fácil de comprender, porque yo no lo soy. Muchas personas se equivocan y piensan que soy transparente.
Pero transparente es Julio, y sin embargo parecería que estuviera pensando en algo indescifrable, al menos para mí.
Julio se incorpora y va hasta la ventana que da al jardín. Se queda ahí, de pie junto a los vidrios y se da vuelta. Con tono de voz algo intrigante dice:

- ¿Sabían que Mary se va?

La señorita Ana se sorprende. No digo nada pero yo ya lo sé. Ella me lo lo ha  dicho esta mañana. El director del laboratorio le ofreció el puesto de secretaria de él, le doblan el sueldo que cobra como secretaria de la señora Nelly y ella aceptó.

Nos habíamos reunido en un bar, frente al hotel. Habíamos quedado en vernos a las diez. Mary llegó
puntual, yo había llegado unos minutos antes. Cada una pidió un café y yo una botella  de agua mineral para las dos.
Mary me preguntó qué me parecía el ofrecimiento y le dije que seguramente ella ya tenía la decisión tomada.
Sólo le hice una pregunta:

- ¿Y el tango, Mary?

Se quedó callada durante algunos segundos. Después dijo:

- En Buenos Aires va a ser distinto. Hay muchas milongas, diferentes horarios, voy a poder seguir bailando.

La miré, casi la estudiaba. ¿Era una buena decisión? Seguramente lo sabría más tarde, el tiempo siempre tiene las respuestas.

- No se preocupe por mí - dijo

- Yo no estoy preocupada, Mary -

- Tengo que pedirle algo

-¿Qué cosa?

- No tengo a quién dejarle mi casa, ni el jardín ni el gallinero. Con la señorita Ana no me llevo bien, usted sabe.

- ¿Y?

- Le pediría que nada más, de tanto en tanto, cuando usted venga al pueblo, se dé una vuelta por mi casa. Mientras dejaré una persona que la cuide.

-¿Hasta cuándo tiene contrato?

- Por ahora es un año. Después veré, no sé qué voy a hacer.

- ¿Dónde va a vivir en Buenos Aires?

- La empresa me paga el alquiler de un departamento mientras dure el contrato.

- Está bien - acepto. Mientras usted esté viviendo en Buenos Aires, le prometo que daré una vuelta por su casa, cada vez que venga al pueblo a investigar. Estuve a punto de preguntarle cómo era el director del laboratorio. ¿Tendría Mary y una relación sentimental con él? Muchos de los rumores que circulaban en la empresa se referían a eso, a la relación de Mary con uno de los directores.
Los desestimé, había tantos y tantos rumores, eran como un veneno que contaminaba el aire. Y ahora esta noticia, ¿confirmaba el rumor?
Dejaría la pregunta para más adelante. Tal vez para hacérsela en Buenos Aires.

Casi enseguida de aceptar me arrepentí, una responsabilidad más, algo más en mi vida que pretendía ser libre, ocupada sólo por el trabajo de investigadora. Pero esta oportunidad que me brindaba Mary era única: podría entrar y salir de la casa cuando quisiera, investigar: Mary me había entregado las llaves de su casa. Hasta podría ver desde la casa de Mary la casa de su vecina, la señorita Ana. Y tal vez eso, en el estado actual de la investigación la hiciera avanzar.

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jueves, 29 de diciembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


La señorita Ana toma en sus manos una cigarrera: era de una de las hijas de Adela, dice. Es una caja rectangular, dorada, con algunas partes de metal oscuro, como si estuviera gastada. La usaba cuando iba a bailar, o a una fiesta, aclara. No le pregunto nada, la dejo hablar y mientras ella me cuenta la historia de la cigarrera, ese objeto tan anacrónico, me acerco y tomo la cigarrera en mis manos. La abro.
Adentro está nueva, es una caja con distintos compartimentos, me asombra ver ese objeto tan en desuso. La señorita Ana me explica que la ha guardado como guarda tantos recuerdos ahí en esa casa. Como había guardado la carta de Gardel durante tantos años hasta que alguien se la llevó. O al menos, alguien sacó la carta del lugar donde estaba y la ocultó. Miro a la señorita Ana, quien sigue sacando distintos objetos posados en una mesa y me los va mostrando. Cada uno de ellos tiene una historia distinta: un abanico, parece de nácar,  un cuchillo que luego me entero es un cortapapeles, la figura de un Buda gordo, de porcelana verdeazul.
La señorita Ana se sienta en un sillón, me pide que me siente en otro. Al lado de una mesa baja, hay apilados libros, revistas, enciclopedias de plantas. A través de la ventana se puede ver la luz de la tarde, cómo se entremezcla con las hojas de los árboles. Hay muchos pájaros ahí afuera, en el jardín,  entonan diversas melodías. Creo reconocer alguna.
La señorita Ana me ofrece un té, le digo que sí. Ella va hasta la cocina y aprovecho para mirar un álbum de fotografías que está sobre la mesa.
Mientras estamos tomando el té y la señorita Ana me indica cuál es la fotografía de la dueña de la cigarrera, se escucha el motor de la Harley-davidson afuera.
Poco después Julio, el profesor de tango golpea la puerta.
La señorita Ana le abre y Julio entra como si lo estuviéramos esperando. Desde la noche anterior, cuando me fuí del bar donde él daba clases de baile, empecé a tomar distancia de Julio. Al menos en la mente. Ya no me sentía cerca. Ya no quería que se me acercara. Julio había llamado al hotel, varias veces, no había querido atenderlo.
Últimamente me había tratado como si tuviera planes, planes que él solo conocía, pensaba. Era una sensación, tal vez lo intuía. Era desagradable y violento a la vez, haber hecho eso, pensaba. Estar en los planes de otra persona, sin saber cuáles eran.
Y fue ahí, creo, casi sin darme cuenta, cuando empecé a distanciarme.
Se sentó frente a mi, en otro sillón. Apenas lo había saludado, ¿habría hecho bien?.

-¿Qué tal? - preguntó

- Bien - dije, por compromiso y por estar en una casa que no era la mía.

La señorita Ana le sirvió a Julio una taza de té mientras yo continuaba mirando las
fotografías. Apenas levanté la vista me di cuenta que Julio me miraba, como interrogándome.

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fotografía: escalera de la Casa Museo de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

viernes, 23 de diciembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Las clases de tango y milonga seguían y yo ya estaba un poco harta de mirar a Julio, cómo bailaba con las alumnas, no sabía a qué hora terminarían las clases, así que me me fuí. Ya conocía los movimientos del tango y la milonga, los pasos, la música, me sentía lejana, a la seducción de esa música y ese baile, como una extraña. Lo mío evidentemente, no era el baile.
Caminé rápido hacia el hotel por la calle principal del pueblo, todavía los restaurants estaban llenos, las vidrieras iluminadas, se anticipaba el fin de semana. Me sentí bien en la calle, con el viento fresco, las hojas de los árboles se movían y las sombras se veían reflejadas en los vidrios de los negocios. Eran pocas cuadras, enseguida llegué al hotel. La empleada de recepción me entregó un papel, un mensaje seguramente.
En lugar de subir enseguida a la habitación, pedí un café al bar y me senté en la computadora del hotel.
Empecé a abrir los correos. Había un mensaje de Mary, tenía que verme, era urgente, decía. Tenía novedades en el trabajo y tenía que tomar una decisión. También llegaba un amigo de Francia, venía a Buenos Aires, quería verme ¿estaría yo en Buenos Aires para esa fecha? No lo sabía, aún no. La señora Nelly, la contadora de la empresa donde trabajaba Mary, también quería verme. Cerré los mensajes, no contesté ninguno. El café tenía buen sabor.
Ahora, seguramente, no podría dormir. Pasajeros que llegaban a pasar el fin de semana, huéspedes que volvían a dormir, el hotel se iba llenando.
Decidí subir a la habitación. Fuí por la escalera. Ya en el cuarto advertí que algunas cosas habían sido cambiadas de lugar, como si alguien las hubiera estado revisando. En realidad no tenía nada que fuera de interés, ni notas, cuadernos, ni computadoras. Abrí el mensaje que me dieron en la recepción. Era un llamado, de Buenos Aires. Nada importante.
Bajé la persiana, el cielo tenía nubes grandes y estaba gris, plateado, se anunciaba tormenta. Con el control remoto prendí la televisión, puse un documental de animales. Casi enseguida me quedé dormida. Soñé con un búho, cómo me miraba ¿quería decirme algo? Al despertar recordé el sueño. Pensé en el significado, el búho ¿era el anuncio de noticias buenas o malas?
También sabía que una posible interpretación de soñar con un búho era el acercamiento de una
persona mentirosa. ¿Cuál de todas las personas que se me acercaban vendría con mentiras? ¿hasta qué punto tendría que pensar en este sueño, atribuirle algún significado?  Y sin embargo, el búho, ese pájaro que me miraba fijo en el sueño, me estaba alertando acerca de algo. ¿Sería posible escapar de lo que el sueño presagiaba? Como decía Marguerite Yourcenar, siempre se cae en alguna trampa.
Era de madrugada cuando empezó a llover, las gotas de la lluvia producían una especie de música mientras golpeaban en la ventana.




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imagen: fotografía escalera del Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

lunes, 5 de diciembre de 2011

La carta de Gardel - novela (fragmento)


Así como Cortázar dijo que el grandísimo cronopio Nijinsky había descubierto que en el aire hay columpios secretos y escaleras que llevan a la alegría, en un teatro parisino donde se presentaba Louis Amstrong, se me ocurrió pensar mirando al otro Julio bailar tango con sus alumnas, que él también había descubierto ahi en la pista algunos juegos que llevan a la alegría. Lo miraba bailar, no me cansaba de hacerlo, tenía la certeza de que jamás iba a aprender a bailar el tango por más que Julio me lo había propuesto en varias oportunidades.  Pertenecía a otra generación, me había acunado otra música que encendía mis sentidos y los amplificaba. ¿Por qué había aceptado este caso? ¿Por qué seguir buscando la enigmática carta? Sólo tenía testigos como la señorita Ana para saber que alguna vez Gardel había escrito la carta. Y estaba la fotografía de Adela, y algunos otros objetos, una cigarrera dorada, por ejemplo, de una de las hijas de esa mujer extraña. Una mujer extraña, sí, porque con su mandato, el de guardar la carta del Zorzal como una reliquia había llegado a  inquietarme. Julio me dijo que lo esperara. No iba a terminar muy tarde con las clases, tenía ganas de hablar, dijo, cosa que me pareció algo rara porque Julio era de hablar poco.
En Buenos Aires, el salón donde enseñaba a bailar tango Julio era grande. Esa noche había varios hombres y
mujeres y la profesora de baile, tango y milonga era una antigua alumna de Julio. Pedí un café y me entretuve mirando el espejo donde se iban reflejando las siluetas de las parejas que daban pasos al ritmo de un tango o de una milonga. Me divertí pensando que dentro de unos días, pocos, llegaba una de mis amigas, vivía en Europa y seguramente querría venir a ver y tal vez a aprender a bailar el tango. Y tal vez harta de vivir en otro país o de hablar en un idioma distinto, venía  a quedarse definitivamente aquí, en la Argentina.

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fotografía: Café de los Angelitos, vista lateral desde la calle (c) Araceli Otamendi

martes, 29 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela -(fragmento)


Adela sueña con instalarse en la gran ciudad. No puede más ahí, le da tristeza cuando cae la tarde, el mugido de las vacas, el canto de los pájaros, el repliegue de éstos hacia los árboles, no puede más. Ahora que conoce a personas que integran ese gran mundo del que ella por ahora está excluida, Gardel,  ese hombre, ese que fue el Presidente, con el que bailó en una fiesta antes de que lo fuera, no quiere estar  ahí, en el campo, viviendo una vida de provincias.
Y Adela sueña, como sueña el próximo hijo ¿será nena? que tiene en su vientre. Atesora la carta de Gardel, nada ni nadie se la podrá quitar. Un ruido de vidrios rotos la conjura hacia la cocina. Sobre las baldosas, negras y blancas en damero, se ha caído un frasco de sal. ¡Mala suerte! En el hotel nadie está levantado a esa hora. Y ella, se agacha, levanta su pollera y traza una gran cruz en la sal, y arroja, además una pizca por sobre el hombro izquierdo. Adela se acerca a la ventana, afuera está oscuro, sin embargo  puede ver desde ahí la silueta de algún caballo.
¿Pero quién, qué cosa tiró el frasco de sal al piso? ¿acaso será un alma en pena? Por las dudas, Adela reza, y también sueña. Sueña que un día se va de ahí a la gran ciudad, Buenos Aires.



Lejos de ahí, en el tiempo y en la historia, otra mujer investiga, intenta escribir una historia que la ha buscado. Es que las almas de los muertos no descansan, buscan, llaman. Las almitas en pena, ¿los angelitos?. Me detengo en el frasco de sal, le pido al mozo, por favor que lo traiga. Quiero comer una omelette con sal, ahí, en el café, mientras escribo esto.



Hacia atrás, en el tiempo, Carlos Gardel se hace lustrar los zapatos en una esquina. Con las manos manchadas por el betún, el lustrabotas canta. En otro lugar de la ciudad, Roberto Arlt escribe rápido una de sus aguafuertes. Teclea, intuye que no le queda mucho tiempo ¿tal vez diez, quince años? En otro café, Jorge Luis Borges recuerda palabras de Rafael Canssinos Assens y las comenta a  algún interlocutor, tal vez un poeta.
 
 
(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados
 
imagen: fotografía del Café de los Angelitos - vista lateral desde la calle (c) Araceli Otamendi

viernes, 25 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Después de la lluvia, el pueblo se había inundado, volvía a salir el sol. Decidí aprovechar el día, no quería pasar el fin de semana en el hotel o dando vueltas hasta que abrieran los negocios y la ciudad tuviera vida nuevamente.  La investigación que me había encomendado la señora Nelly estaba dando algunos frutos. Ya sabía algo más de esa mujer, esa empleada que con sus rumores estaba envenenando la atmósfera de la empresa. Saberlo me había costado algunos almuerzos y también algunas cenas.
Yo era una forastera ahí en el pueblo, y siempre es fácil distinguir a un forastero en un lugar chico. No sería fácil despertar confianza. La mujer, llamada Mariela era una mujer solitaria. Había construido su vida alrededor del trabajo y alrededor de eso giraba todo. Era entendible que se molestara por todo lo que hicieran sus compañeros y sus jefes. Cada vez que alguien hacía un comentario acerca de  su vida privada, tenía una pareja, se casaba o se iba de viaje, o tal vez algo menos, algún logro de otro tipo, la mujer entraba en una especie de ebullición. Y empezaba a hablar mal.
Era entendible, pero también era insoportable trabajar ahí adentro con el clima que se había  ido creando.
Uno por uno, fuí invitándolos a almorzar o a comer, fuera de la empresa. Así logré saber lo que
opinaba cada uno de ellos. Aunque no me guiaba ningún propósito que no fuera la investigación encomendada,  recordaba haber leido alguna vez aquel comentario  del filósofo de origen rumano Cioran, siempre se retiraba último de las reuniones, para no ser el tema del que los demás hablaran.

El fin de semana lo pasé remando en el río con Julio, el profesor de tango. Por suerte, a mí también me gustaba remar y al hacerlo hablábamos poco. Andar por el río, entre el agua y los árboles. los sauces de las orillas despejaban mi mente y la compañía de Julio me hacía bien.
La naturaleza y la compañia de Julio, el movimiento del bote por el agua, todo eso me hacía olvidar la última pesadilla, el último animal que había aparecido en mis sueños.
El agua, ahora, tenía reflejos como pequeños soles que brillaban debajo de la superficie. Seguimos la corriente del río, por la tarde vendría la creciente y sería  necesario volver temprano.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados  

jueves, 24 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


   En el Café de los Angelitos, a la mañana se estaba bien. Me senté  en una de las mesas cerca de la ventana, pedí un café. Tomé mi libreta de apuntes y me puse a escribir algunos detalles. La entrevista con Nelly la contadora del laboratorio donde trabaja Mary había sido un par de días atrás. Por momentos, lamenté que el nuevo caso que tenía entre manos me distrajera  un poco del caso de la carta de Gardel. Aunque después de todo, las dos investigaciones que me habían encomendado  tenían en común habitantes del mismo pueblo. Cada vez que viajara hasta ahí, podría seguir buscando nuevas pistas.


   Esa noche, llegué al pueblo varias  horas más tarde de lo previsto. El camino estaba atestado de autos, de camiones, y el ómnibus en el que viajaba había tenido que cambiar las gomas en dos oportunidades.
El detalle de la pareja que baila en el vitraux de arriba hace que me detenga en esa imagen durante unos segundos. Sin embargo no puedo dejar de pensar en la entrevista con la señora Nelly, esa mujer que parece incansable.
Eran las diez de la noche cuando llamé a la empresa desde el hotel, recién había llegado. Pedí hablar con la señora Nelly y ella misma respondió:

- Soy yo, la estaba esperando.

- Sufrí un retraso en el viaje  de varias horas - me disculpé.

- No tiene importancia, puede venir ahora, la espero.


   No tuve tiempo de decir nada más porque ella ya había colgado el teléfono. Me intrigaba lo que me iba a decir, el caso que me propondría y caminé desde el hotel por la calle principal y luego por una calle angosta hasta llegar al laboratorio de especialidades veterinarias. Las vidrieras de los negocios estaban iluminadas y en los bares y restaurantes se notaba el inicio del fin de semana.
   Desde afuera se veían las luces encendidas. El laboratorio estaba en  un edificio antiguo, reciclado. Toqué el timbre, sonó una chicharra y empujé la puerta.
  ¿Sería ella misma, Nelly quien la había abierto ?
   En la recepción había un escritorio, una computadora, varios teléfonos y una agenda. Todo estaba ordenado y supuse que ese era el escritorio de Mary.

    Enseguida apareció la silueta de una mujer vestida con pollera, una camisa y un saco de tipo sastre puesto sobre los hombros y ella  extendió la mano:


- ¿Cómo está? - Soy Nelly.


    La presencia de esa mujer era algo intimidante. Me miraba fijo, como si estuviera estudiándome y le comenté nuevamente el motivo de mi tardanza.

- Adelante - indicó el camino hasta su oficina.

    Ya sentada frente a ella, al otro lado del escritorio, Nelly estuvo hablando durante más de media hora
del motivo por el cual me había citado.

- Algo se pudre en Dinamarca - dijo.

- ¿Usted quiere saber los motivos?

- No, soy yo la que se los va a decir. Hay intrigas en la empresa, rumores. También sabemos que hay alguien que difunde afuera cosas que no deberían saberse afuera.  Y hay una empleada que es la que inicia y desparrama todo.  Además esconde las cosas, los proyectos, muchos papeles no aparecen.

- ¿Se sabe quién es?

- Sí
- ¿Entonces cuál sería mi trabajo?

- Necesito que pase unos días en la empresa, con algún pretexto, tal vez algún trabajo administrativo temporario, eso no es difícil. Necesito que usted estudie cómo se inician los rumores, cómo se desparraman, cómo se tejen las intrigas. Qué es en realidad lo que está pasando. El aire de la empresa se ha vuelto irrespirable, no sé si me explico.

- ¿Me está pidiendo que haga una especie de espionaje?

- No, no es eso. Sabemos quién inicia todo, queremos solucionarlo.

- Tenía entendido que había un desfalco en la empresa.

- Eso no podemos solucionarlo por ahora. Pero no es el tema por el que le quiero encargar la investigación.

- ¿Y por qué pensó en mi para este caso?

- Mary me contó algo de su trabajo. Y pensé que tal vez le interesara lo que le estoy proponiendo.

Nelly abrió entonces uno de los cajones del escritorio y sacó un fajo de billetes y lo arrojó sobre el mueble.

- Son cincuenta mil, he pensado en que puede ser una buena suma, para empezar, para los gastos que tendrá.

- Hábleme de esa persona que teje intrigas.

- Es una mujer, empleada del laboratorio, parecería que durmiera enroscada. Desde hace un tiempo la vemos llegar ojerosa, como si no durmiera bien. Tiene la tez casi de color verde, como si la envidia hacia sus compañeros, hacia sus jefes, hacia mí, le hubiera teñido la piel. La he llamado varias veces al escritorio a conversar, pero no suelta palabra.

   Tomé el fajo de billetes y lo guardé en uno de los bolsillos de mi campera. Afuera, las hojas de los árboles se movían y se escuchaban pasos, como si alguien estuviera caminando en la planta alta.

Nelly me miró y dijo:

- Es la hora en que limpian la empresa.


- Está bien, aceptaré el caso. Necesito que me diga algo más de esa mujer, y también de los otros empleados.

Cuáles son los temas que circulan dentro de la empresa. Qué otros problemas hay.



- Mañana nos vemos, entonces. ¿Puede estar aquí a las ocho?

- Preferiría que nos encontráramos en otro lugar.

- Muy bien, mañana a las ocho entonces, en el bar, frente a su hotel.


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)




Esta vez el viaje era de día. A más tardar llegaría al pueblo a eso de las tres  de la tarde, pensaba.
La luz del amanecer me impedía dormir, en el ómnibus me dedicaba a mirar el paisaje: el campo, los animales, algunos silos, los tractores trabajando. Después de la Basílica de Luján, ese imponente edificio gótico, enseguida a un lado y al otro del camino se podía ver el verde de los pastos y los sembrados. Y también empezaba a ver altares del Gauchito Gil. Muchos altares, grandes y chicos, con sus banderines rojos, con velas, ofrendas, algunos al borde del camino, otros, más retirados, como pequeñas ermitas, muestra de religiosidadpopular. Era curioso ver esos altares del Gauchito, no se veía  a nadie arrodillado ahí, y sin embargo las velas, los pequeños objetos como ofrendas eran huellas de fervor y presencia. Esta vez iba al pueblo  con otro asunto para investigar, además de la carta.
Mary me había llamado por teléfono. En el laboratorio donde trabajaba, habían descubierto un desfalco. No querían dar el asunto a publicidad pero querían saber quién o quiénes estaban detrás de eso.



Faltan cinco minutos para las seis de la tarde y suena el teléfono. Mary atiende, intuye el destino de la llamada. El conmutador enciende las luces, ya está acostumbrada. Nelly, la contadora, seguramente
dirá que no va a atender. Es ella la que determina quién entra y quién sale en la empresa. También a quiénes se atiende y a quiénes no.

- Nelly, ¿le paso una llamada?

- ¿Quién es?

- Un tal Rubén, dijo Rubén - así dijo.

- No sé quién es - preguntále el apellido y el motivo de la llamada, se oyó por el conmutador.

Mary pensaba que seguramente, aunque el tal Rubén le dijera el apellido, Nelly tampoco lo iba a atender. Nelly estaba demasiado cansada, demasiado harta, como para atender una llamada un viernes, a esa hora.

- Giménez - dijo. - Rubén Giménez

- Decile que no estoy, que no existo.

Mary le contestó al hombre que la señora Nelly se había retirado ya de la empresa. No hubo respuesta del otro lado del conmutador. Mary miró la hora, eran las seis y cinco y pensó que faltaba poco para la clase de tango. Tenía los zapatos en una  bolsa, no haría falta que se fuera a cambiar a la casa.

Cuando se había preparado para salir, la voz de Nelly en el conmutador la llamó:

- ¿Estás ahí, Mary?

- Sí, sí, estoy, todavía estoy.

- ¿Podrías venir un minuto?

- Sí, sí, claro.

Nelly estaba sentada en su escritorio. Afuera la ventana, los árboles del patio. El escritorio de Nelly no estaba mal, era grande. Ella tenía muchas obligaciones ahí en el laboratorio.


- Si tenés tiempo, te quiero contar algo.

- ¿Qué cosa? - dijo Mary

- Una confidencia. - ¿Querés un café?

- Bueno - contestó Mary, pensaba que se hacía tarde para llegar al bar, a la clase de tango.

- Yo te lo traigo . Nelly fue hasta la máquina de café y sirvió el líquido en dos vasos de plástico y los trajo hasta el escritorio.

- Ese hombre, que llamó hoy, nunca me pases una llamada de él.

- Está bien - dijo Mary

- Otro día te voy a contar por qué te digo esto.

Mary asintió. En realidad no tenía ganas de escuchar confidencias, lo único que le interesaba era ir a bailar. Ya había cumplido el horario durante todo el día. Había sido una secretaria perfecta desde las ocho de la mañana. Ahora venía el fin de semana.
- ¿Tenés un ratito más? - dijo Nelly
- Sí, si quiere puedo quedarme un rato más.

- Tomá, aquí tenés el café. - Mirá, vos todavía sos joven, y te parecerán raras ciertas cosas que escuches o veas. Pero yo, quiero que lo entiendas, estoy de vuelta de muchas cosas. Nunca se está de vuelta del todo, eso es así, hasta la muerte, creo yo. Pero ¿sabés por qué no lo atendí a este Rubén que llamó?

- No

- Porque nunca llama ni se acuerda de mí  y ahora que llamó estoy segura de que necesita algo. Y eso es usarlo a uno. Y no tengo más ganas.

- Está bien - contestó Mary sabiendo que llegaría tarde a la clase de tango.
- ¿Cuándo llega esa amiga tuya, la investigadora?
- Ya tendría que haber llegado - afirmó Mary, sin saber que el ómnibus que traía a la detective al pueblo había pinchado las gomas en dos oportunidades.



Cuando  Mary salió a la calle, se veían hombres y mujeres caminando, paseaban, había muchos autos.
Caminó por la calle hasta la segunda avenida. Faltaban pocos minutos para iniciar el fin de semana, como a ella le gustaba, bailando.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: foto tomada en la Casa Museo de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

miércoles, 9 de noviembre de 2011

10 de noviembre DIA DE LA TRADICION - Mi caballo - Ricardo Güiraldes


(Buenos Aires)

Para celebrar el DIA DE LA TRADICION que se estableció el 10 de noviembre publicamos un fragmento de El cencerro de cristal,  Mi caballo, del escritor argentino Ricardo Güiraldes (Buenos Aires, 1892-París, 1927).

Mi caballo

Es un flete criollo, violento y amontonado.
Vive para el llano.
Sus vasos son ebrios de verde y la tarde, en crepúsculo crificado, se enamoró de sus ojos.
Comió pampa, en gramilla y trébol, y su hocico resopla vastos galopes, en sed de horizonte.
La línea, la eterna línea, allá, en que se acuesta el cielo.
Contra el amanecer, cuando la noche olvida sus estrellas, golpéose el pecho de oro, y en la tarde,
enancó chapas de luz.
Iluso, la tierra rodó al empuje de sus cascos; fue ritmador del mundo.
¿Realidad? ¡Qué importa si vivió de inalcanzable!...

  (El cencerro de cristal, 1915)

imagen: Los ombúes (del libro Pulperías y boliches de la Provincia de Buenos Aires)

lunes, 7 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Dí vueltas por Boedo, caminé por las calles de la avenida, pensaba cómo seguir. Había muchos
bares, declarados notables, con temas de tango, como el de Pugliese. Todavía faltaba leer el
mail de Julio, el profesor de tango. Entré en el bar de Pugliese donde había muchas fotografías del músico. El bar, también más modesto que el de la esquina Homero Manzi en San Juan y Boedo, tenía dos televisores. A un costado, uno de los televisores emitía la programación de la tarde. Cerca de la barra, el otro aparato mostraba el drama de Roberto, un hombre que lamentaba el asesinato de su mujer a manos de su ex-pareja. Se podía ver en cámara la cara del hombre narrando su tragedia. Me preguntaba si los televisores reflejarían la escena durante todo el día. Me senté cerca de una ventana. A media cuadra se veía un cine de barrio. Cerca de mi mesa, una chica escribía en un cuaderno. Una pareja de edad mediana en otra, y más lejos una pareja de un hombre y una mujer mayores. Un hombre solo, vestido de traje, corbata y con anteojos, miraba con seriedad la calle. Colgado de la pared hay un retrato de Carlos Gardel.
Pedí una bebida tónica cuando vino el mozo y empecé a leer:

   "Durante la siesta, le estoy escribiendo a esa hora, no tengo nada que hacer. Los negocios cierran hasta las cinco y todo el mundo se va para la casa a comer, o a hacer algo. Le estoy escribiendo desde un cyber café, uno de los pocos lugares que están abiertos. Entonces salgo a dar vueltas por el pueblo en la Harley-Davidson, voy hasta el río, me quedo un rato ahí, en un boliche. Después, si tengo tiempo llego hasta la laguna y me quedo mirando los pastizales y los patos, las garzas, algunos chicos  se meten en el agua, hasta que el sol empieza a bajar. Entonces me subo a la moto como si fuera a un caballo y salgo para el hotel, a cambiarme. A prepararme para las clases de tango. Tengo muchos alumnos en este pueblo. No sé por qué le escribo todo esto, usted parece tan interesada en el caso de la señorita Ana. Pronto iré a Buenos Aires, tal vez le pueda contar algo que la oriente en el caso.
Hasta pronto,

Julio (el profesor de tango)".

Julio era un hombre más bien callado, como si todo lo que quisiera expresar lo dijera en el baile, enseñando tango.
En la casa de la señorita Ana no había hablado mucho. Una de las conversaciones que presencié entre él y la señorita Ana fue la manera en que Mary o más bien los conejos de la India de Mary habían iniciado las hostilidades entre las dos mujeres.
Mary había traido a su casa dos cobayos, un macho y una hembra y los había puesto en una jaula en el patio.
Al poco tiempo los conejos de la India tuvieron cría y la jaula les quedó chica. Mary hizo construir entonces una casita de madera parecida a una cucha de perro para los pequeños animales. Los conejos podían entrar y salir de la  casa y recorrían el jardín comiendo pasto y plantas además  del alimento que Mary les daba.
Los cobayos siguieron multiplicándose y buscaron nuevos pastos y plantas para comer. Les gustaba mucho pasar debajo del cerco que separaba la casa de Mary de la de la señorita Ana. Hasta que ésta los hacía volver a la casa de Mary tomándolos con las manos, eran tan suaves, y se los devolvíia a su vecina arrojándolos al jardín. Pero un día la señorita Ana se ausentó hasta la noche y los conejos aprovecharon para comer unas cuantas plantas, las preferidas de Ana.
Fue entonces que la Señorita Ana amenazó a Mary con hacerle un juicio. Y fue entonces que Mary decidió dedicarse a salir más cuando volvía del trabajo en el laboratorio, y también decidió tomar clases de tango.
Julio parecía divertido con la historia cuando la Señorita Ana la contó mientras comíamos. Y fue entonces cuando le pregunté a la Señorita Ana si los conejos no habían vuelto a aparecer por su jardín. Era como en el cuento de Cortázar, dijo ella. Se multiplicaban y se multiplicaban y aparecían en mi jardín, eran cada vez más conejos, dijo mientras una sonrisa se le iba dibujando lentamente.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: fotografía tomada en la Casa Museo de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

domingo, 6 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Era la tarde cuando leí el mail que me escribió Mary. Lo hice en el Café Margot,
también en el barrio de Boedo. Este café fue declarado Café notable en la ciudad
de Buenos Aires y un cartel lo indicaba. El espejo fileteado, el televisor apagado.
Es un bar chico, medio oscuro, más modesto que el de San Juan y Boedo.
Suena un tango con la voz de Gardel. Entonces leo el mail impreso en una hoja de papel:

"Señora:

sé muy bien por qué usted vino al pueblo. Usted está investigando acerca de una carta de Gardel que una antepasada de la señorita Ana guardaba con celo y ella todavía más.
Le aclaro que yo no tengo nada que ver con la desaparición de la famosa carta. Jamás la vi, tampoco me
interesa algo así. Estoy harta de que indaguen en mi vida desde que volví al pueblo. No quiero intrusos en mi mundo, no quiero a nadie en mi jardín. La señorita Ana no hace más que meterse en mi vida. He trabajado muy duro para vivir la vida que quiero. El jardín, mi jardín, es un laberinto. En la solución del laberinto estoy yo. Quizás le parezca extraño todo esto, pero quiero aclararle que si viene nuevamente al pueblo, va a encontrarse con una novedad. Por ahora no puedo adelantarle nada, pero algo va a cambiar pronto.
Atentamente.
Mary

Volví a leer el correo de Mary, no lo entendía. No sé qué quería decir con el laberinto y entendía
la hostilidad que sentía hacia la señorita Ana. Miré hacia una pared, había otro cartel:

"Esta esquina fue construida en 1904 por el inmigrante genovés Lorenzo Berisso". El cartel está fileteado. Hay muebles viejos, un armario antiguo, del techo cuelgan algunos salames. En las paredes, fileteada, está la bandera argentina.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

imagen: escalera de la Casa Museo Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

martes, 1 de noviembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Mientras subía en el ascensor, luces y sombras se iban dibujando
frente al espejo. El viaje era largo hasta el último piso. Vivía en un
departamento chico, en un edificio antiguo, me bastaba con eso.
Encontré varias cartas.Una de ellas era de un amigo que avisaba vendría
a Buenos Aires en pocos días más. ¿Tendría tiempo de verlo? Aun no lo sabía.
La luz titilante y roja del teléfono anunciaba que había llamadas.
Varios días en el pueblo, investigando el tema de la carta de Gardel
habían hecho de mi casa un verdadero aquellarre. Cartas sin abrir,
cuentas para pagar, llamadas sin atender. Encendí la computadora,
y abrí los mails.
Había dos mensajes de Mary y uno de la señorita Ana. También
un mensaje de Julio, el profesor de tango.
Abrí primero el de mi clienta, la señorita Ana. Me agradecía la visita
y también el trabajo, pero, decía, los problemas continuaban.
El sobrino, Pablo, el adolescente que había quedado huérfano y ella criaba,
la tenía cansada. De recital en recital, de baile en baile. La última vez
había ido a ver al Indio Solari, había cantado en un pueblo cercano.
Vivía escuchando música encerrado en el cuarto. Poco la ayudaba. La rivalidad
con su vecina Mary crecía cada vez más. Esa mujer estuvo en la cárcel,
escribió la señorita Ana. Y usted tiene que saberlo.
Volví a leer el último párrafo: Mary había estado en la cárcel y en el pueblo
se comentaba eso. Había matado a un hombre y había salido en libertad,
la habían absuelto, había sido en defensa propia.
¿Podía ser cierto? Sí, tal vez, Mary tenía demasiado misterio en su vida
como para que eso también fuera cierto.
El correo de Mary y el de Julio quedarían para después. Ahora iba a prepararme
un café doble, cortado con una gota de leche. Y una medialuna. Pero la medialuna
tendría que esperar. Era demasiado temprano y la panadería aún no había abierto.
La señorita Ana era una mujer con cara de pájaro y manos de jardinera. Tenía la
piel demasiado curtida por el sol y a veces usaba un sombrero. Mary tenía una cara
alargada como un retrato de Modigliani, pelo y ojos oscuros. La piel lisa y blanca,
como si nunca tomara sol.
Me senté en la alfombra, bastante deshilachada, con la taza de café humeante y me quedé mirando por la
ventana cómo amanecía. Algunos pájaros ya habían empezado a cantar...
Abrí una de las cartas que estaban en el piso. La letra parecía de un hombre.
La leí rápido. Era de una mujer. Temía que el marido la abandonara, la dejara en la calle,
sin nada, le escondía cosas. Ella le había descubierto una cuenta secreta. Y también otra mujer.
Me preguntaba qué debía hacer.

Ahora tenía un nuevo caso para investigar.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

sábado, 29 de octubre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


"...porque si yo voy caminando por la calle y veo que alguien silba,
reconozco inmediatamente el tango. Ese tango puede gustarme o no,
pero hay algo en mi cuerpo, hay algo en mi cuerpo no sólo de porteño sino
de argentino que lo reconoce inmediatamente..."
                                                                Jorge Luis Borges



Tiene razón Borges, tiene razón en lo que dice, el tango puede sentirse en el cuerpo. ¿Vos lo sentís, no es cierto? Sobre todo cuando empieza a sonar la música en el salón, en ese salón del pueblo, en el bar, cuando todo comienza, el baile, la música, los pasos...entonces la música fluye, se apropia del salón, de la mente y del cuerpo y se puede decir como aquellos versos: "...y enredada la pareja, sin notarlo, se besó...". (1)

Y entonces llega él, Julio, el profesor. Lo llamaste Julio, era inevitable. En el pueblo dicen que vos tenés una historia oculta, por eso estás ahí y no en la ciudad. Que digan nomás, que hablen. Porque estar ahí en ese pueblo, es la mejor manera de esconder tu historia.  Vos trabajás,  dijiste, hasta las seis de la tarde, como secretaria en un laboratorio de especialidades veterinarias. Y después, tres veces por semana, el baile. Y cuántas, y cuántos se están plegando al baile.

 Ahora que miro el cartel del bar, en San Juan y Boedo,, ahora que sigo la investigación, en el bar esquina Homero Manzi pienso en Mary, en Julio, en el pueblo...

Ahora, en una esquina famosa de Buenos Aires leo: "La esquina de San Juan y Boedo, la esquina Homero Manzi, representa el espíritu de la todavía cercana Buenos Aires de arrabal, malevaje, empedrado y fundamentalmente tango.
En 1927, aquí en esta misma esquina, se construyó un bar que albergaba alma y corazón de la cultura urbana de la ciudad. Sus mesas fueron convocantes de los más renombrados músicos que transformaron el tango en la expresión artística más conocida de nuestro país.
Homero Manzi, entre ellos, inmortalizó la esquina con los versos de su tango Sur. Y legó a la Historia grande del Tango, páginas como Malena, Che bandonéon, Discepolín, El último organito, Barrio de tango, De Barrio, Ninguna, Fuimos y muchos más. Usted, con su presencia en esta esquina, le esta rindiendo el más sincero homenaje. Muchas gracias". (2)

Este caso me plantea inevitables senderos que se bifurcan, ¿por dónde seguir?

Hay palcos que desde el primer piso, recuerdan con un cartel a los protagonistas
del tango:

Libertad Lamarque
Enrique S. Discépolo
Azucena Maizani
Aníbal Troilo
Carlos Gardel

Ahora suena música de tango, es la voz de Julio Sosa. Es una voz varonil e inconfundible.
Me siento, cruzo la piernas, cuando viene el mozo le pido un cortado. El mozo no me mira con curiosidad, ya está acostumbrado. La ambientación conserva la barra original, parece, con filetes pintados, flores azules ¿ramilletes de jacintos? Y también la bandera argentina. Abajo mármol.
Hay un escenario con cortinados como si fuera un teatro, esquina Homero Manzi, dice. Pasan películas
de fútbol en una pantalla.
El mozo que me trae el cortado es ahora mi guía y me cuenta:

- Aquí Homero Manzi escribió la primera parte del tango Sur.

La letra de Sur viene a mi mente, entonces pienso en Mary, y en la señorita Ana y en la carta.
Y también en Gardel, ese Gardel que canta en la victrola, y que para escucharlo hay que darle cuerda...
Y en todo el trabajo, toda la ambición, todos los sueños de Adela. Adela que como un capitán imbuido con el corazón y el alma de Gardel llevó a la familia adelante y guardó la carta que él le enviara hasta el día de su muerte.


(c)Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

(1) De un cartel en San Juan y Boedo, esquina Homero Manzi

(2) de un poema de Fernán Silva Valdés

lunes, 24 de octubre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



Ya en la ruta, a bordo del ómnibus, al alejarme del pueblo empecé a sentir el olor a zorrino. No era el olor de un animal supe después, sino el de una planta, que al pisarla las ruedas de los autos despedía ese olor tan fuerte.
Era de noche y me acurruqué en el asiento, corrí las cortinas y me dediqué a rumiar un poco los acontecimientos. La señorita Ana, el profesor el sobrino y Mary, el bar donde se aprendía a bailar milonga y tango, supe casi enseguida ya no volverían a ser lo que eran. Los conservaba en mi recuerdo
por más que varias veces más debiera volver a seguir investigando acerca de la famosa carta. Ahora volvía a Buenos Aires, otras investigaciones me estaban esperando. Me había enviado también un mail
una nueva clienta. Desconfiaba del novio, le escondía algo. Estaban a punto de casarse y sospechaba que él estaba casado en otro lugar, tenía otra familia.

Pero esta vez, estos días pasados en el pueblo que ahora recordaba  ya no volverían a ser. La beretta me molestaba, igual no iba a ir desarmada. Era peligroso, ya en el pueblo sabían que estaba a cargo de una investigación, se había corrido la voz.
En el piso de arriba del ómnibus se podía dormir. Faltaban pocas horas para amanecer y seguramente el micro haría algunas paradas.
Miraba el campo, la oscuridad, alguna luz a lo lejos, la sombra de algún animal.
La imagen de Mary, la vecina de la señorita Ana me vino enseguida a la mente. Cuando fuí a su casa  parecía estar en guardia, había desplegado sus antenas y encendido las alarmas, se notaba. La mirada era otra, se mostraba distante y a la vez tenía los ojos muy abiertos como si quisiera abarcarlo todo.
Me hizo pasar enseguida. La casa parecía semivacía, algunos pocos muebles y algunos retratos, como si hubiera estado habitada alguna vez y ahora nadie tuviera tiempo de dedicarse a ella, y entonces la casa se hubiera vengado, luciendo así, triste e indiferente.
Hablamos mientras Mary se servía un whisky con hielo. Le pedí un té.

- ¿Hace mucho que se conocen con la señorita Ana? - pregunté
- Sí, hace muchos años. Pero nunca fuimos lo que se dice amigas - respondió.
- Pero tienen las casas casi pegadas - dije
- Sí, sí, es cierto. Mi vida era otra hace muchos años. Tal vez alguna vez me anime a contarle. Ahora no, no tengo ganas de hablar, tal vez usted me comprenda...

La observé mientras ella bebía la medida de whisky y yo el té. Lo había preparado enseguida y las hojas flotaban apenas en la taza. Parecía incómoda por mi visita y decidí seguir adelante ya que estaba ahí. Tenía un retrato sobre una mesa, era ella bastante más joven, con la mano apoyada en una roca y el mar detrás. Tenía el pelo al viento y miraba hacia lo lejos.

- ¿Le gusta el mar?

- Sí, me gusta mucho el mar. - Tal vez le parezca raro que yo viva aquí, ¿no es cierto?
-¿Por qué tendría que parecerme raro?
-Porque todos dicen que soy muy de ciudad, a pesar de vivir en este pueblo hace muchos años.
- ¿Y por qué lo dicen?
- Les extraña que viva sola, que no me haya casado de nuevo, que vaya a bailar el tango.
- ¿Y usted qué piensa?
- Yo vivo el presente, vivo nada más.

Éramos dos mujeres ahí en ese living, en esa casa solitaria, y la oscuridad había empezado
a entrar por la ventana. El jardín casi no se veía. El canto del gallo había anunciado la caída
de la tarde. ¿Podía esa mujer, Mary, haberse llevado la carta de Gardel?


(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

miércoles, 12 de octubre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


El glamour era lavarse el pelo con champú neutro, tenerlo sedoso, brillante,  maquillarse poco, con un maquillaje suave,  bañarse todos los días, estar delgada, ser auténticamente una. Mary seguía eso que había leído alguna vez a rajatabla. Era una secretaria, sí, una mujer que trabajaba como secretaria de un laboratorio de especialidades veterinarias. Se había divorciado y no quería hacer la prueba de una nueva experiencia. Por eso iba a bailar tango y milonga varias veces por semana. Para no aburrirse, para no estar sola en esa casa.
La llegada del profesor de tango al pueblo le dio una nueva oportunidad a su vida. Después del divorcio había intentado salir, conocer a otras personas, no asfixiarse en ninguna rutina. Tenía un perro, un trabajo, una rutina y ahora el tango.
Se había comprado unos zapatos para bailar el tango, con pulsera y también una pollera ajustada y veía el tango como una salida, como una posibilidad, como algo que además la divertía y por un rato le hacía recordar que alguna vez su vida había sido otra. No ésta. Por eso tal vez odiaba cuando la señorita Ana recibía al profesor de tango en su casa. ¿Por qué no hacer una reunión donde todos bailaran? No, la señorita Ana tenía esas rarezas, por más que eran vecinas desde hacía mucho tiempo y sólo tenían en medio del jardín un cerco de ligustro el único tema de conversación eran las gallinas y las plantas. El pueblo era chico, no por la cantidad de habitantes sino por el sistema. Había pocos lugares donde divertirse, conocer gente, hablar. Entonces, la única novedad en meses el tango y el profesor, era ahora disputada. No era bueno sentir celos, se decía Mary, su matrimonio había terminado así, por celos, peleas diarias que lo llevaron hacia el final.
Y ahora esto. La música de milonga había empezado a sonar en la casa de la señorita Ana.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

viernes, 7 de octubre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)





Subo la escalera del  Museo Casa de Carlos Gardel y mientras doy cada paso me pregunto si la música del tango me acompaña desde antes de nacer. Para otros la música de su vida es la salsa, el merengue, el bolero o el vals.
Para mí es el tango:

"Mancha roja, que se coagula en negro,
Tango fatal, soberbio y bruto,
Notas arrastradas, perezosamente, en un teclado gangoso.
Tango severo y triste.
Tango de amenaza.
Baile de amor y muerte" (1)


¿y qué hago ahora en esta casa donde doña Berta Gardes y su hijo Carlos Gardel vivieron? Camino por las habitaciones, camino sobre los pisos de madera, crujen, miro los techos altos... La casa está llena de recuerdos que van asomándose, pedazos de la vida de Carlos Gardel, los amigos, los amores, su madre...



Hay una cocina, miro los objetos, hay una plancha antigua. Las manos de doña Berta
están ahí, en esos objetos, tal vez.
Mientra,s suena la música y el canto del "Mudo", y ahora me viene a la mente Rubias de New York: Mary, Peggy, Betty, Julie, rubias de New York (2)

...el dulce hechizo de Peggy,

su mirada azul

honda como el mar...

 

Tal vez tenía razón el Zorzal, cada tanto había que ir a New York, salir de Buenos Aires para que le prestaran atención. Entonces yendo a New York instalaba el misterio, la ausencia del cantor en  Buenos Aires lo iba cubriendo de un halo mágico.
Carlos Gardel canta Rubias de New York en un Tango en Broadway.
Y esos objetos, esos recuerdos vienen a mi, se enganchan con los míos, se entrelazan, como vienen a mi también las voces de la señorita Ana y de la vecina, Mary. Mary, la secretaria que trabaja en un laboratorio de día y de noche se viste de milonga y se va a bailar. En el pueblo de la señorita Ana todos saben esas nuevas costumbres de Mary.

La señorita Ana no pudo callarse mientras estábamos en la mesa. El profesor de tango se quedó mudo cuando vio a Mary cruzar el jardín, con los pantalones ajustados y una camisa suelta  mientras corría una gallina.

- ¡Es la enésima vez que esa mujer entra a mi casa detrás de una gallina! - exclamó la señorita Ana.

No pude contener las carcajadas....

- ¡Otra vez! Mary- exclamó Ana. ¡Otra vez entró a mi casa esa mujer! . Es que no puede tolerar que él, el profesor de tango venga a comer a mi casa y abre la puerta del gallinero para que las gallinas se escapen y vengan al jardín.

A lo lejos se escuchaba el canto del gallo:

¡Kikikirikíiiiiii!....






(1) Ricardo Güiraldes, El cencerro de cristal, 1915, (fragmento)

(2) Letra: Le Pera, música: Carlos Gardel, Rubias de New York, fox trot aparecido en la película
El tango en Broadway

imágenes: fotografías tomadas en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi
(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

domingo, 25 de septiembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)



El jardín de la señorita Ana bullía de flores, de perfumes, y también de insectos. Había mosquitos, nubes de mosquitos que atacaban en cualquier parte del cuerpo donde no se hubiera puesto repelente. Los mosquitos daban vueltas y vueltas, intentaban encontrar a alguien, una presa, una nueva víctima, no había que permitirles eso. Estábamos adentro de la casa y desde ahí miraba los jazmines, las hortensias, las margaritas, la parra, la morera, la higuera, el níspero.

Nos sentamos a comer a la una en punto. La comida era adentro de la casa. La señorita Ana nos había invitado a las doce.

Estábamos   Pablo, el sobrino de la señorita Ana que había quedado huérfano y ahora estaba bajo su ala protectora, el profesor de tango y yo. Las ventanas estaban protegidas por alambre tejido fino, para que no pasaran moscas ni mosquitos, tampoco abejas.

La señorita Ana pensaba seguramente que el momento del almuerzo sería más agradable si se escuchaba música de tango y el profesor asintió.

Desde la ventana se podía ver la reluciente Harley-davidson del profesor quien había prometido llevar a dar una vuelta a Pablo, más tarde.

La conversación transcurría sin mayores sobresaltos. Ya habíamos pasado de hablar de Gardel y Razzano a Piazzola. También Eladia Blázquez y el polaco Goyeneche. No faltaron ni Aníbal Troilo, ni Pugliese.

El profesor de tango matizó la conversación con algunas anécdotas. La señorita Ana recordó que había sido Ricardo Güiraldes, el autor de Don Segundo Sombra quien enseñaba a bailar el tango en París. Luego fue hasta la biblioteca y tomó un libro, de Güiraldes y lo mostró. El profesor asintió. Pablo aseguró que había
leido el libro y yo le pedí el ejemplar a la señorita Ana para hojearlo.

El profesor de tango aseguró después que Gardel había cantado ante el maharajá de Kapurthala. A la señorita Ana pareció gustarle el tema porque lo siguió, y hasta parecía exigir más detalles que el profesor pasó a explicar.

El asado estaba riquísimo, tal vez la carne  tenía demasiada sal y bebimos vino tino y tomamos también agua y todo eso amenizado con la música de un tango.


- Lo vi bailar con sus alumnos - En el bar, el otro día, algunos bailan muy bien, dije.



- Llevo años enseñando a bailar el tango. Pero es la música y el sentimiento los que deben guiar el cuerpo, hay que seguir la música , mantener el ritmo.



- Eso que usted dijo es cierto - afirmó la señorita Ana y agregó: - el profesor sabe lo que dice, a mi también me enseñó a bailar.



Pablo, el sobrino de la señorita Ana miraba hacia la ventana como si esperara a alguien.  Parecía ensimismado y la señorita Ana le preguntó qué le pasaba.



- Nada, no pasa nada, Ana. Estoy cansado, nada más.



- Y cómo no va a estar cansado si volvió a las ocho de la mañana - dijo la señorita Ana. Tenía un tono de enojo en la voz.



- Los jóvenes se acuestan a esa hora - dijo el profesor. Van a bailar y vuelven de día  a la casa.



- ¿Y no sería mejor que durmieran de noche? Así tendrían tiempo de vivir de día y no dormir tanto a la mañana.



El profesor de tango le guiñó un ojo a Pablo. La señorita Ana anunció que después  iban a comer un postre helado.



Afuera, en el jardín, los dos perros de la señorita Ana se habían echado a dormir bajo el alero que rodeaba la casa. Hacía un calor insoportable que presagiaba un verano tórrido, pegajoso. El profesor de tango preguntó si no había que apagar las brasas de la parrilla y la señorita Ana respondió que no. Se apagarán solas, hasta que el carbón  se consuma, hasta el final, dijo.

Ahora todos se habían sentado en la galería, después de rociarse el cuerpo, la ropa, el pelo con repelente de insectos. Yo también lo había hecho.
A lo lejos se escuchaban ladridos de perros, y más lejos el rugido de alguna moto dando vueltas por el pueblo.

Pensaba que éste sería el mejor momento para ir hasta la biblioteca y mirar los libros, tal vez abrir alguno al azar. Algo que me indicara qué pista seguir, ¿quién se podría haber  llevado la carta de Gardel ? la señorita Ana la había guardado con tanta ilusión y también compromiso con su tía Adela, con su recuerdo.

(c) Araceli Otamendi - todos los derechos reservados

viernes, 16 de septiembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


La noche en que buscaba un poema de Francois Villon entre papeles dispersos, la señorita Ana Lazio vio cómo la lámpara proyectaba en el cristal una esfera de luz blanca, casi evanescente.
Seguramente iba a escribir la historia de una noche, y para eso quería leer antes el poema de Francois Villon.



Poco después anotó:



- un mendigo y un perro

- un grupo de hombres vestidos de payasos

- un florista en el quiosco abierto las veinticuatro horas

- un policía

- un cartonero

- una ambulancia

- el dueño de un bar

- una mujer que acaba de ser abandonada

- una pareja haciendo el amor

- una monja que cuida a un enfermo

- una enfermera que cuida una sala de terapia intensiva

- una mujer que va a tener un niño

- un niño que nace

- un sueño, el de las flores y la lluvia

- un deportista que va a competir al día siguiente por un premio

- un hombre que ha sido abandonado por su mujer

- un jardinero que se levanta a la madrugada para ver cómo se abrieron las flores



Podría, con todo eso, escribir la historia de una noche, una noche cualquiera, la noche única donde cada uno de los que estuvieran despiertos pudiera decir, soñar, o hacer algo durante el transcurrir de su efímero tiempo. Donde las sombras ocultaran los colores que el sol todavía lejano hacía brillar durante el día y los más negros pensamientos deambularan, se presentaran irrumpiendo en la oscuridad. Y para conjurarlos leería el poema de Francois Villon ¿dónde estaba?

Seguramente había abandonado el papel entre algunos libros. Lo seguiría buscando hasta el amanecer, hasta dormirse entre las sábanas, entonces repasaba el sueño de la noche anterior ...

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados
 
imagen: afiche Gardel-Razzano, fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

domingo, 4 de septiembre de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Era él, el hombre de la Harley-davidson, el que estaba en el bar frente al río, el que viajaba en el ómnibus al lado mío, el de los zapatos blancos y ahora en el bar...
El profesor de tango, ¿cuántas facetas podía tener alguien?
Le dije hola y me dijo hola. ¿Había alguna otra casualidad? Tal vez sí. Y lo que era peor y más misterioso aún,  hasta había soñado con él la noche anterior. ¡Qué extraños son los sueños! ¿cierto? A veces no son más que pesadillas, que como las de Edgar Allan Poe se transforman en cuentos. Ese hombre, se había transmutado ahora en un profesor de tango. ¿Y si no hubiera sido más que una excusa?
Habían llegado ya algunos alumnos y también el pianista.
Pedí un café cortado y me quedé mirando cómo la primera pareja salía a bailar. Vamos a hacer unos pasos, dijo el profesor. La música  sonaba, y yo me dedicaba a mirar a los que bailaban, con qué entusiasmo lo hacían. Este es el tango salón, afirmó  el profesor.
Si hasta la señorita Ana me había dicho que ella también había tomado clases con el profesor.
¿Buscaba pareja? le pregunté entonces y ella dijo: no, no es eso lo que busco. Quiero bailar nada más.
Es como cultivar el jardín y atender la huerta. Me divierto. La miré entonces. La señorita Ana era muy reservada.
Pero algo me había contado, tenía una gran obligación moral, dijo. Debía cuidar a Pablo, su sobrino, huérfano de padre y madre. Los padres de Pablo se habían matado en un accidente. Pensaba en todo lo que me había contado la señorita Ana, esa mujer que me había encomendado la investigación acerca de la carta.
De pronto me encontraba con un caso, y también con una vida que debería dilucidar. Ahora, Pablo, entraba en la escena. La voz del hombre me sorprendió:

- ¿En qué piensa?

Los alumnos habían dejado de bailar y el pianista seguía tocando ahora con otros ritmos. Había que darle lugar a otra música, a otros clientes del bar.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

imagen: fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi

sábado, 27 de agosto de 2011

La carta de Gardel - novela (fragmento)



El bar era antiguo, tal vez uno de los más antiguos del pueblo. A un costado había una gran plataforma para bailar y un piano. También una tarima para los músicos. Una luz que viene del techo y se deshace en cientos de pedacitos, una esfera de espejos convertida en haces de luz brillantes, y la espera.
El profesor de tango es el primero en llegar. El mismo hombre que estaba en la casa de la señorita Ana.
Y ahora lo veo con una luz distinta, ahora todo encaja: los zapatos blancos, el hombre de la Harley-davidson, la visita a la casa de la señorita Ana y el profesor, ahora, de tango y milonga, viene a dar clases ahí, al bar.
De alguna manera lo estaba esperando. Aunque no iba a tomar clases de tango, no, podía mirar el baile, estar ahí mientras suena la voz de Amy Whinehouse y tomo algo, una gaseosa, una sprite y la melodía se instala entre las paredes del bar, podía mirar el baile, las parejas bailando tango durante muchas horas. Sin embargo el baile no iba a seducirme, no iba a entrar en él, con esos acordes entre salvajes y dulces, con esa melodía que se arrastraba a veces con el bandoneón, y otras se levantaba de golpe como la música de Piazzolla, como gritos, como quejidos,como diciendo algo, sin palabras, sólo sonidos hasta que parece estallar.

Y entonces todo me parecía una pesadilla, estar ahí, a esa hora, en ese lugar, en ese bar, sola, esperando, y recordaba, por momentos, recordaba la pesadilla con que me había despertado. Y entonces todo parecía surgir del sueño, la arena color amarillo pálido, seca, el desierto, las voces, los recuerdos borrosos, la figura que se arrastraba y se escondía, y daba un poco de miedo, de estar ahí, sola, en ese desierto de almas  ausentes, que como voces de otros tiempos , se confundían en esa música, en ese lugar hasta que entró el  profesor, venía a dar clases de tango y milonga dijo y yo contesté entonces hola.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados


imagen: fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel (c) Araceli Otamendi


domingo, 21 de agosto de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento)


Afiche Gardel-Razzano - fotografía tomada en el Museo
Casa de Carlos Gardel


Ya en el hotel, era la primera vez que veía ese pescado rodando en el techo. Y esas

dos luces blancas como remos. También, la espuma de una ola semicircular en el borde

de la pared. El pescado tenía la boca abierta y estaba dibujado con luces y reflejos.

Había  olas de plata, como en el mar. Veía todas esas luces, antes de dormir, pensando.

Los ruidos del silencio  podían ser a veces algo perturbador. Prefería los ruidos, al menos

en ese pueblo, algo que me dijera que la vida estaba ahí, afuera, ladridos de perros a las

dos de la tarde, quejidos del viento...



"Nuestra vida está básicamente marcada por las personas que encontramos,

no está hecha de paisajes naturales sino de paisajes humanos"



Antonio Tabucci



Podría haber encontrado esta frase en una de las paredes del bar, sin embargo

las frases que estaban escritas o pegadas en ese bar aludían a cosas distintas.

Era un bar antiguo, seguramente uno de los bares más antiguos del pueblo.

Desde el hotel había caminado algunas cuadras hasta llegar ahí. Había ido antes,

después de dejar el bar frente al río, donde se estacionaban las Harley-davidson, quería

conocer el lugar antes de ir de noche, donde presentía que iba a encontrar a

alguien, alguna pista, alguna información, alguien que le dijera algo más de lo que

ya sabía. El hombre de la Harley-davidson, el que había viajado en el asiento de al

lado en el ómnibus que la trajo hasta el pueblo era parte de ese paisaje del que habla

ba Tabucci en la frase. La señorita Ana Lazio le había encargado la investigación

pero ella no tenía la menor idea de dónde empezar a investigar en el pueblo.

Recordaba ahora lo que había acontecido la tarde anterior.



Ana Lazio se sobresaltó cuando crucé el camino y entré. La encontré en el jardín,

estaba removiendo la tierra y sembrando algunas semillas, dijo. Me hizo pasar a

la casa. Era temprano, la hora de la siesta. ¿A quién podía ocurrírsele ir a visitar

a alguien a esa hora? Era la hora en que las innombrables salen del escondite,

se arrastran por la tierra. A esa hora no hay que salir, dicen. Pero, acostumbrada

a la ciudad, a otros ritmos, nada de eso me preocupaba.



- Mi tía me dejó esta casa que es una chacra y el hotel en el pueblo. La carta de

Gardel había pasado de una generación a otra y no quiero ser justamente yo el

eslabón que ha perdido esa carta. Para mí es una pérdida terrible, dijo Ana Lazio

afligida.



Me esforzaba por entenderla. ¿Cómo había llegado hasta ella esa carta?



Cuando mi madre murió encontré la famosa carta en una caja junto con otras. Me

dediqué a ordenarlas. Para mi la carta era una leyenda. Nunca me había preocupado

mucho la historia de Adela, la tía de mi madre. Enseguida fue a buscar un retrato y

me lo mostró. Esta era Adela, la que vivía en este pueblo, la que conoció a Gardel...

Adela, reconocí, no era una mujer fea, seguramente para la época había sido linda.

Los cánones de la belleza eran cambiantes de una época a la otra, a veces de un año

al otro, y como hubiera dicho Cocó Chanel, tal vez Adela era perezosa,  no fea, no se sabía.

Sin embargo, esa mujer de la foto de color sepia que me miraba de frente distaba

mucho del retrato que yo había imaginado.

- ¿Y a usted le gusta el tango? - se me ocurrió decir

- Claro, ¿cómo no me va a gustar?



Enseguida caminó hasta un mueble y trajo otro retrato. Esta vez era ella, vestida

con una pollera, una remera ajustada y zapatos puntudos, de tango.



- Esta soy yo - dijo



Asentí mirando la fotografía, deteniéndome en los detalles, el peinado por ejemplo.

La fotografía me pareció de otra época, o por lo menos, de hacía unos cinco años,

sino más..

Como si me hubiera adivinado el pensamiento dijo:



- Me sacaron la foto bailando en el bar "Uno", el más antiguo del pueblo, ahí se hizo

un baile, una noche me vestí para bailar el tango y por eso estoy así en el retrato.



- ¿Y usted podría decirme con quién bailó esa noche?



- Sí - dijo, se lo voy a decir pero más tarde.



En ese momento se escuchó el escape de una moto y enseguida un ruido seco.

La moto, una Harley-davidson se había detenido en la puerta. Ví bajar al hombre

de la moto y caminar hacia la casa. El vidrio de la ventana del living no lograba apaciguar

el gesto tenso del hombre. Era el mismo hombre con quien me había encontrado un rato

antes, el que había viajado a mi lado en el ómnibus hasta el pueblo.

Entonces volví a pensar en la frase, que nuestra vida está básicamente marcada por las

personas que encontramos, no está hecha de paisajes naturales sino de paisajes humanos.

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados



sábado, 6 de agosto de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento) - Araceli Otamendi

fotografía tomada en el Museo Casa Carlos Gardel
(c) Araceli Otamendi


- Nos vamos para Buenos Aires. La voz de Adela sonó estridente. Al menos los hijos lo habían  percibido así. Adela era la voz cantante en esa casa, la jefa, la mujer que llevaba los pantalones en ese hogar. ¿Había sido así desde siempre? Adela había aprendido a manejar armas. En el campo era mejor saber tirar que saber coser o saber tejer. Adela había aprendido muchas cosas desde que había tenido que hacerse cargo de esa casa, de esa familia. Su marido, el padre de sus hijos  había muerto y no había remedio: ella era la jefa, la madre y el padre, la que todo lo decidía y la decisión era clara: ¡nos vamos para Buenos Aires!

-         ¡Pero mamá! ¿lo pensó bien? Adolfo era el único que no estaba de acuerdo. - ¿De qué vamos a vivir allá?

-         Hay que trabajar, tenemos que trabajar, yo en el campo no me quedo más – había dicho Adela.

En cambio las hijas parecían muy contentas. Al fin podrían vivir en una gran ciudad, con luces, música y teatros. En el campo el atardecer las hacía sentir más desguarnecidas, más desprotegidas desde que el padre había muerto. Y Adela era la única protección de toda esa familia. Adela y su hijo mayor, Adolfo. Pero Adolfo era joven todavía para hacerse cargo de una familia. A Adolfo le gustaba bailar el tango,
se peinaba a la gomina y entonaba tangos, tangos como esos de Gardel. Y también le gustaba bailarlos.

-         ¡Tenés que separarte de esos sinvergüenzas de tus amigos! Adolfo. ¡Tenés que dejar de verlos – decía Adela. Porque a Adela, la jefa de la familia no le gustaban los amigos de Adolfo, jugadores, mujeriegos que lo llevaban por mal camino. ¡Cuántas veces se lo habían llevado a Rosario! 

-         ¿Qué quiere que haga, mamá? ¿Qué me quede en casa como mis hermanas?

- Adolfo: ¡sos un sinvergüenza! A vos que te gusta Gardel, aprendé de él, ¡cómo canta!
Es un verdadero zorzal. Y no me gusta que vayas a Rosario.

-         Sí, mamá, ya lo sé. Pero yo no sirvo para cantar.

      -     Entonces, ¡inventá algo! Y que sea pronto ¡porque el mes que viene nos vamos de aquí a Buenos Aires!

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

viernes, 29 de julio de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento) - Araceli Otamendi


Fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel
(c) Araceli Otamendi



Sentada en el boliche, frente al río, bebe cerveza y come una picada. La última Harley-davidson ha estacionado frente a ella. No conoce el lugar, es la primera vez que llega hasta ahí. Está lleno de palmeras, las mesas y las sillas son de playa. A lo lejos se ve correr a niños, jugar a la paleta en la playa de arena dura, sucia, oscura.
Escruta las caras de las personas sentadas en la vereda: no son tan jóvenes, alrededor de los treinta.
Mira el vaso de cerveza amarilla, la espuma blanca y alta y a punto de beberla mira el río color marrón, el cielo azul, las nubes blancas con forma de caballo y también mira  el caballo que pasa tirando del carro conducido por un niño, los otros dos van detrás, dejándose llevar como la vida con un paso lento, entre los autos y entonces recuerda ¿recuerda? Por qué está ahí, ¿por qué está en realidad? Sabe y no sabe por qué…
Investiga acerca de la carta, la carta de Gardel. La señorita Ana Lazio le ha encomendado la investigación. 
Y ese hombre ahora ahí, en la mesa cerca, ¿era el mismo que viajaba en el ómnibus de la noche? Tenía botas blancas, jeans y una campera de cuero. De su cara no se iba a olvidar: la piel mate, los ojos rasgados, la nariz aguileña, el pelo largo. Había llegado en una Harley-davidson como casi todos los que estaban en ese lugar. ¿Pero qué hacía viajando en el mismo ómnibus que ella?¿era una casualidad? ¿y por qué no? Ella lo miró de frente, él también. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes. El había subido al ómnibus después que el gordo que estaba en el asiento de al lado se bajara en un pueblo. Entonces ocupó el lugar vacío este hombre que estaba ahí, con esas botas blancas…
¿Y si ese hombre fuera un detective? ¿Y si ese hombre de las botas blancas y la Harley –davidson estuviera siguiéndola? ¿por qué lo haría? Se preguntaba.
Pronto volvería a la casa de la señorita Ana Lazio, había olvidado hacerle algunas preguntas. Entonces fue el hombre el que se acercó hasta ella y ella adivinó, lo que él iba a decir.

 (c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

martes, 26 de julio de 2011

Roberto J. Payró

Roberto J. Payró nació en la ciudad de Mercedes, Provincia de Buenos Aires y murió en Lomas de Zamora, en la misma provincia. (1867-1928).
Fue periodista, novelista, cuentista y dramaturgo. La vocación literaria de Payró aparece confundida estrechamente con su inclinación periodística. Sus ensayos juveniles -versos, cuentos, dramas - reflejan en sus ingenuidades y balbuceos lecturas copiosas y apetencias de vida aún no encaminadas. Es a partir del ejercicio del periodismo, ejercicio tenaz, obstinado y sin pausas, que el escritor que habita en el joven Payró madura para la creación. En la práctica diaria del periodismo, que supone conocimiento real de los problemas, ahondamiento de la realidad, penetración del país, Payró descubre los personajes que van a animar sus cuentos, sus novelas, sus dramas. A menudo Payró se queja de su obligado quehacer en las redacciones de los diarios. El personaje de uno de sus cuentos exclama, sin disimular el acento autobiográfico: "Oh, escribir, escribir siempre, sin tregua, como máquina, para ganar apenas con qué sostenerme, con que sostenerla...".
Payró es el primer periodista moderno argentino que introduce como práctica en su trabajo el viaje y la gira de estudio. Y es conveniente tener en cuenta esa prioridad, que ostenta en todos los órdenes, a los que el mismo medio lo lleva a militar.
La quejumbre dramatiza las circunstancias difíciles del oficio, pero soslaya la inmensa riqueza, el repertorio de temas y personajes que a su vez le depara al escritor. La visión ecuánime que da la perspectiva permite afirmar que la obra literaria de Payró no se explicaría sin su ejercicio del periodismo. En todo caso, tendría otro carácter.
Roberto J. Payró desempeñó una labor importante en La Nación, de Buenos Aires. Muchos de sus
artículos fueron recogidos en Los italianos en la Argentina y La Australia Argentina. Si obra representa uno de los ejemplos de la fusión culta y popular en las letras argentinas. Su prosa se caracteriza por una admirable fluidez, una sintaxis clásica, una ironía en ocasiones cruel y el humor.

Sus narraciones presentan elementos característicos de la tradición hispánica de la picaresca trasladados al ámbito gauchesco. Entre las novelas que escribió conviene destacar El casamiento de Laucha y Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira. También escribió novelas históricas como El falso Inca, El capitán Vergara, y El mar dulce. De su producción cuentística se puede citar Pago chico, Violines y toneles, Historias de Pago chico, y Nuevos cuentos de Pago chico.
Entre sus obras dramáticas se pueden citar: Canción trágica, Sobre las ruinas, Marco Saveri, El  triunfo de los otros, Vivir quiero conmigo, Fuego en el rastrojo, Alegría y el sainete titulado Mientraiga, estas dos últimas obras son póstumas.

bibliografía:

Roberto J. Payró, La Australia Argentina, Selección Roberto J. Payró, prólogo de Raúl Larra, Editorial Universitaria de Buenos Aires
Pilía, Guillermo, Diccionario de escritores bonaerenses (Coloniales y siglo XIX). La Plata, Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, 2010.

sábado, 16 de julio de 2011

Las ciudades y las artes* - Leonardo Lugo

dibujo, técnica mixta: (c) Araceli Otamendi


Las ciudades y las artes*




Hay ciudades que caben en la palma de la mano. Hay ciudades que no pueden ser abarcadas ni por la mirada de un monstruo de mil cabezas.

Zedonia no pertenece a ninguna de estas dos clases. Su grandeza no puede ser medida por la cantidad de terreno que ocupa o lo populoso de sus habitantes. ¿Acaso la bondad de los dioses es directamente proporcional al número de favores que les confieren a sus fieles?

Zedonia tiene de la poesía el misterio; de la música, la simetría; de la arquitectura, el equilibrio mágico entre la estética y la funcionalidad; de la pintura, la diversidad cromática; de la danza, cierta gracia capaz de sustraernos del mundo cotidiano; de la escultura, las formas trabajadas que nos cuentan de su primitivo pasado de piedra; del cine, ese estado que instala al espectador entre lo real y el sueño; del teatro, la fabulación que uno acepta con decoro; de la fotografía, el poder de hacernos conscientes de que aún estamos vivos.

Cada habitante de Zedonia se convierte, gracias a un imperceptible toque de ilusionismo, en personaje de su propia tragedia. Es así que el papel que desempeña intenta llevarlo a cabo con la mayor habilidad posible. Más de uno sospecha que quien lo ha creado se basó en un modelo preexistente y, en medio de estas cavilaciones, busca hallar al original del que él es imitación. Ahora bien, si todo aquel que vive en Zedonia es copia o recreación de un original ¿no es, por lo tanto, la propia Zedonia un mero reflejo de otra Zedonia quizá más egregia, más magnánima que la actual? Y, a su vez ¿esta otra Zedonia será dúplice de otra Zedonia más añeja?

Una vez que han remontado el hilo del pensamiento hasta alturas vertiginosas, los habitantes de Zedonia desisten, aunque sea momentáneamente, de buscar esa especie de sosías o matriz primera. No obstante, siempre está la posibilidad de un encuentro fortuito con el otro; con ése que es uno mismo pero cuya vida es el reverso del negativo. Por eso cada habitante de Zedonia, según se ha escuchado decir, todavía aguarda el momento en que la existencia lo ponga cara a cara con su propio destino.



© Leonardo Lugo



*cuento inspirado en Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino


Leonardo Lugo nació en Quilmes, en 1983. Vive en Florencio Varela. Es profesor de Lengua y Literatura (ISFD N° 50, Berazategui). Licenciatura en Enseñanza de la Lengua y la Literatura (en curso), por la Universidad Nacional de San Martín. Intereses: la didáctica de la literatura; específicamente, la didáctica de la escritura de poesía.

martes, 12 de julio de 2011

La carta de Gardel - novela - (fragmento) - Araceli Otamendi

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fotografía tomada en el Museo Casa de Carlos Gardel
(c) Araceli Otamendi



En viaje hacia un pueblo de la provincia


Tocaba el revólver que siempre llevaba encima. Ahora lo tenía en la espalda. Era un calibre 22. Dentro de unas tres horas estaría en el pueblo, entonces habría amanecido y se encontraría con la señorita Ana Lazio, su cliente. Hacía días que no hablaba con ella. A veces le resultaba imposible. En el pueblo las casas tenían teléfono pero la señorita Ana vivía en el campo cuando no estaba en el hotel.Y no le gustaba recibir llamadas, tampoco le gustaba hablar mucho, más bien parecía disfrutar en vivir aislada.
Hubiera jurado que el gordo se había sentado ahí al lado de ella porque estaba siguiéndola. Muchas veces se había equivocado. Últimamente no tenía certezas de nada. Las estrellas celosas, repetía el verso, las estrellas celosas, pensaba. ¿Y si todo fuera una cuestión de celos? La voz de Gardel, el que cada día canta mejor volvía a entonar la canción. Según Julio Cortázar para escuchar a Gardel hay que hacerlo en una victrola, como lo escuchaba la gente que no podía escucharlo en persona. Pero ¿dönde había una victrola en todo Buenos Aires? Laura recordaba a Silvia, su hermana mayor. Ella sí había conocido una victrola en la casa de sus abuelos y también ahí había escuchado por primera vez un disco de Gardel. Fue algo mágico: poner en una especie de caja que descubrió levantando la tapa del mueble, ese objeto redondo, negro, de un material distinto al de las muñecas gigantes que tenía, dar vueltas a una manija y escuchar a todo volumen un disco de Gardel. Después el alboroto, los gritos, los adultos precipitándose sobre ella, los discos se rayan… Después no sirven más. ¿Y la memoria? Ese era un recuerdo prestado, un recuerdo de Silvia, algo que alguna vez le había contado a Laura.
Una andanada de bichos verdes chocó contra el parabrisas del ómnibus, después un pájaro se hizo trizas contra el vidrio. El chofer frenó de golpe. Se escuchó un chirrido seco. El ómnibus se detuvo y uno de los choferes, el acompañante que no conducía abrió la puerta y bajó. Me apuré y bajé yo también. Tenía que estirar las piernas. Lo de los bichos verdes no lo entendía. No eran langostas, tampoco eran luciérnagas, tenían un olor como a aceite de máquina, nada vegetal. El pájaro estaba muerto, era un manojo de plumas ensangrentadas y el chofer del ómnibus miró alrededor asegurándose que todo estuviera tranquilo. Le pregunté a él por los bichos verdes y como toda respuesta obtuve:

-         Volvé a tu asiento, haceme caso, y cuidáte…..

Era casi una orden, me pareció, por el tono en que me lo dijo….

(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

lunes, 11 de julio de 2011

cuento: Herminio H. - Cristian Vitale

(c) Eugenio Daneri


 Herminio H.
Mi alma no va en el camino,
por dentro no soy carrero.
(Romildo Risso)

Es que voy sobre la mar
sin aire, ni cielo, ni agua.
(Atahualpa Yupanqui)
 
   “Yo ando de paso por acá”, dijo un día; él, que hacía sesenta años, poco más, poco menos, que se había establecido en mi pueblo, “yo soy de Santiago del Estero”.

     Herminio H. Chavero, el Solo, como le decían en el pueblo, había nacido a principios de siglo en algún pueblo escondido y silencioso de Santiago del Estero y había hecho sus maletas de muy pequeño, quizá diez o doce años, siguiendo el exilio forzado de sus padres, para terminar después de algunos recovecos y remansos del camino en otro pueblo escondido y silencioso, esta vez en el Noroeste de la gran provincia de Buenos Aires, llamado con mismo nombre de aquel otro exiliado don Francisco Héctor Madero, muerto pero recuperado simbólicamente en el nombre de un pequeño pueblo argentino; el mío. Su madre (su padre murió antes de llegar al pueblo) dicen que fue buena empleada de don Marino y doña Luisa Boccanera. Doña María había muerto en el tiempo en que en el pueblo empezó “la seca del 86” y Herminio, que vivió una vida lenta pero errante, de chacra en chacra, se quedó solo en la casa que compartió con su madre, esperando, parecía cuando se lo miraba, solamente que todo se apague, de una vez por todas, para él también.
     “Yo ando de paso por acá”, dijo una tarde; “yo soy de Santiago del Estero”. Herminio no tenía, salvo algunos rasgos quechuas y unos pocos, aunque intensos e indelebles, recuerdos, nada que hiciera pensar en un santiagueño. Tendría alrededor de setenta años, poco más, poco menos. A los diez o doce se había ido sin haber vuelto, según dice, jamás, y seguía siendo, también según él, un santiagueño, vale decir, un desterrado.

     Yo era muy chico cuando lo conocí a Herminio. Fue en el año de la seca, en el 86.  Todo era muy raro cuando yo estaba con él, a veces era incómodo incluso, y sin embargo yo lo buscaba. Durante un año, poco más, poco menos, lo visité casi todas las tardes. Entre las dos y las tres llegaba y a la tardecita me iba, sintiendo cada vez lo que había sentido, sin embargo, desde un principio. Me atraía yo creo su soledad. No entendía cómo era posible vivir esa soledad tan exacta, tan perfecta. Su madre, según él su única compañía desde que murió su padre, su tierra en el destierro como a él le gustaba metaforizar, ya había muerto cuando yo lo conocí. Su padre, peón de campo en Santiago mientras duró, había muerto antes de llegar al pueblo, “perdón, después de salir”, se corregía él. Y ahora Herminio vivía solo, completamente solo, sin bajar una sola vez al pueblo desde la muerte de su madre, y eso creo que era lo que a mí más me atraía del viejo. También me atraía su forma de ser. Herminio no se parecía mucho a nadie. Era como un extraño, como un extranjero en ese pueblo donde las personas se parecían todas en su forma de vestirse, de caminar incluso, de apoyarse contra un tapial, de mirar para abajo, de golpear las manos frente a una puerta, de saludar, de estar sin hacer nada, de hablar del tiempo, de ubicar la pausas, las comas, y hasta de buscar un objeto perdido. Él era otra cosa, de otro modo, que yo no podía, ni quizá pueda ahora, definir con palabras, pero que intuía perfectamente y eso me atraía, casi fatalmente, a él. La impresión que yo tenía era la del misterio; era como que el viejo estuviera envuelto, no sé si esa es la palabra, como enredado, en algo que quizá no fuera él, que no era su cuerpo quiero decir, su ropa, pero que iba con él, como una sombra transparente e incolora reflejada por su propio cuerpo y sobre su propio cuerpo, misteriosamente. De todos modos, también había cosas que, aunque con el tiempo fui aceptando, en un comienzo me hicieron sentir muy mal, me hicieron daño. Sobre todo quizá su indiferencia. Si bien, como ya era un ritual, yo no iba directamente a su casa, sino que pasaba por allí, haciéndome el distraído, y esperaba su silbido para recién ahí irme a sentar con él; si bien eso, el viejo, durante toda mi “visita”, estaba como ido. No sé, parecía en otra parte, y a mí literalmente me ignoraba. Herminio no me dirigía una sola mirada en toda la tarde y cuando lo hacía parecía producto del azar; ni siquiera cuando él o yo (cosa que ocurría raras veces) decíamos algo. Alguna vez tuve la espantosa sensación de que el lugar que yo ocupaba, arriba de un tronco viejo y muerto, seguía vacío; que yo no existía o existía pero no para él. Eso me molestaba mucho, quizá demasiado como para entender mi insistencia en volver cada tarde a su casa vieja y sola, allá en los perdidos confines casi invisibles y olvidados del pueblo. Pero lo perdonaba. Quiero decir, interiormente lo perdonaba, porque él nunca pareció necesitar mi perdón. Yo seguía llegando a él como a una fatalidad. Yendo tras de él como tras de una sombra que nos precede y de alguna manera nos condena a ella o nos guía, hacia el barro o a la arena, hacia el sol o hacia otra sombra, irremediablemente, a pesar nuestro o a nuestra costa, siguiéndola sin alcanzarla como el gato al ratón, siguiendo lo inasible pero cierto, lo muerto pero real, lo próximo pero imposible, la forma negra pero incorpórea de nosotros mismos, como una pena o como un don, como una gracia o la huella de un dolor, trágica, irreparablemente. 
     Había cosas, como decía, que me atraían de Herminio y otras que me provocaban rechazo o distancia, que me hacían daño, como ya dije. Pero había otras cosas que me producían ambas reacciones a la vez. Y eso era lo más frecuente. Por ejemplo su silencio. El silencio era en él como una religión, quizá involuntaria, pero santa. Y él era su dueño. Si en algún momento de la tarde a él se le ocurría hablar, sin causa visible alguna, entonces hablaba, sin preámbulo, ni aviso, ni cambio de posición, él hablaba. Y no importaba mi reacción, ya que no parecía tenerla en cuenta para nada. Decir por lo tanto que yo era su interlocutor sería exagerar o falsear las cosas. Él hablaba, sin que nunca fuese claro si se dirigía o no a alguien, incluso a sí mismo. Yo al principio, siguiendo las normas más elementales del diálogo, asentía o manifestaba mis reservas o mi duda respecto de lo que el viejo decía con algún sonido o con el movimiento inútil de mi cabeza, pero él seguía inmóvil mirando el horizonte o las cruces de ladrillo en el suelo, símbolo visual y mudo de la ausencia de sus padres, de su presencia perdida. A veces incluso ni siquiera terminaba sus frases y me dejaba esperando el resto de la tarde, como ya creo haberlo dicho, por lo general infructuosamente. Sí, era raro; Herminio, todo allí era raro. Había días incluso que yo dudaba si ir (mi madre nunca supo adonde pasaba yo mis tardes, o tenía un dato falso más bien), pero siempre terminaba enfilando, casi involuntariamente, engañado por mí mismo, para “el lado del Solo Chavero”, y el fantasma siempre vivo de su difunta madre. Cuando llegaba cerca de su casa, indefectiblemente, el viejo me pegaba el silbido. Entonces yo cambiaba mi dirección y enderezaba para el lado de su casa, en donde un tronco viejo e incómodo, vacío, un viejo paraíso creo, o un eucalipto, al lado del suyo, me esperaba como todas las tardes, mirando al este, hacia la declinación de la tarde. Y ahí estábamos, yo esperando siempre, ingenua e íntimamente, que el viejo iniciara una conversación, y él, inmóvil, como ido, con los ojos fijos en el árbol único, en la línea del horizonte a lo lejos, en el sol cayendo sobre los campos, o en las cruces mudas de ladrillos que recuperaban de algún modo la ausencia; ahí estábamos, juntos o más bien los dos solos, las horas, al lado, pero infinitamente distantes.
-         Cómo va don Herminio.
Y ahí quedaba todo. Llegaba la tardecita y yo me iba. Al otro día todo se repetía, “cómo va don Herminio”. Y así, durante un año, poco más, poco menos, el año de “la seca del 86”.
   
     Pero pronto comencé a sospechar que sus silencios no eran meramente despectivos o indiferentes. Empecé de a poco a tratar de darles un sentido que los hiciera inteligibles o significativos, parecidos a palabras quiero decir. Poco a poco comencé a aprender o inventar más bien un código, un precario lenguaje, un sistema propio que me permitía, o me hacía creer que me lo permitía, escuchar las palabras que iban detrás de cada uno de los silencios. Llenar el vacío que me envolvía y me intrigaba con un sentido más o menos arbitrario pero producto de un sistema que no dejaba de tener su lógica. Convertir, quiero decir, o traducir quizá, esa ausencia, ese vacío, en un lenguaje que aunque confuso y tal vez no del todo confiable, era lo único que podía sacarme de ese hueco, por llamarlo de alguna manera, en el que el silencio del viejo me había dejado o me dejaba más bien cada tarde.
     Comencé, entonces, a estudiar e interpretar esos silencios, ese misterio. Me fijaba en su duración, su intensidad, esto es, la intensidad de la sensación de vacío que provocaban en mí, medía el contraste entre el silencio y las palabras que lo precedían y que lo sucedían (que no siempre pertenecían a la misma tarde), según quién las hubiese dicho o cómo, etc., etc.. Gradualmente me fui autoconvenciendo de que ese silencio, esa ausencia de sonidos o palabras, no era por decirlo así una ausencia de ser, sino que era de algún modo, yo me consolaba, una ausencia de materia, una presencia muda. Y eso me permitió seguir insistiendo en ir, tarde tras tarde, a la casa de un viejo solo y, según se decía (aunque ya casi no se hablaba de él en el pueblo y algunos decían que ya debía haber muerto hacía mucho), y según se decía medio loco, que nunca me dirigió, lo que se dice dirigir, la palabra, que hablaba al vacío o al horizonte o a unas cruces de ladrillo dibujadas en el suelo, que me hacía sentir inexistente o invisible, que parecía andar siempre en algún lugar lejano o muerto, en el pasado quizá, un viejo que decía que estaba de paso en el lugar donde pasó toda o casi toda su larga vida.  

     Un día, cerca del ocaso, don Herminio miraba el sol, cayendo hermoso sobre los campos del este. Noté algo raro en su manera de mirarlo, pero no entendía qué. Decidí, no sin algo de temor o de misterio, acercarme para entender. Él, como siempre, no se inmutó, pero quizá involuntariamente hizo su cuerpo hacia un lado, permitiéndome sentarme en su mismo asiento de árbol seco y muerto, a su lado. Me senté, casi rozando su cuerpo. Intenté cuidadosamente, mis ojos fijos en el oriente, hacia el ocaso, seguir su mirada. Cuando lo logré, sentí un escalofrío y un gradual pero definitivo espanto. Herminio, aunque seguía minuciosamente el recorrido del sol cayendo mudo hacia el este, no miraba exactamente el sol. Herminio tenía los ojos clavados, aunque imperceptiblemente móviles, en un punto ubicado unos centímetros atrás del sol; un poco más arriba, quiero decir, en el vacío inmediatamente anterior al paso del sol. Como si su mirada estuviera levemente desfasada respecto, no de la realidad, sino de la realidad presente; o como si el sol no fuese lo que le interesara sino su huella, su pasado, su trazo lento y repetido por el cielo, su inscripción invisible en el vacío del aire. El espanto entonces se hizo grito y el grito llanto. Rompí en un horrible llanto porque sentí vagamente que uno de los dos no existía, o existíamos, sí, pero en lugares o tiempos diferentes, lejos, muy lejos, uno del otro.
     Cuando dejé de llorar, me fui calmando poco a poco y lo volví a mirar, con el cuerpo levemente hacia atrás, asustado aún. Herminio no se movió. Parecía, una vez más, no interesarle que yo estuviera ahí, casi muerto, a su lado, lleno de terror. Le grité, por primera vez, “pero qué mira”. No me contestó, o al menos no dijo nada. Su indiferencia me llenaba de odio. Le volví a gritar, indignado, “pero qué carajo mira, viejo de mierda”. Dos o tres minutos después, quizá más, bajó la mirada. El sol ya se había puesto, rojo, sin vida, definitivo, en los campos del este. Paseó los ojos por el horizonte lejos, lentamente, y fijó la vista, silencioso, en las cruces de ladrillo que trazaban en el suelo el dibujo de una presencia perdida, pasada, o presente pero muda. Luego llevó su mirada, sin esfuerzo, sin ruido, hacia el paraíso viejo y roto del que yo me había levantado. Y volvió a callar.  

 (c) Cristian Vitale

La Plata
Provincia de Buenos Aires